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CAPÍTULO 2. METODOLOGÍA

3.1. Construcción de la red asistencial de drogas de Barcelona (1988 – 2000)

El 17 de octubre de 1986 Barcelona fue elegida para la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992. Esta decisión conllevó una remodelación de la ciudad: creación de complejos deportivos, restructuración urbanística del centro de la ciudad, construcción de viviendas para albergar a los deportistas (Vila Olímpica) y creación de vías rápidas de acceso a la ciudad. La transformación de la ciudad también precisó cambios sociales para aumentar la seguridad pública con la llegada al evento de turistas, deportistas y asistentes durante el verano de 1992. Se trazaron líneas de actuación para dar una buena imagen de Barcelona que tuvieron como resultado la reducción de la delincuencia, la prostitución y consumo de drogas en el centro de la ciudad. En relación al consumo de drogas se produjeron grandes cambios.

Hacia finales de la década de los 80, Barcelona era la ciudad más afectada por el consumo de heroína del Estado español, registrando la mayor proporción de inyectores y las tasas de mortalidad más elevadas en cuanto a muertes por sobredosis de heroína y por sida asociado al consumo de drogas (Brugal, 2005:22-25)33. Para hacer frente a estos efectos negativos, el Ayuntamiento de Barcelona tomó la responsabilidad de crear en 1988 el Grup de Treball de Drogodependències, constituido por representantes de todos los grupos políticos municipales, con el objetivo de definir líneas de actuación a través del “Pla municipal d´acció sobre drogues” (Torralba et al., 2002:10). En el período previo, entre 1986 y 1988, la ciudad estaba provista de programas libres de drogas en tres centros de atención y seguimiento municipales (CAS)34 y en seis de otras titularidades que estaban bajo la responsabilidad del área de Servicios Sociales (Manzanera et al., 2000:61). Estos centros se traspasaron al área de Salud Pública y se llevaron a cabo diversas estrategias de reducción de daños: en 1991 se pusieron en marcha los programas de mantenimiento con metadona (PMM) con la entrada en vigor de la normativa que lo posibilitaba35 (Manzanera et al., 2000:60); a principios de 1990

33 En Barcelona se pasó de 19 muertes por sobredosis en 1983 a 173 en 1989 y la mortalidad por

sida ascendió de 4 defunciones en 1985 a 100 en 1989 (Brugal, 2005:24-26).

34 Los CAS eran los de la Barceloneta, Sants y Sarrià.

35 Orden de 20 de febrero de 1991, reguladora de los tratamientos que contempla el Real decreto 75/1990, de 19 de enero. Se determina que los PMM tienen que realizarse desde centros públicos y privados sin ánimo de lucro bajo una serie de criterios y la autorización de la Administración de Sanidad con el fin de regular los tratamientos y paliar el descontrol

se iniciaron las primeras experiencias de los programas de intercambio de jeringuillas (PIX) para reducir la transmisión de enfermedades infectocontagiosas (VIH y hepatitis) por compartir material de consumo (Romero et al., 2005); y en 1991 se puso en marcha el programa de agentes de salud en Ciutat Vella que consistía en la presencia en la calle de educadores y exconsumidores para la toma de contacto de consumidores en activo para facilitarles material estéril y derivarlos a los CAS (Torralba et al., 2002:13).

Hacia el año 1992, Barcelona superaba las 1.200 plazas en PMM tras ampliar la oferta asistencial en varios dispositivos: se amplió el CAS de Sants, se incorporó el CAS de Nou Barris y el Bus de Metadona del Ajuntament de Barcelona (Institut Genus) y se inició el primer PMM intrapenitenciario del Estado español en el Centre Penitenciari d´Homes de Barcelona (La Modelo) (Manzanera et al., 2000:61; Torralba et al., 2002: 12-13). Dos técnicos en drogodependencias, con responsabilidades en la ciudad, relataban los cambios que provocaron la puesta en marcha de estos programas:

