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CAPITULO II. MARCO TEÓRICO.

1. Conflicto, Estado y Sociedad.

El Perú no presenta conflictos interestatales o altos niveles de violencia interna, sin embargo, enfrenta amenazas continuas de baja intensidad3 o inestabilidad estructural,

3

El término se desprende de la Guerra de Baja Intensidad (GBI), esbozado por la administración Reagan, en el contexto del fin de la guerra fría, al principio el concepto se utilizó para referirse a guerras no libradas entre Estados que se llevan a cabo por medios políticos, económicos, informativos y militares, frecuentemente

localizadas en el “Tercer Mundo” pero con implicaciones para la seguridad global y regional (Aguirre y

Matthews, 1989:92), fue incorporado en la Estrategia de Seguridad Nacional de 1987 y luego plasmado con mayor claridad en la Joint Low-Intensity Conflict Project Final Report, donde se amplía su definición, hasta que se estipuló en el Manual de Us Army of Low Intesity Conflict que es: una lucha política militar limitada para alcanzar objetivos políticos y sociales, económicos y psico-sociales hasta el terrorismo y la insurgencia. El conflicto de baja intensidad está por lo general confinado a un área geográfica y se caracteriza frecuentemente por la limitación en los niveles de armamento, táctica y de violencia. Las de baja intensidad serían todas aquellas formas de conflicto menos intensas que la guerra convencional, e incluyen insurgencia, revolución, operaciones de guerrilla, terrorismo, golpe por sorpresa unilaterales, y otras formas aisladas de intervencionismo militar. Igualmente, se consideran otras formas de lucha en las GBI, a la diplomacia coercitiva, operaciones psicológicas, inteligencia, terrorismo y contraterrorismo, asistencia militar y policial, insurgencia y contrainsurgencia, despliegues militares y paramilitares, y guerra militar convencional limitada. Se quiere implementar como una guerra total, pero no necesariamente librada con medios militares, ya que en teoría, es la subordinación de la esfera militar a la de lo político (Aguirre y Matthews, 1989:107). El concepto de GBI después fue adoptado dentro de las Estrategias especialmente para América Latina emparentándolas con la problemáticas de drogas, las insurgencias y el terrorismo: En 1989, en un informe rendido al Congreso de su país, el jefe del Comando Sur en Panamá, general Fred Woerner, fue muy claro: “El triple mal de la insurgencia, las drogas ilícitas y el terror, encuentran una fuente de apoyo en el descontento social, la

frustración económica y la falta de oportunidades políticas” y advirtió que “ la evolución hacia gobiernos

democráticos civiles no ha sido acompañada por crecimiento y desarrollo en el sector económico-social. Hay algunos signos ominosos: términos de intercambio declinantes, alto desempleo, inflación, dieta insuficiente, educación inadecuada, la virtual descapitalización de ciertos países debido a la deuda externa y a la falta de

confianza de los inversionistas en las economías sociales”. En 2001, el general Peter Pace, comandante en jefe

del Comando Sur de Estados Unidos con sede en Miami definió en un informe los términos actuales en torno

a los cuales se reorientarían las estrategias de la GBI: “La mayor amenaza para la democracia, la estabilidad y

la prosperidad regional de América Latina son la inmigración ilegal, el tráfico de armas, el crimen, la

corrupción y el tráfico de drogas ilegales” (Calloni, 2001:7-8). Por lo que, en la actualidad, las guerras de baja intensidad y por desprendimiento los conflictos de baja intensidad en los análisis de las Relaciones Internacionales dejan de lado la variable tradicional de la interestatalidad hacia una donde se prima lo intraestatal, con foco en los conflictos sociales, pero también aquellos atravesados por el crimen organizado, el TID, las economías paralelas ilegales, desarrollados en zonas del tercer mundo, frente a este gran espectro de lo que se puede denominar como GBI permite que todo y al mismo tiempo nada sea cien por ciento GBI. Sobre GBI y sus derivados ver Aguirre, M. y Matthews, Robert. (1989). “Guerra de Baja Intensidad”. Madrid: Editorial Fundamentos; Calloni, Stella. (2001). Las Guerras de Baja Intensidad. “Revista Le Monde Diplomatique”, n°27, septiembre; Klare, Michael y Kombluh, Peter. (1998). “Contrainsurgencia, Proinsurgencia y Antiterrorismo en los 80: El arte de la Guerra de Baja Intensidad”. México: Grijalbo.

podemos destacar conflictos entre el gobierno central y grupos paraestatales, como el Neosenderismo.

