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EL CONOCER Y EL SENTIR DESDE EL SILENCIO

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II. LAS FORMAS RELIGIOSAS DEPENDEN DE LOS SISTEMAS DE PROGRAMACIÓN COLECTIVA

8. EL CONOCER Y EL SENTIR DESDE EL SILENCIO

La inteligencia y el sentir sin morada

Cuando la inteligencia actúa como testigo es una inteligencia sin morada.

Toda vida es computación y autoreferencia, porque toda vida se despliega satisfaciendo necesidades. Así resulta que toda vida, desde la ameba hasta el hombre, es subjetividad,

diversos grados de subjetividad.

Hay subjetividad cuando un núcleo de necesidad tiene que reconocerse a sí mismo como tal núcleo para poder computar el medio según esas necesidades y, así, satisfacerlas.

La vida es un despliegue de formas y grados de subjetividad. Cuando paseamos por el bosque, miles de formas de vida advierten nuestra presencia. En el bosque nada es inerte. En el bosque, nosotros los hombres, subjetividad, paseamos entre subjetividades vivientes. Esta es una bella idea que hay que investigar hasta hacerla llegar a todos los niveles de nuestro ser.

Una inteligencia sin subjetividad, es decir, sin autorreferencia es difícil de concebir para nosotros los hombres, porque no somos más que una especie de vivientes.

El camino religioso de los maestros es una invitación a un proceso que nos hace transitar a una inteligencia que aprende a reconocer el medio pero sin hacerlo desde la perspectiva de sus carencias.

Los maestros muestran que la carne de los humanos puede hacerse el lugar de un conocer y sentir sin morada, sin núcleo; el lugar de un conocer y sentir sin retorno.

Hablar de Dios es hablar de una antropomorfización de la inteligencia sin núcleo; es darle una subjetividad, es proyectar nuestra estructura dual de vivientes sobre lo que no tiene esa forma de ser. Ese es el elemento distorsionador del teísmo. El elemento no distorsionador del teísmo es la referencia explícita a la inteligencia que nos envuelve, aunque sólo podamos comprenderla e imaginarla como una subjetividad y como un núcleo. Al imaginarla así nos vemos forzados a corregir la falsificación revistiendo ese núcleo con epítetos tales como omnipotencia, señorío absoluto, eternidad, autosuficiencia completa, etc.

Hablar de Dios es imaginar la inteligencia que no tiene ni morada ni subjetividad a la manera de los vivientes humanos. Hablar de Dios, el Señor e imaginarle a la manera de las autoridades humanas, de los señores, es sólo una torpe y anacrónica imagen.

Una lámpara sin cobijo en el cosmos

La luz de la conciencia y la vibración del corazón no tienen en realidad morada.

La fuerza de la luz y la fuerza del sentir que en mí se manifiestan arrancan de la tierra y del cosmos y son suyas, no mías. Parece que ambas residen en un hombre y que tienen en él su morada; parece que están a su servicio y que son una persona; pero ese no es el rostro original de las chispas de luz y calor que iluminan y vibran por unos instantes en esta inmensidad desde el cuerpo del hombre.

¿Cuál es el rostro original de esas chispas de luz y calor que somos los hombres?

A nosotros los hombres, la vida nos dio un medio fundamental para vivir: la pequeña lámpara de nuestro sentir y conocer. Nuestra inteligencia y nuestro corazón son nuestros

instrumentos básicos para vivir. Ese es el modo peculiar de vida de nuestra especie. Así parece que la luz del conocer y el calor del sentir tienen una morada, el yo; y parece que haya alguien que utiliza esos instrumentos como propios.

Sin embargo, dicen los maestros, ese no es el rostro original de las cosas. Aquí, donde parece haber alguien, no hay en realidad nadie, sólo un tenue bucle de la vida que, para sostenerse por unos momentos como tal bucle, tiene que pensarse como alguien. El convencimiento de que hay alguien parece inquebrantable para cada individuo; pero eso es sólo una función de la vida, una ficción, una manera que tiene la vida de caminar.

La idea de que "hay alguien" nace cuando la vida transmite el relevo a un nuevo individuo y muere cuando pasa el relevo a la generación siguiente. Parece que haya alguien, pero sólo hay la sucesión de las generaciones y la vida que, de relevo en relevo, viene de lejos y se va lejos.

Parece que haya alguien con una lámpara en la mano, pero no es así; más bien habría que hablar de una lámpara que emitiendo una pequeña llama de luz y calor pasa de mano en mano. Cada una de las manos no es su morada. La lámpara, con su calor y su luz, no tiene morada.

