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Transformaciones en la Repúbica oligárquica

IV. Consecuencias de las conquistas

2. Transformaciones en la Repúbica oligárquica

Los autores latinos posteriores (Cice­ rón, Salustio) vieron el período que nos ocupa como casi una edad áurea en la historia de Rom a, m arcada por los éxitos exteriores y por la concor­ dia interna, como aún no se había di­ vidido el cuerpo social ni habían emer­ gido las p o d e ro sa s p e r s o n a lid a d e s que m arc ará n los decenios posterio­ res. La realidad, en cambio, fue dis­ tinta, y la sociedad rom ana se benefi­ ció, sin duda, de la expansión, pero al mismo tiempo com enzó a acusar una serie de crisis sucesivas, producto en definitiva de la precariedad estructu­ ral de la respublica y de los esfuerzos que realizó para alca n zar el dom inio del Mediterráneo.

Los decenios que siguieron a la II G uerra Púnica se caracterizan por el apogeo del S enado com o elemento rector del estado, con una paralela

La organización provincial

Los cónsules L. Valerio Flaco y Marco Por­ cio Catón, en los idus de marzo (del 196 a.C.), día en el que iniciaban su mandato, plantearon al senado el tema de la distribu­ ción de las áreas de competencia (provin­

ciae) y los senadores decidieron que co­

mo la guerra en Hispania cobraba gran importancia, se hacía necesario que fuera consular tanto el ejército como su coman­ dante y que, en consecuencia, los cónsu­ les debían arreglar la cuestión entre ellos o bien echar a suertes el mando sobre Italia e Hispania citerior; aquel a quien le corres­ pondiera Hispania, podría llevarse dos le­ giones, 15.000 aliados de nombre latino y 800 jinetes, así como veinte naves de gue­ rra; el otro cónsul reclutaría dos legiones, lo que sería suficiente para controlar la provincia gala, dado que los boyos e insu- bres habían sido aplastados el año ante­ rior. A Catón le tocó en suerte Hispania y a Valerio, Italia. Después se sortearon las áreas de competencia (provinciae) de los pretores. A Cayo Gabricio Luscino le co­ rrespondió la pretura urbana, a Cayo Anti- nio Labeón, la peregrina, Cn. Manlio Volso obtuvo Sicilia, Ap. Claudio Nerón, la His­ pania ulterior, y P. Porcio Laeca, Pisa, con la misión de vigilar a los ligures. A P. Man­ lio se le ordenó ponerse al servicio del cónsul para Hispania citerior. A T. Quinctio (Flaminio) se le prorrogó el mango (impe­

rium) un año más dada la actitud ambigua

no sólo de Antíoco y de los Etolios sino ahora también de Nabis, el tirano de los la- cedemonios, y se le indicó que si necesita- oa refuerzos para las dos legiones a sus órdenes, escribiera a ambos cónsules para que enviaran tropas a Macedonia.

desvalorización del papel de las asam­ bleas populares. La nobilitas, nueva aristo cracia de fu n c ió n que h a b ía re e m p la z a d o a la vieja hereditaria (hacia 179 el Senado estaba compues­ to en tres cuartas partes por plebeyos) se constituyó, de hecho, en una casta tan cerrada com o en otros tiempos lo h ubiera sido el patriciado. De ello puede dar idea el hecho de que entre el 200 y el 134 accedieron al consulado 25 familias, pero tan sólo cinco noui ho­ mines vieron sus nom bres inscritos en los Fasti. La escasez de oficiales ro­

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manos —paradójica para una repú­ blica conquistadora— hizo necesario ordenar las relaciones con los nota­ bles de los territorios controlados por Roma a través de vínculos de amicitia y clientela, elementos claves del dom i­ nio romano. Pero no todos los sena­ dores fueron concernidos en ese pro­ ceso, que prestigió a algunos miem­ bros de la aristocracia y los distanció de sus iguales. Así, esas familias nobi­ les alcanzaron el control del Senado (en el que los m iem bros de rango consular y censorial ejercían la m a­ yor influencia): las verdaderas deci­

Estatua de Koré-Perséfone hallada en Aricia (mediados del siglo II a.C.)

Museo Nacional, Roma.

siones dependían, en definitiva, de un grupo relativamente pequeño.

