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La territorialidad de la comunicación: sus cambios en el tiempo

Así como el ser humano se desarrolla en una línea de tiempo, también existe una dimensión de espacialidad en la que él interactúa con otros. Desde su primer espacio, la casa, para luego ir ampliando su horizonte a la cuadra, el barrio, la comuna, el municipio, la región, el departamento, el país, el subcontinente, los continentes, la persona acompaña ese incremento de su visión del mundo a partir de los intercambios dialógicos y comunicacionales con otros seres y ello le posibilita, al mismo tiempo, ampliar sus tres mundos: el mundo material, el mundo interpersonal y el mundo cultural (Popper, citado en De Zubiría, 2007, p. 61)

Sin embargo, este intercambio no está exento de tensiones. Paralelo a su desarrollo corre también el desarrollo del mundo material, social y cultural. Dentro de ese desarrollo material, en particular se vuelve cada vez más complejo el mundo físico del hábitat humano. Se va de la caverna, a la choza, la maloka, la casa, los barrios con sus parques y plazas, los conjuntos residenciales con sus zonas sociales, las urbanizaciones con sus centros comerciales y los suburbios con sus zonas exclusivas. Este creciente y complejo cambio en las formas del hábitat ha traído a finales del siglo XX un fenómeno conocido con el nombre genérico de urbanización, el cual llevaría a una entidad, como las Naciones Unidas, a definir programas para atender y enfrentar esos nuevos aspectos de la vida en sociedad como “Las ciencias sociales y humanas en un mundo que se transforma (1994/1995)”, “El futuro de las ciudades frente a los desafíos sociales y culturales”. Al decir de la investigación realizada por la profesora Ana María Miralles Castellanos (2001)

Para la UNESCO el proceso de urbanización es una de las principales preocupaciones de las autoridades de numerosos países y, en particular, de los países en desarrollo. “Se trata de un fenómeno universal e irreversible que a finales de siglo afectará a casi la mitad de la población del planeta y cuyos efectos económicos, sociales y culturales serán difíciles de controlar en muchos casos”. La Organización estima que el crecimiento desmesurado de las zonas urbanas se nutre no solo de su propia población sino también de los excedentes procedentes de las zonas rurales. De las 20 megaciudades (con más de 8 millones de habitantes cada una) que existen en el mundo, 14 de ellas se encuentran en países en vías de desarrollo, los cuales en 1950 no contaban con ninguna. Ahora bien, junto a estas situaciones y de lo mucho que ellas afectan a la calidad de vida en la ciudad y la presencia armónica y con sentido humano de las personas que la habitan, la siente o la sufren, están los procesos

de comunicación que en tales espacios se dan con diversas implicaciones y efectos para el desenvolvimiento de la ciudad, la cual, como acertadamente expresa Fabio Giraldo Isaza, “se manifiesta siempre semioculta, sumergida, sólo sale a la superficie a través de la fragmentación de su existencia: casas, calles, redes de servicios, infraestructuras y todo aquello que desde siempre le ha dado significado al hecho constructivo, la construcción de espacios materiales y espirituales”

Como bien lo señala la profesora Miralles, la “crisis de la urbe de hoy está signado

por el derrumbe de las relaciones humanas y de comunicación”. Esto explica a su vez por

qué la UNESCO puso en marcha su programa: La comunicación al servicio de la humanidad (1995/1996). Desde ese entonces empezaron a abrirse investigaciones sobre el tema que daban cuenta de la existencia de ciudades cada vez más fragmentadas y dispersas en su interior, donde se empezaron a privilegiar la circulación y el flujo de las personas antes que las políticas públicas de intercambio y socialización entre los ciudadanos y ciudadanas, como dice Daniel Prieto citado por Miralles “quien se integra al medio urbano

tiene una enorme necesidad de información para poder conocer un espacio que no es suyo y para lograr formas de supervivencia” (2001)

Desde México se iniciaron estudios sobre las culturas contemporáneas que empezaron a publicarse en la red de Revistas Científicas de América latina y el Caribe, España y Portugal (Redalyc) y que permitieron conocer las tesis del antropólogo francés Marc Augé, sobre los “No lugares. Espacios de anonimato. Una antropología de la sobremodernidad”, (1993, p. 81). Según esta tesis los no lugares son:

Lugares de transitoriedad que no tienen suficiente importancia para ser considerados como “lugares”. Son lugares antropológicos los históricos o los vitales, así como aquellos otros espacios en los que nos relacionamos. Un no-lugar es una autopista, una habitación de hotel, un aeropuerto o un supermercado…Carece de la configuración de los espacios, es en cambio circunstancial, casi exclusivamente definido por el pasar de individuos. No personaliza ni aporta a la identidad porque no es fácil interiorizar sus aspectos o componentes. Y en ellos la relación o comunicación es más artificial. Nos identifica el ticket de paso, un D.N.I, la tarjeta de crédito.