Cuando creemos que la luz y el calor son nuestros y están a nuestro servicio, como si fuéramos alguien, no atinamos a iluminar y sentir correctamente. Pero ni la luz ni el calor son nuestros porque somos sólo el lugar de la tierra en el que la luz pone el pie por unos instantes para seguir adelante.

La luz, -luz de la tierra y del cosmos, no mía-, no tiene morada porque su morada es el cosmos completo. Igualmente el calor del sentir no tiene morada porque el sentir no es mi sentir, es el sentir de la tierra frente al cosmos, es el sentir del cosmos respecto de sí mismo.

Ese es el rostro original de la lámpara que hay en mi mano.

Cuando se comprende ese rostro original, la lámpara puede iluminar correctamente este inmenso cosmos con su pequeña candela y su llama puede vibrar frente a las realidades que realmente son y no frente a las que fingen ser.

Desde esta perspectiva se puede comprender la gran afirmación de los maestros cuando dicen que el rostro original de las cosas ni nace ni muere porque es el rostro del no nacido. Cuando la lámpara del conocer y sentir pasa de la mano de una generación a la siguiente, como un relevo, ni nace cuando pasa de una mano vieja a la joven, ni muere cuando deja atrás a la generación que ya terminó su carrera. La lámpara, en su recorrido por la sucesión de generaciones, ni nace ni muere.

Para que la luz de la lámpara brille libremente hay que comprender que no tiene morada y que, porque no tiene morada, no está al servicio de nadie. En ella, la tierra y el cosmos entero se encienden para iluminarse a sí mismos; en ella, la tierra y el cosmos se conmueven frente a sí mismos.

La conciencia clara de que aquí no hay nadie es la condición para que la lámpara que por unos momentos de su carrera reposa en nuestras manos, ilumine como puede hacerlo.

La imagen agraria de la muerte del yo y de su resurrección es una potente imagen, pero si no es guiada por auténticos maestros espirituales, puede desorientar con respecto a la luz y el calor sin morada que hay que reconocer.

Puedo pensarme y sentirme a mí mismo de dos maneras complementarias y verdaderas: ⎯ La primera manera: aquí no hay nadie. Lo que hay es sólo la huella en el polvo del paso

de la vida. La huella de la pisada dura lo que la vida tarda en alejarse y lo que el viento tarda en borrar el rastro. Eso es todo lo que hay y soy.

⎯ La segunda manera: si algún sentido verdadero tiene hablar de mí mismo como un yo es para comprender con ello que no hay más luz que la que pasa. Soy la luz que pasa. Soy una concreción de la luz que viene y se va. Soy la manera que tiene la luz y el calor de pasar y existir. Ese es mi rostro original: ser la luz y el calor original en una concreción provisional. Soy la manera concreta como el cosmos se enciende como luz sobre sí

mismo; soy la manera concreta como el cosmos se siente a sí mismo. Soy el gran misterio que se ilumina y vibra frente a sí mismo.

Ser la luz de cada ser, desde él mismo y para él mismo; ser el sentir de la existencia de cada ser: eso es conocer y sentir sin morada.

Cuando la conciencia y el sentir se llegan a interesar tan totalmente por todas las cosas que se absorben por completo en ellas, entonces, conciencia y sentir salen de casa, abandonan la morada y se transforman en una luz y un calor que se mueven por el cosmos como si fueran la conciencia y el sentir de cada uno de los seres que hay. La luz de mi conciencia y el calor de

mi carne -menos que una vela en la inmensidad del cosmos- abandonan su reclusión en el yo para nomadear por la amplitud del universo y para convertirse en el testigo a través del cual cada ser reconoce su propia existencia y en el sentir con el que cada ser se siente a sí mismo.

Mientras la conciencia y el sentir permanecen recluidos en la morada del yo e identificándose con su estructura de necesidades, todo se conoce y se siente desde esa perspectiva exclusiva. Entonces todo el conocer y el sentir están por completo egocentrados; al estarlo, lo que revelan es mi necesidad y la manera como satisfacerla en el contexto de las realidades que me rodean. Lo que mi conocer me revela es la utilidad o peligro de los seres que existen conmigo, y lo que mi sentir hace patente no es el ser de las cosas sino mi sentimiento con respeto a ellos según el patrón de mi necesidad: mi amor, mi odio o mi indiferencia.

El conocer y sentir egocentrado no puede oír ni la canción de la vida ni la del cosmos porque sólo tiene oídos para su propia melodía. Propiamente no se oye ni siquiera a sí mismo,

porque cuando atiende a su propio canto sólo tiene oídos para la necesidad o su satisfacción, pero no puede oír el tremendo canto de su propio misterio en la inmensidad del cosmos.

III. CÓMO DEBE PRESENTARSE LA DIMENSIÓN

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