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Contemplación de papel: la noche amarga de Pedro

LAS NEGACIONES DE PEDRO

I. Contemplación de papel: la noche amarga de Pedro

«¡Y

O a ti te conozco! ¡Tú estabas con él!» Se sobresalta al escuchar esa frase que suena

como una acusación. Intenta no mirar en la dirección de la voz, pero varios rostros se han vuelto hacia él, como delatando al hombre al que apunta esa palabra. De pronto, se ha hecho el silencio, únicamente roto por el chisporroteo de la hoguera. No puede desentenderse. Percibe que todos esperan una respuesta. ¡Miedo! Un miedo atroz le invade. En un instante imagina que la guardia del Sanedrín le prende a él también. Por su mente pasan los golpes, los salivazos, las burlas, el rechazo..., y como un resorte responde, mirando a la mujer que le ha acusado, casi escupiéndole las palabras: «No sé de qué hablas, mujer. Desvarías». Ella le mantiene la mirada con expresión de recelo. Parece dudar si debería seguir insistiendo cuando otro de los hombres, apenas un muchacho, sentado alrededor de la lumbre, se burla de ella diciendo: «¡Anda, mujer! Tráenos algo del vino de Caifás, pero no te lo bebas tú, que luego dices tonterías». La criada entonces desvía la vista y responde al mozo con otra pulla: «Ese vino es solo para los hombres. Vas a tener que esperar unos años para probarlo». En otras circunstancias, este intercambio verbal habría desencadenado una catarata de bromas, chanzas y risotadas. Esta noche el ambiente es más tenso, así que la broma es recibida con alivio, pero sin algarabía, y sirve para que todos reanuden sus conversaciones, olvidando las primeras palabras de la mujer.

Pedro mira fijamente al joven, preguntándose si su interrupción ha sido la intervención de un aliado o tan solo una oportuna casualidad. No reconoce el semblante del chico, que parece ignorarle. Se dice que esta vez le ha acompañado la suerte. Con el estómago aún encogido por el temor, espera un momento antes de levantarse y alejarse de este círculo. Se debate entre la prudencia, que le aconseja poner tierra de por medio y marcharse cuanto antes, y la desesperación, que le mantiene anclado a este lugar, exasperado al no poder ver a Jesús ni saber qué está ocurriendo en el Sanedrín.

Camina, intentando no acercarse a ningún grupo donde alguien le pueda reconocer. Tiembla más por el susto que por el frío. No sabe qué hacer. Se siente como un animal hostigado por una jauría. ¿Qué ha ocurrido? Hace tan solo unas horas se sentía tan fuerte, tan protegido y acompañado por los otros..., cenando, riendo, escuchando al maestro, haciendo planes para el futuro... Y ahora, con Jesús arrestado, los demás estarán escondidos, supone. ¿Y él? ¿Qué puede hacer? ¿Debería intentar entrar de algún modo o entregarse para que lo lleven con Jesús? La sola idea de entregarse hace que se le vuelva a encoger el estómago. Se sabe incapaz. No es simple temor, sino un pánico visceral, lo que le domina. Sale por la puerta del patio y se detiene fuera, en la calle. También aquí hay muchos hombres. ¿Quién les ha convocado? Caifás y su gente, sin duda. Pedro intenta reconocer algún rostro amigo, anhela descubrir a alguien que, como él, aprecie a Jesús. Pero se da cuenta de que todos los que están en los alrededores son

leales a los fariseos, y su presencia aquí no es inocente. Caifás quiere asegurarse de tener cerca a gente que respalde sus maniobras.

«¡Ese estaba con Jesús, el Nazareno, era de los que iban con él». Otra vez. ¿Le está persiguiendo la maldita chismosa? Ahora mira sin disimulo, acorralado, y se da cuenta de que es una criada diferente la que ha lanzado la acusación. Casi siente alivio al darse cuenta de que quienes contemplan la escena no son los espectadores anteriores, y vuelve a negar con vehemencia: «¡Juro que no conozco a ese hombre!» La intensidad de su mirada o el desafío que asoma en su postura parecen intimidar a la mujer, que, sin ganas de meterse en líos y viendo que poca gente está interesada en su afirmación, se encoge de hombros y vuelve al interior.

