fin va a ver al Galileo. Después de años de murmullos, de evitar enfrentarse públicamente con él, de tratar de ignorarle, no ha podido seguir mirando para otro lado. El nazareno es demasiado molesto, y ha llegado el momento de acabar con esta situación. Ha enviado a los guardias del templo con Judas para prenderlo. Al pensar en el Iscariote, del que apenas recuerda el nombre, Caifás arruga el ceño con disgusto. ¡Otro que se va a llevar una buena sorpresa...! Seguramente, el infeliz piensa que solo van a arrestar a su maestro, que le mantendrán apartado una temporada y que todo volverá pronto a la normalidad. Pero las intenciones del Sumo Sacerdote son otras. Hay que acabar con Jesús de una vez por todas. Y hay que dar un escarmiento para que otros tomen ejemplo, que en estos tiempos sobran agitadores y faltan hombres de piedad verdadera y recta. Jesús es demasiado popular, demasiado incisivo y demasiado peligroso. El populacho, fácilmente influenciable, le aprecia, y muchos le han seguido hasta ahora. Les confunde con sus blasfemias sobre Yahveh, y ahora parece que habla también de la resurrección de los muertos. ¡Resurrección! Caifás resopla con desprecio ante esa idea. Como buen saduceo, no acepta esas doctrinas. Los fariseos sí lo hacen. Pero a ellos también les molesta Jesús, así que Caifás está seguro de que, si mueve bien los hilos, conseguirá ponerlos a todos de su lado. Lleva semanas tejiendo una red que ya está preparada para cerrarse en torno a la presa. Ha hecho llamar a los miembros del Sanedrín en quienes puede confiar y ha dado orden precisa de que la información no les llegue a algunos que pueden mostrar afinidad con el Galileo. En breve, la casa se va a convertir en un hervidero de gentes.
Aunque durante sus largos años en el poder ha lidiado con situaciones difíciles, nunca antes se ha visto en una posición tan delicada. Pero no tiene miedo; confía en su experiencia. Poco queda en él del ingenuo joven que comenzó a escalar puestos en la sociedad judía, protegido por su suegro Anás. Fue el viejo zorro el que intrigó para que, llegado el momento de retirarse como Sumo Sacerdote, el gobernador Valerio Grato nombrase a su yerno para sucederle. Una decisión que incomodó a muchos. Sin embargo, el joven Iosef ben Caifás se ganó el puesto. Durante años, intrigó y fue colocando a hombres de su confianza en los principales puestos del Sanedrín. Se enriqueció y aprendió a manejar los resortes del poder en Jerusalén. La astucia de Anás y su propia fortaleza les hicieron imbatibles. Cuando Grato fue sustituido por Poncio Pilato, el pretor comprobó su fortaleza al enfrentarse públicamente con el Sumo Sacerdote. El gobernador, ansioso por adular a Roma, ordenó colocar insignias con la efigie del emperador en lugares públicos de Jerusalén. Los judíos se negaron a que esas imágenes estuvieran cerca del templo y plantaron cara. El prefecto prometió un baño de sangre. Recordando aquel enfrentamiento, en el que el romano llegó a amenazarles con la muerte, Caifás no puede evitar una sonrisa zorruna. Supo resistir. Empezar su mandato provocando un levantamiento no habría sido demasiado ventajoso para la carrera de
Pilato, así que, tal y como Caifás había sospechado, al final el pretor cedió. Desde entonces, la relación entre ambos es tensa. Pilato le necesita para evitar alborotos, y lo sabe. Ha trasladado el pretorio de Cesarea a Jerusalén, y ahora, en esta vecindad forzada, el templo de los judíos frente al pretorio romano, los dos líderes se vigilan. Se detestan, pero se necesitan. La amenaza de Roma le sirve a Caifás para presentarse como el defensor de los judíos, y la sumisión de Caifás sirve a Pilato para evitar conflictos incómodos.
