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Contemplación de papel: Haznos un milagro

EL JUICIO DE HERODES

I. Contemplación de papel: Haznos un milagro

D

ESPIERTA sobresaltado. Apenas ha dormido esta noche. Si no fuera porque es

conveniente dejarse ver, no volvería a salir de Galilea para venir a Jerusalén. Se da cuenta de que, para ser lo primero que le viene a la mente en la jornada, es un pensamiento bastante sombrío. Aún no ha amanecido. En el lecho, a su lado, Herodías duerme plácidamente. Ella no tiene problemas para conciliar el sueño. La mira, intentando adivinar su rostro en la penumbra de la habitación. Ella es fuerte. A menudo, la más fuerte de los dos. Cuando han tenido que plantar cara a sus enemigos, cuando ha tenido que tomar decisiones difíciles... siempre ha estado ella detrás. Alentándole, empujándole.

En los últimos tiempos se descubre a menudo reflexionando sobre lo que ha hecho hasta ahora. ¿Ha merecido la pena? Tiene la sensación de que siempre, en todo, se ha quedado a medias. Su infancia y juventud en Roma, que muchos envidian, no fue la vida maravillosa del hombre libre. Siempre supo que, aunque pareciera el hijo de un rey amigo, en realidad era una pieza más en el tablero del Mediterráneo, y que los romanos le preparaban para obedecerles. Ese era el juego. Rendir pleitesía al imperio. Mantener las formas. Ser un rey de papel. Y, o bien aceptaba las reglas, o se buscarían otro monigote. Recuerda sus esperanzas juveniles, cuando aún se resistía a aceptar que así habría de ser siempre. A veces se soñaba como heredero heroico de su padre, Herodes «el Grande», encabezando una rebelión, expulsando a Roma, humillando al César, recuperando la libertad. Y otras temía acabar como alguno de sus hermanos, acuchillado en un callejón por las intrigas de la corte –y quién sabe, si, como dicen algunos, por orden de su propio progenitor. Sin embargo, no ocurrió ni lo uno ni lo otro. Cuando, al morir su padre, Augusto decidió partir el reino, a él le tocó una pieza menor del pastel: Galilea y Perea. Menos de lo que había soñado. Habría preferido Judea y el dominio sobre Jerusalén, pero eso fue para su hermano Arquelao. Él tuvo que conformarse con ser Herodes Antipas, Tetrarca de Galilea, un título menos sonoro que el de «rey», pero más ajustado a la realidad. Y correveidile de Tiberio, a quien mantiene informado sobre los procuradores romanos –sonríe para sus adentros al pensar en Pilato, que le detesta por ello. ¡Bah! Cada cual tiene que saber jugar sus cartas. Mientras sea útil al César, tiene garantizada su posición.

La memoria de su padre siempre ha sido una losa difícil de sacudirse de encima. Sus colaboradores comprendieron que lo peor que podían hacer era compararle con su predecesor. Si alguno comenzaba a argumentar: «Pues vuestro padre...», de inmediato se encontraba con una mirada gélida y un gesto hosco que le indicaba que se estaba aventurando por un mal camino, y alguno de esos idiotas llegó a perderlo todo por ser demasiado insistente con esa cantinela. Pronto dejaron de decirlo, pero él siempre ha sentido el peso de esa comparación. Siempre a medias. Siempre teniendo que rectificar.

También su matrimonio estuvo condenado al fracaso desde el primer momento. Un enlace por interés político, concertado por su padre con Aretas, el rey de los Nabateos. Su mujer le resultó insufrible casi desde el primer día. Así que cuando Herodías, la mujer de su hermano Filipo, enviudó, devolvió a la nabatea a su padre para casarse con su cuñada. Casi lo perdió todo por ello. Hasta en esto ha tenido que pelear. Contra su suegro, que le declaró una guerra que solo los romanos le ayudaron a ganar. También contra las habladurías y maledicencias. Contra los supuestos profetas que han denunciado su matrimonio como pecaminoso. La memoria de Juan Bautista le hace removerse incómodo en el lecho. La decisión de condenarlo a muerte no fue fácil. No quiere acordarse de esas interminables semanas de cavilaciones, tratando de hacer frente a las presiones de unos y de otros. Ahora dicen que ese primo suyo, Jesús, es aún más poderoso que el Bautista. Incluso hay quien asegura que se trata del Bautista vuelto a la vida. Herodes, que es supersticioso, siente una mezcla de excitación y miedo al imaginar que esto pueda ser verdad. Otro quebradero de cabeza, ese Jesús. Ese agitador que entusiasma a las masas.

