• No se han encontrado resultados

Si alguien más hubiese dicho estas palabras, las hubiera desechado como «filosofía sentimentaloide de tarjeta de felicitación». Pero Tim Noakes no es una persona sentimentaloide. Es quizás el mejor científico del ejercicio de su generación, o de cualquier generación. Y

yo sabía que, en su boca, estas palabras expresan un pensamiento muy particular, basado en décadas de ingeniosa investigación científica.

Noakes es el arquitecto jefe de un nuevo modelo de rendimiento del ejercicio que contempla el cerebro como la fuente de todas nuestras capacidades y de todas nuestras limitaciones. Aunque los músculos y la sangre y el corazón y los pulmones son importantes, Noakes ha demostrado que es el cerebro quien determina en última instancia lo que podemos hacer como atletas. Es el cerebro el que determina cuándo podemos correr más rápido o llegar más lejos y cuándo no.

Uno de los dichos más repetidos en el deporte es el siguiente: «Si te lo crees, podrás conseguirlo». La próxima ocasión en que escuche a un atleta o a un entrenador utilizar esta expresión, pregúntele por qué es así. Hay posibilidad de que ella o él no sea capaz de articular una razón clara, pero probablemente hará alguna referencia al poder de la mente para superar las limitaciones físicas. Pero Noakes comprende que la mente no es más que un epifenómeno de las operaciones del cerebro y que el cerebro es tan físico como el resto del cuerpo. Noakes sabe por qué los atletas a menudo (no siempre pero sí a menudo) son capaces de conseguir aquello en lo que creen. Sabe que nuestras creencias

sobre lo que podemos hacer como corredores son el producto de cálculos sobre nuestras capacidades basados en evidencias y que son realizados por el cerebro en un nivel ampliamente inconsciente.

La evidencia utilizada en estos cálculos proviene de dos fuentes: el cuerpo y la experiencia consciente. Durante la carrera, el cerebro monitoriza constantemente la información que el cuerpo está dando (tanto directamente, monitorizando los niveles de combustible de los músculos y demás, como indirectamente, monitorizando la intensidad de los propios esfuerzos del cerebro para activar los músculos o ambos, aunque hay desacuerdos científicos sobre esto último) y al hacer esto aprende qué estados corporales se corresponden con los límites de rendimiento. Pero el cuerpo cambia mediante el entrenamiento y, a medida que lo hace, el cerebro es requerido para hacer nuevas proyecciones sobre lo que el corredor puede hacer. Por ejemplo, al comienzo del proceso de entrenamiento, el cuerpo puede alcanzar el estado que el cerebro asocia con sus límites tras haber completado un kilómetro en 5:30 minutos. Pero tras varias semanas de entrenamiento, el cuerpo del mismo corredor puede estar en un estado de estrés/tensión mucho menos extremo/a tras completar un kilómetro en 5 minutos. El

cerebro, basado en este nuevo feedback, puede calcular que el corredor ahora debe correr un kilómetro un poco más rápido que 5:30 minutos para llegar al mismo estado límite. Este cálculo subconsciente generaría una creencia consciente en el corredor de que él o ella debería ahora marcarse el objetivo de correr 1 kilómetro en digamos, 5 minutos.

Así pues, este es el tipo de evidencia biológica en la que se basan las creencias sobre el rendimiento. En cuanto a la evidencia experiencial, imagine a dos corredores, Susan y Liz, de habilidades similares. Susan y Liz compiten entre sí en una distancia de 5 km y Liz finaliza 5 segundos antes que Susan con un tiempo de 20:12. Dos semanas después, Susan corre otra carrera de 5 km, en la que Liz no participa y baja de la barrera de 20 minutos marcando un tiempo de 19:56. Tras enterarse de este resultado, Liz, que hasta ese momento no pensaba que pudiera correr 5 km por debajo de los 20 minutos, recalcula su potencial. Sabiendo que puede correr más rápido que Susan, y sabiendo ahora que Susan puede correr bajando de 20:00, Liz asume la creencia de que ella también puede bajar de los 20 minutos. Lo más seguro es que, en la carrera de 5 km de la próxima semana, Liz iguale el tiempo de Susan de 19:56.

Tim Noakes tuvo en mente este tipo de evidencia experiencial cuando sugirió que lo primero que haría con un hijo que soñara en mejorar un récord del mundo sería encontrar un entrenador que creyera que su hijo podría romper un récord mundial. Un entrenador que creyera en que el chico podía romper un récord mundial sería capaz de inculcar esta creencia en el chaval de forma muy parecida a cómo la actuación de Susan de 19:56 en 5 km inspiró en Liz la creencia de que ella también podía romper la barrera de los 20 minutos.

Noakes me dijo que había perdido la cuenta del número de veces en que había preguntado a corredores de élite cómo habían logrado una actuación determinada y recibido la misma respuesta: «Mi entrenador me dijo que podía hacerlo».

Yo también puedo citar algunos ejemplos. He aquí uno: En 2009, solo 10 semanas después de cambiar de entrenador (Alberto Salazar) en un punto bajo de su carrera, Dathan Ritzenhein batió el récord americano de los 5000 m con un registro de 12:56,28. Cuando le pregunté a Ritz cómo lo había conseguido, dijo que el hecho de que Salazar expresara sus creencias sobre lo que era capaz de hacer fue un factor decisivo.

—Cuando tu entrenador ha sido un corredor tan destacado como lo fue Alberto, y te cuenta lo bien que

lo estás haciendo y los objetivos que estás persiguiendo, simplemente esto marca una gran diferencia —dijo—. Si él lo ve y lo cree, entonces yo también puedo.

