• No se han encontrado resultados

Contemplación de papel: Pilato en la encrucijada

EL JUICIO DE PILATO

I. Contemplación de papel: Pilato en la encrucijada

P

ONCIO Pilato está de muy mal humor. Le han avisado de que vuelven a traer al Galileo.

Herodes se lo devuelve. «Mediocre hasta para eso», masculla. Pero incluso en ese momento de enfado, su mente no para de analizar la situación desde todos los ángulos posibles. Herodes le hace una faena al devolverle a Jesús. Pero, por otra parte, la decisión del reyezuelo es una baza para él, pues al poner al nazareno en sus manos reconoce la autoridad de Roma. Cuando llegue el momento, podrá utilizar ese argumento. En cualquier caso, ahora vuelve a tener la responsabilidad de decidir.

Camina de un lado a otro de su sala y golpea los muebles al pasar. Nadie se le acerca, pues sus ayudantes le conocen bien y saben que en momentos como este es mejor dejar que desahogue su rabia contra las fuentes de fruta o los candelabros, en lugar de exponerse a ser ellos los atacados.

Sin embargo, si ha conseguido mantenerse donde está y si quiere prosperar de aquí en adelante, no será dejándose llevar en exceso por las emociones como lo consiga. Claudia está molesta con él. ¡Para ella es fácil! «Déjalo ir», le susurró hace unas horas. ¿Qué más quisiera que dejarle ir? Pero si lo hace, las cosas se van a poner muy mal en Judea. ¿Y qué más da si es inocente? Gobernar es tomar decisiones dolorosas, ¿no?

Un carraspeo le hace mirar hacia la puerta. Cayo, su consejero más cercano, le indica que tiene que prepararse: «Están llegando». El rumor de voces le confirma esa urgencia. Sin embargo, decide hacerles esperar un rato. Que no piensen que es un muñeco al que pueden manejar a su antojo.

Al final, no puede posponer más el encuentro. Vuelve al patio del pretorio y, al salir a su tribuna, le llama la atención lo que ha aumentado el gentío con respecto a la primera comparecencia. Si esta mañana acompañaban al Galileo algunos sacerdotes y soldados del templo, ahora es una multitud de habitantes de la ciudad la que se agolpa entre los muros de piedra; una muchedumbre vociferante, irritada, evidentemente hostil. Esto va a ser más duro de lo que pensaba, y será mejor poner un poco de distancia con el gentío. Ordena que hagan entrar a Jesús en el interior del pretorio, y él mismo abre el camino.

En la sala, los gritos de fuera se oyen menos, ahogados por los sólidos muros de piedra. Se dirige a los sacerdotes, que permanecen en el pórtico sin franquear el umbral. Incluso en estas circunstancias, su dichosa Ley se impone. Pilato sabe que no entran más allá de donde están para no contaminarse y quedar impuros. El romano se dice que tienen redaños para insultarle así, llamando «sucia» su casa en nombre de Yahveh. «¿De qué acusáis a este hombre?» Vuelven a empezar la retahíla de acusaciones de la mañana: «Es un malhechor»... Pero antes de que se lancen, y aun sabiendo que se van a negar, les interrumpe diciéndoles: «Pues lleváoslo y juzgadlo de acuerdo con vuestra Ley». Como preveía, no tienen ningún interés en hacerlo, pues tienen prohibido ejecutar penas

de muerte, y es eso lo que buscan. Pero le sorprende la franqueza con que lo reconocen: «No nos está permitido dar muerte a nadie». Ya está, ya lo han dicho. Esto es lo que quieren. Las cosas claras.