«En el 90, en Barcelona ya se tuvo conciencia que la metadona era algo que se tenía que extender. Hubo mucha oposición de los profesionales que pensaban que no servía y mientras los usuarios se nos infectaban y se nos morían. El Ayuntamiento de Barcelona tomó una decisión muy importante, en la que todos los tratamientos de drogas que se pilotaban desde servicios sociales pasaban al área de salud. Hubo mucha oposición por parte de los médicos y yo era de esta formación. La metadona se introdujo y Barcelona hizo un despegue considerable. […] Aparte, también el PIX crea resistencia pero empieza a principios de los 90. Teníamos el punto álgido de infección desde el 84 al 88 y empiezan los programas a ser útiles para prevenirlo a principios de los 90 hasta el 95 que se instauran del todo con 10 años de retraso. Esto implicó mucha mortalidad y mucha gente enferma infectados por VIH y hepatitis. Aplicamos medidas útiles, bien, pero muy tarde con mucho sufrimiento humano y muertes. También teníamos que el 70% de las personas presas estaban relacionadas con el consumo de drogas. El gran paso fue introducir la metadona en el 92 con muchas resistencias por parte de los funcionarios. Dio tranquilidad para todos pues no entraban con mono» (síndrome de abstinencia) (Técnico ASPCat).

(desviaciones y reiteraciones) del uso y prescripción del fármaco (Colom y Duro, 2009:259- 262)

«Desde los 90, hubo un gran cambio porque empezaron a llegar esos usuarios que estaban fuera de la red a través de la metadona, aunque había usuarios normalizados. Se estabilizó todo el entorno social porque bajaron los delitos relacionados para conseguir dinero para las dosis. La población estaba mucho más controlada. Hubieron cambios arquitectónicos con la Olimpiada del 92, para poner la ciudad bonita y desplazar el tráfico a otros sitios. Apareció Can Tunis con este movimiento». (Técnico ASPB)

Las estrategias de reducción de daños, como los PMM y los PIX, se pusieron en marcha tarde y con serias dificultades burocráticas y por oposición de ciertos sectores profesionales. La regulación de los PMM y el paso de competencias de la atención a las drogodependencias de los Servicios sociales a Salud pública facilitaron el acceso de los usuarios al tratamiento. No obstante, la oferta desplegada no era eficaz para eliminar la presencia de consumidores en los espacios abiertos de consumo de drogas del centro de la ciudad, concretamente en el distrito de Ciutat Vella, zona que tendría la mayor afluencia de visitantes al evento olímpico. Para ello, se llevaron a cabo actuaciones policiales en este distrito con el objetivo de desplazar la venta y consumo de drogas a otras zonas. Estas actividades quedaron concentradas en el barrio de Can Tunis, situado en la falda de Montjuïc junto a la Ronda del Litoral, aunque en la periferia de la ciudad también se concentraron escenas de venta y consumo de drogas: Sant Cosme en el Prat de Llobregat, La Mina en Sant Adrià de Besòs, Sant Roc en Badalona, la Masia Espinós en Gavà, etc.

Tras las Olimpiadas de 1992 y con la vuelta de los drogodependientes al centro de la ciudad, se continuaron poniendo medidas para dar cobertura al problema del consumo de drogas. En 1993 se puso en marcha el SAPS de Creu Roja, servicio de atención nocturna situado en el barrio del Raval. En 1995, este centro permitió la distribución de 96.000 jeringuillas y 39.000 preservativos, teniendo contacto con más de 2.000 personas diferentes (Torralba et al., 2002:13). Además, entre 1995 y 1997 se extendieron los PIX en los barrios de Can Tunis, Zona Franca, Nou Barris, Bon Pastor y Besós, llegando a 105 PIX en farmacias a mediados de 1995 (Manzanera et al., 2000:61). También se amplió la oferta de PMM, alcanzando las 2.400 plazas con la incorporación de nuevos CAS, farmacias y equipos móviles (Manzanera et al., 2000:61). Desde 1995 hasta 2003, Barcelona se mantuvo con más de 2.500 pacientes en PMM (Brugal, 2005:43).

