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EL NUEVO CONTEXTO ECUMÉNICO DEL PROCESO RELIGIOSO

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III. CÓMO DEBE PRESENTARSE LA DIMENSIÓN SAGRADA DE LA EXISTENCIA A LAS NUEVAS SOCIEDADES

9. EL NUEVO CONTEXTO ECUMÉNICO DEL PROCESO RELIGIOSO

No te apegues exclusivamente a ninguna religión, de manera que dejes de creer en las otras; perderás no poco bien; más aún, no acertarás a reconocer la verdadera verdad.

Dios el omnipresente y el omnipotente, no está encerrado en ningún credo ni religión porque dice (Corán, 2,119), "dondequiera que os volváis, allí está la cara de Dios".

Cada cual reza lo que cree; su Dios es la hechura de sí mismo, y al rezar, se ora a sí mismo. Por eso anatematiza las creencias de los demás, lo que no haría si fuese justo, porque el desagrado hacia la religión ajena se basa en la ignorancia40.

No se debe reverenciar únicamente a la propia religión y condenar a las otras religiones, sino que, por tal o cual motivo, éstas también deben ser reverenciadas. De este modo, uno contribuye al engrandecimiento de su religión, y a la vez, sirve a las otras religiones. Quienquiera que reverencia a su religión y condene a las otras lo hace, ciertamente, por devoción, pensando: "Glorificaré a mi religión". Pero, obrando así, grande es la injuria que le inflige a su religión. De consiguiente, buena es la concordia: que todos escuchen y estén dispuestos a escuchar las doctrinas profesadas por otros. 41

Feliz aquél que va del perfume a la cosa misma, buscando la unión con ella42.

Las tradiciones religiosas utilizan las palabras para conducir al silencio; utilizan formas para guiar a la completa libertad de toda forma. Las tradiciones religiosas no pueden someter a ninguna forma, ni siquiera a las sacrosantas que ellas utilizan porque deben liberar a sus fieles incluso de ellas mismas.

Desde esta perspectiva de la función de las tradiciones religiosas, se comprende que quien cree en una religión de forma que deje de creer en las otras, no ha entendido ni siquiera de qué está hablando su propia religión.

Quien cree exclusivamente en su propia religión, ofende gravemente a las otras religiones y atenta contra la propia religión. Es incluso peor el atentado que hace contra la propia tradición que la ofensa que hace, con su exclusivismo, a las otras tradiciones. Quien sólo cree en su tradición excluyendo las otras, falsea de raíz su propia fe.

Quien se somete exclusivamente a las creencias de su religión, de tal forma que ni le interese ni quiera ni pueda creer en las otras religiones, en realidad, no se somete más que a sí mismo; se somete a su necesidad de certeza clara, delimitada y controlable; se somete a su necesidad de seguridad, a la necesidad de sentirse "poseedor" de la verdad.

Quien excluye las creencias de cualquier religión que no sea la propia, enturbia su visión y dificulta su camino a la verdad.

Quien cree tener la verdad encerrada en fórmulas, en esa jaula no se encontrará más que a sí mismo.

Quien siente desagrado por otras tradiciones que la propia, sólo se ama a sí mismo.

40 Ibn Arabî, en: Nicholson, R.A.: Los místicos del Islam. Pg. 99-100.

41 Edicto del emperador budista de la India, Asoca (s. III a. C.) En: Rahula,Walpola: L'enseignement du Bouddha. pg. 23.

Quien, en cuestiones religiosas, discute sobre formas y creencias, no sabe lo que es el maravillamiento, ni lo que es el temblor de corazón que la verdad provoca con su total desnudez.

Quien gustó el vino, lo bebe de cualquier copa. Quien rechaza una copa porque es así o asá, su lengua todavía no conoce el sabor del vino.

Las religiones, todas, son sólo humildes vasijas de barro construidas por manos humanas. Ninguna vasija puede encerrar la inmensidad del poder de Dios que está siempre libre de toda forma hecha por manos de hombre; y no existen vasijas religiosas que no estén hechas por manos humanas.

Quien por amor a la propia y venerable vasija, hace lo posible por destruir, quebrar o ensuciar las vasijas de los demás, se hace enemigo de todos los que, con temblor, recogen el sagrado vino en humildes jarros.

Quien ataca las tradiciones de los demás o, incluso, no hace todo lo posible para que todas las tradiciones crezcan y vivan, es un enemigo de la especie humana, que se esfuerza, quizás sin saberlo, por hundir incluso la propia tradición.

Quien queda atrapado por la propia religión sin poder trascender sus propias creencias, no ha sabido salir del interior de sí mismo. Aferrándose a creencias, piensa alimentarse con manjares bajados exclusivamente del cielo, pero, en realidad, su sumisión y su exclusivismo transforman todos sus alimentos en terrenales y viles.