Autores como Mary Kaldor y Mark Duffield sostienen que en los últimos años del siglo XX han cambiado la naturaleza de los conflictos, ya que no nos encontramos con conflictos interestatales sino con “nuevas guerras” (Kaldor, 2001), con la irrupción de actores no estatales armados que luchan por el control territorial contra el Estado, generalmente en áreas con altos recursos ambientales, energéticos o cultivos ilícitos, con conexiones con el crimen organizado trasnacional:

Implican un desdibujamiento de las distinciones entre guerra, crimen organizado y violaciones a gran escala de los derechos humanos” (Kaldor 2001:93).

El concepto de nuevas guerras empleado por Kaldor es entendido en relación al concepto de guerra esgrimido por Karl Von Clausewitz, en cuanto a su sentido político4 como origen esencial y gnosis de los conflictos armados, en palabras de Ángel Tello, “hoy [los conflictos] serán más homocéntricos, más asimétricos, más fundados en valores opuestos, más absolutos en los términos de Clausewitz y menos democráticos por parte de aquellos que tomarán las decisiones de hacerlas” (Tello, 2013:25), sin embargo, Kaldor toma los postulados del pensador prusiano pero no circunscripto a una actividad interestatal, sino por el contrario, surgidas a partir de la perdida de legitimidad estatal.

De esta manera, la autora puntualiza el carácter político de las nuevas guerras al remarcar que la Globalización produjo nuevas formas de políticas de identidades, enraizadas en las economías paralelas, tanto de actividades lícitas como ilícitas: “los objetivos políticos de las nuevas guerras están relacionados con la reivindicación del

4“No partiremos de una definición afectada y deforme de la guerra, sino que consider

aremos sólo su esencia, el duelo. La guerra no es más que un duelo en una escala ampliada […]; su propósito inmediato es derribar al adversario y de ese modo incapacitarlo para ofrecer mayor resistencia. En consecuencia, la guerra es un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario […] La fuerza, mejor dicho, la fuerza física, porque la

fuerza moral no existe fuera de los conceptos de ley y Estado, es de esta forma el medio, imponer nuestra voluntad al enemigo es el objetivo. […] La guerra es la continuación de la política por otros medios

(Clausewitz, 2003:25-49). Para un análisis detallado de los postulados de Clausewitz aplicados en el siglo XX ver Aron, Raymond. (1987). “Pensar la Guerra”. Clausewitz II. Instituto de Publicaciones Navales. Buenos Aires: La Era Planetaria.

poder sobre la base de identidades aparentemente tradicionales: nación, tribu o religión” (Kaldor 2001:93) lo que Kaldor denomina “política de identidades”. Pero no haciendo referencia a un sentido tradicional de identidad, sino insertas en organizaciones descentralizadas, deslocalizadas y horizontales.

El aporte de Mark Duffield (2003) a esta teoría es lo que denomina “guerras en red”, ya que para Duffield las nuevas guerras deben ser entendidas como una red, en la que se entretejen factores internacionales e internos de todo tipo, que sostienen la violencia a través de flujo de dinero ilícito, tráfico de armas y personas, flujos de información e influencia política.

Pero a nuestro entender lo más interesante es ver cómo esas nuevas guerras tienen una racionalidad política, con intereses de diversos actores, no son caóticas como se las pretende explicar, propias de la violencia elemental.

