Como hemos visto, la costa sur de Mozambique constituye un terreno semi-árido que despertaba poco interés en las pretensiones europeas. La costa es más abrupta y con menos puertos naturales que al norte del río Save y los primeros europeos en pisarlas fueron víctimas de naufragios cuando volvían los barcos de Goa y otros puntos de la costa asiática aprovechando los monzones para llevar productos a Europa. Los intercambios comerciales a través de grandes comerciantes árabes eran frecuentes en lo que hoy es el norte y centro de Mozambique y al sur de la ciudad de Inhambane (donde Vasco de Gama llegó en 1498) la presencia europea no se extendió hasta más tarde, habiendo pruebas de una presencia árabe anterior (Newitt 1997: 143).
Aparte de pequeñas expediciones, sólo se llevó a cabo una exploración detallada de la costa sur de Mozambique cuando las expediciones comerciales a Lourenço Márques (actual Maputo) revelaron la capacidad de establecer relaciones comerciales con los pueblos situados alrededor de los ríos que desembocan en su bahía a mediados del siglo XVI. El mayor interés de los portugueses allí instalados fue, en un principio, el comercio de marfil, que se unía al cobre y el hierro y poco a poco se iría extendiendo a otros productos. Las relaciones entre los portugueses y los pueblos locales fueron satisfactorias para ambos: los pueblos pasaron a tener otros artículos de valor además del ganado tales como cuentas, tejidos y armas de fuego (de gran utilidad para la caza y la obtención de marfil que proporcionaba una fuente de ingresos); y los portugueses se establecieron en el territorio beneficiándose de la competencia entre las diferentes jefaturas para comerciar con ellos, como grandes compradores y abastecedores de nuevos productos. Se establecieron buenas relaciones y alianzas entre portugueses y algunas de las jefaturas.
Estas alianzas comerciales provocaban desequilibrios de poder entre la jefatura tradicionalmente dominante y la dominancia debido al comercio y el poder que éste transfería a través de sus riquezas, así que hubo algunos enfrentamientos y los portugueses fueron cambiando y aprovechando sus alianzas según la situación, lo que pudo contribuir a la centralización del poder en los diferentes grupos tribales. El comercio de marfil de la Bahía en el siglo XVII se intensificó llegando a establecer rutas comerciales que llegaban hasta la actual provincia de Natal en Sudáfrica.
En el siglo XVIII el comercio con los portugueses decreció ya que el comercio de marfil perdió interés. Los pueblos tsonga de la bahía se extendieron hacia el norte por la franja costera buscando establecer rutas comerciales que les abastecieran de productos portugueses en Inhambane y otros puertos más al
norte como Sofala, aunque parece reduccionista atribuir la extensión de estos pueblos hacia el norte únicamente al comercio, sobre todo por su independencia con respecto al modelo de vida europeo:
“Lo más probable es que esta expansión estuviese integrada en aquel proceso natural ya mencionado, que implicaba el abandono de los territorios paternos por parte de los hijos, partiendo éstos en busca de su propio espacio. El hecho de que la región al norte del Limpopo sea muy seca, lo que, en el mejor de los casos, llegaría a sustentar un escaso número de habitantes, sin duda contribuyó a que esta expansión se caracterizase, no sólo por una rapidez inusual, como por la vasta área ocupada por estos pueblos.” (Newitt, 1997:147)
Por un tiempo el comercio en la Bahía de Delagoa parecía decrecer, pero esto no duró mucho debido al inmediato interés de otras potencias europeas en utilizar la bahía como zona comercial. De esta forma cada vez pasaban más navíos, especialmente ingleses y holandeses. Este último país llegó a establecer un fuerte en lo que es hoy Maputo en 1721, pero las fiebres y los piratas ingleses los diezmaron y destruyeron su fortaleza. Aunque el hecho de su fracaso se debe más a que la zona no estaba desarrollada comercialmente para mantener un establecimiento permanente que agotaba las capacidades locales. Aún predominaba la economía de subsistencia y se abastecía sólo intermitentemente el mercado europeo (Newitt 1997: 149).
De esta forma, hasta finales del siglo XVIII sería Inhambane el principal puerto comercial de la región sur de Mozambique. Los productos más demandados por los portugueses serían pieles, marfil, metales y esclavos. El comercio de esclavos es un hecho que se produjo a lo largo de todo el país durante siglos hasta principios del siglo XX a pesar de su abolición en el año 1869. Este tipo denigrante de comercio produjo efectos en las mentalidades, en la moral, en la estructura social y en el valor de la vida de diferentes personas:
“El esclavo era, en sí mismo, un fruto de la naturaleza como cualquier otro. Consciencia compartida tanto por el libre como por el esclavo. Se trataba de una verdadera consciencia colectiva de una regla cuya confirmación carece de necesidad…
Había esclavos de grandes señores comprando y vendiendo esclavos por su cuenta y antiguos esclavos que, una vez libertos y sin constricciones, se dedicaban al negocio de los esclavos.” (Capela 2002: 284-
285).
Los esclavos eran empleados en diferentes trabajos, sometidos a vejaciones, llevados a otros lugares y continentes, etc. sin derecho alguno. En caso de muerte o grave enfermedad eran abandonados en cualquier lugar si el coste de su cura o transporte fuera mayor de lo que fueran a obtener por ellos en vida.
La zona de Ihambane no estuvo exenta de luchas tribales por el territorio y por el comercio en estos siglos. En el interior, desde finales del siglo XVI, según los Tsonga venían extendiéndose desde el sur, desde el noroeste venían diferentes pueblos que impusieron su poder político a las poblaciones Tsonga expandiéndose por lo que es hoy la provincia de Inhambane. Estos pueblos, los Ndau, compartieron y adoptaron costumbres Tsonga y a pesar del dominio político hubo convivencia e intercambio incluso en las creencias más arraigadas como el culto a los espíritus de los antepasados (ver Anexo: Invitación a
una Mhamba). La costa sur de la provincia permanecía bien custodiada por los guerreros Chope. Y los Bitonga se extendían por los alrededores de la Bahía de Inhambane aprovechando el comercio con los
portugueses.
La Bahía de Delagoa volvió a cobrar importancia a partir del siglo XVIII y en el XIX alcanzó un auge que tendría consecuencias a todos los niveles: En 1750 los ingleses retomaron intensas actividades comerciales en la Bahía y, a finales de siglo, Austria, aprovechando la propuesta de un aventurero inglés (Bolts) crea un establecimiento con el fin de que sirva como parada de avituallamiento y factoría que gestione el comercio con las Indias Orientales. Este establecimiento estaba constituido por hombres y mujeres con el fin de fundar una colonia y permaneció hasta 1781, año en que los portugueses les expulsaron estableciéndose permanentemente en la Bahía de Delagoa tras más de dos siglos de contactos comerciales (Newitt 1997: 150).