La tesis de los “no lugares” es contrapuesta a la tesis de los “lugares antropológicos”, “entendidos como:

Espacios concretos, geográficamente bien definidos y que poseen fundamentalmente tres características comunes: son identitarios, relacionales e históricos. Identitarios, porque tienen sentido de unidad para aquellos/as que los habitan, definen un grupo, cultura, región, etc. como propio y diferenciado del resto, compartiendo unas características y unos rasgos comunes con los que se identifican y de los que forman parte. Relacionales porque ser miembro de un lugar antropológico implica un desarrollo grupal que no es estático, que se sostiene con base en un discurso y un lenguaje peculiar que dinamiza formas de hacer, de actuar y de reunirse. Y, por último, históricos, ya que por ellos transcurre el tiempo, sus pobladores viven en la historia y conciben la duración de su estancia en

dichos lugares, que suelen ser antiguos y tener la capacidad de añorar tiempos pasados como mejores como un hecho continuado”

Efectivamente, los denominados “lugares antropológicos” encuentran su anclaje en

la figura del pueblo, del barrio, de la región, pero se disuelven en la medida en que el espacio se agiganta por el volumen de personas que lo integran y que provienen de distintas coordenadas geográficas.

El avance de la mancha urbana hacia arriba, con los grandes edificios de propiedad horizontal, conocidos como rascacielos y del cual las desaparecidas Torres Gemelas en Nueva York, fueron el mejor ejemplo en occidente y hoy, el Burj Khalifa, ubicado en Dubai con sus 829.84 metros, dan una medida de esa expansión del urbanismo. Sin embargo, las ciudades de pisos altos no son el futuro exclusivo del urbanismo. Como

anticipándose a la novela de ficción “Bóvedas de Acero”, del genial Isaac Asimov en la que

se describe un futuro con enormes ciudades construidas bajo tierra, mientras que la superficie del planeta se conserva como un gran parque, hoy por hoy, hacia abajo, con los crecientes espacios subterráneos que surgen al lado de los metros, como sucede en Londres y Tokio, empiezan a aparecer lugares donde se dan no sólo intercambios de productos y mercancías, sino encuentros interpersonales a los que sería mejor denominar simulacros de encuentro, pues son fugaces, pasajeros, de corta duración y que dan origen a un modo de vida donde el tiempo es supraveloz y la comunicación predominante es la de los símbolos viales, mapas o comerciales y la comunicación interpersonal es superficial, carente de honduras y significaciones.

Esta experiencia de disolución, de desafiliación, que trae consigo la proliferación de lo urbano, va generando hondas tensiones y cambios en los estilos de vida, en los intercambios comunicacionales. El urbanismo, con todas sus complejidades físicas, y en especial con su tendencia a darle más importancia a la circulación y a la movilidad que a la idea de crear espacios públicos de encuentro y reconocimiento, va disolviendo el sentido de la proximidad y cercanía que son básicos para garantizar una comunicación efectiva y sobre todo una comunicación afectiva. La profesora Mabel Piccini de la Universidad Autónoma de México, estudiosa de temas urbanos, en su ensayo “Territorio, comunicación e identidad. Apuntes sobre la vida urbana”, señala cómo este proceso complejo, que es la

urbanización implica, desarraigo, pérdida de la mirada del otro y destrucción de los lazos vecinales.

No sólo eso, en un ensayo revelador para nuestra investigación y al cual se remite en su integridad, titulado “Acerca de la comunicación en las grandes ciudades”, esta investigadora presenta un cuadro sintético de los grandes problemas que ha traído consigo el urbanismo y que resulta valioso para nuestra tesis transcribirlo (1996, p. 26):

Entre otro de los señalamientos, se suele mencionar, con metáforas de alta intensidad “el desmoronamiento de lo social y de la vida pública”, el florecimiento del individualismo y el retorno a la vida privada, el predominio de las lógicas de supresión del espacio y de “aceleración” de los tiempos históricos, la proliferación de espacios de anonimato, y finalmente el triunfo de la comunicación a distancia como un nuevo vínculo con el mundo.

A este respecto resulta significativo señalar cómo saludos cálidos y espontáneos como el “hola paisano” u “hola vecino” tan propio de espacios pequeños como las ciudades

intermedias y los pequeños municipios, desaparecen de manera absoluta en las grandes ciudades que se construyen con formas de vivienda como las urbanizaciones de propiedad horizontal. Sin embargo, los peligros de la urbanización han obligado, en algunos casos, a comunidades vecinales a comunicarse entre sí, superar el aislacionismo y la individualidad para defenderse de situaciones como la violencia en el barrio, el ruido por causa de la construcción de edificios cercanos, etc. Paradójicamente en las grandes ciudades lo que une es el peligro. No un sentido humano de amistad, de solidaridad. Allí la cercanía física no va acompañada de un intercambio de comunicación franca y fluida sino que se estrella con los muros de la prevención. El Otro no se convierte en un motivador de afectividades sino en un personaje provocador y generador de miedos, de incertidumbres, al que se ve como un extraño, un ser peligroso y misterioso al que hay que bloquear.

