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Cooperación y lucha de clases: ¿el fin del mundo?

La cooperación, la lucha de clases y el fin del mundo

2. Cooperación y lucha de clases: ¿el fin del mundo?

Cuando analizamos algunos problemas en la actual agenda hegemónica de la coo- peración, desde una perspectiva dialéctica e histórica, percibimos el desarrollo de la lucha de clases detrás del escenario más aparente. Vamos a abordar dos cuestiones que consideramos fundamentales, y que están conectadas entre sí: las exigencias administrativas y “profesionalización” de la cooperación, y la privatización y entrada de empresas transnacionales en la misma.

Comenzando con las nuevas exigencias de agencias/organizaciones de cooperación, vemos que, las ONGD, en general presionadas por sus financiadores (gobiernos del Norte/empresas), requieren a las organizaciones del Sur lo que muchas veces es un “descalabro” de exigencias técnicas. Para dar respuesta a las mismas hace falta un cuerpo de personas técnicas especializadas en elaboración, ejecución y rendición de cuentas de proyectos. Son variados los problemas que supone a una organización de base, cuya naturaleza es hacer trabajo de base (organizar el pueblo, hacer trabajo político y productivo, construir alianzas dentro de la clase trabajadora) el entrar en estas dinámicas. Constituir una burocracia técnica permanente puede ser un riesgo de crear también una “casta” dentro de las organizaciones, que por sus preocupacio- nes con las normativas técnicas y cortos plazos, pueden acabar perdiendo la relación con los objetivos estratégicos del espacio donde trabajan, perdiendo la noción del “por qué” se hace ese trabajo.

Evidentemente no es una cuestión de no tener/mantener control sobre los recursos, su aplicación y su rendición de cuentas. Es importante, en especial tratándose de re- cursos colectivos, mantener una excelente gestión y transparente rendición de cuen- tas. Pero, tampoco se trata de burocratizar al máximo el proceso, olvidando los fines y precarizando el trabajo en las organizaciones. Además, no hace falta mucha inves- tigación para encontrar a alguna ONG que, fundada en otros tiempos para ayudar a poblaciones empobrecidas en el Sur, hoy día se preocupa más por su propia supervi- vencia, priorizando la búsqueda de fondos para mantener su cuadro de trabajadores y trabajadoras más que el trabajo con las poblaciones del Sur.

Otro elemento a tener en cuenta es la precarización del trabajo dentro de las organi- zaciones (ONG, agencias, entidades) fruto de las decisiones tomadas por las financia- doras del Norte. En el encuentro de organizaciones brasileñas apoyadas por la Ayuda de las Iglesias de Noruega (AIN), celebrado los días 24 y 25 de abril de 2012, en Rio de Janeiro (Brasil), mucho se oyó sobre cómo las organizaciones están siendo obliga- das a reducir el cuadro de personal, y ante las cada vez más complicadas exigencias, acaban aumentando la carga de trabajo a las personas que quedan en sus puestos de trabajo. Este mismo proceso ocurre en el Norte, agudizado más si cabe por la actual

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situación de crisis. Existe por lo tanto, una clara contradicción entre la lucha por los derechos sociales, entre ellos los laborales, y la precarización que afecta al seno de estas mismas organizaciones. La necesidad de supervivencia que antes mencionába- mos, empuja a las entidades a hacer el juego de las clases dominantes, sometiendo y explotando aún más a las clases trabajadoras.

Nuestra percepción de algunos tipos de exigencias técnicas nos lleva a concluir que estas forman parte del proceso de privatización de la cooperación, siendo este el segundo de los problemas identificados de la actual agenda de cooperación. Cuan- do se trata de gestión, de sustentabilidad financiera, de análisis coste-beneficio, el sentido común indica que “las más sabias son las empresas”, y cuanto más grande sea la empresa -como las transnacionales por ejemplo- mejor suelen hacer esa labor. Parecen olvidarse, eso sí, todas las crisis mundiales y vidas arruinadas por la labor de esas empresas en su incansable búsqueda de beneficios para unos pocos. Dentro del discurso “oficial”, la cooperación realizada con o desde las empresas tiende a ser vista como eficiente y eficaz. Es por esto que algunos gobiernos pasan a dedicar re- cursos no a organizaciones de base o movimientos sociales legítimos, sino, a grandes empresas capitalistas.

Un ejemplo de esa práctica, y de su inviabilidad social, es el trasvase de montos finan- cieros del gobierno de Noruega al Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), de Brasil. Se trata en especial de recursos que deberían ser destinados a la preservación de la Amazonia y sus poblaciones tradicionales, a través del Fundo

Amazonia. Este fondo creado en el año 2008 tiene como objetivo captar recursos

en Brasil y en el mundo, e invertirlo en la protección de los bosques naturales, es- pecialmente en la Amazonia. Solo Noruega se ha comprometido a aportar al Fondo mil millones de dólares. Sin embargo, a pesar de haber recibido fondos internacio- nales, hasta el año 2011, el BNDES no había contratado más de 290 millones de rea- les en proyectos, equivalentes a unos 145 millones de dólares. Además de no tras- ladar recursos directamente a las comunidades que viven en las zonas de bosques -que saben cómo producir y preservar al mismo tiempo- el Comité Orientador del Fun- do estableció en el 2011 cambios para priorizar “proyectos que estimulen sistemas productivos sostenibles en la Amazonia Legal y propuestas que faciliten la regulari- zación de tierras en el país”. Sabemos que en realidad eso quiere decir: proyectos de ganado y soja, y regularización de la invasión de tierras públicas por latifundistas. Así podemos ver que la cooperación con o a través de empresas, hasta ese momento, no ha funcionado ni tan siquiera desde una perspectiva capitalista.

