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2.511 Convivencia del culto cristiano y el tradicional

Dentro de las religiones universales que se dan en zonas rurales del sur de Mozambique, las cristianas son las más extendidas, tanto por las nuevas iglesias que se van instalando, como por las misiones protestantes que se instalaron desde mediados del siglo XIX y fueron sustituidas por católicas durante el periodo colonial con el fin de una evangelización promovida por el estado.

A pesar de que el culto tradicional es el general, si preguntamos a una persona del sur de Mozambique por su pertenencia religiosa, no es extraño que nos diga que es cristiana, miembro de un culto sincrético o de cualquier otra religión importada y, en los casos en que este sentimiento está más enraizado, es probable que cite dicha pertenencia religiosa simplemente al hablar de su identidad o de lo más relevante en su vida, como hizo esta informante al presentarse:

“Estoy bien, me encontré siempre bien. Me casé en el 49. Soy una religiosa católica y, propiamente, una machangana…” (13)

Estas creencias no se ven como excluyentes con otros cultos tradicionales y, más allá de eso, el culto católico tiene una connotación social positiva y compatible con ese culto tradicional que, por otro lado, no es reconocido en las propias estadísticas estatales. Estos hechos nos hacen difícil distinguir la incidencia de otras religiones en la población aunque, de manera aproximativa, se puede ver que en el Censo Geral de 2007 (Gaspar 2007) la proporción de católicos es netamente superior a la de los otros cultos reconocidos excepto el zionista que veremos más adelante, constituyendo una población declarada de 687.731 personas en las tres provincias del sur de Mozambique, habiendo 955.953 que se declaran sin religión/otra/desconocida (en la que se incluirían también los vinculados únicamente al culto tradicional), dentro de una población total de 3.684.304 personas.

A pesar de la afinidad o no a otras religiones, la religión tradicional es la que marca la vida colectiva, la que guía su forma de ver el mundo y la que es extensible a toda la población dando significados globales, especialmente en las zonas rurales. La pertenencia a este culto es sobreentendida y no es necesario expresarla abiertamente.

“En realidad es secreto porque nadie habla sobre eso en la iglesia, pero tampoco lo es en la medida en que toda la gente tiene conocimiento de ello.” (Honwana 2003: 162)

Es por eso que, a pesar de lo que puedan llevar a pensar las estadísticas, el culto tradicional incluye prácticamente el total de la población, ya que en los casos de compatibilizarlo con otros cultos, en mayor o menor medida, se especifica siempre el otro por el carácter oculto del mismo.

El culto tradicional es indivisible de otros aspectos de la vida social y comunitaria tanto en sentido literal como simbólico, imponiendo reglas y dando sentido a ese universo. Se integra en el sistema cultural a pesar de que para muchos no responda a sus cuestiones metafísicas y se sientan identificados con otras creencias.

A pesar de que la pertenencia a un culto como el católico tenga carácter exclusivo, en el sentido de no permitir otras veneraciones, las personas que lo profesan no sienten esa disonancia como un problema e integran ambos:

“Viven así, una doble vida. Públicamente, muestran su adhesión a las normas de la religión católica, pero, de manera paralela, participan en los rituales familiares de invocación a los ancestros.” (Loforte

2000: 227)

David Hicks encontró sentido a este doble culto a través del desdoblamiento entre la creencia cotidiana y la respuesta metafísica más abstracta a través de sus informantes del Delta del Niger que combinaban el culto al cristianismo ortodoxo con el culto tradicional a los antepasados:

“Tanto tradicionalistas como espiritualistas son capaces de adoptar una actitud afable en relación a las iglesias ortodoxas debido, en concreto, a la abstención reciente en la reivindicación predictiva y explicativa mundial, y a centrar su trabajo en el hecho de la salvación. Como diferentes asistentes a casas de oradores espirituales me describieron: ‘Las casas de oradores curan nuestras enfermedades y las iglesias guían nuestras almas’.” (Hicks 2002: 18)

En el caso de los católicos del sur de Mozambique parece ser que esta convivencia de los cultos y la vivencia sin contradicción, responde también a la división y adjudicación a diferentes cultos lo inmediato y lo social por un lado y lo metafísico universal por otro.