El temblor ahora se apodera de él y tiene que ponerse a caminar de nuevo para tratar de disimularlo. Quiere huir, pero aún se resiste a marchar. Mira de nuevo hacia el interior del patio. Lo que quiera que esté ocurriendo en la casa del Sumo Sacerdote tiene lugar dentro de las paredes, y afuera solo llegan vagos murmullos. Por eso, aunque el temor y el instinto le dicen que se aleje, vuelve al interior del recinto. Se sienta de nuevo, cerca de una hoguera, aunque intenta quedar en las sombras. Trata de escuchar algún fragmento de las conversaciones que recorren el patio. Las criadas que entran y salen de la casa, trayendo algo de vino y alguna torta de pan, chismorrean, pretendiendo saber más de lo que verdaderamente saben. Y así, en voz queda, se va difundiendo, de grupo a grupo, de hoguera a hoguera, una crónica entrecortada: «¡Ha blasfemado!»; «Hay testigos que hablan contra él»; «¡La guardia del templo le está golpeando!»; «¡Ese impío!»; «Parece que lo van a entregar a los romanos para que lo condenen a muerte»...

Pedro no es capaz de hablar. Imaginar a Jesús acusado, golpeado, herido, hostigado por esas alimañas, le parte el alma. Ni siquiera puede imaginar qué le estarán haciendo. Le tenían ganas. Les tienen ganas a todos desde hace tiempo. ¿Por qué han tenido que venir hoy a Jerusalén? ¿Por qué no se habrán quedado en Betania, a celebrar allí la cena pascual? El recuerdo de la aldea vecina le trae a la memoria a los amigos. ¿Lo sabrán ya? ¿Podrán ellos hacer algo? ¡No! Nadie lo sabe aún. Todo el mundo descansa en esta noche maldita, mientras los sacerdotes han prendido a Jesús. ¿Qué le irán a hacer? Nada bueno, sin duda. Pregunta a unos hombres que, cerca, parecen cuchichear con alguna información reciente: «¿Qué ha pasado? ¿Se sabe algo nuevo?» Entonces uno de ellos le mira con expresión torva, y una vez más resuena la acusación. «Realmente tú eres uno de ellos, tu acento te delata». Esta vez estalla. Se levanta airado, jura una y otra vez. Maldice: «¡Yo no conozco a ese galileo!» Casi parece dispuesto a golpear al acusador, que, ante tal arrebato de furia, se amilana. Consciente de que está llamando demasiado la atención, vuelve a salir del patio. En la calle hay menos movimiento que hace un rato. Algunas personas duermen alrededor de los rescoldos de las hogueras. Empieza a clarear. Pedro se detiene, indeciso, sin saber si debe alejarse y con el corazón latiendo a toda velocidad.

El canto de un gallo en esa hora temprana de la mañana le devuelve la cordura... y la memoria. «Antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces». ¡Lo ha hecho! Al rememorar las palabras de su amigo, pronunciadas hace tan solo unas horas, y la seguridad con que se jactaba de que algo así era imposible, un frío helado le atraviesa hasta la entraña. Le ha abandonado. Ha jurado, ha maldecido, ha negado conocerle. El miedo ha sido más fuerte. Aún está aterrado. Él, el hombre duro, el seguro, el bravucón... se ha venido abajo. ¿Qué dirían ahora los demás? Les ha fallado a todos. El pensamiento pasa de los amigos lejanos al maestro, de la noche anterior al momento presente. ¡Él lo sabía! ¡Sabía que sería capaz de fallarle! Y al imaginar a Jesús consciente de esas negaciones, al pensar que le ha rechazado, que le ha vendido, que ha sido incapaz de compartir el riesgo, que le ha dejado solo... toda la fuerza, la seguridad o la intención que pudiera quedarle se desvanece. Se aleja unos pasos, trastabillando; y cuando está en las sombras, cae de rodillas con el rostro entre las manos y rompe a llorar con amargura.

Al principio, el llanto es incontenible. Hay en sus lágrimas remordimiento, vergüenza, culpa... y el deseo de dar marcha atrás. Si pudiera borrar lo sucedido; si fuera capaz de desdecirse... ¡Pero no! Ni siquiera ahora se atrevería a volver a entrar para entregarse a las autoridades. Le atormenta la facilidad con que ha negado conocer a Jesús. Al verse acosado, no se ha acordado de su amistad, de las declaraciones de fidelidad ni de los momentos en que ha jurado, con convicción, que moriría por él. Solo ha hablado el instinto de supervivencia... No quiere sufrir, le asusta la tortura, el castigo de las autoridades, la perspectiva de ser ajusticiado... «¡No le conozco!» Esas palabras martillean en su cerebro como una acusación implacable. Se siente un traidor, un cobarde, un miserable. Llora. Llora por no ser el hombre valiente que creía. Llora por no ser el amigo fiel que pretendía ser. Llora porque le ha negado. Tres veces. Tres veces. Tres. Como Jesús le había dicho. Al pensar en Jesús y recordar la expresión de pesar con que había pronosticado esta traición, Pedro se vuelve a ver sacudido por los sollozos. Anoche insultaba a Judas por entregarle con un beso, y ahora él lo ha vendido con sus palabras. Al menos el Iscariote no le ha apuñalado por la espalda. Al pensar en esto, la congoja se apodera de él. No hay marcha atrás...

