III. CÓMO DEBE PRESENTARSE LA DIMENSIÓN SAGRADA DE LA EXISTENCIA A LAS NUEVAS SOCIEDADES
6. LA FUNCIÓN DE LOS MAESTROS RELIGIOSOS
El verdadero maestro
es aquel que puede revelar a nuestra visión la forma de lo Informe.
Es aquel que enseña el sencillo camino de alcanzarle, distinto del de ritos y ceremonias.
Es aquel que no pide que se cierren las puertas
ni que se retenga el aliento, ni que se renuncie al mundo; es aquel que lleva a percibir el Espíritu Supremo
dondequiera se fije la mente;
es aquel que enseña a mantener la calma en el bullicio de todas las actividades. Siempre sumergido en la bienaventuranza, sin abrigar mentalmente temor alguno,
él mantiene el espíritu de unidad en todo goce. 32
Oh, sí; mirad en vuestro corazón y ved allí el conocimiento del profeta, sin libro, sin preceptor, sin guía. 33
El hombre es un libro, dice Mawlânâ. En él todas las cosas están escritas, pero las oscuridades no le permiten leer esta ciencia interior a él mismo. La misión del maestro es desvelarle sus verdaderas dimensiones interiores. 34
Los maestros religiosos son los exploradores del otro mundo. Después de deambular por las alturas y las profundidades del mundo que está más allá de nuestras fronteras, los maestros vuelven a nosotros con un desconcertante mensaje: Aquél otro mundo, el que está más allá de todas nuestros límites, es el mundo original; y ese mundo original es esto mismo de aquí.
Los maestros nos dan consejos e indicaciones útiles para adentrarnos, también nosotros, más allá de las fronteras. Nos hablan de los requisitos para hacer el camino, de cómo hay que prepararse, de lo que hay que llevar consigo, con qué estado de ánimo hay que caminar.
También nos hablan de los desvíos en los que podemos caer, de los atajos que no hay que
tomar. Del camino mismo no dicen gran cosa.
Los maestros religiosos son los hombres más pobres de la tierra. No poseen nada; no tienen "ni donde reclinar la cabeza". No tienen nada porque no desean absolutamente nada. Y no desean nada porque han comprendido que ningún agua es capaz de saciar la sed si no es el agua que brota de la propia fuente. Sólo la fuente que brota de dentro sacia la sed; las fuentes de fuera no dan agua viva. Así es que no hay nada que conseguir.
Los maestros son los hombres que han comprendido que cuando uno recoge tesoros fuera, todo lo que toma se le vuelve polvo en las manos, nada. Sólo hay un tesoro verdadero, y ese "desciende desde dentro".
32 Kabir: Cien poemas de Kabir. pg. 83. 33 Rumí, Djalal-od-din: Fihi-ma-fihi. Pg. 54.
Los maestros religiosos han enseñado a los hombres que en todo lo que nos rodea no hay nada que quite el hambre y la sed. Cuanto más se devora más insatisfecho se está y mayor es la sed.
Los maestros enseñan que hay otra manera de vivir que no es devorando ansiosamente todo lo que nos cae en las manos: que podemos vivir como testigos conmovidos por la maravilla del misterio de lo que existe sin preocuparnos de qué comeremos, qué beberemos y con qué nos satisfaceremos; porque el auténtico alimento de nuestra vida y la satisfacción que aquieta nuestra carne y nuestro espíritu no puede venir de nada que atrapemos fuera sino que ha de venir de lo que brota pacífica y continuamente desde dentro.
Los maestros son los guías del camino. Pero sería un error pensar que ellos hicieron el camino, lo abrieron, lo aplanaron, lo señalizaron y lo dejaron a punto para que otros lo rehicieran pisando simplemente sobre las huellas que ellos dejaron. Si creyéramos eso de los maestros, no serían nuestros guías sino que nos descarriarían para siempre; y la culpa no sería de ellos, sino nuestra, por no atinar a comprenderles.
Los maestros son guías del camino porque son maestros de la creación libre. El auténtico camino religioso es una indagación semejante a la que hace un artista. Como el artista crea con sus obras cada pedazo de camino sobre el que pone el pie para seguir adelante, así el hombre religioso tiene que ir creando la tierra sobre la que pone sus pies. Pero esa tierra que paso a paso va creando, que es su camino, es suficiente únicamente para su propio pie; nadie jamás podrá poner el pie, por segunda vez, en ese lugar. El camino más allá de las fronteras se asemeja a las estelas en el mar; los caminos desaparecen y son irrecuperables una vez que los maestros han pasado por ellos.
