1 ¿EXISTE UNA ESENCIA INMUTABLE DE LA ORGANIZACIÓN RELIGIOSA?
5. RASGOS PROPIOS DE UNA ORGANIZACIÓN PARA EL PROCESO INTERIOR
En las sociedades autoritarias, tener poder es adueñarse de otros. En la sociedad religiosa, en cambio, nadie puede adueñarse de nadie, sólo se sirve.
La sociedad religiosa ha de ser una asociación siempre voluntaria y estructurada para diluir toda sumisión, tanto las externas como, principalmente, las internas y debe conducir a sus miembros, como individuos y como grupo, a la completa libertad. La sociedad religiosa es una
asociación libre para hacer hombres libres; en ella, la colaboración de unos con otros no se
consigue por la sumisión y el control sino por la plena voluntariedad. El silencio sólo puede
convivir con la libertad y la voluntariedad.
La sociedad religiosa está orientada al proceso libre y exclusivo de cada persona, por ello, la libertad debe ser lo más completa posible. La libertad completa no es contra otros sino con
otros, porque el proceso es personal e irrepetible pero no solitario. Las personas aprenden unas
de otras y se acompañan estimulándose unas a otras sin instrumentalizarse ni retenerse.
La sociedad religiosa no se funda en la jerarquía sino en la maestría. El maestro religioso
no provoca la sumisión sino que despierta la individualidad del proceso.
Quien se adentra en el camino religioso, se adentra en el silencio y, consecuentemente, en la libertad de cualquier posible indoctrinación. Quien se libera de toda indoctrinación no puede
someterse a nada ni puede ser sometido; nadie puede apoderarse de él.
Uno se adhiere a una sociedad así, porque ve en ella la concreción de un proyecto de comunicación con los grandes maestros y de comunicación de unos miembros con otros. No se entrega el asentimiento a una asociación voluntaria más que si resulta verdaderamente beneficiosa, en la práctica y no sólo en principio.
Una sociedad religiosa no puede servirse de sus miembros, sólo puede servirles. El éxito
de la asociación se consigue cuando cada uno realiza su exclusivo camino gracias a su completa dedicación y a la ayuda incondicional de todos los demás.
En una sociedad así no se puede dar ninguna contraposición entre las pretensiones e intereses de la sociedad y los de los individuos; todas las tramas y pretensiones del grupo deben desembocar en el interés de los individuos. Todo lo que los individuos hagan por el bien y el provecho del grupo, lo hacen por los individuos que lo componen. No hay más finalidad que el proceso de cada una de las personas. Si las personas se transforman, transformarán el grupo y esa mutación del grupo redundará en las personas. Ni individualmente ni en grupo hay otra cosa que hacer, desde el punto de vista religioso, que lo que conduce al silencio interior y al conocer y sentir que desde ahí arranca.
La base de la ayuda mutua es la comunicación. Cuanto mayor sea la calidad de la
comunicación personal, mejor para el proceso interior.
La asociación de los individuos en el grupo religioso sólo puede pasar por la comunicación libre. Así la comunicación se convierte en la primera tarea de la organización religiosa. Puesto que la asociación religiosa se apoya exclusivamente en la voluntariedad y en la libertad, sólo puede nutrirse y trabarse por la comunicación.
En la sociedad inteligente, la investigación y la creación de conocimientos en equipo son comunicación y aprendizaje compartido. De forma semejante en la sociedad religiosa el proceso
La comunicación es una armonización -no una homogeneización- de individualidades y un compromiso común. Lo que conjunta a los individuos en una sociedad religiosa es la comunicación. Se consigue la comunicación mediante el diálogo abierto y mediante la
intensificación de todo tipo de relaciones, reguladas e informales.
En las sociedades religiosas los cambios de las personas no van a remolque de nada, son procesos proactivos y autoconducidos. Esos cambios no van de un lugar conocido a otro lugar conocido sino que van a un término que es continuamente nuevo, siempre inédito e irrepetible, siempre inasible y sin fin.
Un grupo religioso es un grupo de hombres en proceso, asociados para el proceso; por
consiguiente, cada uno de los individuos y el grupo entero, están sometidos a continuos cambios, lentos y graduales o violentos, pero siempre profundamente cargados de imprevisibilidad. Lo que en cada proceso ocurre, jamás ocurrió antes ni volverá a ocurrir. Los procesos de las personas y de los grupos siempre acontecen por primera vez, por tanto, jamás se pueden calcar sobre otros ya conocidos, jamás se repiten o se pueden pautar sobre los procesos de quienes nos precedieron.
Las sociedades religiosas cuando se basan en las creencias pueden y deben repetir; las que se basan en el proceso se ven forzadas a indagar y crear continuamente el camino que deben andar.
Puesto que las sociedades religiosas son asociaciones para el silenciamiento, son
sociedades para extralimitar, para arrancar de las propias fronteras. Por consiguiente, no son sociedades para evitar riesgos sino para afrontarlos.
Los caminos humanos están todos trazados en este lado de acá de las fronteras, donde no reina el silencio de nuestros patrones de construcción. Sólo en el lado de acá se pueden marcar, señalizar y delimitar los caminos. La vía religiosa transita por donde se silencia todo aquello con lo que se podrían marcar los caminos. En ese otro lado de los límites, nadie puede construir nada y, por tanto, tampoco nadie puede marcar itinerarios ni puede señalizarlos. Más allá de los límites uno sólo puede caminar por la calzada que se va construyendo para sí mismo mientras camina.
Los maestros nos han enseñado que el trabajo que consiste en dar forma a nuestro continuo transitar, puede hacerse bien o mal. No podemos evitar el error poniendo los pies en las huellas de otro, porque cuando alguien va por el buen camino, no deja huellas. El proceso que hay que hacer es tan estrictamente personal y circula tan fuera del mundo que nosotros podemos acotar, que jamás será posible encontrar un camino marcado. Por consiguiente, la
sociedad religiosa tiene que contar con la posibilidad de tanteo y de error. Deberá ser consciente
de que es un tipo de asociación estructurada para afrontar los posibles errores mediante la continua comunicación con los maestros antepasados y mediante la continua comunicación de todos con todos para conseguir ayuda en el difícil trabajo del progreso hacia el silencio.
Caminar por el silencio es caminar por los campos de la sutilidad; es progresar de sutilidad en sutilidad. Sutilidad es todo lo que ésta más allá de nuestros límites, todo lo que no está construido a nuestra medida. En el quehacer religioso, por tanto, no se puede evitar una fuerte
dosis de incertidumbre y de riesgo. Esa incertidumbre y riesgo es inseparable de la marcha de
todos y de cada uno.
El camino hacia los abismos del silencio es el camino hacia la profundidad que es la plenitud de la libertad. Consiguientemente, ni el poder ni la sumisión tienen nada que ver con el proceso interior. La sociedad religiosa es una asociación para el aprendizaje del proceso interior,
para apoyar y fomentar su crecimiento sin límites. En toda esa inmensa pretensión ni el poder ni
Entendemos por comunicación me refiero a simbiosis espiritual, sim-patía sin reservas, interés incondicional de unos por otros, aceptación plena, sintonía en el sentir y actuar, diálogo de unos con otros.
Todos esos lazos de comunión deben darse no para someter a unos mismos patrones de pensar y sentir, sino para posibilitar auténticos procesos estrictamente personalizados, que sólo pueden progresar desde la más completa individualidad. Por los campos del silencio, donde no puede haber jamás un camino trazado, no se puede caminar más que desde lo más central y nuclear de las personas.