Pilato se vuelve. Estudia con calma a Jesús. Sobre la túnica, el nazareno viste una capa morada que antes no tenía. Se ve que es un toque burlón de Herodes. Lo innecesario de la mofa le hace fruncir los labios en un gesto de exasperación. Camina alrededor del reo, hasta quedar frente a él. Son de la misma altura, y por un momento se miran directamente, de pie el uno frente al otro: el romano, con su atuendo militar; el judío, con ese extraño aspecto que le confiere la capa. Los sacerdotes, los soldados y los criados guardan silencio, expectantes. «¿Así que tú eres rey?» Intenta no resultar demasiado agresivo ni demasiado amigable. Por primera vez, Jesús le contesta: «Eso te han dicho». Habla sin presunción ni dureza. Es una afirmación llana, serena, y Pilato, acostumbrado a tratar con hombres poderosos, advierte en su interlocutor una majestad infrecuente. «¿Qué has hecho?», pregunta de nuevo. «Mi reino es distinto. No tiene nada que ver con el poder o la fuerza, sino con la verdad». La verdad, piensa Pilato: ¡qué concepto tan inalcanzable...! Es evidente para el prefecto que lo que aquí está en juego no tiene nada que ver con el orden público y sí con la religión judía. Se trata de una disputa religiosa que deberían dirimir entre ellos. Se dice que hay más dignidad y realeza en este hombre que en Herodes y todos sus cortesanos juntos. Al pensarlo lanza una ojeada al grupo, que espera una condena. Sus semblantes furiosos no muestran ninguna vacilación.

Pilato piensa rápido. Para él es evidente que tiene ante sí a un inocente que nada tiene que ver con los bandidos, los agitadores o los hombres violentos con los que trata a menudo. Debería dejarlo libre. Pero también sabe que no es más que una pieza en un juego mayor. Si lo suelta, tendrá que hacer frente a disturbios. Si lo condena, Caifás estará en deuda con él. Ambos lo saben.

Con todo, se resiste a condenarlo. Algo en Jesús le llama la atención. Cayo se le acerca y le murmura al oído: «Tal vez aceptarían un indulto religioso». Pilato asiente y, aunque no las tiene todas consigo, ordena con un gesto que vuelvan a sacar a Jesús a la tribuna. Él sale también. La multitud prorrumpe en gritos. Les deja vociferar y observa sus rostros. Hay semblantes crispados, furia, rostros congestionados por la irritación..., pero también ve expresiones de preocupación, de pena, y advierte que algunos hombres y mujeres parecen mirar al nazareno con más compasión que furia. Tal vez sea posible dividir a los judíos con respecto a Jesús. Les pide silencio con las manos y se dirige a ellos: «Es costumbre que suelte a uno de los vuestros por la Pascua». Silencio, tan solo roto por algún «¡No!» «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?» Ahora sí estalla el patio en un alboroto en el que se entremezclan los gritos de rechazo y algunas voces que expresan aprobación. Sin embargo, un nombre empieza a escucharse por encima de los demás «¡Barrabás!» «¡Barrabás!» Pilato no puede creerlo. Gritan el nombre de un zelote, un provocador de disturbios que lleva semanas en un calabozo mientras deciden qué hacer con él. Y ahora los judíos le piden que mate a un hombre que es a todas luces

inocente y que libere a un criminal. Mira en dirección a Cayo, exasperado, y este le devuelve una mirada de impotencia. Por este camino no solo no han conseguido liberar al nazareno, sino que van a tener que poner en la calle a un enemigo de Roma. ¡Qué día!

Se vuelve a Jesús. El nazareno mira con tristeza lo que está ocurriendo. Al verlo así, Pilato se siente conmovido. El grito prende en la masa y se convierte en un clamor que silencia cualquier voz discordante que pudiera haber. «¡Barrabás!» «¡Barrabás!» Alza una vez más las manos para pedir silencio. «¿Y qué hago con él?», dice señalando a Jesús. «¡Crucifícalo!» Es una voz estridente la que profiere esa condena. Inmediatamente, otros se suman al veredicto. Pilato no puede creerlo. La crucifixión, un castigo reservado a los extranjeros, que es considerada por ellos como otra imposición de Roma. Y, sin embargo, son ellos los que la piden para uno de los suyos. ¿Es crueldad? ¿Es odio? ¿Son criados pagados por los sacerdotes? El mundo está loco.

Y, aun así, se resiste a emitir el veredicto definitivo. Sabe que el poder exige tomar decisiones difíciles, y no le tiembla el pulso, nunca le ha temblado, a la hora de sofocar revueltas o crucificar indeseables. Pero condenar a sabiendas a un hombre inocente le revuelve el estómago. Por otra parte, si se enfrenta a los sacerdotes, puede encontrarse con un motín peligroso, y no le conviene que en Roma tengan la sensación de que no es capaz de mantener tranquila la provincia.