Los maestros enseñan a construir el propio camino y a construirlo desde dentro. Cuando uno enrola todo su ser en la aventura de indagación que es el camino religioso, oye la guía interior desde el seno de ese estado de intensa alerta, esfuerzo y pasión. Sólo la guía interior le
conduce. Sólo cuando se hace capaz de oír la guía interior comprende y puede ver fuera
"señales manifiestas".
La guía interior es guía a la libertad, no es jamás guía al sometimiento. Los maestros son guías seguros no porque sean señores poderosos a quienes hay que someterse sino porque son
maestros de la indagación y creación libre.
Los maestros son como los poetas, maestros de la creación. Sólo gracias a su creación libre tienen copas en las manos donde puede gustarse el sabor del buen vino. Cuando somos capaces de gustar el sabor del vino que hay en sus copas, se aparta de nuestros ojos el velo que nos impedía cruzar la frontera e ir descubriendo paso a paso el misterio de los mundos.
Los maestros dan forma a lo Informe; dan carne a la sutilidad y al espíritu; hacen que afloren en sus ojos y en sus palabras los misterios insondables de las profundidades. Por eso dependemos de las creaciones que ellos hicieron.
Como los artistas, con sus creaciones, desvelan a nuestros ojos la belleza del mundo, así los maestros religiosos, con sus creaciones, nos desvelan el espíritu y la sacralidad.
Ningún artista puede hacer sus obras si tiene su mente y su sensibilidad sometidas. Tampoco hay hombres verdaderamente religiosos si tienen su mente y su carne sometida.
Los maestros enseñan que el camino de la indagación totalitaria y apasionada, que es el
camino de las profundidades divinas, no es el de las prescripciones, las creencias, los ritos y las
ceremonias. Enseñan que el camino verdadero no se aleja de los lugares que frecuentan los hombres. Los sabios no se apartan del rebaño humano sino que transitan por las mismas
andando por los mismos caminos que los demás hombres; van con los demás, pero la actitud de su mente y de su carne es distinta.
Los maestros religiosos son los maestros de la profundidad en el sentir. No se puede sentir con profundidad si no se es enteramente libre. Por eso, tiene que ser, también, los maestros de
la libertad completa. Los maestros no pueden someter ni enseñar a someterse, porque así no se
podrían enseñar la profundidad en el sentir.
Si los maestros enseñaran a creer, enseñarían a someterse. Someterse a creencias supone someter la sensibilidad. Si transformamos a los maestros religiosos de maestros de la
profundidad en el sentir en fundamento y maestros de la sumisión, los hacemos la legitimación
del poder de los que dicen ser sus continuadores y representantes, y hacemos de sus seguidores unos seres estrechos que deben fijar su sensibilidad en unos márgenes inamovibles.
Por el camino de la sumisión y la fijación, los maestros religiosos y sus seguidores se convierten en una de las causas más serias del endurecimiento del corazón de los hombres. Y donde hay un corazón endurecido está ausente la sabiduría; el espíritu de Dios levanta el vuelo y se aleja de los corazones duros.
La vida y las obras de los maestros son revelación; pero es la persona misma de los
maestros la que es la revelación, el camino y la verdad.
La gran enseñanza de todos los maestros religiosos y de cada uno de ellos, no es un camino fijado, trazado de una vez para siempre y correctamente señalizado. Los maestros revelan un camino que es un "no-camino", porque por donde andan no se pueden marcar rutas. En el océano infinito no hay caminos marcados, ni se pueden fijar señales.
Los caminos que los maestros hacen, desaparecen con su paso; lo que permanece es la grandeza de su obra, y su obra es una revelación, y esa obra que es una revelación es su propia persona. La persona del maestro es la verdad, la única verdad válida; viéndoles a ellos sabe uno del sabor de la verdad. Ellos son el camino; viéndoles a ellos uno tiene la noticia y la orientación más válida para caminar. Ellos son la luz y la vida de Dios. Para beber el agua de la vida hay que beber de su copa. La persona misma del maestro es la copa.