El concepto de Estado débil (Krasner 1989; Buzan 1991) será entendido como un Estado políticamente inestable, con escasa confianza en sus instituciones y atributos. El concepto se implanta en la Posguerra Fría con la preocupación del surgimiento de amenazas para la seguridad internacional dentro de dichos Estados con debilidad. En ese contexto, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el concepto de Estado débil da paso a la proliferación de una serie de conceptos difusos como “Estado colapsado, fantasma, inestable, fracturado, anémico” (Tokatlian, 2008:3) liderado por el de “Estado Fallido”.

En ese sentido, coincidimos con Robert Rotberg al sostener que la utilización del término Estado Fallido, y sus derivados, catapulta a un Estado en un “sentido amorfo de disfuncionalidad” (Rotberg 2009:29). El concepto de “Estado fallido” no tiene una definición universal y aceptada, por el contrario, su utilización masiva en las Relaciones Internacionales introduce un esquema jerárquico y de subordinación, y entendemos que impide comprender a los Estados con sus características específicas, bajo el manto de la convergencia y uniformidad. Por eso rechazamos la utilización de Estado fallido en el Perú, donde tanto el Estado como los Neosenderistas luchan entre sí por el control de espacios de poder y así afianzar y/o lograr una presencia en la región. De allí que consideramos más

acertado abordar al conflicto asociado con el concepto de Estado Débil, cuya viabilidad está en cuestión por “un conjunto de causas políticas, sociales y económicas que se asocian a las crisis de desarrollo de los Estados, en parte inducidas por el proceso de globalización y por el control de los recursos o redes ilegales” (Kaldor 2001:18).

Pero si los conflictos que fueron definidos como de baja intensidad se desarrollan en contextos de Estados débiles. ¿Qué sucede al interior de sus sociedades? Se presenta al conflicto entrelazado con la fragilidad de los sistemas democráticos; la permeabilidad y la permisividad de las instituciones estatales; la instrumentalización de las diferentes identidades; la militarización de la sociedad civil; la lucha por el control de los recursos y la criminalización de los circuitos económicos y financieros. Sin embargo, siguiendo los postulados de Mary Kaldor, aunque los conflictos sean catalogados como de baja intensidad, sus consecuencias son transnacionales: “de manera que la distinción entre interno y externo, agresión y represión o incluso local y global, es difícil de defender” (Kaldor 2001:16).

En ese sentido, nos parece oportuno el aporte que realiza el español Francisco Letamendia, en referencia a los conflictos nacionales con dinámicas centro-periferias, al tomarlo como un “juego de espejos” (Letamendia, 1997), el autor asegura que la conformación de un Estado, significa el establecimiento, la definición de un centro, que como necesidad sistémica, crea estructuralmente periferias.

La constitución del Estado como construcción simultánea de un centro y de una periferia, conlleva la creación de una tensión dialéctica entre centro y periferia, tensión q se desarrolla en torno al eje del poder, pero de un poder no reducido a sus formas estrictamente políticas o económicas, sino englobado en el contexto amplio de administración de las significaciones culturales.

No coincidimos en su análisis sistémico irreductible de los procesos de conformación estatal a grandes rasgos, ya que los toma como un todo, sin distinción de categorías propias de cada proceso, y sin sopesar las diferentes capacidades y atributos de esos Estados, que pudiesen conllevar políticas distributivas para impedir la formación de periferias, sin embargo, es útil a nuestro análisis para entender el funcionamiento del

Estado peruano, donde sí se presentan estas características, y donde el Estado carece del fortalecimiento institucional, inscripto en un ambiente político y social altamente volátil, donde concentra su poder en el centro, en las capitales, y donde la periferia, en nuestro caso de estudio el Valle del Río Apurímac y Ene (VRAE), funcionaría como la amenaza.

Es entonces en la relegada periferia donde se da el conflicto, que es asimétrico porque el Estado se enfrentan a un actor no estatal, pero éstos no se presentan sólo a nivel interestatal sino que luchan por cooptar los espacios estatales y ocupar su lugar, como el crimen organizado, o demandan participación en espacios de poder, incluso creando instancias paralelas de poder objetivado y control territorial.