IV. Consecuencias de las conquistas
3. Consecuencias económicas de la conquista
de la conquista
Los datos de Livio sobre el censo permiten calibrar las enormes pérdi das que la G uerra Anibálica ocasio nó (la población m asculina bajó de
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270.000 en el 233 a 214.000 en el 204) entre los c i u d a d a n o s romanos. Sin embargo, desde principios del siglo II
se asiste a un recuperación dem ográ fi c a : 243.000 h o m b r e s e n el 194 —pues, como diversos autores han se ñalado, la cifra de 143.000 es p ro b a b lem en te c o r r u p t a —, 258.000 en el 189 y 337.000 en el 164. Como, por otra parte, fueron m uchas las co m u n id a d e s a l i a d a s que a b r a z a r o n la causa púnica, el estado rom ano, al confiscar bu en a parte de sus tierras com o castigo por su defección, se e n contró con un ager publicus de unos 10.000 kms. c u a d r a d o s —e s p e c ia l mente en la Italia m eridional—. H a bida cuenta de que las últimas parce las disponibles se h a b ía n repartido en el 235 (lo que bloqueó el progre so de la colonización itálica), la gran extensión de tierras públicas disponi bles aparecía com o u n elemento pri mordial para aliviar la situación de m uy amplios sectores del cuerpo so cial. Pero, si efectivamente se inició de nuevo u n a política de coloniza ción, esta careció de un p lanteam ien to sistemático para resolver los p ro blemas y, en definitiva, fue la nobilitas acaparadora de las magistraturas la principal beneficiaria del ager publi cus, sobre todo en el Sur.
A pBrtir del año 200 se fun d a ro n en Apulia, Lucania el Bruttium y C a m pania nueve colonias de ciudadanos y dos de derecho latino, en las que se establecieron unas 2.000 familias (a las que habría que a ñ a d ir el ase n tamiento de unos 50.000 colonos en Apulia y el Sam nium); cifras a prim e ra vista considerables, pero que no lo son tanto si se piensa en la extensión media de las parcelas, entre 2 y 8 iugera (menos de 2 has.) y en la paralización de la actividad colonizadora hacia el
190. Más considerable era la extensión de las unidades repartidas en el Norte de la península: entre los años 190 y 180 se reconstruyeron las colonias de C rem ona y Placentia que h ab ían sido destruidas en la guerra de A n í
bal, y se fundaron otras en Bononia, Parm a, M u tina y Aquileia. E n c o n j u n t o se e stab le ciero n u n total de 23.000 familias, con una media de 3 a 6.000 familias por colonia. Sin e m bargo, a partir del 180 disminuyó cla ra m e n te la actividad colonial, que acabó desapareciendo por completo. E n cualquier caso hay un hecho m a nifiesto en la evolución colonial que co m enta m os: el pre d o m in io de las instalaciones de ciudadanos rom anos respecto de las «latinas» (frente a la proporción inversa en las fundacio nes anteriores a la II G uerra Púnica), con un au m ento de efectivos, además, que las eq u ip a ra b a n a aquellas. El cam bio ha sido explicado en función de necesidades militares y de preocu paciones electorales, más que como resultado de un auténtico program a social: el apoyo de determinados ele mentos de la nobilitas a las instalacio nes de ciudadanos se explicaría en m uchos casos por su deseo de fortale cer su propia posición política a tra vés de nuevos lazos clientelares.
La enorme afluencia de riquezas, traducida en u n gran movimiento de capitales en metálico, es uno de los aspectos que m ejor reflejan el im pac to de la conquista en la economía ita liana. Pero esos beneficios de la ex p a n s ió n , d e sigualm ente repartidos, c o n trib u y e ro n a a c e n tu a r las desi gualdades sociales, favoreciendo i n com parablem ente más a la aristocra cia que a las clases h u m ild e s (en c o n tra p o s ic ió n , al m e n o s relativa, con los beneficios deparados por el imperialism o ateniense, como seña lara Finley). Según cálculos recientes basados en datos de Livio y Polibio, tan sólo entre los años 200 y 157 entra rían en Roma más de 150 millones de denarios en concepto de multas de guerra, otros 100 —como m ínim o— de botín y no m enos de 130 como recau d ac io n e s provinciales: parece p r u dente, en consecuencia, evaluar para esos años en 560 millones de denarios las e n tra d a s estatales. Ese en o rm e
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Busto de la diosa Ceres hallado en Aricia (mediados del siglo II a.C.).