Se le ocurre que tal vez les aplaque ver a Jesús más herido. Llama a Cayo, que se acerca, y le indica, con una sola palabra y apuntando al nazareno: «Flageladlo». El rostro de su segundo no deja traslucir ninguna emoción. Simplemente, indica a dos soldados que agarren a Jesús y se lo lleven. Pilato vuelve a entrar en la sala, dejando a la muchedumbre expectante. En una esquina, apoyada en la pared, está Claudia, su esposa. No la había vuelto a ver desde la mañana. Preferiría que no estuviera aquí. El semblante de la mujer está contraído en una mueca de dolor. Casi sería mejor que le mirase con enfado o con odio. Sabe lidiar con eso. Sin embargo, ella parece sumida en su propia tormenta, y eso le deja a él más perdido aún, si cabe. Por un balcón que se abre en la parte trasera de la estancia se asoma al patio interior. Allí hay un grupo de soldados esperando. Ve cómo sacan al patio a Jesús. Le quitan las ropas y lo dejan medio desnudo, atado a un pilar de piedra. Entonces un soldado comienza a golpearle la espalda con un látigo. El nazareno grita estremecido cuando los primeros golpes le abren profundos surcos en la carne. Luego, mientras la tortura continúa y las fuerzas le abandonan, los gritos se convierten en gemidos. Durante largos minutos, el suplicio continúa. Cuando el soldado acaba, Jesús yace desplomado sobre el pilar de piedra. Otro legionario, con un trozo de paño, limpia un poco la sangre de su espalda; luego lo levanta y vuelve a ponerle la túnica. Un tercero ha cogido el tallo de un espino y le ha dado la forma de una corona. Se acerca a Jesús y se la pone en la cabeza. Otros lo abofetean y gritan: «¡Salve, Rey de los judíos!» Pilato está a punto de intervenir para ordenar que no le fustiguen tanto, pero es costumbre en las flagelaciones ser duros y tratar a los reos como la escoria que son. De otro modo, los soldados no podrían cumplir con su deber. Así que deja que el castigo continúe tal y como lo haya dispuesto Cayo.

Al final ve que a Jesús vuelven a echarle por encima la capa morada. La burla real continúa. Cuando le traen de nuevo a su presencia, no puede evitar el disgusto. Si antes resultaba raro, ahora el efecto es grotesco. Los moratones y los cortes, la sangre que difícilmente queda oculta por las ropas, el sudor, la suciedad, la corona, la capa... Todo es terrible. Hace una indicación para que vuelvan a sacar a Jesús al balcón principal. Cuando la muchedumbre lo ve, se hace el silencio. «¡He aquí al hombre!», grita el prefecto, esperando alguna señal de compasión o, al menos, que les parezca suficiente con el castigo infligido. «¡Crucifícalo!» «¡Crucifícalo!» Vuelve el griterío. Pilato deja escapar un suspiro de decepción. No ha servido de nada. Los sacerdotes no van a soltar su presa. No le queda más remedio que tomar una decisión.

¿Qué piensa Jesús? Pilato hace un último intento de hablar con él, aunque realmente no sabe muy bien qué espera sacar de esa conversación. «¿De dónde eres?» Silencio. Jesús no contesta. «¿No quieres hablarme? Son los tuyos los que te han entregado a mí, y yo tengo poder para soltarte o condenarte». Jesús no parece asustado ante la amenaza evidente de las palabras del romano. «No tendrías ningún poder si no te lo hubiera dado mi Padre». Pilato está perplejo. Está acostumbrado a lidiar con hombres que, en la dificultad, se vuelven mansos como corderos o violentos como animales heridos. Sabe reaccionar ante sus lloriqueos y sabe responder con dureza a sus amenazas, pero le desconcierta la tranquila convicción con que habla Jesús. Y por un instante siente miedo. Miedo porque, haga lo que haga, no ve una salida digna en esta encrucijada. Miedo a la verdad que intuye en la afirmación del judío. Luego se dice a sí mismo que no debe dejarse impresionar por esa fe extraña y trata de encontrar una salida.

