Existen dos posturas que sigue la ética psicológica: la deontología rigurosa o radical, y la deontología mitigada. Ambas son desdoblamientos psicológicos. La deontología es, por antonomasia, ética, y la ética siempre es psicológica. Contextualicemos.
Vamos a tomar el significado que le asigna la enciclopedia Sopena al término “Deontología”: “Ciencia o tratado de los deberes y derechos”. Es decir, en cuanto a los “deberes”, trataría de responder a la pregunta: ¿Qué debo hacer con la cosa? ; Connotando un carácter necesariamente axiológico. Y en cuanto a los “derechos”, trataría de responder a la pregunta: ¿Qué puedo saber de la cosa?, connotando un postulado estrictamente gnoseológico, y además, teleológico, puesto que siempre esta implícita una finalidad, que a su vez, debe ceñirse a un régimen moral.
Por eso la deontología es normativa, y desde el decálogo del Pentateuco, hasta los ordenamientos constitucionales modernos, encuadran el “deber” que debe manifestarse en el conciente colectivo, en la esfera de luz del sujeto globalizado, relegando los contrastes, las prohibiciones, hacia el inconsciente colectivo. Notamos que los postulados deontológicos tienden hacia una finalidad, y los contrastes de dichos postulados, la marca dialéctica, es relegada, y por lo mismo, sujeta de incomprensión, es decir, inconsciente. A todas luces, y por todo lo expuesto hasta aquí en este tratado, podemos apreciar el psicologismo intrínseco de la ética y la moral.
La moral siempre debe manifestarse, MOSTRARSE, lo a-moral, debe permanecer en la sombra, íntimamente; y esta “doble moral”, prima en las tendencias actitudinales del sujeto individual y colectivo. Sin esta dualidad los sistemas, estructuras, y macro-estructuras, carecerían de funcionalidad, y esta claro que sin funcionalidad operativa, todo colapsaría indefectiblemente. Sin “idea” de fascismo, no podría funcionar el marxismo, sin “idea” del contraste, no funcionaría el decodificador analógico que los “cientificistas”, un tipo riguroso de deontólogo normativo, llaman cerebro y razón.
A partir del iluminismo y la revolución francesa, se instaura en el mundo el postulado positivista, y un positivista es un deontólogo normativo riguroso. Al circunscribirse a la evidencia material, relega todo lo que no es capaz de comprender a una esfera de especulación, convirtiendo la metafísica, pilar del mundo antiguo, en una mitomanía carente de sentido. El problema es que todo lo que no tenga algún sentido para el racionalista, debe ser eliminado como opción cognoscible, y por eso los ateos, agnósticos, escépticos, abundan en este tipo psicológico, que en nuestro actual contexto del siglo XXI, este ahora, y lamentablemente, agregaremos, son abrumadora mayoría en occidente.
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Hay quienes siendo positivistas, experimentan duda, incertidumbre, estos tipos de deontólogos normativos, dejan de ser rigurosos, tornándose mitigados. Epistemólogos, empiristas, autodidactas, se ciñen a este patrón psicológico, y al contrario de nuestros rigurosos positivistas, materialistas, marxistas, cientificistas, no tienden a imponer sus paradigmáticos postulados.
Desde la violenta imposición del Judeo-cristianismo, las cruzadas, las revoluciones sociales, las pugnas ideológicas, todo tipo de guerras, nos son impuestas por mentores deontólogos normativos rigurosos. Es decir, esta o aquella conspiración, revolución, sedición, lucha armada, genocidio, limpieza étnica, etc., es sostenida por sujetos individuales predominantes que dirigen la uniformación del sujeto planetario imponiendo corrientes existencialistas.
Si Freud, Lacan, Sartre, Vigotsky, Folcaut, Neruda, Marx, Engels, Trotsky, Darwin, por solo nombrar a algunos, se han impuesto culturalmente en este horizonte cultural colectivo, no es por la fuerza de sus ideas, sino por la intolerancia de quienes las sostienen: organismos multilaterales, religiones, gigantes corporaciones comerciales y mediáticas, imponiendo su visión del mundo a casi la totalidad de los Estados Nacionales del planeta, y que con raras excepciones, ha neutralizado por la fuerza, la conspiración, el estigma, la persecución, y hasta el asesinato, a todos quienes han cuestionado la tozudez del materialismo histórico.