Incapaz de moverse, empieza a recordar. Rememora, en rápida sucesión, imágenes de estos tres años. La primera vez que oyó hablar de él, el momento en que le conoció y dejó barca, redes y hogar para echarse al camino. En su mente se mezclan rostros, historias que evocan distintos sentimientos: el asombro al verle curar a los enfermos; la admiración al escuchar sus respuestas cuando rebatía a fariseos y otras gentes que venían a incordiar; la alegría de tantas noches durmiendo al raso, conversando, preguntando; la camaradería con los otros; el orgullo de sentirse importante, de saberse un poco como su segundo. Ahora los malos momentos, los enfrentamientos con Judas, la rivalidad entre ellos por ganarse la confianza de Jesús, la amenaza de quienes no quieren a Jesús... parecen algo secundario. Solo recuerda, con cruel dulzura, los episodios más llenos de vida y esperanza. ¿Qué ha sido de todo ello? Las lágrimas no dejan de fluir y anegar sus

ojos enrojecidos al pensar que todo eso se ha acabado, sellado con una traición. Han sido tres años de amistad, de fuerza, de seguridad. Tres años en los que ha pensado que Jesús siempre estaría aquí. Tres años en los que, incluso cuando el mismo Jesús le decía que aquello podía acabarse, no ha creído que tal cosa fuera posible. Ahora le ha fallado. Viene a su memoria un momento en que, al decir Jesús que tenía que padecer mucho, él le respondió que eso nunca ocurriría. ¡Qué dura fue entonces la reacción de Jesús...! «¡Aléjate de mí, Satanás!», le había dicho. Entonces Pedro anduvo huraño y molesto un par de días. No le gustó la reprensión, ni la mueca de satisfacción que creyó ver asomar en el rostro de alguno de los otros. Sin embargo, ahora esas palabras le parecen insuficientes. Ahora él se insulta a sí mismo con términos mucho más duros. Él, que todos estos años ha sido el fuerte, el impulsivo, el seguro, por primera vez desde que le conoció se siente roto.

Su llanto le trae a la memoria otras muchas lágrimas. Las de aquella mujer encorvada a quien Jesús enderezó un día en la sinagoga. Las de esa otra muchacha a punto de ser apedreada por adúltera y que, sin embargo, pudo seguir su camino. Los ojos brillantes de aquel cobrador de impuestos que se subió a una higuera para verle. O el desconsuelo de Magdalena, que le lavó los pies con sus cabellos, indiferente al rechazo de los fariseos y a la murmuración de los otros comensales.

Pedro, en este momento, se da cuenta de que él nunca ha entendido el dolor de estas personas. Las lágrimas siempre le han resultado indescifrables. Pero en este momento parece intuir por primera vez la hondura de su sufrimiento, su culpa, su necesidad de acogida. En un instante de súbita lucidez, adivina en lo que ha hecho Jesús una grandeza que hasta ahora se le había escapado. Jesús se ha pasado estos años abrazando a gente que estaba tan rota como él lo está ahora mismo; gente que se sentía despreciable, culpable, maldita... Jesús no les ha rechazado. Les ha hablado de perdón y les ha enseñado a seguir adelante. Y Pedro comprende que, si estuvieran de nuevo juntos, también a él le abrazaría, le miraría con cariño y hasta le perdonaría. Y aunque siente que no merece la misericordia, entiende que la necesita.

Este reconocimiento hace que, más fuerte que su propia culpa y el desprecio que siente por sí mismo, se imponga en este momento la certeza de que Jesús no le odia. No le odiaba cuando sabía que le iba a traicionar. Y no le odiaría ni siquiera ahora, cuando aún le vencen el temor y la vergüenza. Porque esa es la lógica del maestro. Acaso ahora, por primera vez en su vida, Pedro acepta que es débil, que tiene miedo, que es capaz de fallar. Y, sorprendentemente, este reconocimiento, en lugar de pesarle como una losa añadida, le tranquiliza. Ahora, quizá de manera inconsciente, comprende por vez primera la hondura y la verdad del mensaje que lleva años escuchando.

Si alguien le estuviera viendo en este momento, no notaría el cambio. Sólo vería que sigue llorando. Y, sin embargo, la amargura primera va siendo sustituida por un extraño alivio; casi cabría hablar de esperanza...

Pasa un largo rato así. Agotado. Herido. Inseguro. El que se levanta del suelo es un hombre muy diferente del que apenas ocho horas antes se levantaba de una mesa alardeando de una fidelidad inquebrantable. Este que ahora echa a andar, no sabe muy bien aún hacia dónde, se siente frágil, pequeño, pobre, triste y, sin embargo, misteriosamente en paz.