Aunque desde el punto de vista ju ­ rídico el Senado era sólo un consejo asesor, su poder se vio consolidado por la expansión exterior, pues única­ mente él poseía la continuidad de ex­ periencia necesaria para afrontar los diversos problemas. Todo dependía en la práctica de él, desde las declara­ ciones de guerra o paz a las relacio­ nes diplomáticas, la prolongación del m ando a los gobernadores o la san­ ción a las leyes. Los nobiles (aquellos cuyos antepasados hubieran desem­ p e ñ a d o alguna magistratura curul, frente a los «hombres nuevos», que no los tenían) se constituyeron en una exclusiva casta gobernante gra­ cias a la monopolización que hicie­ ron de las más altas magistraturas y de su control del Senado, pero tam ­ bién por su capacidad para controlar el voto ciudadano. Como consecuen­ cia de la extensión del territorio ro­ m ano y los progresos de la coloniza­ ción en Italia cada vez era más difícil el ejercicio del sufragio a los dues que vivían fuera de la Vrbs. Y como, por otra parte, la distribución de los ciu­ dadanos por tribus dependía en reali­ dad de la voluntad de los censores y los pobres fueron concentrados en las cuatro tribus urbanas, el voto menes­ teroso cayó en la dependencia de los principales jefes políticos, que no du ­ raron en cualquier tipo de acción que favoreciera su captación (desde ju e­ gos para entretener a la población —como los que organizó en 185 F ul­ vio Nobilior, que introdujeron por vez primera al decir de Livio las prue­ bas atléticas en R om a— a distribu­ ciones especiales de vino o aceite — congiaria—).

Para un noble republicano de la época, la uirtus se identificaba con la consecución de una preeminente po­ sición gracias a los servicios presta­ dos a la respublica. Ello hacía que, en la persecución de este y otros ideales (fama, gloria, dignitas —que comenzó

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Busto de

Museo de

a identificarse más con la ostentación del lujo material que con cualidades morales) se produjeran rivalidades en el seno de la nobilitas, que dieron lu­ gar al surgimiento de grupos políticos en torno a las familias más im p o rtan ­ tes (Cornelii, Aemilii, Porcii, Fulvii, Pos­ tumii, Popillii...). Ejemplos bien cono­ cidos de esas tensiones en el seno de la clase dirigente son la oposición

ón el Africano,

Nápoles.

que enfrentó a C atón y a los Escipio- nes desde la censura de aquel en 187 —que se iba a saldar con la automar- ginación del Africano en Liternum en 184—, o el ya m encionado debate entre el propio Catón y Escipión Nasi­ ca a propósito de la suerte de Cartago. La dinám ica de la conquista pro­ vocó, por otro lado, la emersión de personalidades y la aparición de un

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culto al jefe: el Africano y Flam inino llegaron a a c u ñ a r m onedas de oro con su efigie —com o los reyes hele­ nísticos— y, al igual que Emilio P a u ­ lo, ostentaron oficialmente el título de imperator, de carácter aclamatorio y numinoso. Además se hicieron fre­ cuentes los casos en que un c o m a n ­ dante en jefe em prendía una guerra por su cuenta ante la esperanza de un rico botín, sin esperar al permiso del Senado: los de M anlio Vulso contra los gálatas en 189, Popilio Lenas co n ­ tra los figures en 173, Casio Longino sobre lliria en 171 y Apio C laudio contra los sálasas alpinos en 143 son bien ilustrativos.

Este estado de cosas llevó a la aris­ tocracia a im poner una serie de medi­ das tendentes a controlar su propia conducta e im pedir el desmedido as­ censo de algunos de sus miembros, mal visto por el estado oligárquico. Por un lado se reguló el ejercicio de las magistraturas: a la prohibición de ejercer dos consulados sin 10 años de intervalo y a la exigencia desde el 197 de la pretura com o cualificación ne­ cesaria para la m áxim a magistratura, se añadió la regulación de un auténti­ co cursus honorum mediante la lex Vi- llia Annalis de 180 (que establecía las edades m ínim as de las diversas m a ­ gistraturas curules, así como la pres- cipción de dos años entre el ejercicio de una y otra). Por otra parte, dos le­ yes contra el soborno (de ambitu) se votaron en los años 181 y 159 tratan­ do de cortar la com pra de votos y el acceso a las magistraturas por medios ilegítimos. Para poner coto al derro­ che excesivo que caracterizaba a p a r ­ te de la aristocracia se a p robaron 5 le­ yes su n tu arias en el espacio de 40 años (entre los años 181 y 143), im po­ niendo límites de gastos y convidados en los banquetes. Y el despliegue des­ medido del triumphus (entrada solem­ ne de u n c o m a n d a n t e m i l i t a r en Rom a tras una guerra victoriosa, por decisión senatorial) desde comienzos del siglo II, en hom bres que sólo os­

tentaban la pretura, hizo que se limi­ tara su núm ero en el 175, así como el de las ovationes (honores similares concedidos p o r el Senado cuando el éxito militar no justificaba un trium ­ phus pleno o la ca m p a ñ a era de m e­

nor importancia).

Otras medidas se tom aron con la intención de paliar los peligros a que antes se hacía referencia. La lex Gabi­ nia tabellaria de 139 fue la primera de las que se dieron para solucionar el problem a de los escrutinios, estable­ ciendo el voto secreto en las votacio­ nes. Y, com o antes se vio, para cortar los abusos de los gobernadores de provincias se aprobó en el 149 la lex Calpurnia que instituía un tribunal p erm anente de senadores para enten­ der los casos de extorsiones (quaestio extraordinaria perpetua de rebus repe­ tundis). Estaba presidida por el prae­ tor urbanus, con la novedad de que éste debía dar su veredicto de acuerdo con la mayoría de los jueces (hasta entonces el pretor sólo debía consul­ tar al consilium a la hora de dictar s en ten c ia en los diversos p ro c e d i­ mientos judiciales). Pero dicho vere­ dicto sólo obligaba a restituir (repe­ tere) las sum as que h abían sido in­ d e b i d a m e n t e s u s t r a í d a s , sin a p l i ­ cación de condena al culpable (hecho que no se contem plará hasta Cayo Graco).

