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F. Marco Simón - La Expansión de Roma Por El Mediterráneo

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(1)

HISTORIA

^ M V N D O

Α Ν Έ Ο Ό

41

LA EXPANSION DE

ROMA POR EL

MEDITERRANEO.

DE FINES DE LA

SEGÜNDA GUERRA

PUNICA A LOS GRACOS

(2)

f i

m m

HISTORIA

°^MVNDO

ANTÎGVO

18. 19. 20. 21. 22. 23. 24. gnegtf.

J. J. Sayas, Las ciudades de Jo-

nia y el Peloponeso en el perío­ do arcaico.

R . López M elero, E l estado es­

partano hasta la época clásica.

R . López M elero, L a fo rm a -

ción de la democracia atenien­ se, I. E l estado aristocrático.

R . L ópez M elero, La fo rm a ­

ción de la democracia atenien­ se, II. D e Solón a Clístenes.

D . Plácido, C ultura y religión

en la Grecia arcaica.

M . Picazo, Griegos y persas en

el Egeo.

D . Plácido, L a Pentecontecia.

Esta historia

,

obra de un equipo de cuarenta profesores de va­ rias universidades españolas

,

pretende ofrecer el último estado de las investigaciones y, a la vez

,

ser accesible a lectores de di­ versos niveles culturales. Una cuidada selección de textos de au­ tores antiguos

,

mapas, ilustraciones

,

cuadros cronológicos y orientaciones bibliográficas hacen que cada libro se presente con un doble valor

,

de modo que puede funcionar como un capítulo del conjunto más amplio en el que está inserto o bien como una monografía. Cada texto ha sido redactado por. el especialista del tema, lo que asegura la calidad científica del proyecto.

1. A . C aballos-J. M . S erran o ,

S um er y A kka d .

2. J . U rru e la , Egipto: Epoca Ti-

nita e Im perio A ntiguo.

3. C . G . W ag n er, Babilonia. 4. J . U rru e la , Egipto durante el

Im perio Medio.

5. P. Sáez, Los hititas.

6. F. Presedo, Egipto durante el

Im perio N uevo.

7. J. A lvar, Los Pueblos del M ar y otros m ovim ientos de pueblos a fin es del I I milenio.

8. C . G . W ag n er, Asiría y su

imperio.

9. C . G . W ag n er, Los fenicios. 10. J . M . B lázquez, Los hebreos. 11. F. Presedo, Egipto: Tercer Pe-

nodo Interm edio y Epoca Sal­ ta.

12. F. Presedo, J. M . S erran o , La

religión egipcia.

13. J. A lv ar, Los persas.

14. J. C . Berm ejo, E l m undo del

Egeo en el I I milenio.

15. A . L o zan o , L a E dad Oscura. 16. J. C . B erm ejo, E l m ito griego

y sus interpretaciones.

17. A . L o zan o , L a colonización

25. J. F ern á n d e z N ie to , L a guerra

del Peloponeso.

26. J . F ern á n d e z N ie to , Grecia en

la prim era m itad del s. IV. 27. D . P lácid o , L a civilización

griega en la época clásica.

28. J. F ern á n d e z N ie to , V. A lo n ­ so, Las condiciones de las polis

en el s. IV y su reflejo en los pensadores griegos.

29. J. F ern á n d e z N ie to , E l m u n ­

do griego y F Hipa de Mace­ donia.

30. M . A . R a b a n a l, A lejandro

M agno y sus sucesores.

31. A . L o zan o , Las monarquías

helenísticas. I: E l Egipto de los Lágidas.

32. A . L o zan o , Las monarquías

helenísticas. I I: Los Seleúcidas.

33. A . L o zan o , Asia M enor he­

lenística.

34. M . A. R a b an al, Las m onar­

quías helenísticas. III: Grecia y Macedonia.

35. A . P iñ ero , L a civilización he­

lenística. R O M A 36. J. M a rtín e z -P in n a , E l pueblo etrusco. 37. J . M a rtín e z -P in n a , L a Rom a prim itiva. 38. S. M o n te ro , J. M a rtín e z -P in ­ na, E l dualismo patricio-ple­

beyo.

39. S. M o n te ro , J. M a rtín e z P in -n a , L a co-nquista de Italia y la

igualdad de los órdenes.

40. G . F atás, E l período de las pri-

meras guerras púnicas.

41. F. M arco, L a expansión de

R om a por el M editerráneo. De fin es de la segunda guerra Pú­ nica a los Gracos.

42. J. F. R o d ríg u ez N eila, Los

Gracos y el comienzo de las guerras civiles.

43. M .a L. S ánchez L eón, R evu el­

tas de esclavos en la crisis de la República.

44. C . G onzález R o m á n , L a R e ­

pública Tardía: cesarianos y pompeyanos.

45. J. M. R o ld án , Instituciones po­

líticas de la República romana.

46. S. M o n te ro , L a religión rom a­

na antigua.

47. J. M angas, Augusto. 48. J. M angas, F. J. L om as, Los

Julio-Claudios y la crisis del 68.

49. F. J. L om as, Los Flavios. 50. G . C hic, L a dinastía de los

Antoninos.

51. U . E spinosa, Los Severos. 52. J. F ern án d ez U b iñ a, E l Im p e­

rio Rom ano bajo la anarquía militar.

53. J. M u ñ iz Coello, Las finanzas

públicas del estado romano du­ rante el A lto Imperio.

54. J. M . B lázquez, Agricultura y

m inería rom anas durante el A lto Imperio.

55. J. M . B lázquez, Artesanado y

comercio durante el A lto I m ­ perio.

56. J. M an g as-R . C id, E l paganis­

mo durante el A lto Imperio.

57. J. M . S an tero , F. G aseó, E l

cristianismo prim itivo.

58. G . B ravo, Diocleciano y las re­

form as administrativas del I m ­ perio.

59. F. Bajo, Constantino y sus su­

cesores. La conversión del I m ­ perio.

60. R . Sanz, E l paganismo tardío

y Juliano el Apóstata.

61. R. Teja, La época de los Va-

lentinianos y de Teodosio.

62. D . Pérez Sánchez, Evolución

del Im perio Rom ano de O rien­ te hasta Justiniano.

63. G . B ravo, E l colonato bajoim-

perial.

64. G . B ravo, Revueltas internas y

penetradones bárbaras en el Im perio i

65. A. Jim én ez de G arn ica, La

desintegración del Im perio R o ­ mano de Occidente.

(3)

WmWum

HISTORIA

^MVNDO

A

ntîgvo

(4)

Director de la obra: Julio Mangas Manjarrés

(Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid)

Diseño y maqueta:

Pedro Arjona

«No está permitida la

reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.»

© Ediciones Akal, S.Â., 1990

Los Berrocales del Jarama Apdo. 400 - Torrejón de Ardoz Madrid - España

Tels.: 656 56 11 - 656 49 11 Fax: 656 49 95

Depósito Legal: M. 7201 -199 0

ISBN: 84-7600 274-2 (Obra completa) ISBN: 84-7600-528-8 (Tomo XLI) Impreso en GREFOL, S.A' Pol. II - La Fuensanta Móstoles (Madrid) Printed in Spain

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LA

EXPANSION

DE

ROMA POR EL

MEDITERRANEO. DE FINES DE LA II

GüERRA PCJNICA A LOS GRACOS.

(6)

Indice

Págs.