Todas las creencias, formas, fórmulas y narraciones de las religiones, existen, exclusivamente, para llevar más allá de ellas mismas. Hablan para que aprendamos a silenciarnos y a silenciarlas.

Las religiones son como señales en los caminos. Según dónde estén los que quieren caminar, las instrucciones son unas u otras, las señales apuntan en una dirección u en otra. Pero, en cualquier caso, si las señales cumplen con su función, deberán dejarse siempre atrás.

Hay tantos caminos como puntos de partida; y cada hombre es un punto de partida diferente.

Las religiones son invitaciones a hacer el camino y guías para hacerlo. Por tanto, han de hablar desde esta orilla de acá, con el lenguaje de esta orilla; pero, desde aquí, hablan para apuntar hacia la otra orilla, para invitar a dejar este lado de acá y cruzar el río para pasar al lado de allá.

Por eso dicen los maestros que las religiones reflejan el punto de vista del que busca. Dios, que es el que invita a la búsqueda, "se acerca desde donde están los pensamientos, las imágenes y los sentimientos de sus siervos"; se acerca para empujarnos a purificar y sutilizar nuestra mente y nuestra carne, de tal forma que nos sea posible liberarnos de todo lo que es nuestro, de todo lo que no es Él.

Poner unas tradiciones religiosas por encima de otras, o unos maestros religiosos por encima de otros, no ayuda al camino; nace del temor a la desnudez, al vacío y a la libertad de las formas.

Quien para poder seguir una tradición o a un maestro, tiene que desvalorizar y negar a los otros o rebajarlos y considerarlos inferiores, lo que pretende con ello es no perder pie en las formas para poder "tener" a la Verdad y, desde ahí, poder "continuar teniéndose a sí mismo".

Cuando se acepta que poner unas tradiciones religiosas por encima de otras o poner unos maestros por encima de otros es un obstáculo serio e, incluso, definitivo en el camino, se tiene que reconocer con toda claridad que no es necesario creer nada; que es necesario dejar todas las formas atrás; que hay que atreverse a entrar en la sutilidad completa; que hay que entrar en la verdad sin poderla poseer con fórmulas.

Cuando se hace completamente evidente que la verdad no se puede poseer en fórmulas, ni en creencias exclusivas, ni siquiera en maestros exclusivos, entonces, la verdad se precipita

en la más completa desnudez y vacío; entonces, la verdad se hace sutilidad, espíritu, inmensidad inasible.

Cuando eso ocurre, el yo y todas sus seguridades son absorbidas por esa singular pobreza y vacío, como arrastrado por un agujero negro. Cuando llega la pobreza completa y el vacío, el yo desaparece en él.

Cuando afirmamos a una tradición por encima de las otras, o a un maestro por encima de los otros, más que hacer el camino hacia el Espíritu de Dios, estamos poniendo vallas para que el Espíritu no nos inunde con su sutilidad y su pobreza. Nos agarramos a formas, a sacrosantas y nobles formas o a divinos maestros, para impedir que las estructuras y fronteras de nuestro yo y todo lo que hace su consistencia sean aniquiladas en el vacío inmenso de la presencia divina.

Quien sabiendo que todas las vasijas contienen el vino sagrado, no ansía beberlo en todos los vasos, no ama el vino y, seguramente, ni tan siquiera lo probó.

Si cada tradición religiosa hace patente unos rasgos del rostro de Dios, no es un amante quien no ansía verle de todas las maneras posibles. Cada gran maestro y cada escuela religiosa son como un mensajero del otro mundo que explica historias y anécdotas del Amado. ¿Cómo no querer escucharlas todas? Si uno se abriera a unas noticias y se cerrara a otras, significaría que no es al Amado a quien se busca.

Sin embargo, abandonar a todos los mensajeros y dejar atrás todas las formas es una necesidad del camino.

Él está sólo en la pobreza absoluta de formas, en la total libertad de formas que equivale al completo vacío de formas.

Cuando se llega a esa libertad, ese vacío y esa pobreza, ya no puede haber ni Dios, ni religión, ni fe.

Cuando a nuestro espíritu ya no le quedan ni religiones, ni templos, ni creencias; cuando ya reside en la total pobreza que es la libertad de toda forma, entonces, llega la completa proximidad.

Cuando se comprende que la verdad es libre de toda forma y cuando se puede vivir en paz en esa total pobreza, entonces, se ve a Dios en todo lo que existe; entonces, todo lo que existe y todo lo que respira Le dice; entonces, las grandes tradiciones son como inmensos poemas que le cantan y los maestros son como enormes desgarros en el velo.

IV. LA ORGANIZACIÓN DE LOS GRUPOS RELIGIOSOS EN

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