La educación, la sanidad y, en general la seguridad social, hacían sentido en el desarrollo productivo, no en el estado propio del sujeto. Esto fue más evidente al pasar los rubros del gasto social a la producción competitiva y permitir que la satisfacción de las necesidades pasara a un estado de producción mercantil que es el estado de la apropiación.
Usar características democráticas en los sistemas de gobierno permitió crear un ambiente sólido y una estabilidad para el desarrollo empresarial y, de alguna manera, resolvía la eliminación de libertades que suponía el estado de bienestar. De cualquier forma, todo experimento socio económico ha llevado a la producción de crisis y conflictos sociales. La aparición del conflicto social, más que las propias crisis económicas, ha sido el indicador para la recomposición de los mecanismos de poder y el referente para la ejecución de nuevos experimentos. Cualquiera de estos experimentos evoluciona en el seno del mercado. El mercado, en esencia, es solo una forma de dominación. Como intermediario en la concentración del capital, el mercado opera a través de una redistribución inequitativa de la renta, disminuyendo los salarios, o con el incremento de precios, suficientemente velada por los estados contables (Anisi, 1994).
Anisi (1994) relacionaba el incremento en la productividad con la pérdida de la capacidad de hacer por el sujeto mismo, aquello que necesita para su sobrevivencia. En la dinámica productiva, el hombre ingresa a los ritmos de acumulación, modifica su relación con el tiempo, su tiempo ahora queda como una minúscula región de un territorio que lo disminuye y le arrebata su control entre otras cosas sobre su consumo. El mismo autor identificaba al incremento de bienes como un resultado del desequilibrio entre la productividad y el tiempo de trabajo: “… si el tiempo de trabajo no se reduce en la misma medida en que se incrementa la productividad, en el tiempo de no trabajo se tienen que consumir proporcionalmente más bienes; el consumo tiene que ser más "rápido", más intenso en bienes y/o hacerse más compatible con el tiempo destinado al trabajo” una relación con el tiempo que no depende del uso del bien (usarlo más rápido) sino de la diversidad del bien (usar más); y con una lógica de producción y generación de riqueza monetarizada, sustentada en la transformación del consumo. De la manera en que el hombre se relaciona con el tiempo, se configura la relación social entre ellos. La relación entre los hombres se cimenta a través de la relación que establecen en sus procesos productivos y de intercambio que, a la vez, reestructura la dimensión que los hombres tienen con el tiempo. El tiempo se convierte en el principal significante de la relación productividad-trabajo- consumo y, hay que agregar, el consumo es complejizado y condicionado por la base del trabajo remunerado y por el papel que tiene la asignación del precio como copartícipe del acceso a la
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mercancía, proceso que abre la participación en el mercado, lo que “supone incluirse dentro de una reglamentación jerárquica que impone unas condiciones de seguridad presentes y futuras, esto es, otorga un derecho para el participante y para los asociados legalmente con él, a la apropiación del producto” (Anisi, 1994).
La historia en el México muestra un Estado que edificaba desde sus inicios la concentración del capital coronada finalmente por su retiro arbitrario. Ya Anisi (1994) exponía su papel durante el período benefactor, el más regulador y de carácter social más civilizado que se recuerda, como el “elemento clave en las relaciones económicas y como máximo garante del desarrollo del pacto (…) El Estado, por un lado, como mantenedor de la demanda efectiva aseguraba el tipo de beneficio de las empresas; por otro, como promotor de una mano de obra educada, necesaria para utilizar las tecnologías de la época, reducía los costes indirectos de las empresas al no verse estas cargadas con el proceso de educación pertinente (…) El Estado de Bienestar se había centrado en el aporte de una doble seguridad: a los propietarios del capital se les aseguraba el tipo de beneficio, la distribución de la renta y un no excesivo peso de lo público - léase en este caso impuestos - y a los asalariados la conexión de un trabajo asegurado en la edad activa con una serie de beneficios extrasalariales presentes - educación, sanidad - y futuros - pensiones - no solamente para ellos sino también para los con ellos relacionados. Las situaciones de pobreza no vinculadas al trabajo asalariado, por otra parte, quedaban cubiertas por ese Estado Benefactor, o Estado Social, previo a la construcción del Estado de Bienestar”. Se contiene la pulsión de guerra con mecanismos democráticos incapaces de contenerla ante una fractura que evidencie su relatividad.
La guerra en tiempo de paz, se traduce en la preparación del sujeto para el acto del consumo, más allá de la explicación de Del Val sobre la guerra que la expone como una consecuencia del abuso en éste, el hacer cotidiano mismo está revestido de actos de guerra imperceptibles creados para obtener recursos transformados siempre en valores monetarios. La latente amenaza ante la pérdida, los desplazamientos fragmentados en éxodos, las territorializaciones excluyentes, las muertes de lenta morbidez todos ellos son mecanismos de una guerra en paz, reforzados por las imágenes indudables mostradas por las guerras declaradas. La vivienda en guerra de tiempo de paz, no se deteriora en el segundo de una explosión, sino más lentamente: o se usa sin servicios, o se usa como refugio, o ante la amenaza de una apropiación no asistida legalmente.
Más complicado que en un estado de guerra, las causas del empobrecimiento, representan mecanismos sociales organizados por un sistema de producción - acumulación que en su propio suceder transforman al sujeto en sus actores. No es sólo el nivel educativo, ni la falta de empleo digno, causas únicas y separadas de la pobreza, de tal forma que esas soluciones como la que promueve el sesgo
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propio de la teoría del capital humano o como la creación de empleos dignos (Boltvinik, 2007) no podrían solucionarlo por separado ni corregirse uno a otro, es más, no pueden producirse porque son mecanismos necesarios para el sostenimiento de un sistema con fallas distributivas. Estos mecanismos requieren ser reproducidos en interacción para cumplir con su cometido de acumulación.
La pobreza tiene características que ayudan a la acumulación de la riqueza y estas características son los mecanismos desigualadores: analfabetismo, desnutrición, ingreso mínimo, desempleo, los que corresponden a la conformación del sujeto y al distanciamiento de los estamentos sociales que se distancian pero no se desligan. El distanciamiento dado por las diferencias de acumulación se produce en la misma medida del crecimiento. Sin embargo el desmantelamiento de los procesos de acumulación es bastante complejo. Históricamente parece resultar ilógico proponerlo, ningún recurso puede escapar a la lógica de acumulación, los mecanismos que impiden la distribución justa son mecanismos inherentes a la productividad y en la actualidad se les legitima mediante mediciones que funcionan para monitorear el crecimiento de los países de los que se supone el estado requeriría para cumplir su papel social, cuya mejor política no irá más allá de disminuir la pobreza ó postergar la acumulación de la riqueza al desmercantilizar
los derechos sociales universales, sin pasar a desmercantilizar toda la producción, es decir sin
modificar la dirección irreversible del flujo del capital.
Con estos antecedentes teóricos procedo a formular la tesis que utilicé para realizar la investigación. Posteriormente esquematizo, en distintos niveles de abstracción, los mecanismos que han contribuido a la construcción del déficit habitacional en la vivienda rural