Museo Nacional, Roma.
m ovimiento de capitales se tradujo en un aum ento en la acuñación de denarios, al que siguió u n a inflación y aum ento del nivel de vida que p e r judicó claramente a los pequeños agri cultores y elementos m enos favoreci dos. Del gran volum en de recursos con que contó Rom a en la prim era mitad del siglo II puede d a r idea el si
guiente ejemplo: mientras que Atenas empleó unos 12 millones de denarios en la construcción del Partenón y de los Propileos, R om a gastó entre los años 140 y 130 alrededor de 45 millones en un solo acueducto (Aquae Marciae). El aflujo de metales preciosos fue de tal m agnitud —recuérdese que las minas de plata de C arth ag o Nova p ro d u
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cían 25.000 denarios al día— que p er mitió en 167 (sin duda gracias a la ex plotación de los ricos filones m ace dónicos) la supresión del tributum o impuesto directo que afectaba a los ciudadanos.
La am pliación de los intercambios, el nuevo crecim ien to dem ográfico, las posibilidades de u n mayor consu mo en las clases altas y los extraordi narios ingresos dieron al dinero un nuevo e im portante papel en la socie dad romana. Parte de él se empleó en devolver los créditos recibidos d u ra n te los años de guerra, en subvencio n a r las fundaciones coloniales, a m pliar la red viaria en Italia o sufragar las nuevas guerras en España, O rien te, Liguria y Cisalpina. Pero una p a r tida im portante se dedicó a financiar
nuevas construcciones en la Vrbs, que se fue transform ando así en una a u téntica m etrópolis, con u n a p o b l a ción en rápido au m ento ante el éxodo rural. Se em pedraron las calles más importantes, se construyeron nuevos puentes sobre el Tiber, surgieron n u e vos templos y edificios públicos. Bajo la censura de C atón se construyó la prim era basílica, y su sucesor Emilio Lépido levantó el prim er teatro. Sin embargo, este crecimiento que c o n virtió a R om a en una ciudad cosm o polita (con una población entre 100 y 200 mil habitantes) no fue ac o m p a ñado de u n a reforma de su gestión administrativa. No se creó una poli cía adecuada —del tipo de la que p o seía, por ejemplo, A lejandría— para paliar los problem as de orden p ú bli co que surgieron, ni tam poco un go bierno m unicipal separado.
La estructura de la propiedad agra ria sufrió profundos cam bios con la inyección de los nuevos recursos, de los que se aprovechó la nobilitas, que tenía su base económica en la tierra. Se ha señalado, y es cierto, que_una de las consecuencias de la II G uerra Púnica fue la ruina del pequeño c a m pesinado en Italia: las devastaciones del enemigo y la política de «tierra
q u e m a d a » de Fabio C un ctáto r tras Trasim eno h a b r ía n arru in a d o gran parte del cultivo tradicional. Estudios m uy recientes están dem ostrando que las devastaciones no fueron tan in gentes com o los datos de las fuentes literarias antiguas hacían p ensar tra dicionalm ente, y que la ruina del pe queño cam pesinado no fue tan rápi da o generalizada como se ha venido m a n te n ie n d o (en realidad se a p r e cian diferenciaciones regionales, co mo prueban los estudios arqueológi cos que se están llevando a cabo). Pero no hay duda de que los efectos de la guerra anibálica se dejaron sen tir negativamente para los pequeños poseedores, hasta entonces alm a del ejército ciudadano. Su situación se agravó, además, en esta época, pues la serie incesante de guerras m an te nía alejada de la explotación de sus tierras a bu en a parte de la población m asculina adulta (unos 100.000 ita lianos en el ejército, más de u n a déci m a p a r te del total de esta, según Brunt).
En esta situación, la inyección de nuevos capitales en Italia iba a servir para agravar definitivamente la situa ción del pequeño campesinado. E n los años posteriores al 200 el valor de la tierra era bajo, y quienes dispusie ran de recursos podían invertir su ca pital en la agricultura a través de la com pra de parcelas o del arriendo de tierras p e rte n d e n te s al estado {ager publicus) a cam bio de una pequeña tasa. Era la o p ortunidad de los gra n des terratenientes: éstos se especiali zaron en los cultivos de productos de alto rendim iento: la vid, y el olivo (a cuya producción no podían aten der los pobres por necesitarse un pe ríodo de carencia entre 10 y 30 años antes de que fueran realmente renta bles). Por otra parte, m uchas superfi cies baldías —y otras de tierra arable— fueron dedicadas a pastos, ante el va lor que la carne y la leche tenían en el gran mercado de Roma, lo que p ro dujo u n gran crecimiento de la c a b a
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ña ganadera. El ab u n d a n te aflujo de esclavos com o botín de guerra facili taba, además, u n a barata m an o de obra. E n definitiva, se fueron consti
tuyendo grandes latifundia privados (saltus, pascua), que iban a tener una p ersisten c ia m ultisecular. N o cabe pensar, sin embargo, que la constitu ción de esos latifundia consagrados especialm ente a la cría de g an a d o fuera tan rápida y generalizada como m uchas veces se ha pensado. Se trató de u n fenómeno progresivo que no implicó la sustitución sistemática de la peque ña y m ediana propiedad, que subsistió en el Norte y en algunas re giones del centro de Italia, mientras las grandes explotaciones p re d o m i n a b a n claram ente en el Sur. En cual quier caso, las grandes dimensiones de algunas haciendas —ya muy lejos de los 100 iugera (25 has.) recom enda dos por C a tó n — y el uso de esclavos en la producción originó un aum ento de la productividad. Se originaba una economía de tipo esclavista, no u m versalmente difundida, pero muy im portante, que d ab a atención especial a los productos más aptos para la es peculación comercial.