A partir de la convivencia inmediata con los espíritus de los antepasados, que guardan jerarquía en función de su vejez en vida y de su antigüedad en el tiempo, se llegaría a la idea de ese primer espíritu que estaría

sobre esos espíritus fundadores de los linajes y que se identificaría con la creación absoluta. De hecho, en el rito cristiano realizado en las lenguas locales, Dios tiene el mismo nombre de espíritu: svikuembo, es el espíritu por antonomasia, en mayúsculas, el espíritu de los espíritus y, a nivel formal, hay inclusión de costumbres locales y realización de ceremonias tradicionales de una manera cristianizada. Así que se podría hablar de una liturgia cristiana con elementos locales que convive con el culto tradicional, pero delimitando sus espacios y sus tiempos y manteniendo los rituales tradicionales en una pretendida asepsia que no es real. Esta convivencia sin aparente contradicción, se ve claramente en las ceremonias tradicionales de las familias católicas, en las que se alternan partes de un culto con las del otro y a ambas partes asisten las mismas personas que, además, pueden tener el mismo papel relevante y participativo en ambos rituales. En ocasiones, debido a la omnipresencia del elemento místico en las celebraciones, el motivo de una festividad en cualquiera de las tradiciones lleva como consecuencia que la celebración se interprete desde otra tradición a su manera, provocando, en algunas familias y contextos, como el barrio capitalino del que nos habla Ana María Loforte, el desdoblamiento o sincretismo de algunas ceremonias:

“En una simbiosis entre dos religiones, el xidjilo (ceremonia en memoria de alguien) presenta, a veces, la componente cristiana, con rituales realizados en la iglesia, como los de ‘acción de gracias’ a los que se les suma la ofrenda con sacrificios de animales (gallo, gallina o cabrito), y bebida de maíz en el granzelo. Debido a la influencia cristiana, esta invocación aparece también con la designación de ‘misa’.” (Loforte 2000:230)

A veces surgen problemas cuando una familia organiza un rito tradicional y, habiendo parte de la familia católica, no asiste porque no queda representada esa religión en la ceremonia. Es decir, cuando hay problema, es un problema de exclusión, no de inclusión. Por ejemplo, algunos católicos dicen que falta completar la unión una vez se ha hecho el lobolo porque falta el matrimonio católico, a pesar de que supone una unión reconocida incluso a nivel estatal-legislativo. Estas personas harían la ceremonia en dos partes independientes o adaptarían el ritual para que todos se sientan satisfechos, pero eso no impide que acudan y se sientan identificados con la parte tradicional.

El hecho de que predomine una marcada división en las ceremonias a pesar de que las personas vivan ambos cultos sin contradicción, puede tener su origen en el ocultismo con el que se ha llevado el culto tradicional, seguramente fortalecido por la fuerte crítica y ridiculización que sufrieron primeramente en la era colonial, en la que además era deseable mostrar la tradición católica, y posteriormente en la época socialista donde toda religión estaba denostada.

En las aldeas la iglesia se concibe como un lugar de reunión y encuentro comunitario dominical al que suele asistir algún representante de cada una de las familias católicas y, el padre que dirige la ceremonia, suele ser un vecino de la aldea sin ninguna ligación con los estamentos eclesiásticos. De hecho, en muchos lugares se aprovechan las fechas en que visita la iglesia un clérigo para que realice las ceremonias y oficie los sacramentos, por ejemplo en el día de Navidad (llamado “Día de la Familia” en Mozambique desde el laicismo del tiempo socialista) que se intenta dar servicio a todas las congregaciones y en las que la celebración específica del día queda ensombrecida al compartirse con otras como bautizos y comuniones (ver fotografía 38).

Por su parte, las fiestas en el calendario religioso católico no tienen gran trascendencia ya que no se celebran de manera general debido a que los católicos practicantes son una minoría y estas celebraciones parecen algo ajeno a ellos más allá de suponer días libres en los que todo el mundo aprovecha para reunirse sin ningún carácter ceremonial exclusivo de ese día. Suelen ser los cultos minoritarios los que se adecuan a los tiempos y ritmos que marca la necesidad ceremonial tradicional donde las familias católicas organizan de esa manera sincrética el evento.

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