Introducción ... 7

I. La cuestión del imperialismo rom ano... 8

II. La intervención romana en O riente... 13

1. La II G uerra M acedónica ... 14

2. Flaminio y la «liberación» de Grecia ... 16

3. El paso a Asia: la guerra contra Antíoco III y la organización de Anatolia tras Apamea ... 18

4. La III Guerra Macedónica y sus resultados ... 21

5. El Fin de la independencia griega ... 24

III La consolidación del poder romano en Occidente ... 27

1. Hacia la sumisión definitiva del Norte de Italia: galos y ligures... 27

2. La progresión de la conquista en Hispania ... 29

3. La III Guerra Púnica y la destrucción de Cartago ... 32

IV. Consecuencias de las conquistas ... 35

1. Los comienzos de la organización provincial ... 39

2. Transformaciones en la Repúbica oligárquica ... 39

3. Consecuencias económicas de la conquista ... 43

4. Cambios en la estructura social ... 48

5. Roma y el helenismo ... 51

(7)

La expansión de Roma por el Mediterráneo

Introducción

7

La elim inación de la potencia p ú ­ nica con la victoria en la terrible gue­ rra anibálica —éxito que Polibio, la fuente clave de inform ación para el período que vamos a tratar, explica en virtud del superior equilibrio insti­ tucional ro m a n o — posibilitó el co n ­ trol efectivo de la cuenca occidental del M editerráneo por parte de Roma. Los años siguientes, en concreto los dos primeros tercios del siglo II, no sólo im plicaron para ésta la consoli­ dación de dicho dom inio, sino —y muy especialm ente— la intervención en el ám bito helenístico que se iba a saldar con el debilitam iento o que­ branto de sus potencias principales, para dejar expedito el cam ino al po­ der universal de Rom a y a la conver­ sión de todo el M editerráneo en ese M are Nostrum que tan b ien refleja desde la perspectiva de ésta su consi­ d eración com o centro de gravedad del imperio total que se había de se­ guir forjando. Se trata, por tanto, de un proceso que ha venido fascinando desde el R enacimiento a hum anistas e historiadores p o r su valor paradig­ mático y su transcendencia histórica, y cuya interpretación ha dado lugar a uno de los debates más importantes de la h istoriografía sobre la A n t i ­ güedad.

(8)

Akal Historia del Mundo Antiguo

I. La cuestión del imperialismo romano

¿Cuáles fueron las razones, en vir­ tud de qué factores los rom anos llega­ ron a d o m in a r prácticam ente el m u n ­ do conocido? U n a reflexión de tal tipo es la que induce a Polibio de M e­ galopolis a la redacción de sus «H is­ torias», para d ar cuenta de cómo en el corto espacio de medio siglo R om a alc a n z ó u n im perio universal. Las nociones y realidades de «conquis­ ta», «jerarquía» o «im perio» están perfectamente enraizadas en el p en ­ samiento antiguo, para el que la d o ­ minación de unos pueblos sobre otros ap a re c ía com o algo p erfec ta m e n te natural. Ya en H eródoto o Tucídides se contem plaba la aventura h u m a n a como u n combate perm a nente hacia esa d o m in a c ió n (archè, hégém onia) sin más límites en el i us gentium que los que m arcara la fortaleza del a d ­ versario.

Según una regla universal el ven­ cedor era dueño absoluto del botín —incluidos territorio y h o m b re s —; la no disposición a su antojo del m ismo era algo que, en definitiva, dependía exclusivamente de él. Sobre estas b a ­ ses, los historiadores, desde Polibio a Pompeyo Trogo, veían la historia de la h u m a n id a d como u n a sucesión de imperios sucesivos que tendían a esa dom inación universal.

La historiografía m oderna ha veni­

do utilizando —a la hora de explicar esos procesos de expansión de unos estados a costa de otros y, en concre­ to, la conquista rom ana del Medite­ rrán eo — dos conceptos que, aunque sobre la m ism a raíz, presentan una historia y contenido sem ántico dis­ tintos: imperio e imperialismo. N in g u ­ no de los dos carece de ambigüedad, p o r lo que son convenientes algunas puntualizaciones. El término imperio es an tig u o , y los e x tra n je ro s e ra n conscientes del imperium populi Ro­ m a n i, pero ta m b ié n de las dificul­ tades de trad u c ció n de esa noción —que alude también, entre otras acep­ ciones, al poder de determ inados m a ­ gistrados ro m a n o s — a sus lenguas respectivas. Por otra parte, el término imperialismo es moderno: com enzó a utilizarse en el último tercio del siglo

X IX para designar la expansión colo­ nial de las potencias europeas, poste­ riormente fue identificado por Lenin com o la etapa superior del capitalis­ m o y, en la actualidad, se emplea co­ rrientemente p ara aludir a unas for­ mas específicas del com portam iento agresivo de unos estados contra otros. Hobson, el prim er teórico del im pe­ rialismo, restringía la aplicación del concepto al m u n d o moderno, d ejan ­ do para la A ntigüedad y el Medievo el de imperio. Actualm ente no existe

(9)

La expansión d e R om a por el M e d ite rrán e o 9

Retrato conocido como «San Giovanni Scipioni»,

(Siglo lll-ll a.C.)

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10 A kal Historia del M undo Antiguo

u n an im id ad entre los historiadores, algunos de los cuales d an validez a la aplicación del térm ino imperialismo sólo a la expansión europea posterior a 1870. N o obstante, la mayoría de los estudiosos no com parte esta restric­ ción y ve en el imperialism o moderno la mera m anifestación de un fenóme­ no antiguo, definido como la injusti­ ficada propensión de un estado a ex­ pandirse ilim itadam ente p or medio de la fuerza (Schumpeter).

Desde comienzos del siglo XX los his­ toriadores de la Antigüedad inician la aplicación del término (Ferrero y F ra n k para R om a y Ferguson para Grecia y Roma), hoy presente en la mayoría de los tratados, con una defi­ nición en el cam po de la historiogra­ fía sobre R om a que varía desde fór­ mulas sencillas (fenómeno im peria­ lista visto como característico de un estado con tendencia a p o n er bajo su d o m inio a otros estados: Harris) a otras más complejas (tipo de acción expansionista, determ inada por cau­ sas diversas, no ligada a u n objeto de­ terminado, fundada sobre la disposi­ ción consciente y program ática de un estado y dirigida hacia la creación y estabilización de u n imperio y a la dom inación, de hecho directa, de gru­ pos, pueblos y territorios y de sus ins­ tituciones, con la perspectiva óptima del dom inio sobre el m u n d o entero: Werner). En definitiva, aparece neta la distinción entre los conceptos de imperio e imperialismo, ya implícita en esta última definición: el imperio alu­ de a u n estado de hecho (la forma de organización de u n poder), mientras que el imperialismo designa una ten­ dencia, un proceso que aboca hacia aquel y que, como tal, atraviesa fases diversas. U na de ellas p uede ser la he­ gemonía (Musiti), concepto antiguo y cercano al de imperialismo, pero del que se distingue porque el estado he- gemónico, que tiene una posición di­ rectriz en un sistema de otros estados o ligas, no incorpora totalmente en el propio territorios estatales ajenos.

Si bien es cierto que, como ha seña­ lado Werner, las lenguas clásicas no poseían una palabra concreta para el concepto de imperialismo, no lo es menos que el contenido semántico de este que fue recogido —como apunta Musti— de forma m uy cercana por el propio Polibio a la hora de designar la expansión de R om a como epibolé ton hólon, «proyecto o empresa total», proyecto por el dom inio universal, en definitiva. Lo cual sirve para com ple­ tar la legitimidad de la aplicación del término imperialismo a la expansión romana.

