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Consumo, necesidad y déficit habitacional

En el estado del mercado, la condición de la vivienda se transforma de satisfactor a producto de consumo, adoptando precios y costos no regidos por la demanda y la oferta sino por los requerimientos de la industria de la construcción y del propio sector inmobiliario. Así resulta importante la incapacidad de disfrute por la falta de acceso ante la escasez de recursos o por el propio proceso acumulativo de bienes y actividades, ambos conocidos como frustración de consumo, y por la falta de acceso vinculada a la pobreza. Por ambas razones se reconoce cómo el mercado deposita en los productos la capacidad de no contribuir al bienestar sino, muchas veces, de empeorarlo (Rodríguez, 2001; Anisi, 1994).

Las necesidades en eterna insatisfacción producen en el sujeto la sensación de extravío, entonces como respuesta, la necesidad del lugar, lo mismo que los lugares, proliferan. Y con ello la inserción al mercado y al consumo desmedido, no todas las veces por abundante sino por no medido, ni pensado, ni planeado, por inducido- hace la vez de la trampa para atrapar la necesidad del abrigo e intercambiarla en la misma lógica desigual de toda mercancía, de la mano de obra y del acceso a un resguardo. El significado del consumidor, dice Berger, sólo tiene sentido en su función. Por eso no importa donde viva. Por eso no importa cómo viva.

El consumo se produce por la producción y ésta a su vez, impulsada por la concentración de capital, transforma al primero en su propio motor (Del Val, 2004). La carrera desaforada de esta relación alcanza los propios territorios de la convivencia social generando mecanismos que hacen efectiva y sin posibilidad de error la articulación entre la producción y el consumo y que consolidan las causas del consumo: afianzan las inercias de las necesidades, remedian las frustraciones del consumo, permiten la sustitución de los deseos idealizados por la compra de objetos y servicios y reproducen la percepción parcial y acrítica de la realidad (Del Val, 2004).

Visto desde la perspectiva de las necesidades, en la vivienda, como satisfactor, se produce un proceso deficitario la frustración de consumo que distingue a la sociedad contemporánea en un sector de la población que no disfruta de la vivienda no por falta de diversificación del consumo - originada como medida necesaria para el intercambio y funcionalización del circulante -y la falta del tiempo para su goce, sino por la propiamente frustración del consumo: la imposibilidad de acceso a éste (Anisi, 1994).

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Bajo este concepto puede suponerse que a aparte del déficit habitacional que se origina por carecer de vivienda, se produce un déficit habitacional ya sea por la indisposición de un tiempo no productivo que no permite el goce de una vivienda, o por el cuidado que implica el sobreconsumo y la posesión y propiedad de varias viviendas. El primero es producido por la sobre explotación de la fuerza de trabajo, el segundo, la falta de disfrute, por el sobreconsumo, una característica que se produce en el beneficiario de la sobre explotación. El supuesto es útil para analizar la implicación que en la vida cotidiana tiene el capitalismo en los individuos: la falta de tiempo de disfrute de la vivienda, en el entorno rural, implica también la imposibilidad de mejoría de la propia vivienda. Mediada por un sistema desigualador, la remuneración del trabajo transformador nunca será justa, no sólo porque ésta pareciera no poder alcanzar la productividad pretendida gracias los avances científicos y tecnológicos, sino por la lógica de acumulación que depende de la apropiación de la plusvalía del obrero, en este caso el trabajador rural.

El empobrecimiento que resulta de las relaciones económicas establecidas sobre la imposición de la temporalidad productiva a la temporalidad de la vida, hace que el pago del tiempo productivo del trabajador rural nunca le permita solventar dignamente las principales necesidades que requiere satisfacer para mantener una vida que dedica a la producción y no disponga de tiempo para resarcirlo. Los individuos entonces, hacen uso de la elasticidad de las necesidades que permite amortiguar el refugio con viviendas deficitarias, la nutrición con una alimentación pésima y la educación con la instrucción elemental.