Ningún maestro puede ofrecer otro camino y otra revelación que su propia persona. Los poetas hablan de la belleza del cosmos con sus poemas. El poema es la creación del poeta. Los pintores nos revelan la belleza de lo que nos rodea con sus cuadros. El cuadro es la creación del pintor. Los maestros religiosos nos revelan la verdad y sacralidad de lo que existe con sus personas. Su persona es la creación del maestro religioso.
Los maestros son como un puñado de sal que evidencia la existencia de la mina de sal; son como la gota de agua que hace patente la naturaleza del océano. También son el océano que nos evidencia nuestra naturaleza propia de gota de agua; y son la mina de sal que hace inequívocamente clara nuestra condición fundamental de puñado de sal.
Los maestros han trasmutado su naturaleza en oro. Han hecho su carne traslúcida hasta tal punto que su carne es ya la luz del sol.
Trayendo la luz y el calor de Dios al seno de las tinieblas humanas, los maestros son la misericordia de Dios con los hombres.
Cuando uno atina a ver la luz que brilla en la lámpara del maestro, todos los seres se transforman en lámparas donde brilla la misma luz que reconocíamos en la revelación de la persona del maestro.
Cuando acercamos nuestra tea al fuego que arde en el corazón del maestro, el cosmos entero se incendia de pronto con el mismo fuego; entonces, un único fuego lo abrasa todo.
Quien acierta a ver correctamente a los maestros, ve en ellos las profundidades arrebatadoras del misterio de la realidad; quien les ve, ve la verdad de Dios, ve su ternura y su misericordia; quien les ve, ve a Dios.
La revelación de los maestros no añade nada a la esencia del hombre. Ellos muestran a los
hombres, desde fuera, lo que son y han de reconocer, desde dentro.
La gran masa de agua tiene la misma naturaleza que la pequeña gota de agua. La gran masa de agua sólo hace inequívocamente clara el agua que uno ya es.
El maestro desde fuera abre el libro que hay dentro, donde está escrita la guía.
Los maestros desvelan desde fuera las dimensiones de dentro. Gracias a ellos reconocemos, primero, fuera, lo que hay que llegar a ver dentro. Conocer al maestro es
conocerse a sí mismo; y quien se conoce a sí mismo, conoce a su Señor.
El gran místico musulmán Rumí dice que gracias a los maestros sabemos que somos como María cuando llevaba a Jesús en su seno. El maestro de fuera enseña que el maestro está dentro, como Jesús en el seno de María.
Los maestros hablan con rudeza de este tema. Hay que acertar a encontrar al maestro
real. Buscando al maestro nos podemos perder en un mundo vacío de realidad si le buscamos
en el recuerdo de la historia, en el mundo imaginario del paraíso, o en un mundo de representaciones mentales, creencias e imágenes cargadas de sentimientos.
Al maestro real hay que buscarlo en el seno de nuestra propia naturaleza. ¿Dónde si no, puede existir el Buda real -dice Huei-Neng- si no es en vuestra propia naturaleza? ¿Dónde está el Espíritu de Jesús si no es en nosotros mismos? Ahí hay que buscar al maestro y al guía.
Los maestros hablan desde el recuerdo y guían desde dentro.
Los maestros van más allá de la dualidad que construye el deseo. Realizando la unidad transmutan su naturaleza de cobre en oro; se transforman en Dios mismo. Cuando el cobre se ha trasmutado en oro, ya no se le llama cobre. Rumí pone estas palabras en boca de los maestros y profetas: "¡Oh ignorante! ¿Puedes tú decir que todavía pertenezco a la especie humana?"
Los maestros revelándonos lo que realmente hay cuando se ha descorrido el velo de la dualidad, nos dan a conocer al Uno y nos incorporan al Uno Dice Juan el Evangelista que quien reconoce y ama al Verdadero, al Maestro, reconoce y ama a Dios, el Único, y se hace uno con el Uno.35
Con su revelación los maestros nos salvan porque nos redimen y rescatan del fuego implacable del deseo y del engaño que la dualidad construye, y nos conducen más allá de todo lo que nace y muere.
Los maestros nos comunican la vida divina. Y ésta es la vida divina: la que está más allá del deseo y de la dualidad y, por tanto, más allá de todo lo que nace y muere. Esa es la vida vivida desde el Uno. Esa es la fuente de la que habla Jesús: una fuente que nace en uno mismo y salta hasta la vida eterna.
Esa fuente interior es el único fundamento de la certeza inconmovible y del gozo que aleja todo temor.