Menos coincidencia se da entre los especialistas a la h o ra de p la n te a r los orígenes y, sobre todo, el carácter del im perialism o romano. Tradicio­ nalm ente se sitúa el punctum originis del mismo en los inicios del siglo II,

cuando, p or vez prim era para diver­ sos au to re s, R o m a e m p r e n d e u n a guerra (la segunda de M acedonia) sin que hubiese u n a provocación directa o sin que sus intereses se vieran a m e ­ nazados. La cuestión es ciertamente p r o b l e m á ti c a , p u e s ta m p o c o la 11 G uerra Púnica se empezó bajo u n a a m e n a z a directa, y tam poco puede sostenerse sin más que la p rim era con tien d a contra C artago fuera de tipo defensivo. M ás interés tiene el debate sobre la valoración de la p ro ­ pia expansión imperialista, de la que se han dado tres grandes corrientes interpretativas. La primera, que arran­ ca de M o m m se n , pre senta la tesis «defensiva», según la cual el estado rom ano careció de un plan conscien­ te de expansión, viéndose obligado casi contra su voluntad a agrandar su imperio ante la necesidad de defen­ derse; esta visión aparece tam bién en autores com o F rank, G elzer u Ho- lleuax. U na posición interm edia es la de quienes reconocen una política imperialista de Roma en el siglo II, pero m irando —al m enos en O riente— a la hegemonía más que a la anexión de nuevos territorios, que sólo reali­ zará ante la consciencia de que la

(11)

in-La expansión d e R om a por el M e d ite rrán e o 11

dependencia de los estados vencidos no podía asegurar la paz y el orden social (Badian, Scullard, Heuss). El auténtico factor de la expansión esta­ ría, según B adian, en el deseo de las familias aristocráticas de la nobilitas de ad quirir a través de la victoria m i­ litar honores y prestigio político, y de proveerse de nuevos clientes en los nuevos países sujetos a dominación. Por último, un tercer espectro de la historiografía defiende un imperialis­ mo consciente y agresivo por parte de Roma, que obedece a causas diversas (R ostovtzeff, B en g tso n , H o f m a n n , C arcopino, H a m p l Harris...), desde el triunfo del militarismo (DeSanctis) a motivaciones económicas (Colin, Levi, De M a r tin o , C a s s o la , M usti, Hill, Perelli).

Es precisam ente la consideración de los factores económicos uno de los caballos de batalla fundamentales en la discusión. De u n lado, hay autores que reducen el proceso de la conquis­ ta ro m an a a u n a especie de política de inercia, a la rutina profesional de la oligarquía d o m in an te y a un com ­ portam iento que tiene su raíz en el miedo y el deseo de soledad del pue­ blo rom ano y en la búsqueda de una libertad de acción unilateral (Veyne). D e otro, se h a s e ñ a l a d o có m o la ex p a n sió n ro m a n a obedece f u n d a ­ m entalm ente al deseo del Senado y de los elementos mercantiles de co n ­ quistar el predom inio comercial en la rica cuenca del M editerráneo O rien­ tal, bajo la presión de los elementos financieros (caballeros, publicanos...) (Hill, Cassola...). Parece en todo caso difícil negar el peso de lo económico com o motivo insistente de la expan­ sión, pues el propio Polibio —como antes Tucídides— es consciente, a pe­ sar del enfoque general político de su obra, de que la conquista no es u n fin en sí mismo, sino que R om a persigue su utilidad (sympheron).

Ultimamente se ha señalado como característica de la praxis rom ana en su expansión mediterránea la disua­

sión militar, que aparecería como re­ sultado de los traum as de la II G u e ­ rra P única (Brizzi): a ella abocarían la existencia de una psicosis de agre­ sión (traducible en la institucionali- zación de las levas y el establecimien­ to de las legiones urbanae) la descon­ fianza hacia los otros —aliados in ­ cluidos— y un nacionalism o reivin­ dicar de la identidad rom ana frente a la griega. La figura de Escipión el Africano sería clave para asum ir esa teoría de la disu asió n , m a n ifie sta ­ mente alejada ya del antiguo recurso a la fides como base de las relaciones internacionales y del iustum bellum.

En realidad, al plantear la cuestión de la expansión de Roma hay que evitar cualquier tipo de esquematis­ m o o de explicación unitaria para un fenómeno com o el imperialismo, que constituye un proceso y, como tal, no presenta absoluta continuidad. Los cuerpos decisorios no se com portan de u n a m anera unificada y monolíti­ ca, y existen contrastes notables en la política r o m a n a que, sin em bargo, ac a b a m a n ife sta n d o u n a v o lu n tad d e lib erad a de expansión, sensibles como son el S enado y el pueblo de Roma a las ventajas que ella com por­ ta. Hay que distinguir, pues, los tiem­ pos «fuertes» y «débiles» de la c o n ­ quista (Nicolet), los actores de las decisiones determinantes en cada caso o los objetivos concretos perseguidos. Los problem as se explican por la es­ casez de fuentes disponibles —Poli­ bio y los analistas rom anos sustan­ c ia lm e n te —, que hay que leer con ojos críticos. Por lo mismo, carece­ mos de una visión del imperialismo rom ano del lado de quienes son afec­ tados por él. los vencidos, así como de una visión detallada sobre los d eba­ tes o discusiones en el seno de los grupos dirigentes, que sin du d a se produjeron, au n q u e nunca se m a n i­ festara una oposición significativa al imperialismo como tal.

En definitiva, el imperialismo ro­ m ano tiene que ser visto en el marco

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12 A ka l Historia d e l M undo Antiguo

de u n a teoría general de las rela­ ciones internacionales, com o resul­ tado de la inestabilidad objetiva de las re la c io n e s de p oder. F ue u n a coincidencia de factores lo que ex­ plica que fuera R om a precisamente la potencia que d om inara al m undo —desde la posición central de Italia en el M e d i t e r r á n e o su c a p a c i d a d de a s i m ila c i ó n de in flu e n c ia s ex­ ternas, sus orientaciones diplom áti­ cas y su capacidad de ir venciendo a los ene migos diversos—, en un pro­ ceso que no hay que ver como un me­ c a n ism o irreversible p la s m a d o r de una predestinación hacia tal d o m i­

nio, tal como diversas fuentes reflejan. Dos fases se destacan en la acción expansiva ro m a n a en este período. La primera, hasta cerca de la mitad del s. II, b a j o los d ir e c t o s a u s p i c i o s del Senado, se caracteriza por guerras sin anexiones que tratan de im poner u n p r e d o m i n i o fu n d a m e n t a l m e n t e político, con el escenario centrado en el m u n d o helenístico. La seg u n d a contem pla la incorporación al estado ro m a n o de grandes territorios, a la p a r que crece el protagonism o políti­ co de los hom bres de negocios, en un marco de actuación que afecta tam ­ bién a H ispania y Africa.

Termas Estabianas de Pompeya (construidas en el siglo II a.C.).

(13)

La expansión de Roma por el Mediterráneo

II. La intervención romana en Oriente

13

Se a d m ite c o m ú n m e n te , tras los trabajos de Holleaux, la inexistencia de u n a política oriental por parte de Roma en el siglo III y, de hecho, hasta la I G uerra M acedónica ésta se abstiene de intervenir en suelo griego. Ello no quiere decir que se ignorara el m u n ­ do helenístico, con algunos de cuyos estados se h ab ía n establecido relacio­ nes de amicitia: las relaciones econó­ micas y culturales están s o b ra d am en ­ te probadas por las fuentes arqueo­ lógicas y epigráficas. Sobre estas b a ­ ses, la intervención de Roma en Orien­ te no parece debida en un principio al deseo de conquistar los países hele­ nísticos, empresa que debía parecer temeraria a la joven potencia vence­ dora de C artago y do m in ad o ra del M editerráneo Occidental. En efecto, a pesar de la fragmentación del im pe­ rio de Alejandro, el m u ndo helenísti­ co presentaba estados muy poderosos ju nto a ciudades y ligas autónomas, y ese heterogéneo m u n d o , en el que p re d o m in a b an las m onarquías abso­ lutas, ofrecía una superioridad cultu­ ral que no podía de dejar ejercer en Rom a adm iración o desconfianza.

Tras la empresa alejandrina Grecia había dejado de ser el punto central del m u ndo helénico, con escasa ca p a­ cidad política frente a las grandes p o ­ tencias en virtud de su propio fraccio­ n a m i e n t o . Sin e m b a r g o , en tre los siglos IV y III surgieron dos estados fe­

derales que rom pieron el particularis­ mo tradicional de la polis: la liga de los etolios en la Grecia septentrional y central y la de los aqueos en el Pelo- poneso. Al Norte, la potencia mace- donia, único estado nacional entre los gra n d es helenísticos, perseguía con Filipo V u na clara política de he­ gemonía en Grecia —además de la dom in ació n de los vecinos pueblos balcánicos—, y ya se vio cómo la es­ peranza de conquistar la costa iliria lo llevó a firmar en el año 215 una alia n z a con A níbal. Las poleis del Egeo, por otro lado, sometidas a los intereses de las grandes potencias, tra­ taban de g uardar su precaria autono­ mía a través de una política fluctuan­ te respecto de las mismas. Era Rodas la que, en virtud de su estratégica si­ tuación, había conquistado un gran poder comercial y u n a vida política independiente.

