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La pobreza, un signo para medir o explicar

Al seno del sistema económico, sostenido en una individualización que hace posible la desigualdad, aparecen los signos de pobreza en la sociedad. El análisis de la pobreza en México se centra en la medición y en la comprensión del contexto socio económico nacional e internacional.

La batalla de las cifras ha llevado a los grupos académicos a distanciar sus mediciones. Con un enfoque oficialista, los trabajos del Centro de Investigación y Docencia Económicas A.C (representado con los trabajos coordinados por Székely, 2006), divergen de los resultados mostrados por el Colegio de México (representado por la coordinación de Boltvinik (2004), presentando un análisis crítico y que rescata la implicación del desarrollo humano que debía subyacer a la estimación de la pobreza. El trabajo del CIDE, es una clara manifestación de la forma en que el trabajo metodológico y su correspondiente pretensión de legitimidad unen la práctica política a la actividad académica, sin ofrecer reales transformaciones sociales que permitan el desarrollo del humano, en sus resultados estaría sostenido el trabajo de la Secretaria de Desarrollo Social y del Consejo Nacional de Población. La primera consigue el justificante idóneo para reducir el presupuesto del gasto social con la careta de la política focalizada, y el segundo se imagina tener

una respuesta para comprender que la pobreza y la marginación, fantasmas intangibles, expresiones

de una realidad, son causantes del rezago productivo y educativo y de viviendas e infraestructuras deficitarias que a su vez, producen una merma en el desarrollo de los individuos (Conapo, 2000). El trabajo de Boltvinik, de mayor compromiso moral que fortalece el trabajo académico, produce resultados más objetivos al desarrollar la visión de la pobreza mediante el Método de Medición Integrada de la Pobreza que reúne los indicadores contemplados en las Líneas de Pobreza y en las Necesidades Básicas Insatisfechas (Boltvinik y Hernández, 1999).

El tema de las necesidades daría a Boltvinik una vertiente que le permitiría desarrollar el concepto del florecimiento humano como antecedente ético en la estimación de la pobreza (Boltvinik, 2005) y poner sobre la mesa el análisis de la implicación multidimensional de la pobreza. Pero no sólo eso, las discusiones que han acompañado el trabajo de Boltvinik y su equipo, significan pasos importantes y cimentados para entender los mecanismos de empobrecimiento que son, evidentemente, del orden de la política pública e internacional: la injerencia de los organismos internacionales y la focalización. Sin embargo desde mi punto de vista no son suficientes. Cierto que es importante el trabajo en el hacer investigativo, pero no en el hacer de la cientificidad social. Como equipo no llegan a formular un análisis de las estructuras socioeconómicas y políticas, que

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cuestione las causas fundamentales en la distribución de la riqueza, revisión necesaria para el entendimiento de la pobreza y la consecuente transformación del devenir nacional.

Tal vez no tarden en abordarlo, en el texto de La pobreza en México y el mundo. Realidades y desafíos. (Boltvinik, 2005) ya se apunta sobre la incapacidad que la revisión de ciertos mecanismo intermedios, por ejemplo el factor educativo, tiene para producir un efecto significativo en la resolución de la pobreza, igualmente se cuestiona la dependencia del mercado de servicios y la declinación de las políticas universales y se critican los mecanismos neoliberales no sólo inútiles para corregir la desigualdad en la distribución del ingreso, sino para producirla como resultado de la concentración de la riqueza. Pero todavía más esperanzador resulta el reciente el trabajo que Bolvinik (2007) realiza para dar consistencia a su teoría de la pobreza campesina. Lo que merece el reconocimiento por su crítica a la desigualdad.

La discusión teórica del contexto de la pobreza, ha tenido vaivenes en el análisis tendiente a su resolución. De pasar la ingenua solución del crecimiento y el desarrollo del capital social, y llegar hasta la radical propuesta de la transformación de las relaciones productivas y distribución, parece que el análisis retrocede buscando respuestas en el entendimiento de la exclusión como causa de la pobreza, sin tocar el carácter de la distribución de la plusvalía del trabajo (Gallardo y Osorio, 2001).