Los deontólogos mitigados, tienden a ser eclécticos, pero al igual que los más rigurosos, son finalistas, es decir, teleólogos normativos. Estos parámetros entelequiales están referidos en occidente hacia una mayor justicia y un mayor bien a los que siempre debe estar referido el hecho moral. Es decir, las tendencias actitudinales, él ¿qué hacer con la cosa?, para el deontólogo será aquélla en que se logre una mayor justicia o un mayor bien, y que se concretará en un futuro, pues siempre el mayor bien y la mayor justicia están en un futuro. Esto lo analizaremos más a fondo en el siguiente punto. Por el momento, lo que debemos comprender, es la calidad ético-psicológica de toda deontología, sea esta general o marginal. Por ejemplo, los que consideran que el mayor bien y justicia debe redundar en beneficio del sujeto colectivo, son llamados utilitaristas teleológicos, y aquí estarían encuadrados una mayoría de personajes culturalmente reconocidos como “comunistas”, “socialistas”, “populistas”, “democratacristianos”, “judeocristianos”, “budistas”, “hippies”, etc.; Los liberales, neoliberales, que por el contrario, consideran que el mayor bien y justicia debe recaer en el individuo, son llamados solipsistas éticos, o “egoístas éticos”, y aunque no son “socialistas”, su psiquismo se encuadra plenamente en los estándares exigidos, aceptados, y avalados por el sistema, que siempre determina la proyección a futuro del hecho moral.
El hombre de negocios, profesional eficiente, “emprendedor”, “exitoso”, corresponde al tipo del solipcista ético, pero su motivación se ciñe a la égida del sujeto individual, EL DESEO, la ambición personal, que solo considera la búsqueda de la felicidad como eje dramático de todo su desenvolvimiento psicológico y moral. Lo mismo el utilitarista, su psiquismo esta encuadrado en una moral determinada por el sujeto colectivo en todas sus instancias, a decir:
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lucha de clases, justicia comunitaria, oligarquía corrupta, pobreza, dominio de las bases, igualitarismo con diversidad, es decir, contradicción, polaridad, la resultante impertinencia, etc.; bien que se aprecie, estos rigores “accidentales” de las estructuras, la contraparte dialéctica, también se hará manifiesta tarde o temprano, y como único resultado arrojara abismo ontológico, fatalismo, conflicto existencial. Y al menos que los más optimistas consideren alcanzar algún día ese futuro perfecto, estos dos mil y pico años desde la irrupción del judeocristianismo, se han caracterizado por la intolerancia de los deontólogos, y esa conquista de una mayor “justicia social”, seguirá quedando relegada a ese incierto y esperado futuro.
La deontología por lo tanto, es absolutamente pragmática, no táctica ni estratégica, pues se apoya en el psicologismo, y como hemos constatado, esa falta de dominio sobre los ámbitos psicológicos de los sujetos individuales y colectivos, es la que ha sumergido a occidente en la actual crisis no solo socio- económica, política y existencial, sino también de valores, que amenaza con convertir nuestra búsqueda de felicidad y de justicia social, en una lucha caótica contra monstruos quiméricos, el pesimismo fatalista, el sin sentido en el que vive sumida la humanidad, tan atacada por patologías psicosociales, neurosis colectiva, impotencia gnoseológica, confusión, intolerancia, puesto que el tan mentado “futuro mejor”, nunca llega.
La deontología, interpretada bajo el prisma de estos complejos psicosociales, debe ser trascendida, pues la ética, plagada de finos razonamientos y apasionados afectos, ha fracasado completamente en su afán de conducir al hombre y las sociedades que lo aglutinan, hacia las metas teleológicas que él mismo se ha trazado. Es decir, la razón, y el amor, determinan nuestro comportamiento ético y moral. Dicho de otro modo, la razón y el amor, son ético morales; Y tanto la razón como el amor, son susceptibles de corruptibilidad, es decir, de incertidumbre, y esta es en esencia, el fundamento de todo ámbito psicológico, la incertidumbre, el incierto.
Poco a poco se ha ido conformando una cultura del miedo, donde el “riesgo”, el temor a la muerte, la enfermedad, el fracaso, anida en el inconsciente personal y colectivo determinándolo todo.
El hombre y la mujer occidental han perdido la noción del presente, único momento ético, capitalizado por un psiquismo tan desconocido para ellos como el espacio exterior y la ingravidez. Por eso en este tratado hemos mentado la meta-ética, a fin de inducir una especie de estado alterado de conciencia para poder vislumbrar la trascendencia que puede llegar a tornar ese momento único, que tiene la potencia para cambiar el destino, predecible, esperado, anunciado, despertando potencias olvidadas, ponderando la propia fuerza volitiva, rasgo diferencial que puede liberarnos de la influencia del colectivo; a recuperar el HONOR, reconociendo que si bien no existe el libre albedrío, al menos hemos tenido la lucidez de caer en cuenta de ello. Eso es comenzar un proceso de individuación.
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