Los judíos se impacientan y presionan. El gentío ha aumentado. Entonces, uno de los sacerdotes deja caer una frase que se clava en su mente: «Si sueltas a ese, no eres amigo del César». ¡Qué rastrero, pero qué efectivo...! No eres amigo del César... No puede permitir que esos rumores se propaguen. Sabe que a menudo en Roma se gobierna por habladurías. Si se plantase la semilla de la sospecha sobre él..., si alguien piensa que protege a enemigos del imperio, entonces está condenado a vivir toda su vida en provincias lejanas. «¿A vuestro rey voy a crucificar?» Lo pregunta sin convicción, con una mezcla de derrota y provocación última, al darle el título que los otros le niegan. Entonces, el mismo sacerdote que ha hablado antes abre la boca y, sin vacilación, afirma: «No tenemos más rey que el César».

Pilato sabe que no puede hacer más. Su conciencia le dice que no debe condenar a un hombre justo. Su prudencia y su conveniencia le dicen que es lo mejor que puede hacer. Toma una decisión.

Vuelve a mirar a la muchedumbre y alza las manos, por última vez, pidiendo silencio. Mira alrededor. Jesús está agotado, pero aguanta en pie. Los sacerdotes parecen perros de presa. El gentío aguarda. Los soldados se muestran indiferentes. Claudia, ahora sí, le mira negando con la cabeza, como pidiéndole por última vez que no lo haga. Pilato mira al frente. En medio de un silencio sobrecogedor, pronuncia su sentencia. «Lleváoslo

y crucificadlo». Por un instante, parece que el tiempo ha quedado congelado. Entonces la muchedumbre rompe a gritar. La mayoría aplaudiendo el veredicto. Algunos, pocos, lamentándolo. Los sacerdotes tampoco reprimen sus muestras de satisfacción. Detrás suyo, Pilato oye el sollozo de Claudia, pero ni siquiera se atreve a mirarla. Los soldados agarran a Jesús. Lo ve por última vez cuando se lo llevan a empellones.

Entra en el pretorio. Algunos de los sacerdotes esperan en la puerta. Pilato sabe que este es el momento de los halagos, de la coba, y que si les deja, se desharán en lisonjas sobre su justicia y magnanimidad. Pero no tiene estómago para soportarlo ahora. Encarga a Cayo que pida una jarra y una palangana. Les mira sin ocultar su disgusto y ve en la expresión victoriosa de los judíos que son conscientes de que le han llevado al extremo. ¡Qué gentuza!, piensa. Un criado trae la jarra. Le indica con un ademán que vierta el agua sobre sus manos y se las enjuaga mirándoles, retador. «Yo me lavo las manos de la sangre de este hombre». Lo dice con una mezcla de solemnidad y furia, como queriendo escupírselo a la cara. Los sacerdotes le miran, y en algunos rostros ve Pilato indignación, en otros indiferencia, en alguno advierte preocupación y una expresión avergonzada que le produce una ínfima sensación de revancha. Pero también advierte en varios de ellos una indisimulada mueca de triunfo. De nuevo indica a Cayo que se acerque y, con discreción, le da una última instrucción: «Cuando lo crucifiquen, que un letrero bien visible sobre su cruz indique que es el rey de los judíos». Sabe que los sacerdotes van a rabiar con ello. Sin embargo, esta última pulla no hace que mejore su humor.

Entonces, ocultando su nerviosismo, sale de la estancia y se dirige a su habitación. Claudia no está allí. Se sienta en el lecho. Entrelaza las manos en la nuca y esconde la cabeza entre los brazos. Intenta no pensar. No sentir. No evocar lo que acaba de ocurrir. «¡Malditos sean por haberme obligado a hacer esto!», se dice. «¡Maldita Judea! ¡Maldito destino! No he podido hacer otra cosa», se repite. Pero no se engaña. Sí habría podido, y lo sabe. El griterío se aleja, y Pilato deduce que ya se llevan a Jesús para crucificarlo. Pero el silencio no trae alivio. No puede quitarse de la cabeza la imagen de un hombre justo al que acaba de enviar a la muerte. Y aunque con el teatral gesto de lavarse las manos haya querido provocar a los sacerdotes, se vuelve a mirar las palmas, sabiendo que están manchadas de sangre para siempre.