La más extensa formación territo­ rial, originariamente extendida desde Tracia al Indo, el imperio seleúcida, había sufrido a lo largo del siglo III la escisión de núcleos importantes en sus extremos: en Asia Menor, Pérgamo había creado un considerable estado independiente, y se h a b ía n sustraído al dom inio seleúcida Bitinia, Capa- docia y el Ponto, así com o la parte central ocupada por los gálatas, a ex­ pensas de los cuales crecerá el reino pergameno. En Oriente se produjo la

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14 Aka! Historia del M undo Antiguo

secesión de Bactria y surgió un estado parto en la meseta irania, aunque An- tíoco III, que reinaba desde el 223, lo­ gró restablecer el dom inio seleúcida en el Este a través de una grandiosa expedición que le llevó hasta la India. Frente a la continentalidad del reino anterior, el imperio de los ptolomeos era fundamentalmente marítimo, con­ trolando el M editerráneo oriental a través de enclaves com o Cirene, C h i­ pre, la Siria meridional y otros en el Egeo, de Creta a Tracia. Dicha situa­ ción no dejaba de provocar a los lági- das conflictos con las otras dos gran­ des potencias, los seleúcidas y los ma- cedonios.

1. La II Guerra

Macedónica

Ya se ha visto cómo la decadencia del Epiro y el expansionism o ilirio motivaron la intervención rom ana al otro lado del Adriático. Sin embargo, cuando la política de Rom a se torna claram ente ofensiva en los Balcanes es en la II G u e rra Macedónica, en la que puede verse el resultado indirecto del debilitamiento del poder egipcio y el imperialismo de M acedonia y Si­ ria. Veamos las c irc u n s ta n c ia s del proceso que desencadenó la interven­ ción romana.

La decadencia del reino lágida h a ­ bía sido patente durante el reinado de Ptolomeo IV Filopátor, y a las crisis internas motivadas por la hostilidad del elemento indígena y por el estado de la economía se unió la reducción de su papel internacional a causa de la activa política de Macedonia y Siria. A la muerte de Filopátor en el 204, y con el heredero m enor en m anos de la corte y el sacerdocio, Filipo V y An- tíoco III ap rovecharon las circ uns­ tancias para, a través de, un pacto se­ creto que tuvo lugar en el 203, p lan ea r la repartición de las posesiones ex- traegipcias de los ptolomeos, al m e­

nos de las más próximas a sus ám b i­ tos respectivos. El seleúcida, anim ado por los éxitos de su empresa oriental, se lanzó a la ocupación de la Celesi- ria, siempre reivindicada por su esta­ do, y en el 200 derrotó a las tropas egipcias. Filipo V, por su parte, en los años que siguieron a la paz de Fenice del 205 (vid. supra), extendió su poder en Grecia tratando de recuperar la posición de que gozaba M acedonia en tiempos de Filipo II, el padre de Alejandro. En este sentido, invadió Tracia y atacó a las ciudades del N o r­ te del Egeo y el Helesponto, p repa­ rándose para intervenir en la parte occidental del mar. Algunas de aqué­ llas eran aliadas de la Liga Etolia, enemiga tradicional del macedonio, que envió una em bajada a Rom a en el 202 solicitando una ayuda que no consiguió por hallarse entonces el Se­ nado en plena c a m p a ñ a final contra Aníbal. La continuidad de las accio­ nes de Filipo en el Egeo provocaron la alarm a de Rodas y Pérgamo, esta­ dos que se hab ían aprovechado de la rivalidad entre las diversas potencias helenísticas para a u m en ta r su poder. Imposibilitados de la ayuda egipcia, vieron en Rom a a su única esperanza frente a la am enaza maccdonia: en el verano del 201 llegaron ante el S ena­ do em bajadores de Atalo (que m ante­ nía desde el acuerdo del 210 excelen­ tes relaciones con Roma, traducidas en el envío de la imagen de Cibeles de Pesinunte) y de Rodas, que veía ce­ rrado el paso de sus navios a los estre­ chos y al M ar Negro por la acción de Filipo.

El Senado rom ano se encontró e n ­ tonces ante u n a situación decisiva, y fue precisamente su decisión la que cam bió la política tradicional respec­ to a Oriente. Elegido cónsul para el 200 Publio Sulpicio, uno de los esca­ sos hom bres que conocían la situa­ ción oriental personalmente, los ro­ manos, mientras p re p a ra b a n ya di­ plom áticam ente la guerra, enviaron a Emilio Lépido a Abidos, punto n eu ­

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rálgico de los estrechos, al que ponía sitio Filipo V, con el ultim átum de que el rey interrum piera toda hostili­ dad contra las ciudades griegas, no tocara las posesiones egipcias y satis­ faciera una indem nizac ión a rodios y pergamenos. Jurídicam ente el ultim á­ tum ro m an o carecía de todo peso es­ pecífico y fue rechazado por Filipo V lo que conllevó la declaración de gue­ rra por parte de Roma.

Esta intervención ha sido objeto de controversias p or parte de los histo­ riadores, y actualm ente están supera­ das las interpretaciones que, como la de F rank, la explican como exponen­ te de un desinteresado filohelenismo. En realidad, la decisión del Senado, al exigir de M acedonia la no inter­ vención en el m u n d o griego, la totali­ dad del cual era asum ida bajo su pro­ tección, constituía un acto unilateral que no se justificaba p or la paz de Fe- nice firm ada con Filipo V en el 205. N o existía una am enaza contra Roma por parte de este. ¿Por qué, pues, la guerra? Se ha h ablado de desconoci­ miento real de la situación por parte de los senadores romanos, que atri­ buyeron a ciertos hechos una im por­ tancia que no tenían en la realidad; de u n nacionalism o agresivo pro d u c­ to del propio miedo, recién acabada como estaba la guerra contra Carta- go; de una clara voluntad de poder por parte de determ inados grupos de la nobilitas, o de la influencia de un «eastern lobby» formado por exper­ tos con intereses comerciales en Orien­ te, que e m pujaría n hacia una solu­ c ió n ex tre m a ( B a d i a n , C lem ente). Tratar de reducir la orientación polí­ tica del Senado a u n a causa simplifi­ ca enormemente la cuestión. Sin duda estaba vivo en el recuerdo el pacto de Filipo V con Aníbal, lo que motivaría el tem o r —p o r irra cio n al que este fuese— de una invasión de Italia a partir de ese instante de Oriente. Y ciertamente no faltaron razones de ri­ validades internas si, como se ha apun­ tado, algunos elementos senatoriales

influyeron en la declaración de gue­ rra a M acedonia para rom per el pres­ tigio y la gloria que en ese momento ac ap arab a Escipión, el vencedor de Aníbal. E n el fondo, parece subyacer la preocupación rom ana porque no se alterara un equilibrio entre las po­ tencias helenísticas que fuera suscep­ tible de re d u n d a r en su propio perjui­ cio. Pero con la resolución tom ada se iniciaba u n proceso que iba a ca m ­ biar radicalm ente la situación en el Mediterráneo.