Una experiencia personal de tránsito en las ciudades recorridas pueden ilustrar aún más cómo se ven distintas formas de comunicación en distintos espacios:

“Vuelta de reconocimiento”. Así llamábamos la acción de dar una vuelta alrededor de la

avenida principal en donde se realizaba “El Fandango” cada primero de enero a la 1 a.m. Al son de los porros y usando sombreros vueltiaos, íbamos a hacer la “vueltica de reconocimiento” para ver la gente pasar, encontrar conocidos, amores, saludar gente, dar el feliz año, recibir traguitos gratis, palmaditas en la espalda, piropos, besitos en la

mejilla, bailar una canción como “maría varilla” “la arranca teta” o “la vaca vieja”

(porros típicos de la región en dicha fecha) y hacíamos ese “paseito” varias veces hasta

saciar el hambre de reconocimiento. Vivir en un municipio permitía reconocer caras, tener lugares de encuentro comunes que a su vez propiciaban la consolidación de nuevas relaciones interpersonales.

Viví en una casa de dos pisos en una urbanización de casas. Conocía a mis vecinos, sus caras me eran familiares. Al verlos siempre los saludaba diciendo “hola vecino” “buenos días, Doña Miriam, ¿cómo amaneció?” ellos me respondían llamándome por mi nombre y casi siempre usando diminutivos “¡Buenas Dianita!” Nos conocíamos los unos a los otros. Sabía sus historias públicas y conocía por rumores sus historias privadas.

Interactuar con otros era fácil, compartíamos espacios comunes como la iglesia, el parque, el barrio, la zona de bares, los clubes. Salía a la calle y siempre conocía a alguien.

Terminé el bachillerato y me fui a estudiar en Bogotá. La concepción de lugar cambió abruptamente. Empecé a vivir en un edificio de apartamentos. Alguna vez vi mis vecinos en el ascensor o escuché los molestos tacones de la señora de arriba, pero nunca los conocí. El fenómeno de la urbanización ha creado un desconocimiento profundo de aquellos que comparten mi territorio.

En Bogotá, pase de ser la chica popular del pueblo a una estudiante más de mi universidad. Me encontré en una lucha constante por ser reconocida en círculos sociales cada vez más grandes, más diversos pero menos profundos. Conocer al otro debía ser inmediato, ya no podía dedicar días enteros al descubrimiento de su vida. Motivos como las distancias y trancones de una zona a otra eran suficiente argumento para citarnos por teléfono o internet. Por ello, me volví amiga de aquellos que compartían conmigo lugares antropológicos comunes.

Me sentí como la historia que dice: el tigre que se escapó del zoológico y encontró que la ciudad andaba suelta.

Cerca al final de mis estudios, empaqué maleta y me fui a Londres. Encontré un lugar sobresaturado de no lugares como parques, conciertos, museos, sistemas de transporte, centros comerciales, restaurantes, estaciones, aeropuertos. Explícitamente estos espacios de sobre-modernidad están llenos de textos, bombardeando, invitando a comprar, adquirir, a necesitar. Vi tantos lugares de paso y anonimato, que encaré la problemática contemporánea. Cada vez nos importa menos el otro, pues estamos tan enredados tratando de resolver nuestra propia vida que pensar en ser militante del afecto es disparatado, pero no podemos existir sin la presencia de los otros.

Por primera vez, dudé del propósito del Ejército Revolucionario del Afecto. Pero dicha crisis me permitió ver cuán necesario es crear espacios de encuentro de comunicación afectiva para propiciar la comunicación y reducir esa sensación contemporánea de “me

siento solo, aunque esté rodeado de millones”.

Recuerdo en Londres que cada vez que tocaba alguien con mi brazo de manera accidental en un no lugar como el Metro, de manera automática y casi inconsciente

todos me decían “sorry”, al cabo de los días, lo incorporé a mi lenguaje “sorry” para

todo, sin motivo, un “perdóname, porque sí”, pensé: “ridículo, por qué piden perdón por

el contacto de pieles o miradas, basados en el concepto de que es educación”.

Londres fue el ejemplo de la metrópoli, como espacio en la que el individuo se pierde en medio de la multitud y diariamente tiene que luchar para hacer de su propio yo lo suficientemente significativo para sí mismo, como para poder considerarse importante. Si no, el mundo, la urbanización, el consumismo, se lo traga, entero y vivo. El desarrollo de la sociedad ha ocasionado cambios profundos, al punto de que hoy no se habla de sociedad industrial, sino de sociedad de servicios. De esos servicios, el surgimiento de las Tecnologías de las Comunicaciones y la Información (TICs) ha generado cambios de vida significativos al alterar la percepción del tiempo, el espacio, la vida en el hogar y en la sociedad. Este fenómeno nos resulta interesante y pertinente, para ver su impacto en la vida cotidiana y de ahí, merece un tratamiento aparte, el cual abordaremos en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO 5