En una suerte de anidamiento, la necesidad de vivienda es cubierta por el consumo a su vez arropado por el mercado en un estado de dominación no muy evidente en la lógica productiva; pero no muy distante de un estado bélico cuyo fundamento es la dominación y el acceso a los recursos del otro. Aunque resulte extraño, distintos procesos sociales se asemejan a aquellos ocurrentes en lugares de conflicto, problematizando las dinámicas históricas del poblamiento. Por ejemplo de la migración o éxodo rural, de trasfondo económico, no divergen mucho los desplazamientos territoriales de lugares en conflicto.

En ambos la gente expulsada, migra, las casas se multiplican, la tierra se reparte en territorios, los territorios se convierten en lugares y los lugares proliferan. En esta dispersión continua, las raíces sociales, careciendo de tiempo suficiente, suponen una ramificación que no desarrolla su profundidad y que ante la eventualidad el arraigo, como principal necesidad humana, y ante su indivisibilidad, se establece en las condiciones precarias de la levedad. La vida convertida según la suerte mercantilizada apenas permite apreciar las diferencias entre la paz y la guerra. Berger (2005) citaba a Guy Debord: "la acumulación de bienes de consumo producidos masivamente para el espacio abstracto del mercado, así como aplastó todas las barreras regionales y legales, y

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todas las restricciones corporativas de la Edad Media que mantenían la calidad de la producción artesanal, también destruyó la autonomía y la cualidad de los lugares".

El mercado se establece como faceta de un estado bélico, la necesidad se desdobla en producción y consumo, la producción es externa y consumir es interiorizar el exterior. En el momento del desarraigo, ante el embate del éxodo que relocaliza la producción y mina el status y la confianza de las fuerzas productivas, el mundo se convierte en un mercado global (Berger, 2005) en un mecanismo de interiorización que permita la transformación del recurso humano en capital acumulable. Los hombres compran ahora su hábitat y su forma de habitamiento. Los hombres

dejaron de hacer sus casas.

Como un objeto de consumo, la vivienda se ajusta al intercambio y a la regulación del mercado; el estado cambia la obligatoriedad del cumplimiento del derecho en una pesada carga y malograda resolución, para cumplir su acceso en un transitorio momento que una el ser del sujeto al concepto no más complejo que la fuerza de trabajo.

La vivienda, entonces, se concibe más como un objeto de consumo, que como un satisfactor de necesidad esencial. Los argumentos de la necesidad ceden razón a las reglas del intercambio… y a sus principios: desde la desigualdad del costo-precio hasta la frustración del consumo pasando por toda su diversificación y pretendida resolución de crisis. Todas ellas razones para no contribuir al bienestar, complementando a Rodríguez (2001).

Así, se concentran en una vivienda: la satisfacción de una necesidad, el cumplimiento de un derecho y el intercambio de objetos mercantiles en desafortunados resultados para la mitad de los mexicanos, tal y como lo genera para la sociedad de consumo la cosificación de la satisfacción de necesidades produciendo fallas en la eficiencia al desarrollar estados descompensados por el sobre- consumo, en la eficacia por la insatisfacción de la necesidad (Rodríguez, 2001) mas dada por la estructura de la distribución de bienes y servicios que por la intensidad productiva que nombraba Anisi (1994).

La vivienda como necesidad se ve involucrada en una construcción social simbólica en su materialidad y no materialidad concretada por un mercado de satisfactores convertidos en mercancías. La edificación de la vivienda se realiza desde la conformación de la necesidad material e inmaterial donde los procesos sociales se ajustan para sostener los procesos económicos y se consolidan responsables subjetivos del hábitat por la imprescindible condición de un estado de libertad, identidad, participación y reconocimiento necesarios para su construcción.

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Estos últimos no son expuestos en el mercado, las mercancías no tienen por qué cubrir todas las necesidades. No pueden. La simbólica que ampara a la mercancía relativiza las necesidades no materiales. Pretende cubrirlas. En el desplazamiento de estas necesidades materiales requeridas en la edificación del establecimiento de un grupo social radica su imposición, falseando aquellas y vulnerando las bases sociales del hábitat.

La guerra produce escenarios semejantes a los que han resultado en esta sociedad organizada bajo las reglas del mercado, pero los procesos de democracia y de algunos rasgos que produjo el fallido y desplazado estado de bienestar hacen pensar más bien que el nuestro es un estado de guerra en tiempos de paz.