Los rom anos iniciaron las hostili­ dades con el desembarco de dos le­ giones en Iliria y el envío de una flota al Egeo para operar conjuntam ente con la rodia. Los progresos bélicos fueron, sin embargo, escasos, por lo que se increm entó la actividad diplo­ mática. El alineamiento de los etolios al lado de R om a en el verano del 199 facilitó el acceso de las tropas a la Grecia central a partir de las bases ili- rias, desde el 198 bajo el m ando de un nuevo general, Tito Quinctio F la m i­ nino, elevado al consulado p o r los adversarios de los escipiones. Los ro­ m anos rom pieron las defensas mace- donias en el río Aoos, lo que obligó a Filipo V a retirarse a Tesalia ante su avance. La defección de Beocia y de la Liga Aquea, que se pasaron al lado de Roma, dejaron aislado a Filipo V en Grecia, p o r lo que presentó propues­ tas de paz que no dieron resultado, fundam entalm ente por las exigencias griegas de que el macedonio re n u n ­ ciara a las fortalezas que poseía en A c r o c o r in t o , C a lc is y D e m e tr i a s . R e a n u d a d a s las hostilidades en el 197, la batalla decisiva tuvo lugar en C ino sc éfa lo s (Tesalia) y s u p u so el triunfo de la táctica m a n ip u la r rom a­ na frente a las falanges macedonias, hasta entonces temibles. Tras la b a ta ­ lla, Filipo V solicitó de nuevo la paz, aceptada ahora por Roma, en cuyos propósitos no e n tra b a el a n i q u i l a ­ miento de M acedonia. F irm ado el ar­ misticio entre Filipo V y Flaminino, el S enado envió u n a c o m isión de 10

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16 A ka l Historia del M undo Antiguo

m iembros p ara establecer los porm e­ nores del tratado de paz ju ntam ente con aquél, cuyo m an d o se prolongó. M ac edonia ren u n ciab a al interven­ cionismo en Grecia, cuyas guarnicio­ nes retiró, restituía sus conquistas en Tracia y Asia M e n o r y se com prom e­ tía a ceder su flota de guerra —a ex­ cepción de seis navios— y a pagar una indem nización de 1.000 talentos, así como a evacuar Tesalia. Reducida a su territorio nacional, M acedonia era así desprovista de los elementos que la caracterizaban como gran p o ­ tencia.

2. Flaminino y la

«liberación» de Grecia

La victoria sobre Filipo V dejaba pendiente sin em bargo un problem a im portante p ara Roma: el del futuro político de Grecia, en defensa de la li­ bertad de la cual se había producido la intervención. La prolongación del m a n d o concedida p o r el Senado a F la m in in o se convirtió, así, en un ele­ m ento sustancial para garantizar la coherencia de la política rom ana y la organización de la victoria. Es posi­ ble que las intenciones rom ana s de una Grecia libre, u n id a por el deseo de frenar cu a lq u ie r tentativa im pe­ rialista ulterior de M acedonia, b usca­ ran el establecimiento de una situa­ ción similar a la africana, en donde los aliados nú m id as constituían un escudo frente a cualquier veleidad ex- pansionista de Cartago. Las circuns­ tancias se revelaron, con todo, muy distintas, dados los intereses co n tra­ puestos entre sí de los aliados griegos a la hora de aprovechar la victoria. Estaban por un lado los etolios: la de­ cisión rom ana de no atender a las rei­ vindicaciones territoriales que invo­ caban en virtud de las negociaciones con Filipo V previas a la paz de Tempe de junio del 197 provocó en ellos una profunda frustración ante lo que consi­

deraban una clara injusticia. La negati­ va rom ana, sin embargo, tenía la lógi­ ca de evitar el establecimiento de un p oder excesivamente fuerte en la G re­ cia central, por lo que fue bien recibi­ da p o r los otros griegos. De otra parte, las actividades de Antíoco III en Asia M e n o r y en Tracia provocaron, al p a ­ recer, divergencias de criterio entre F la m in in o y los diez legados que le asistían en la organización de Grecia, partidarios estos del m antenim iento de las tropas rom anas en las guarni­ ciones de Demetrias, Calcis y Corinto ante el temor que la actuación del se- l e ú c i d a i n s p i r a b a . F l a m i n i n o , en cambio, sostenía la evacuación total de las tropas rom anas del suelo grie­ go, considerando sin duda que el m a n ­ tenim iento de unas pocas plazas fuer­ tes pudiera enajenar a la mayor parte de los griegos. Y así proclam ó sole- m enem ente en los juegos ístmicos ce­ lebrados en Corinto a comienzos del verano del 196, ante delegados de to­ das las ciudades, la libertad de toda Grecia, a partir de entonces exenta de guarniciones y tributos y en poder de sus leyes tradicionales (Polibio, 18,46). La m edida provocó enorme entusias­ mo y lo convirtió en el prim er ro m a­ no que recibió honores religiosos en el m u n d o griego (fue declarado salva­ dor en Argos y Calcis).

Algunos autores h a n visto en la so­ lem ne y algo teatral declaración de C orinto una prueba de la doblez de Rom a para disim ular sus auténticas intenciones imperialistas a través de la propaganda. Sin embargo, el impera­ tor ro m an o actuó en u n a línea que te­ nía sus precedentes en los reinos he­ le n ístic o s ( B a d ia n ) , y en r e a lid a d —conocedor com o pocos de sus c o n ­ ciudadanos de la im portancia de esa p ro p a g an d a com o arm a política en el m u n d o oriental— lo que hizo F la m i­ nino fue h ab lar a los griegos en un es­ tilo que no les era ajeno. Hay que a d ­ mitir, con todo, el sustancialm ente sincero filohelenismo del general ro­ m a n o , q u e p o seía u n a sólida

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for-La expansión d e R om a por el M e d ite rrán e o 17

mación cultural griega, y que su ac­ tuación iba a m arcar un com porta­ miento político relativamente distinto por parte de R om a en el m undo grie­ go respecto de otros ámbitos en los que se aplicó el im perialism o, por ejemplo Occidente.

La proclam ación de Flam inino so­ bre la libertad de Grecia no implicó, por otro lado, que todos los pueblos liberados fueran dueños de su desti­ no: sólo Eubea, Magnesia, Tesalia y

Perrebia fueron independientes; pero no se pidió la opinión de los corintios c ua ndo fueron integrados en la con­ federación aquea, como tampoco la de los locrios y focidios c ua ndo lo fueron en la etolia. E n seguida surgie­ ron p r o b l e m a s , m a n ife s ta d o s , p o r ejemplo, en la guerra contra Nabis de Esparta en el 195. Su declaración con­ venía lo mismo a Rom a —para la que la guerra constituía un elemento i d ó n eo de m a n te n e r las tropas en

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18 AkaI Historia del M undo Antiguo

Grecia sin contravenir la declaración de C orinto— que a la mayoría de los estados griegos, recelosos de las ten­ dencias revolucionarias del rey espar­ tano. Pero, así como Flam inino espe­ ró a la decisión de ios estados griegos p a ra la d e c la r a c ió n de guerra, no hizo lo mismo a la hora de establecer las condiciones de la paz, que dictó él sólo. La praxis rom ana no dejó, pues, de provocar resquemores en Grecia, principalm ente entre los etolios y Es­ parta, cuyas c o n se cu en c ia s ib a n a verse en el futuro. Pero en el 194 las tropas rom anas evacuaron definitiva­ mente las guarniciones griegas —con­ tra la opinión de Escipión el Africa­ n o —, y poca duda cabe de que, en general, la política de Flam inino en Grecia facilitó el apoyo de la mayor parte de ésta frente a Antíoco en el

192.

3. El paso a Asia:

la guerra contra Antíoco III

y la organización de

Anatolia tras Apamea

La política rom ana en Oriente, ten­ dente a impedir que el statu quo en la zona se rompiera por la expansión de uno de sus poderes principales, se vio seriamente cuestionada p or la ener­ gía desplegada p or Siria. Efectiva­ mente, Antíoco III el Grande, a n im a ­ do p o r los éxitos lo g rad o s en los últimos años del siglo III (en el 200 ha­ bía) completado la conquista de la Ce- lesiria). se proponía restaurar el imperio de su antepasado Seleuco, desde Tra­ cia al Indo. La empresa parecía fran­ camente difícil entonces, pero iba a motivar el conflicto de intereses con Roma y, con ello, u n paso más —de enormes consecuencias— en el ex­ pansionism o itálico en la parte orien­ tal del Mediterráneo.