Precisamente por eso, tiene que atajar cuanto antes el movimiento de ese carpintero. Si se termina adhiriendo a su causa un grupo numeroso, si empieza a difundir sus blasfemias, si lima la autoridad de los que dirigen el templo, entonces Pilato sabrá que no son un pueblo tan unido y explotará sus debilidades. Al pensar en esto se mueve con más brío, y el nerviosismo da paso a un enfado sordo. ¡Maldito Jesús! ¿Nadie se da cuenta de lo importante que es que los judíos estén unidos? ¿Nadie comprende que eso es lo único que les mantiene seguros y que, si empiezan a dividirse los romanos, se quitarán la piel de cordero y les aplastarán sin contemplaciones? Se golpea furioso con el puño derecho la palma de la mano izquierda. ¡Ah, este pueblo ignorante y desmemoriado...! Ojalá estuvieran atentos cuando escuchan la historia de sus antepasados. ¿Han olvidado ya las veces en que pueblos extranjeros masacraron y aniquilaron a los judíos? ¿No se dan cuenta de que solo él, Caifás, puede mantenerles a salvo? La Ley de Yahveh, y él como garante de esa ley. Un solo Dios, un solo pueblo, una sola ley. Todo lo demás es necedad.
El ruido de voces en la planta baja le saca de sus cavilaciones, y se apresura a descender. A la luz de las antorchas que iluminan la sala principal, reconoce los rostros de los convocados. Sus expresiones solemnes reflejan la importancia de la ocasión. La mayoría de ellos saben que van a arrestar a Jesús y son conscientes de que están moviéndose sobre arenas movedizas. Si algo sale mal, puede ser un caos. La ciudad está llena de gente. Jesús tiene amigos. Tan solo hace unos días, la muchedumbre le aclamaba...
Mientras va dando la bienvenida a unos y a otros, deja caer palabras alentadoras: «todo va a salir bien», «Yahveh está con nosotros»... Y se tranquiliza al no encontrar en la sala ningún rostro de los partidarios del nazareno. Sorprendentemente, la discreción esta vez parece haber funcionado. Espera que los hombres a los que ha aleccionado para que testifiquen contra el Galileo lo hagan bien. Necesita que la acusación sea sólida. Los miembros del Consejo pueden ser manipulables, pero no son idiotas, y alguno de ellos, temeroso de Dios, puede crearle problemas si piensa que no hay argumentos suficientes para condenar a Jesús. Porque de esto se trata. Hay que conseguir que le condenen a muerte. Aunque ellos no puedan ejecutar la sentencia, ya lo hará Pilato. Pero antes de acudir a Roma Caifás necesita el respaldo de los líderes judíos. Mira, a través de la habitación, a su suegro. Anás le devuelve la mirada y asiente levemente, cerrando los ojos. No necesitan hablar. Ambos saben lo que está en juego. Se entienden mejor que si fueran padre e hijo.
El griterío fuera de la casa, en el patio, hace que todos los rostros se giren en dirección al lugar de donde proviene el ruido. A través de las ventanas se filtra el resplandor de antorchas. Cesan las conversaciones, y Caifás se aproxima a su asiento, en el centro de la estancia. Todos los ojos están clavados en la puerta mientras se acercan las voces. Hasta que entran varios de los guardias del templo. En medio de dos de ellos, que le agarran por los brazos, está Jesús, al que zarandean sin contemplaciones mientras lo traen hasta el centro de la sala. Muchos lo conocen. Algunos de los presentes se han sentido atacados por las palabras de Jesús y lo miran con ira. Otros, que solo han oído hablar de él, parecen curiosos y hasta decepcionados por su aspecto. Ninguno de los que alguna vez se han conmovido al escucharle o al ver su trato con las gentes sencillas está aquí.