La luz del amanecer comienza a filtrarse por la ventana. Herodías, junto a él, se mueve. Pronto despertará, adivina Herodes. Le gustaría estar en casa, en Tiberíades, y no en este lecho que no es el suyo, en esta ciudad que debería ser suya pero tampoco lo es... Se mueve con brusquedad al pensar en Jerusalén. Gobernada por los romanos. Y otorgada a su sobrino Agripa, que no la merece. ¡Algún día cambiarán las cosas! Si en Galilea ha sido capaz de construir tanto, de crear ciudades majestuosas (en su imaginación, Séforis, su primera capital, y Tiberíades, la segunda, se ven magníficas), ¿qué no podría hacer si gobernase Judea?

Por eso sigue viniendo, año tras año, a celebrar aquí la Pascua. Que no olviden que es un judío piadoso. Que no dejen de verle. Algún día llegará su hora...

Ahora está completamente despierto. El curso de sus pensamientos hace que se levante malhumorado. Deja el lecho, intentando no despertar a Herodías, y sale del dormitorio sin hacer ruido. Un criado se acerca al verle aparecer. Con un gesto de la mano le indica que no quiere nada. Le sorprende que no se aleje al momento. Parece indeciso. Herodes entonces le mira con gesto de impaciencia, barruntando que trae algún mensaje. En caso contrario, ya se cuidaría mucho de incomodarlo en esta hora primera del día, sabedor del mal genio que gasta. «¿Qué quieres?» «Han detenido a Jesús». La noticia, susurrada en un tono casi reverente, le deja helado. Hace tan solo unos momentos, estaba pensando en él. ¿Detenido? La mente de Herodes empieza a trabajar rápido. Se agolpan diferentes ideas en su mente. Por una parte, habla su orgullo. Se siente ofendido porque hayan arrestado a un galileo notable sin consultarle. Al tiempo, se siente aliviado al pensar que siempre es bueno que se silencie a los posibles alborotadores. Y, por último, le sorprende que se hayan atrevido. ¿Quién puede haber detenido al nazareno? Hace tan solo unos días, las muchedumbres le aclamaban. Le recibieron con ramos y cánticos, y le llamaron rey de los judíos. Herodes, al pensar en esto, frunce el ceño. Cuando le llegó noticia de esa entrada triunfal en Jerusalén, el

estallido de cólera que tuvo fue de los que hacen época. «¿Rey de los judíos? ¡Maldita sea! ¡El rey soy yo!», gritó rojo de furia, mientras rompía platos y ánforas y lanzaba contra el suelo todo lo que tenía a mano. Y ahora le han detenido. «¿Los romanos?», pregunta al criado «No. Ha sido Caifás. El Sanedrín se ha reunido esta noche para juzgarlo. Nadie sabe qué ocurre, pero dicen que lo llevan a presencia de Pilato».

Herodes se gira bruscamente, despide al criado con una mano y vuelve a entrar en el dormitorio. Si lo llevan a los romanos, eso solo puede significar que quieren una condena a muerte. Despierta a Herodías con una sacudida brusca. Ella le mira, somnolienta y sorprendida, pero antes de que pueda protestar, él le da la noticia: «¡Han detenido a Jesús! Se lo entregan a Pilato». Los ojos de ella se abren un poco más, y su expresión, en el primer momento indescifrable, se convierte en una sonrisa satisfecha. Herodes sabe lo que ella está pensando. Otro enemigo incómodo que cae. A su mujer le es fácil concentrar su odio en todo lo que le recuerde al Bautista. «Preparémonos para otro día de Pascua», susurra al oído de su marido. Herodes comprende el mensaje, aunque se siente dolido al pensar que nadie le tiene en cuenta. «¡Yo soy el rey!» piensa, de algún modo enfadado con Herodías, que ni siquiera tiene en cuenta su importancia.

Desayunan en silencio, los dos solos. El silencio de Herodías es pletórico. Rebosa satisfacción. El silencio de Herodes es más tormentoso. Aunque advierte ventajas en la desaparición de Jesús, también siente un deje de tristeza. En algún momento ha tenido la esperanza de encontrarlo. ¿No dicen que es un hombre admirable, que hace milagros, que sana a los enfermos, que entusiasma a las masas con sus palabras? Si hubiera podido atraerlo a su corte y convertirlo en uno de sus colaboradores, habría sido muy útil. Le habría permitido ganar prestigio ante el pueblo. Y le habría servido como contrapeso al poder de los sacerdotes... En fin, una oportunidad perdida. Cuando alguna vez lo llamó, el insolente no quiso venir a verle y le contestó con arrogancia. Ahora es tarde para ambos.