Aprovechando el vacío dejado por Macedonia y Egipto, Antíoco se a p o ­

deró en el 197 de la mayor parte de la fachada egea de Asia M enor y al año siguiente atravesó el Helesponto, es­ tableciendo una guarnición en la ciu­ dad de Lisimaquia. El hecho no p o ­ día dejar de inquietar a los romanos, que exigieron del sirio repeto a la libertad de las ciudades de Asia M e­ n o r y Tracia. La respuesta de este fue que no abrigaba la m enor m ala intención contra Roma, limitándose a retom ar en virtud de derechos a n ­ cestrales, las ciudades asiáticas y tra- cias ocupadas por Filipo. La política de R om a no forzó, sin embargo, la m arc h a de los acontecimientos, h a b i­ da cuenta de la situación existente en Occidente, donde diversos hechos re­ flejaron entonces la debilidad básica de su dominio: la gran sublevación en H ispania del 197 provocó la pérdi­ da de la m ayor parte de los territorios conquistados a los púnicos, exigien­ do la intervención de Catón al frente de copiosas tropas; la elección de Aníbal com o sufete en Cartago en el

196 provocó un nerviosismo que no desapareció hasta el triunfo de la fac­ ción p ro rro m an a y la huida de aquél un año más tarde; otro foco de nece­ saria atención era el del Norte de Ita­ lia, p o r las o p eraciones llevadas a cabo contra los boyos.

Es opinión bastante generalizada que ni seleúcidas ni rom anos quisie­ ran la guerra (Badian, Will, Ferrary), y en realidad los temores de Roma p arecían injustificados. La negocia­ ción, no o b s ta n te , era difícil. Los rom anos deseaban prohibir a Antío­ co el acceso al Egeo y, por otro lado, su intervención en favor de las ciu­ dades au tónom as de Asia no podía d e ja r de pro v o c ar la pre o cu p ac ió n de aquél. Las negociaciones qu ed a­ ron i n te rru m p id a s y los seleúcidas reforzaron su posición en Tracia, a n i­ m ados quizás p or la evacuación ro­ m a n a de Grecia, a la p a r que desarro­ llaban u n a activa diplomacia que les benefició con la atracción de C apa- docia, Bitinia o el mismo Egipto

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(ma-La expansión d e R om a p o r el M e d ite rrán e o 19

Planta axonométrica del Porticus Aemilia (?),

Roma (193 a.C.).

trim onio de u n a hija de Antíoco con el joven Ptolomeo V Epífanes). Pero, si bien pareció incluso a p o y a r los planes de Aníbal para volver a Carta- go, parece fuera de duda que no e n ­ traba en las intenciones del rey sirio p r o v o c a r u n a g u e r r a d ir e c t a con Roma.

La reanudación de las negociaciones en el 193 no llevó a ningún resultado concreto, y fue entonces cua ndo se precipitó la situación p or la acción de los aliados respectivos. Eum enes de Pérgamo, de un lado, instaba a los ro­ m anos a una actitud de dureza, tem e­ roso de la potencia siria en Asia. De otro, los etolios —a quienes Polibio hace resp o n sa b les de la guerra de una forma sin duda sim plista— juga­ ron un papel decisivo. Ya en el 193 ha­ bían desarrollado una am plia c a m ­ paña antirrom ana, y en verano del 192 eligieron a Antíoco como estrate­

ga y le invitaron a actuar en Grecia: la situación dem ostraba el fracaso de la pacificación de R om a en aquélla, y el rey sirio aceptó jugar el papel de «liberador» en un terreno que consi­ deraba neutral, desem barcando con tropas no muy num erosas en otoño, una acción arriesgada que iba a moti­ var la in te rv e n c ió n de Rom a. Las operaciones de esta no presentaron g r a n d ific u lta d , a la vista de que —etolios aparte y desaparecido Nabis en guerra contra los aqueos— todos los grandes estados se mantuvieron neutrales o aliados a los romanos, in ­ cluida Macedonia. La acción de Aci­ lio Glabrión, desembarcando en Apo- lonia en la primavera del 191, y de Catón, que actuaba como legado del ejército del cónsul, forzaron, tras su derrota en las Termopilas, la salida de Grecia de Antíoco Til, a b a n d o n a n d o a los etolios. El poder de este seguía

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intacto sin em bargo en Asia Menor, y los rom anos intentaron en ella ona victoria definitiva, organizando una expedición al m a n d o del cónsul L u­ cio Cornelio Escipión (con su h e rm a ­ no Publio el Africano como legado y, en la práctica, director de las opera­ ciones). C on la ayuda de Filipo de M acedonia, las tropas rom anas atra­ vesaron el Helesponto en el otoño del 190. El encuentro definitivo se libró en Magnesia del Sípilo, en enero de 189, y c o n s ti t u y ó u n tri u n f o p a r a Roma, debiendo Antíoco aceptar las exigencias de esta. Polibio y Livio nos h a n trasm itido los p orm enores del tratado: el rey sirio evacuaba todas sus posesiones en Asia M enor hasta el Tauro (lo que imposibilitaba su ac­ ción en el ámbito egeo), entregaba la mayoría de su flota, así com o sus ele­ fantes de guerra, y pagaba u n a in ­ dem nización de 12.000 talentos. En lo tocante a la situación de las ciudades miroasiáticas, las que fueran libres conservaban su independencia, mien­ tras que las sometidas a los seleúci- das devenían tributarias de Eum enes de Pérgamo —con la excepción de Li­ cia y la p a r te de C a r ia al s u r de M eandro, que d e p e n d e ría n de Ro­ das.

El su c e so r de E scip ió n , M a n lio Vulso, llevó a ca b o u n a incu rsió n contra los gálatas que p ro d u jo un sustancioso botín y que, sobre todo, reveló la capacidad de R om a para in ­ tervenir en la región. Finalmente, fir­ mó en el 188 con Antíoco la paz en A pam ea de Frigia, que detallaba lo sustancial de las exigencias rom anas tras Magnesia. C on ello cam bió radi­ calm ente el m a p a político de Asia M enor, con el estado de Pérgamo, enemigo tradicional de M acedonia y Sina, como principal beneficiario.

La victoria sobre Antíoco III, a pe­ sar de que este siguiera conservando u n a potencia relativa superior a la de M acedonia, sellaba definitivamente el predom inio de R om a en Grecia y Asia M enor y, lo que es más impor- i

tante, la llevaba a ocupar el prim er plan o en el conjunto mediterráneo. Es a partir de entonces cuando surgi­ rá u n a m entalidad abiertamente im ­ perialista, al no existir más obstácu­ los significativos en el camino de su dom inio del m u ndo (epibolé ton hó- lotu en la terminología polibiana). Pa­ rece probable que desde ese m o m e n ­ to co m en z ara a intuirse por parte de determ inados rom anos que las aven­ turas externas podían servir ó ptim a­ mente para distraer la atención de las preocupaciones dom ésticas (Momi- gliano, G abba, Brizzi).

R ápida fue en Grecia la solución del problem a etolio: aunque la confe­ deración no fue disuelta por Roma —sin duda para frenar cualquier in­ tento expansionista por parte mace- d o n ia — el tratado que le fue impues­ to en el 189 la obligaba a pagar una indem nización de 500 talentos y a te ­ ner los mismos amigos y enemigos que el pueblo romano. Son diversos los autores (Badian, Ferrary) que han visto en dicho tratado, con la intro­ ducción de la clausula sobre la ma ¿es­ tas populi Rom ani, la primera m a n i­ festación de la doctrina según la cual los estados que hubieran firmado un foedus con Roma, incluso los declara­ dos solem nem ente libres por el pue­ blo rom ano, no d ebían su libertad sino a la sentencia unilateral de Roma, que podía en consecuencia revocarla.

En el Sur la confederación aquea, principal beneficiada del nuevo o r­ den impuesto por Roma, aprovechó la ocasión para lograr la unificación total del Peloponeso bajo la dirección enérgica de Filopemén, con la inclu­ sión de Elide, M cse n ia y E sparta. Ello no iba a dejar de provocar reac­ ciones por parte de estos estados, so­ bre todo del espartano, cuyas protestas no fueron atendidas p or un indeciso Senado. Por otra parte se produjeron disensiones en el seno mismo de la Liga Aquea, entre los partidarios de m antene r u n a actitud de in d ep en d e n ­ cia frente a R om a —aglutinados por

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T. Quintio Flaminino sobre una moneda acuñada en Atenas.