Al fin, están frente a frente. Caifás, sentado en su silla, mostrando toda su autoridad, mira con frialdad al nazareno. Este le sostiene la mirada. Empieza el juego, se dice el Sumo Sacerdote. Alza la voz y se dirige a los presentes. Con un tono deliberadamente grave, les pide que le ayuden a juzgar. «Este es Jesús, del que tanto hemos oído hablar...» Prosigue relatando, en fragmentos, la actividad del nazareno en los últimos años. Una historia hecha de retazos. Habla de un hombre que ha conmovido a muchos, de alguien que, aparentemente, hace milagros y dice hablar en nombre de Dios. Sutilmente va dejando caer la sombra de la duda. Lo acusa veladamente de ser un blasfemo, un ignorante que pretende conocer lo que solo está al alcance de los verdaderos maestros. Mide las palabras. No quiere ser muy directo ni demasiado claro. «¿Quién es este que está delante?», pregunta, a la vez que lanza una mirada que recorre la sala. «¿Es bueno o es perverso? ¿Es un justo o un maldito? Está aquí porque ha sido acusado de delitos muy graves contra Yahveh». El silencio ahora se puede cortar. Caifás ha lanzado dos o tres cebos, a ver si el Galileo le contesta, si en su defensa muestra algo del orgullo o la arrogancia que hace unos días le llevó a estallar en el templo golpeando a los cambistas. Pero Jesús parece sereno. Más nervioso de lo que deja ver, Caifás hace con las manos un gesto de exasperación y mira a su alrededor, como queriendo dar a entender que así no hay forma de avanzar. Entonces, clavando la vista en el suelo y evitando intencionadamente dirigirse a alguien en particular, pregunta si algún testigo puede ayudar al tribunal. Varios hombres previamente aleccionados se lanzan a proclamar la impiedad de Jesús. «¡Ha curado en sábado!»; «¡Ha atacado a los vendedores del templo!»; «¡Enseña en las plazas!»; «¡Se negó a lapidar a una mujer adúltera!»; «¡No respeta la Ley!» ... Esta letanía de invectivas no tiene el efecto esperado por Caifás. No se desencadena un clamor de indignación ni consigue caldear el ambiente contra el nazareno. Se da cuenta de que las acusaciones son débiles, pues algunas de las faltas del Galileo en realidad son objeciones que muchos otros ponen a una manera excesivamente rígida de entender la Ley. Percibe algunas miradas incómodas. Hace un gesto con la cabeza a otro de los hombres cuyo testimonio ha preparado. Este, con una voz fuerte y ronca que logra captar la atención de todos, exclama: «¡Dijo que derribaría el templo y conseguiría levantar otro en tres días!» Varios hombres más quieren contribuir al argumento, quizá para ganarse el favor del Sumo Sacerdote, pero
sus palabras solo consiguen enmarañar el discurso, pues lo que dice uno lo matiza otro y lo contradice un tercero.
«¿No tienes nada que decir ante estas acusaciones?», le espeta el Sumo Sacerdote al reo. Este calla. Caifás empieza a removerse en su asiento. Las cosas no están saliendo como esperaba. Y el Galileo, sumido en un silencio tenaz, resulta un enigma. Se encuentran los ojos de acusador y acusado, inquisidor y víctima. Caifás siente que su determinación flaquea. Por un instante imagina qué podría ocurrir si cancela esta pantomima y trata de hablar de verdad con el Galileo. O si le pide que explique ahora, a la luz, lo que ha estado anunciando en las sombras. ¿Y si le deja hablar de verdad? Es solo un momento de duda, unos segundos que quedarán para siempre sepultados en algún rincón de su memoria. Una pregunta trata de abrirse paso en su mente: ¿Y si es un maestro? ¿Y si, como los antiguos profetas, tiene algo que decir? Mira alrededor, sin saber muy bien cómo continuar. Los ojos de Anás, enmarcados en unas cejas pobladas y enrojecidos por la furia, están clavados en los suyos. La expresión severa del anciano le hace recuperar la determinación. Han trabajado toda la vida para consolidar el poder. No hay más camino que el que ellos digan. Y recuerda unas palabras pronunciadas por él mismo semanas atrás, cuando decidieron acabar con Jesús, que sepultan toda duda: «Conviene que muera uno por el bien del pueblo». ¡Eso es! No puede ser. No puede haber fisuras en la fe del pueblo. Ni alternativas. Ni imágenes nuevas. Un Dios. Un pueblo. Una Ley. Un poder.