Los estudios realizados para dar paso a la reducción de la pobreza, fueron diagnósticos dirigidos por los organismos financieros internacionales. Más preocupados por mantener la estabilidad social, que por resolver las causas de la pobreza, han sido autores de la prolífica literatura derivada al respecto (Tepichín, 2001), cuyos resultados no son útiles para revisar que las relaciones colonizadoras desiguales, causantes de la pobreza, fueron las mismas que debilitaron a los Estados y que no han dejado de causar problemas en la macroestabilidad, en el derecho a la propiedad, en la participación ciudadana y en el suministro de servicios a la totalidad de la población (De Ferranti y sus colaboradores, 2003). De ahí deriva la base estadística que permite procesar la injerencia en las políticas internas de los países del Tercer Mundo y planear los cambios estructurales que dirige el Primer Mundo mediante el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (Chossudovsky, 2002).

En ‘casa’ la gestión de la pobreza realizada por las prefiguraciones alternativas que buscan incidir en la política distributiva, el diálogo social, la democratización de las Instituciones, la apertura para la iniciativa privada y popular, o crear nuevos esquemas en educación y salud (Preciado, 2001) para traducir los mandatos internacionales sin cambiar el orden establecido.

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La pobreza no tiene solamente una expresión material, ni tiene por qué desligarse de lo sociocultural como construcción social. En otra perspectiva, Lewis se refería a la dimensión social de la pobreza con su concepto de cultura de la pobreza. Las manifestaciones de la desigualdad socioeconómica, economía casera pauperizada, acceso al trabajo por medio de jornales mal pagados, organización social debilitada, entre otros, producirían, indica un correlato en la cultura de los sujetos, dando origen a la cultura de la pobreza. Con este concepto Lewis reunía las consecuencias, que implicaban, tanto en el orden económico como en el ético, una suerte de lógica que perpetuaría por generaciones el estado en pobreza. Estas consecuencias se referían a un constante despojo de recursos simbolizados en el dinero, por el endeudamiento constante, la vulnerabilidad ante los sistemas especulativos y el consumo en un mercado que distribuye de manera desigual la riqueza; y reconocidos en lo social por la discriminación, el temor, la apatía, la falta de confianza y el cinismo (Lewis, 1972).

El construccionismo social abordaría el fenómeno como un proceso construido mediante los juegos sociales que sólo pueden inscribirse en un contexto socio-estructural derivado lógicamente de una relación que involucra la división social del trabajo y la división social del conocimiento (Berger y Luckmann, 2006). Cada fragmento de la realidad, sea el estado de cualquier proceso, una institución, un rasgo cultural o un fragmento simbólico, no son más que el producto del acuerdo social y por lo tanto gozará de una existencia objetiva. El hombre crea la objetividad a través del acuerdo fincado por costumbres y hábitos que resultan en instituciones sociales (Searle, 1997) en el sentido más amplio de lo institucional. La pobreza, su cultura y su reproducción, inscrita en un proceso económico histórico, podría ser no más que una realidad producto de lo convenido. Lo que lleva a preguntar ¿Cuáles fueron las condiciones que permitieron ese convenio?

Mientras el análisis de la pobreza se desligue del análisis de la distribución de la riqueza, y no organice las causas en un esquema que permita reconocer mecanismos intermedios de desigualdad y empobrecimiento, siempre adolecerá del principio fundamental para entenderla. La retroalimentación ‘teórica’, la invención prolífica conceptual y lo impactante de su descubrimiento nunca logran, por si mismos, explicar el fenómeno.

El trabajo de Zuleta (2006) intenta aventurarse en este análisis, luego de revisar los modelos de crecimiento desde la visión clásica, el desarrollo endógeno y el desarrollo del capital humano y tecnológico concluye que el crecimiento esta internamente relacionado con la inequidad, a la que contribuye una tecnología sesgada, lo que contradice el principio clásico que pretende la reducción de la pobreza con el crecimiento económico. También hace su aporte en la crítica de lo que pareciera ser la naturaleza desigualadora del subsidio universal, por ejemplo el caso de la gasolina, o el impulso a la producción agropecuaria que se ha revisado en otros estudios. Un buen

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acercamiento de análisis, pero en las propuestas nuevamente se enfoca en la mejora de la educación, que yo considero es sólo un mecanismos intermedio en la reproducción de la pobreza, y no tendría los resultados esperados con el gasto público destinado a ella.