Esta coyuntura afectó de forma bien distinta a los pequeños propietarios, cuyas propiedades sólo producían lo necesario p ara vivir ellos y sus fami lias. Carentes de dinero líquido y con unos rendim ientos que hacían más que azarosa la petición de préstamos, muchos tuvieron que vender sus p ro piedades y emigrar a la ciudad, que en teoría podía ofrecer mejores opor tunidades. Las prim era s m anifesta ciones del éxodo rural se dan lugar ya en la década de los ochenta.
Resum iendo la situación. Hopkins ha señalado siete procesos que afec t a r o n al g r a n c a m b i o q u e s u frió la econom ía italiana: guerra conti nua, aflujo de botín, su inversión en tierras, formación de las grandes ex plotaciones, em pobrecim iento de los campesinos, su emigración a ciuda des y provincias, crecimiento de los
mercados urbanos. El estado debió, en definitiva, recurrir a la iniciativa privada, lo que se manifestó también en la m ultiplicación de las activida des comerciales. La guerra propició las m anufacturas metálicas y textiles, así com o las actividades navieras y de construcción. E n general, el com er cio, que a u m e n t ó g ra n d em en te, lo hizo sobre todo en dirección a R om a (grano de Sicilia, plata y plom o de España, esclavos de Délos...), pues las exportaciones italianas, fuera de los bronces ca puanos o el aceite de C a m p an ia —región que parece desbancar definitivamente a Etruria como gran centro m anufacturero de Italia— no fueron m uy importantes. Estas activi dades comerciales no sólo no fueron m onopolizadas por la nobilitas —re c u é r d e s e la li m i t a c i ó n q u e la lex Claudia del 218 im ponía a los sena dores, que no p o d ían poseer naves de tonelaje superior a 300 ánforas—, sino que favorecieron el extraordina rio desarrollo del orden ecuestre, que m anifestó una eficiencia innegable en los aspectos financieros. Los publi cani formaron com p añ ía s —societa tes— para alcanzar los fondos necesa rios y realizar contratas públicas, es pecialmente en el cobro de impuestos (la prim era societas docum entada en Livio surgió en el 215 para participar en los suministros a las legiones de His pania). Los negotiatores, por su parte, se especializaron en préstamos y ne gocios de usura, con mayores posibi lidades en provincias que en Italia, donde existía ya desde antiguo una legislación contra intereses excesivos. Las técnicas bancarias, que se h ab ían desarrollado grandem ente en el m u n do griego de época helenística, co m enza ron a ser tam bién de uso fre cuente. El veloz aum ento de las im portaciones de productos suntuarios y de servi orientó a los negociantes hacia el Este y, particularm ente, el puerto franco de Délos —gran merca do interm editerráneo de esclavos—, y la epigrafía docum enta la presencia
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de rom anos e italianos en Grecia, M a cedonia y Asia, don d e com enzaron a invertir en la com pra de propiedades (como muestra, p o r ejemplo, la do cu m entación de Quíos). E n definitiva, R om a ofrece el ejemplo de u n a de las escasas s o c ie d a d e s p re in d u s tria le s que experim entaron u n rápido c a m bio social en u n período de estanca miento técnico, con la particularidad de que la conquista m ilitar ejerciera u n incentivo sim ilar al que n o rm a l m ente correspondería a las innova c io n e s t é c n ic a s ( H o p k in s ). El g o bierno de la res publica absorbió la nueva riqueza, pero no supo im pedir el agudizam iento de tensiones socia les m ediante reformas institucionales que situaran a la ciudad-estado en u n m arco más acorde con su dom inio imperial.