Súbitamente, tiene una intuición. Puede encontrarse de nuevo con un muro de silencio, pero presiente que Jesús no se va a quedar callado ante la próxima pregunta. Caifás sabe que para los creyentes piadosos la esperanza de un Mesías que traiga la libertad es su sueño y su anhelo más hondo. Eso sí, no se conformarían con cualquier cosa. Cuando Yahveh envíe un libertador, este será poderoso, llegará como un río que arrase a los romanos, como un huracán que no deje a ninguno de sus enemigos en pie, no un pobre carpintero con ínfulas de grandeza rodeado de un ejército de patanes ignorantes. Y cualquiera que pretenda decir otra cosa es un necio. Pero, por otra parte, ¿no ha estado este Jesús anunciando cosas buenas para el aquí y ahora, ya? ¿No llegó a decir, en el colmo de la soberbia, que hoy se cumplía el día de la liberación profetizado por Isaías? Si ahora se desdice, o incluso si se calla, defraudará a muchos. ¿Cuánto tardará en correr el rumor de que no se ha atrevido a defender ante los verdaderos sabios judíos sus afirmaciones hechas en la calle? Si calla, les dejará huérfanos. Caifás empieza a saborear la victoria y trata de evitar una sonrisa de triunfo al alzarse de nuevo. Anticipando una respuesta definitiva, se acerca a Jesús, le apunta con el dedo y le interroga una vez más. «¿Eres tú acaso el Mesías, el hijo del Bendito?»
Por un instante que se le hace eterno, Jesús parece hermético. Entonces le mira fijamente, y en esa mirada comprende Caifás que el Galileo va a firmar su sentencia de muerte con sus próximas palabras; y, sin embargo, parece consciente de ello y dispuesto a hacerlo. «Tú lo has dicho». Un suspiro colectivo parece salir de todas las gargantas al tiempo. «Y veréis al hijo del hombre sentarse a la derecha de Dios y venir sobre las
nubes del cielo». Caifás cierra los ojos al oír esta afirmación, saboreando por anticipado su triunfo. El silencio que se ha hecho es sepulcral. Sabe lo que tiene que hacer ahora: expresar un dolor intenso, mostrar su horror por lo que acaba de oír, no dejar espacio a ninguna otra interpretación. Que nadie tenga dudas sobre la atrocidad de lo que acaban de escuchar. Se lleva las manos al borde de la túnica y tira con fuerza. La tela se rompe y se rasga. El gesto es más poderoso que si se hubiera puesto a llorar. «¿Qué testigos necesitamos? ¡Ya habéis oído la blasfemia!», brama casi sin resuello. Como empujados por un resorte, todos los presentes comienzan a vociferar y exigen la condena a muerte. Los rostros están congestionados, y alguno de los sacerdotes parece a punto del colapso mientras grita pidiendo la muerte del blasfemo.
Caifás hace una señal a los soldados del templo que permanecen cerca de la puerta. Ha conseguido su objetivo. Mejor será sacar al Galileo de la habitación. Después de todo, ellos no tienen autoridad para ajusticiar a nadie. Los guardias agarran a Jesús con brusquedad. En cuanto salen de la estancia y pasan a una habitación próxima, uno de los criados, que entiende poco de lo que está pasando, pero sabe que el tribunal acaba de condenarlo por blasfemo, escupe al rostro de Jesús. Parece la señal para que otros criados se acerquen y le lancen bofetadas y puñetazos. Los soldados del templo no hacen nada por evitarlo. Caifás, desde el quicio de la puerta, observa con frialdad la paliza sin hacer tampoco ademán alguno de detenerlos. No le viene mal a ese mesías de pacotilla un poco de mano dura. Ha conseguido lo que quería. El Galileo pronto dejará de incordiar, y todo volverá a su sitio.
Regresa a la sala, donde ahora será fácil convencer al Consejo para que envíen al nazareno ante Pilato. La acusación, claro está, no puede ser la blasfemia. El romano se reiría de eso. Pero solo los romanos pueden ajusticiar a un judío. Caifás sabe lo que tiene que hacer. Cuando entra en la habitación, camina con deliberada lentitud y semblante compungido. Solo al pasar ante su suegro se detiene. El anciano pone las manos en los hombros del Sumo Sacerdote. Se miran con expresión de triunfo y ambos sonríen con sobriedad.
II. Jaulas de oro: La seguridad
En la Pasión podemos pensar en clave de escenarios. Hay diversos escenarios físicos donde se van sucediendo los acontecimientos: el cenáculo, el huerto, la casa de Caifás, el pretorio... Pero hay otra serie de escenarios más simbólicos. Al adentrarnos en los juicios de Jesús (ante Caifás, ante Herodes y ante Pilato) vamos a ver la contraposición entre dos escenarios: las jaulas de oro y la intemperie.