Entre 1995 y 1996, los índices de mortalidad comenzaron a disminuir entre los consumidores de drogas por vía parenteral por diversas razones (Torralba et al., 2002:27-28). Desde los años 90 se produjo un cambio generacional que rechazaba el consumo de heroína por vía parenteral por sus graves consecuencias (infecciones y sobredosis), prefiriendo otros consumos en espacios de ocio, como el uso de éxtasis y cocaína (Martínez Oró y Pallarés, 2013:26). Sin embargo, en relación al consumo de heroína, concretamente en el área metropolitana de Barcelona ha proliferado más heroína “blanca” (clorhidrato), más apta para consumir por vía parenteral, produciéndose mayores consecuencias negativas que en otras zonas de España donde prolifera heroína “marrón” (base), más apta para consumir por vía pulmonar (De la Fuente, 2006:508).

En relación al VIH/SIDA, a mediados de los años 90 se instauraron las terapias antirretrovirales de alta actividad (TARGA), terapias de carácter paliativo que atenúan la actividad del VIH reduciendo su carga viral en los niveles plasmáticos del organismo. Esto conllevó una disminución de los contagios y una mayor esperanza de vida entre los afectados seduciéndoles a una mayor preocupación en el autocuidado. Se pasó de más de 300 detectados en 1994 a una disminución progresiva hasta alrededor de 100 casos en 1998 (Torralba et al., 2002:28).

En relación a los PMM, aumentó la demanda de inicio de tratamiento, disminuyendo la morbi-mortalidad entre los usuarios (Brugal, 2005:73) y las urgencias relacionadas con el consumo de drogas, pasando de 1.350 casos en 1991 a 565 casos en 1998 (Torralba et al., 2002:27). En 1998 el perfil predominante de los 2.556 usuarios que iniciaban tratamiento era un 75% hombres, de edades comprendidas entre los 30 y 35 años, con 10 años de consumo y con varios intentos de tratamiento en dos terceras partes de los usuarios. El 27% había tenido episodios de sobredosis y una prevalencia del 28% de VIH. Referían un gasto semanal de 36.000 pesetas (sobre los 215 euros), obteniendo el dinero en un 32% de su trabajo y un 20% a través de la familia. El 71% refería haber estado detenido alguna vez. Los motivos de inicio de tratamiento eran por presión familiar (35%), problemas de salud (27%) y por problemas legales (7%) (Torralba et al., 2002:28).

Sin embargo, los cambios culturales condujeron a un aumento del consumo de cocaína y de sus problemas asociados. En el caso de los pacientes en PMM, también se produjo un aumento del consumo de cocaína. La razón es que muchos usuarios en PMM no abandonaban del todo el consumo por vía parenteral y comprobaban que la heroína no les producía los efectos esperados al interaccionar con la metadona, tomando como elección el uso de cocaína por vía parenteral con ciertos efectos positivos (véase apartado 8.2.1.). En un estudio sobre la extensión del consumo de cocaína en la ciudad de Barcelona (Díaz, Barruti y Doncel, 1992), se estimaba que, en la ciudad, había 35.000 consumidores de formal ocasional y 12.000 consumidores habituales. En 1999 el consumo de cocaína era la tercera causa de consulta para tratamiento, siendo 646 casos los que se trataban por primera vez por esta sustancia frente a los 627 por heroína (Torralba et al., 2002:29), y ya en 1997 los casos de urgencias eran mayores por cocaína que los de heroína (ASPB, 2006:31). Los barrios más afectados eran Ciutat Vella, Sants y Nou Barris (ASPB, 2006:32).

Ante estos datos, la ASPB se planteó mejorar los protocolos para la detección y el tratamiento de VIH y hepatitis B y C, aumentar las plazas de PMM, mejorar la coordinación entre la red de atención a las drogodependencias con la de salud mental y aumentar los talleres de venopunción, sobredosis y sexo seguro (Torralba et al. 2002:44-47). Las medidas tomadas en materia de reducción de daños en Barcelona surtieron unos efectos favorables en el conjunto de la ciudad: aumentó el número de usuarios en PMM, se redujeron las muertes por sobredosis y disminuyeron los contagios de enfermedades infecciosas. Sin embargo, estas estrategias no fueron suficientes para hacer frente a la situación del barrio Can Tunis, zona donde se concentró la mayor parte de consumidores de drogas no asistibles en procesos de exclusión social de la ciudad.

3.2. El Polígono Avillar Chavorros: de la utopía experimental a una real distopía