Filopemén, que hizo triunfar sus tesis en los a ñ o s o c h e n t a —, y quienes, como Calícrates, estratega en el 181, de­ fendían una más realista postura de sumisión a Roma. El conflicto se iba a saldar con la deportación a Roma de los herederos de Filopemén en el 167 (entre ellos el historiador Polibio, hi­ jo de Licortas), pero era bien expresi­ vo del fracaso de la ordenación rom a­ na en la zona, con amargas conse­ cuencias que se iban a manifestar no m ucho después.

4. La III Guerra Macedónica

y sus resultados

En la media docena de años que van desde la victoria sobre Seleucia a la m uerte de Escipión el Africano, parecían haberse conseguido p len a­ mente los objetivos políticos del Se­ nado romano, que podía considerar culm inados sus intentos de convertir­ se en el árbitro privilegiado —a través en parte de su aliado p ergam eno— de un equilibrio ventajoso en el m u ndo

helenístico, entre las debilitadas po­ tencias de M acedonia, Siria y Egipto y la talasocracia radia. El ocaso de la estrella de Escipión parecía volver a su cauce las aguas del juego político tradicional, m arc ando el final del po­ der de los generales, a quienes la ne­ cesidad de su concurso había situado por encim a de las leyes de la ciudad (Grimai), y podían considerarse b á ­ sicamente superadas las terribles se­ cuelas de la II G uerra Púnica, con Aníbal buscando asilo entre los po­ deres de Oriente. Pero R om a se había metido en un proceso que no admitía u n a estabilidad duradera del p a n o r a ­ ma internacional, en virtud de su p ro ­ pia situación de fuerza y de los intere­ ses económicos y de todo tipo que afectaban a su cuerpo social en el m u ndo de Oriente.

Filipo V, tras su derrota ante R o­ ma, inició u n a serie de profundas re­ formas sociales y económicas en el interior que, continuadas luego por su hijo Perseo, explican el robusteci­ miento de Macedonia en el 172. Al mis­ mo tiempo, y m an teniendo c laram en­

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22 A ka l Historia del M undo A ntiguo

te su fidelidad a Roma, orientó a su país hacia una política balcánica de gran dinamismo para asegurar las fron­ teras septentrionales: en los últimos años de su reinado llevó a cabo c a m ­ p a ñ a s de p ac ificac ió n en Tracia e ideó la substitución de los dardanos, enemigos tradicionales, por los b a s­ tarnos del D a n u b io inferior. Su co n ­ curso en la guerra contra Antíoco h a ­ bía sido sustancial p ara asegurar el éxito rom ano. Pero sus esperanzas de re cuperar de este m odo algo de su prestigio anterior se vieron am arga­ mente defraudadas por la actitud de Roma. Los beneficios obtenidos por su colaboración fueron escasos (el te­ rritorio de Demetrias, por ejemplo), siendo rechazadas sus pretensiones sobre el Norte de Tesalia y la parte oriental de la costa tracia. El macedo- nio, que ocupó las plazas de Ainos y Maronea, dependencias tracias de A n ­ tíoco, se vio inm ediatam ente contes­ tado por el am bicioso Eum enes de Pérgamo, que invocó sus derechos a dichas posesiones en virtud del trata­ do de Apam ea y que, en su calidad de más fiel aliado de Roma, no dejó des­ de entonces de alim entar la descon­ fianza de esta hacia Filipo.

Los rom anos ju g aro n decisivamen­ te la b aza de Demetrio, segundo de los hijos del rey y rehén en la Vrbs, y lo enfrentaron a su herm ano Perseo, pero Filipo ratificó su apoyo a este como legítimo heredero. El asesinato de Demetrio en el 179, en circunstan­ cias menos claras de lo que la tradi­ ción parece indicar, fue considerado com o u n a provocación por los ro­ manos.

La subida al trono de Perseo entra­ ñó cambios respecto de la política se­ guida por su padre. U n a amnistía in ­ terior inauguró un m odo de gobernar m enos autoritario, m ientras que se prestaba en el exterior más atención al Egeo que a los Balcanes, con una d i p lo m a c ia activa: su m a t r i m o n i o con la hija de Seleuco IV Filopátor de Siria y el de una h e rm a n a suya con el

rey de Bitinia no hicieron sino acen­ tuar más si cabe el recelo de Pérgamo. En Grecia norm alizó sus relaciones con la Liga Aquea, estableció u n a alianza con Beocia y gozó a partir del 174 de u n a gran p o pularidad entre m uchos griegos, al decir de Livio en­ tre la plebe y los notables en d e u d a ­ dos o arruinados. La aparición del m acedonio en Delfos dicho año c o n ­ venció a muchos griegos de que M a ­ cedonia constituía frente a Rom a un contrapeso indispensable a su liber­ tad (Polibio, Livio), lo que contrasta­ ba con la reticencia mostrada antes hacia Antíoco. Sin embargo Perseo, objeto de u n a tradición historiográfi- ca u n á n im a m e n te hostil, no abrigaba las m enore s intenciones de guerra contra Roma, que trató de evitar en 172. Pero el Senado, ante el fracaso manifiesto de su política en Grecia que el estado de cosas demostraba, decidió actuar. El pretexto necesario se lo proporcionó Eum enes de Pérga­ mo, quien acudió personalm ente a Roma y —en un cínico discurso trans­ mitido p or A p ia n o — presentó u n a se­ rie de cargos contra Perseo, aceptados pese a su escasa consistencia. Ade­ más se acusó al macedonio, tam bién sin pruebas, de un atentado sufrido por Eumenes a su vuelta de Italia, y después ni siquiera se permitió a los emisarios de Perseo h ab lar ante el Se­ nado. Por el contrario se exigió de aquél una subordinación sin condi­ ciones lo suficientemente inaceptable com o para ser rechazada: ello perm i­ tió la declaración ro m an a de guerra del 171.

Con ello se m ostraba sin ambages el rostro del im perialism o rom ano, tan lejos ya del pium iustumque bellum in v o c a d o t r a d i c io n a lm e n te p o r su analística. La guerra contra Perseo acaba por rom per definitivamente la fieles de Roma, im plicando un rápido deterioro de su moralidad y una pesi­ mista modificación de su obra histó­ rica (Walbank).

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pió para los rom anos, que no envia­ ron suficientes efectivos, y Perseo, tras unas victorias iniciales solicitó, no obstante, la paz a Roma, que le fue negada. A pesar de ciertas ventajas iniciales (unión a su causa de los epi- rotas y del ilirio Gentío, consolida­ ción de las tendencias antirrom anas en Grecia, m ediación de diversos es­ tados, com o Egipto, Rodas e incluso Pérgamo) se m antuvo siempre a la defensiva, b u s c a n d o un im p o sib le compromiso. N in g u n o de los estados principales del m u n d o helenístico se arriesgó a a p o y a r a Perseo: p o r el contrario, Siria y Egipto entraron en­ tonces en guerra entre sí.

La situación encontró u n a solución rá p id a en c u a n to R o m a concentró más efectivos. En el 169 el cónsul M ar­ cio Filipo penetró en M acedonia a través de Tesalia, y al año siguiente su sucesor, Lucio Emilio Paulo —el hijo del cónsul derrotado por Aníbal en la batalla de C a n n a s — obligó a los ma- cedonios a afrontar la batalla defini­ tiva en P idna, donde las falanges ma- cedonias perdieron los dos tercios de sus efectivos (20.000 muertos). El rey huyó, pero fue hec h o prisionero y presentado con cadenas en Rom a u n año más tarde, a c o m p a ñ a n d o a L u­ cio Emilio Paulo.