El m onopolio ejercido por los gru­ pos oligárquicos se tradujo en una política interior basada en el conser­ vadurism o y la falta de iniciativa, con expresión en los terrenos diplomático y militar y en las relaciones con los aliados. La com plejidad de las rela­ ciones exteriores hacía difícil al Sena­ do m antener u n a política internacio­ nal consistente sin u n cuerpo p e r­ m anente de funcionarios o residentes que ca n alizaran una inform ación re­ gular. Sin embargo, no se dieron p a ­ sos para crear u n servicio diplomáti­ co regular, confiando p o r lo general en la poleis aliadas frente a los gra n­ des e s ta d o s (B rizz i). T a m p o c o se

La expansión d e R om a por el M e d ite rrán e o 43

em prendieron reformas sustanciales en el te rr e n o m ilitar. La ro tac ió n anual en el m a n d o restaba eficiencia al ejército en los casos —tam poco muy frecuentes d a d a la ausencia de especialización— de competencia de los titulares, y si eventualm ente se acudió a la prorogatio del m ando de estos no hay duda de que fueron m u ­ chos los personajes que llegaron a la dirección de las tropas sin haber cu­ bierto los puestos previos exigidos para el desempeño de tales funciones. La insuficiencia de un reclutamiento reducido a los ciudadanos llevó a re­ currir a auxilia o contingentes aliados y a la reducción del censo m ínim o exigido a la quinta clase censitaria de

11 a 4.000 ases (probablem ente en los comienzos del siglo II). La milicia no perm anente de ciudadanos, que tan buenos resultados había dado en la expansión ro m an a en Italia, era a to­ das luces insuficiente para atender la ultram arina: la reluctancia de los ro­ m a n o s a c u m p lir sus obligaciones m ilitares en aq u e lla s guerras que, como las de H ispania, presentaban en o rm e dureza y escaso botín, de­ mostraba claram ente la necesidad de un ejército profesionalizado y volun­ tario (con los peligros que podía im ­ plicar). Precisamente en relación con la guerra de España, se introdujo un cambio administrativo que iba a te­ ner transcendencia posterior: para fa­ cilitar la llegada del cónsul al escena­ rio de la guerra en buen momento para iniciar las operaciones militares, se adelantó en el 153 la fecha del ini­ cio de sus funciones del 15 de marzo al 1 de enero, que desde entonces fue el inicio del año oficial romano.

Particularmente estrecha fue la polí­ tica con respecto a los aliados. A pesar de que en el 188 se concedió la plena c i u d a d a n í a a A rp in u m , Form iae y Fundi y se incluyó a los aliados en las distribuciones viritanas de tierra en la Cisalpina, o participaron en el proce­ so colonial como veremos luego, la verdad es que no se em prendió una

El predio catoniano

Si me preguntas qué predio considero el mejor, te responderé lo siguiente: en una extensión de cien yugadas, de entre todos los terrenos, el mejor es el viñedo, sobre todo si da vino abundante: en segundo lu­ gar, una huerta de regadío; en tercer lugar, un bosque de sauces; en cuarto, un olivar; en el quinto, prados para pasto; en el sex­ to, un terreno plantado con trigo; en el sép­ timo, bosque de leña; en el octavo, una alameda y en el noveno, un encinar.

Catón, Sobre la agricultura, 1,7.

acción sistem ática p ara integrarlos plenam ente en el estado, cuando las circunstancias estaban m aduras y así lo aconsejaban en m uchos casos. Sin du d a fue la voluntad de controlar los votos por la nobilitas el factor que pesó decisivamente en la no exten­ sión de! derecho de acudir a las urnas (ius suffragii) a los itálicos. Estos no se beneficiaron tam poco del derecho de apelación en casos de condena capi­ tal o de la prohibición de ejecuciones sumarias en tiempo de servicio mili­ tar, que las leyes Porcias de princi­ pios de siglo (199, 198 ó 195,184) reco­ n o ciero n a ios c iu d a d a n o s . Y, sin embargo, la participación de los alia­ dos itálicos en las guerras de conquis ta del período, frecuentemente superó a la de los prorrom anos, mientras que su participación en el botín quedaba reducida a la mitad de la de los ciu­ dadanos desde comienzos de los años setenta. La injusticia de esta y otras situaciones similares fue creando un d e sc o n te n to que ten d rá d ra m á tic a e x p resió n m ás ta rd e en el Bellum Sociale.

3. Consecuencias

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