Unos pasos rápidos resuenan en el corredor. Otro criado asoma por la puerta de la estancia y se acerca presuroso. «¡Un emisario de Pilato quiere veros!» Esto sí que es inesperado, piensa Herodes. «Llevaos todo esto y hazle pasar». Se levanta y alisa su túnica. Quiere parecer majestuoso y no desea que el romano le vea sentado a la mesa. Se aleja un poco, mientras los criados retiran platos y comida. Cuando al fin entra el emisario, se trata de un soldado que le tiende una nota escrita en latín. Herodes la lee. Un rubor de satisfacción tiñe sus mejillas. Empaca la voz y, ufano, dice a Herodías: «Nos envía a Jesús. Dice que, siendo galileo, mejor que le juzgue yo». Engola la voz al pronunciar esa última frase. Se siente importante. El corazón le late más rápido. De golpe, se encuentra en medio de un conflicto interesante y se ve como un personaje destacado en el juego de los poderosos. No puede evitar sentirse halagado y, aunque trata de mostrarse indiferente, una sonrisa de complacencia asoma a su rostro. Dice al soldado que acepta la propuesta. «¿Tardará mucho en llegar?»; «Llegará pronto». Herodes no pierde el tiempo. Se viste con su mejor túnica y se pone sobre los hombros una capa bordada en oro. Hace llamar de inmediato a los nobles que le acompañan en este viaje.

No son muchos y duermen en otras habitaciones del palacio o en casas cercanas. En pocas palabras les explica, uno a uno, la situación que le toca dirimir. Quiere mostrar dominio, habilidad, lucidez y sabiduría. Es una gran oportunidad para él.

Cuando le avisan de la llegada de Jesús, hace que le retengan en el primer patio de la casa hasta que todo esté dispuesto. La audiencia tendrá lugar en la sala más noble. Hace poner un trono de madera y se sienta. Con la espalda recta, la cabeza firme y, se dice, con expresión de autoridad. En ese momento se gusta a sí mismo. Herodías ocupa una banqueta a su derecha. Los demás nobles se mantienen de pie tras ellos. Varios soldados de su propia guardia se alinean en los muros. Finalmente, ordena que entre Jesús. Dos soldados romanos le traen, firmemente asido de los brazos. Está claro que le han golpeado. Parece exhausto, y hay restos de sangre de un rojo muy vivo en sus ropas. Herodes se pregunta si habrán sido los soldados o los propios judíos. No le sorprende ver entrar por la puerta a varios de los miembros más relevantes del Sanedrín y algunos escribas. Viendo las miradas gélidas que dirigen al reo, intuye que quieren sangre. De nuevo intenta evaluar la situación y trata de ver si acaso podrá sacar provecho. ¿Puede atraerse a Jesús? ¿Qué le será más provechoso: liberarlo, aplicarle algún castigo severo o, quizá, devolverlo a Pilato, que es el único que le puede condenar a muerte? Sabe que esto es lo que quieren los sacerdotes y los letrados. Pero él preferiría que Jesús se quedase en su corte, que le rindiese pleitesía o le mostrase algo de reverencia. Así los otros se darían cuenta de que no es un monigote en manos de los romanos.

Por primera vez, sus ojos se cruzan con los de Jesús. Este sostiene su mirada. ¿Quién es este hombre? Se da cuenta de que realmente no sabe nada de él. Algunas palabras que le dicen que ha dicho, pero poco más. Sabe que es popular entre las masas. Que muchos le admiran. Pero no tiene ni idea de qué es lo que enseña. Hay quien relata milagros y curaciones. Al pensar en ello, Herodes decide pedirle pruebas. Que se gane el perdón.

«Jesús, al fin nos vemos». El preso no parece asustado. «Te mandan a mí porque eres galileo. Tengo que decidir qué hacer contigo». Los miembros del Sanedrín presentes no dejan de farfullar, de modo que el tetrarca hace un gesto imperioso con la mano exigiéndoles calma. En el silencio que sigue, se dirige a Jesús: «Voy a pedirte que demuestres de qué eres capaz. ¿Harás un milagro para mí? Voy a traer a un hombre ciego, ¿le devolverás la vista, como dicen que haces?» Jesús no contesta. Un leve movimiento de su cabeza muestra su disgusto con toda la situación. Herodes se acerca a él y le rodea mientras habla con exagerada autoridad. Se siente importante. Le gusta que le escuchen. Que todos tomen nota de su poder. Los romanos, los judíos, sus propios nobles... Así que pregunta una y otra vez a Jesús. «¿Por qué estás aquí?»; «¿Qué enseñas?»; «¿Te crees un rey?» De algún modo, le sorprende el silencio del preso, que no parece ansioso por ganar su indulgencia. Le molesta esa falta de adulación. Pero tampoco le importa demasiado no obtener respuestas. Realmente, Jesús le parece mucho menos impresionante de lo que se esperaba. Continúa con su interrogatorio, pero Jesús persevera en su silencio obstinado. Los escribas y sacerdotes contestan por él. «¡Se cree

rey!» «¡Es un agitador!» «¡Niega la Ley!» ¿La Ley? Herodes piensa para sus adentros que los que así gritan son fanáticos. Finalmente, tras largos minutos en ese tira y afloja, considera que ha tenido bastante. Se sienta en su trono y pide un momento de silencio. Se ve a sí mismo, y le convence la imagen que cree estar dando. Sentado, mirando al suelo, los brazos apoyados con majestad en el trono, y la mano izquierda en la barbilla... Es la misma pose que tantas veces viera en Roma, en Augusto, y le gusta sentirse identificado con él.