La victoria de Pidna se tradujo en un cambio en la política oriental de R om a que iba a iniciar una nueva etapa para el m u ndo antiguo. El do­ minio romano, hasta entonces expre­ sado a través de una red de acuerdos de amicitia para lograr la mutua neu­ tralización de las diversas potencias helenísticas, dejó paso a formas rígi­ das y brutales de sumisión unilateral, desde el simple aniquilam iento en el caso de M acedonia, a la humillación de los propios aliados tradicionales. El estado de Perseo fue dividido en cuatro partes (merides) in dependien­ tes, sin estructura federal alguna en­ tre sí, y se deportó a Italia a buena parte de sus dirigentes. Las cuatro re­ públicas debían, además, p ag a r un

tributo a R om a (100 talentos según Plutarco) equivalente a la mitad del que recaudaba Perseo. El Senado dis­ puso a su antojo del tesoro real: el es­ tatuto del 167 implicó, pues, la desapa­ rición de M acedonia como poder po­ lítico y su explotación económica por R om a sin llegar a su administración directa como provincia. La desapari­ ción de la m onarquía, saludada —al igual que el conjunto de las m edi­ das— de forma positiva p or Polibio, p riv a b a en re a lid a d al país de su aglutinante esencial e iba a precipitar las tensiones sociales. Las medidas se repitieron en Iliria, donde también se abolió la m on arq u ía y se dividió al te­ rritorio en tres repúblicas, y el Epiro fue transform ado en un desierto por el apoyo prestado a Perseo: 70 oppida fueron destruidas y 150.000 habitan ­ tes reducidos a la esclavitud.

La desconfianza senatorial hacia los griegos p or la tibieza del apoyo prestado en la guerra en unos casos o por el claro sentimiento antirroma- no en otros supuso la depuración de los elementos recalcitrantes, elimina­ dos físicamente o deportados (como el m i l l a r de p e r s o n a j e s p o l ític o s aqueos, entre ellos Polibio).

Hasta los aliados y principales be­ neficiarios de las claüsulas de A p a­ mea sufrieron el cam bio político ope­ rado en R om a: R odas, a la que a punto estuvo de declarársele la guerra por su m ediación en favor de Perseo, quedó privada de sus territorios con­ tinentales de Licia y Caria, recibidos en el 188, y la creación del puerto fran­ co de Délos arruinó desde entonces su poder comercial y, en definitiva, polí­ tico. En cuanto al principal de losso- cii rom anos en la zona. Pérgamo. el Senado desplegó una política de ci­ nismo manifiesto —supuesta la ende­ blez de los motivos de represalia—, explicable p o r el deseo de arruinar al único p o d er todavía im portante en Asia Menor. C u a n d o Eum enes envió a su herm a n o Atalo en solicitud de ayuda contra los gálatas, se intentó

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24 Aka! Historia del M undo Antiguo

Retrato de Perseo de Macedonia sobre una moneda

volver a este contra aquel (a quien previamente no se le había permitido hablar en Italia cuando se presentó para justificar su actitud en los últi­ mos años de la guerra contra Perseo). Fracasado el plan por la lealtad de Atalo, prosiguió una política rom ana tendente a m in ar el poder de) rey: ejemplo ilustrativo es la devolución de su autonomía en el 166 a los gála- tas, que desde Apamea habían sido sometidos por la propia Roma a la tu ­ tela de Pérgamo.

La nueva orientación de la política romana afectó también de forma de­ cisiva a Siria y Egipto. El trono seleú- cida estaba desde el 175 en manos de Antíoco IV Filopátor, que había sido educado como rehén en Roma. En el 170 estalló la guerra entre los dos es­ tados, saldada con un tratado al año siguiente, que obligaba al joven Pto- lomeo VI a una clara dependencia. Cuando los egipcios acordaron la re­ sistencia, una nueva intervención de los sirios llevó a los ejércitos de A n ­ tíoco a Alejandría en el 168. Es enton­ ces cuando, solucionada la situación en

M acedonia, los rom anos resolvieron intervenir haciendo caso de las lla­ m adas egipcias y enviaron una m i­ sión encabezada por Popilio Lenas, con el ultim átum de que las tropas si­ rias a b a n d o n a ra n Egipto. Com o A n ­ tíoco, que había sido amigo del gene­ ral rom ano, pidiera tiempo para re­ flexionar, este trazó un círculo en el suelo con su bastón en torno al rey exigiéndole u n a respuesta antes de atravesarlo: el soberano sirio hubo de plegarse al dictado. La anécdota (al igual que la del rey Prusias de Bitinia, que se presentó vestido de liberto ante los delegados rom anos) revela sufi­ cientemente la realidad política exis­ tente.

La derrota diplomática del seleúci- da sella el final de las potencias hele­ nísticas independientes. A partir de entonces se iba a dejar sentir la ac­ ción om nipresente de Roma, que se aprovechará de la ya iniciada disolu­ ción interna (resistencias indígenas, crisis económica y agravamiento de las tensiones sociales, querellas di­ násticas internas, alzam iento de los hebreos y expansión del reino parto en el ám bito sirio...) para acentuar la ruinosa decadencia de aquéllas. La consideración de Rom a como here­ dera testamentaria del reino de d r e ­ ne por Ptolomeo VIII en el 155 y del de Pérgamo por Attalo III en el 133 consti­ tuyen botones de muestra bien ilus­ trativos.

5. El fin de la

independencia griega

A m ediados del siglo II dos hechos m arc an las nuevas orientaciones de la política rom ana: la reducción de M acedonia a provincia y el ejercicio de u n a represión brutal hacia Carta- go y la Liga Aquea. Con la primera, se a b a n d o n a b a una política que h a ­ bía inspirado la obra de Rom a desde la creación de las provincias

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hispa-La expansión d e R om a por el M e d ite rrán e o 25

ñas del 197, explicable por el deseo de evitar el aum ento del número de m a­ gistrados o el recurso sistemático a la prorrogaría imperii (con los problemas consecuentes del control senatorial que dichas medidas acarrearían), así com o el estab le cim ie n to de tropas pe rm a n e n te s y u n a a d m inistración directa que convenían mal a la preca­ riedad estructural que entonces —co­ mo tam bién luego— caracterizaba al régimen republicano.

El proceso que llevó a la conver­ sión en provincia de M acedonia y una parte de Grecia lo desconocemos en su conc rec ión, pero poca duda cabe de que la sublevación de A n ­ drisco fue la chispa que lo motivó. Este personaje apareció presentándo­

se como hijo de Perseo, tratando de su­ blevar M acedonia y ser reconocido por diversos estados. Hacia el 150, y tras algunos fracasos iniciales, logró el apoyo del príncipe Teres y penetró desde su reino tracio en Macedonia, reuniendo en torno suyo el descon­ tento nacionalista que em bargaba a los elementos sociales más desfavore­ cidos. Su rápida progresión, entrada en Pella y victoria sobre el general Ju- vencio demostró claramente a Roma el fracaso del estatuto plasm ado en el 167. La situación quedó rápidamente restablecida en lo militar con el envío de Metelo, que lo derrotó en los alre­ dedores de Pidna en el 148, pero la con­ secuencia fundam ental de la acción de Andrisco fue la incorporación de

Dyrrachium ' · · . ... **'"-%=Jíia-EgHaiia ^ pena £ M A C ED O N IA 148 Ύ Corcyra Pidna 1 6 8 . Cynoscephalos

Thasos Sam othracia Imbros Lemnos A EG EU M MARE PONTUS BITHYNIA -, GALATIA V ____ ·. Pergamum PHRYGIA Scyros Lesbos Leucas C ep h a lle n ia Athenas ACHAIA Zakynthos Corinthus . Sparta Cythera Chios Andros Samos Icaria Tenos Delos Myconus Paros Naxos ASIA 133 Magnesia 190 CARIA REINO SELEUCIDA Apam ea 189 PAMPHYLIA Cos / : ^ — — - · ' LYCIA Melos Rhodus

EI Imperio romano en Oriente durante el siglo II (según F. Marco Simón)

Istados bajo influjo de Roma en el s .II Liga Aquea Macedonia

Liga Etolia y aliados

Reino de Pérgamo

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