Debemos por lo tanto ir de esos problemas aparentes a otros más de fondo, que remiten a la estructura social. Ahí se presentan cuestiones relacionadas con la “coo- peración” y la “anti-cooperación”. En esta última ubicamos claramente las acciones directas de Estados y de empresas transnacionales.

Otro ejemplo puede ser el de la ONG Rainforest Foundation Norway (RFN), que ha denunciado al gobierno de Noruega como ayudante de la degradación ambiental,

Movimientos sociales y cooperación. Ideas para el debate

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mientras traslada a la sociedad un discurso sobre conservación de la naturaleza. “Noruega está salvando la foresta tropical con una mano y destruyendo con la otra mano”, dijo Lars Løvold, de la RFN. Solamente en Indonesia, los 30 millones de dóla- res de Noruega al programa REDD representan un quinto de los beneficios y un tercio del valor de las inversiones de empresas que, por sus prácticas, destruyen el medio ambiente. Eso sin contar con que ese tipo de cooperación, con inversiones de recur- sos públicos en programas como REDD, es un empuje a la privatización de los bienes comunes de la humanidad, como el aire y el agua. La realidad es que las empresas no tienen interés genuino en la cooperación, ellas utilizan los Estados y el campo de la cooperación internacional para aumentar sus mercados y beneficios. Es muy claro el caso de la Ayuda Alimentaria, que forma parte de la cooperación humanitaria a países del antiguo Tercer Mundo, y que sirvió para cambiar las dietas de poblaciones de países latinoamericanos, destruir la producción local de alimentos y aumentar la dependencia de esos países hacia el antiguo Primer Mundo. Según un estudio que realizamos recientemente (Stronzake, 2011: 39), nueve de cada diez países importa- dores de productos agrarios de Estados Unidos, son antiguos receptores de ayuda alimentaria, conforme reconoce la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Inter- nacional (United States Agency for International Development-USAID), en un informe del año 1996.

Todos estos elementos son propios de la cooperación guiada por empresas. En ese momento, muchas agencias de cooperación se marchan de América Latina, en espe- cial de Brasil, con la justificación de la “crisis mundial” y el recorte de presupuesto. Sin embargo, Gilio Brunelli (2012), director de Programas Internacionales de la Agen- cia Desarrollo y Paz de Canadá, es muy claro al explicar que en “la casi totalidad de los países del Norte, la cooperación internacional dirigida y financiada por los gobier- nos está siendo reformulada para servir más a los intereses estratégicos y comer- ciales de los países del Norte que para acabar con la pobreza y crear un mundo más justo”. El mismo Canadá está concentrando su cooperación en Asia, donde empresas canadienses están expandiendo sus negocios.

Como decíamos anteriormente, la cooperación solo puede ser entre iguales. Total- mente opuesta a esta idea está la cooperación con las grandes empresas, ya que estas actúan para concentrar y centralizar mercados y riquezas. Según la Secretaria de Acompañamiento Económico (SEAE) -órgano del Ministerio de Agricultura de Bra- sil- está en curso una “gran integración vertical” de las empresas, afectando a los pe- queños emprendimientos en el campo y en la ciudad. En el campo, cuatro empresas que actúan en el mercado de semillas y commodities agrícolas concentran el 82,38% del mercado.

La actuación de una cooperación que fortalezca, directa o indirectamente, esas em- presas, lleva al fin de modos de vida como la del campesinado. Y en nuestra perspec- tiva, decretar el fin del campesinado es poner en las manos de unas pocas empresas la capacidad y el poder de alimentar a la población mundial. Melillanca (2011) informa que el documento Visión 2030, del Ministerio de Agricultura de Chile, defiende que la

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población campesina debería ser en torno al 5%; puesto que “hay una ofensiva muy fuerte para acabar con el campesinado y con los pueblos indígenas como agricultores independientes, o, sencillamente, como agricultores. Por parte de los gobiernos y empresas hay una ofensiva sistemática para despoblar el campo”.

El mundo de las campesinas y campesinos es el que alimenta a todo el mundo. Se- gún los datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), órgano depen- diente del gobierno brasileño, el campesinado es responsable del 70% de todos los alimentos consumidos en Brasil. Proyectos de cooperación que no contribuyan a la permanencia de esa gente en el campo, están contribuyendo en realidad a provocar más hambre en el mundo. Y tendencias como la burocratización y la privatización de la cooperación consideramos que avanzan hacia ese escenario.