¿Qué hacer? Esa es la duda. Tiene tres opciones. Podría liberar a Jesús. Es galileo, y le acusan los romanos. Con ello mostraría clemencia hacia uno de los suyos. Como es popular, tal vez esto le granjearía algunas simpatías. Pero le costaría un enfrentamiento muy serio con las autoridades ju- días de Jerusalén. Si quiere tener algún día la oportunidad de convertirse en rey de Judea, necesitará la alianza de estos poderosos. Puede mandar infligirle algún tipo de castigo. Pero con ello sí que no gana nada, pues seguiría recibiendo el reproche de los sacerdotes y, encima, el afecto del pueblo desaparecería. Le queda la opción de devolverlo a Pilato. Que sea él quien le libere o le condene a muerte y quien lidie con los contentos o los descontentos. Al pensar en el romano, Herodes se pregunta por qué le ha enviado a Jesús. Y le parece entender que ha sido un guiño cómplice. Tras años de enfrentamiento y tensión entre ambos, el procurador parece haber querido reafirmar delante de los judíos la importancia de Herodes. Ese regalo inesperado, más sorprendente por no venir de un aliado, hace que el tetrarca piense que tal vez ha llegado el momento de mejorar las relaciones con Pilato. Si se lo devuelve, ¿tal vez el romano lo tomará como una afrenta? No necesariamente. Probablemente lo entienda, a su vez, como señal de respeto a Roma. A veces, una pizca de sumisión es la mejor estrategia, se dice el judío.

Llama a uno de sus criados, que se acerca. Al oído le da algunas instrucciones. El criado sonríe con cierta malicia al oírlo. Se dirige a la puerta y hace una señal a dos de los soldados de Herodes que le acompañan. Los presentes se miran, curiosos, sin saber muy bien qué va a ocurrir a continuación. Entonces vuelven los tres hombres. Uno de los guardias lleva un precioso manto. Se acerca a Jesús y se lo echa sobre los hombros. Hay un momento de vacilación en los presentes, que no entienden si Herodes está queriendo expresar algún tipo de aprecio o respeto por Jesús... Pero cuando el tetrarca se levanta y se acerca al reo, su semblante burlón deja ver a las claras que Jesús no tiene nada que hacer. «¡Vaya rey de pacotilla! Ni siquiera has sido capaz de sorprendernos. No puedes hacer milagros. ¡Eres un fraude!» El tono despectivo suscita aprobación general. Los soldados zarandean y empujan a Jesús, los aduladores reales ríen, porque siempre van a seguir el curso de la corriente, y los sacerdotes y escribas advierten con alivio que su presa no va a escapar. «Devolvedlo a Pilato», dice a los soldados. «Que él le juzgue. No tenemos nada que ver con este hombre». De nuevo su mirada se cruza con la de Jesús. Herodes siente un escalofrío. Habría esperado ver en esos ojos ira, odio, furia, o bien dolor, miedo y rendición. Sin embargo no ve nada de eso. O, en todo caso, ve algo más

que no consigue entender: ve dignidad, ve entereza. Y, por un momento, se siente desnudo.

Se vuelve al trono y se sienta, mientras con la mano hace ademán de que saquen al nazareno de la sala. Espera con estudiada solemnidad a que los soldados del templo y los sacerdotes abandonen la estancia, y entonces mira alrededor. Herodías sonríe, satisfecha. Los nobles comienzan a acercarse y a bromear sobre lo ocurrido, tratando de ganarse su aprobación. Durante un rato se deja querer. Luego nota una punzada de apetito y ordena que le preparen algo de comer en sus habitaciones, mientras despide a los cortesanos.

A grandes zancadas se dirige a la puerta. Al entrar en su aposento, se siente fatigado. Solo han transcurrido unas horas desde que se levantó, pero han sido intensas. Está siendo un día provechoso. Hoy ha ganado dos aliados. Caifás estará contento. Y Pilato tranquilo. Además, presiente que este Jesús que tanto ha dado que hablar y tan popular ha sido en Galilea, si bien no va a ser su aliado, tampoco va a ser ya un estorbo ni un peligro. De golpe se da cuenta de que sigue sin saber nada de Jesús, ni siquiera de qué le acusan. Bueno, poco importa ya. Menos problemas. Reconfortado con esa constatación, agarra una generosa porción de carne y la muerde con fruición, mientras la grasa resbala por su barba.