Aquí debo señalar que Salazar no le dijo a Ritzenhein que estaba preparado para batir el récord de 5 km simplemente para aumentar la confianza de Ritzenhein. Lo hizo porque realmente creía que Ritz podía correr los 5 km mejorando el récord. Tampoco Noakes dijo que encontraría un entrenador que dijera que su hijo podía batir un récord, lo creyera o no. Dijo que primero encontraría a un entrenador que realmente lo creyera. Ningún corredor puede salir a la pista y batir un récord simplemente porque un entrenador dice que puede hacerlo. Pese a que experiencias como las charlas motivadoras de los entrenadores para aumentar la confianza pueden influir en los cálculos del cerebro acerca de lo que el cuerpo puede hacer, los cálculos indudablemente más influyentes ocurren durante las carreras en sí mismas, cuando la retroalimentación biológica, que no puede mentir, tiene la última palabra. Esta es la causa de que experimentos en los que los atletas reciben información falsa sobre su ritmo en pruebas contrarreloj (se les dice específicamente que van más despacio de lo que realmente van) no tienen efecto sobre su rendimiento[8]. Mientras que un atleta

en un experimento semejante puede saber, por ejemplo, que puede pedalear en una bicicleta estática a 200 watios durante una hora, no puede aumentar repentinamente su potencia a 210 watios y mantenerla durante lo que queda de hora simplemente porque un hombre con bata de laboratorio le miente diciendo que está pedaleando a 190 watios cuando en realidad está trabajando a 200 watios y su cuerpo lo sabe. Gracias a la comunicación orgánica con los músculos, el cerebro inconsciente ya sabe que el cuerpo está al límite y esto, al final, siempre acaba superando a la información recibida conscientemente.

Respecto a esto, hay una importante distinción que hay que señalar entre desear un rendimiento y creer en él, en el sentido específico de «creer» que es aplicable a este debate. Desear es quererlo. Es un esfuerzo ostensible creer que un objetivo codiciado será conseguido. Es lo que podríamos llamar un fenómeno de arriba-abajo. El objetivo surge en el nivel consciente y luego la mente intenta hacer que el cuerpo crea que físicamente puede alcanzar el objetivo, aunque el cuerpo pueda saber por sí mismo que es bastante incapaz de satisfacer a la mente en un caso dado. Cada atleta en la línea de salida de la final olímpica femenina de los 1500 m cree que puede ganar la medalla de oro en el sentido

de querer creerlo: desearlo. Pero solo unas pocas lo creen con sus cuerpos; solo unas pocas creen en el sentido de estar seguras de que puede ocurrir.

Creer en este segundo sentido es un fenómeno de abajo-arriba. Mediante la práctica de correr, el cuerpo aprende lo que puede hacer. Este aprendizaje es experimentado como una cálida sensación de autoeficacia como corredor que se embarca hacia el rendimiento en la búsqueda de un objetivo determinado que esté en consonancia con el autoconocimiento del cuerpo. En pocos y especiales momentos el entrenamiento va tan bien que el mecanismo basado en el cerebro que calcula el rendimiento de un corredor (con la ayuda de la retroalimentación experiencial en forma de información sobre la velocidad y la distancia, o el rendimiento, recogida en ejercicios clave) lleva a creer que el corredor es capaz de hacer cosas que nunca jamás ha hecho antes. Dathan Ritzenhein experimentó un momento así en su preparación para las dos carreras que corrió en el verano de 2009, la prueba de 10 000 m en el Campeonato del Mundo (en la que terminó sexto con un récord personal de 27:22,28) y la prueba de 5000 m en Zúrich, en la que marcó el récord estadounidense. «Sabía que estaba haciendo cosas que jamás había hecho antes», dijo sobre los ejercicios que

completó en el campo de entrenamiento Nike Oregon Project en los Alpes Suizos ese mismo verano. «Estuve haciendo ejercicios que no podría haber repetido cuando estaba en mi mejor estado de forma antes. Eso me dio confianza».

Este concepto es fundamental: las acciones del cuerpo de Ritzenhein le dijeron que podía correr algunas carreras espectaculares y con la seguridad necesaria saltó a la pista e hizo exactamente lo que su cuerpo le dijo que podía hacer. La confianza no es una cualidad etérea arrancada de la dimensión espiritual e instalada en la mente. Es la capacidad que surge cuando el conocimiento que tiene el cuerpo de sí mismo está en armonía con los sueños de una persona.

La confianza es realmente la mejor guía del corredor a lo largo del proceso de entrenamiento hacia el logro de los objetivos. Fraccionar los tiempos de ejercicio es genial, pero solo en la medida en que sirven para aumentar la confianza, que también está influido por la experiencia, como la experiencia de Liz cuando supo que su rival Susan había corrido los 5 km en 19:56. A los corredores normalmente se les enseña a creer que el objetivo principal de entrenar es estimular las adaptaciones fisiológicas que les permitirán conseguir sus objetivos en la competición. Pero, ¿qué

son exactamente esas adaptaciones y qué hace falta para estimularlas? No importa realmente. Lo que importa es que el cerebro inconsciente sepa cuándo el cuerpo es capaz de conseguir los objetivos de la mente consciente y comunicar su conocimiento a la conciencia en forma de sentimiento de confianza. Por lo tanto, el objetivo primario del entrenamiento para cualquier corredor competitivo debería ser desarrollar la confianza en su capacidad para alcanzar sus objetivos de carrera. Para un corredor es mucho más fácil saber que se ha entrenado de tal forma que se siente seguro de que puede rendir al nivel de sus aspiraciones que saber que ha estimulado las adaptaciones fisiológicas que le permitirán rendir a dicho nivel.

Los corredores más avanzados son guiados por sus sentimientos de confianza, piensen o no de esta forma. Son muy conscientes de su nivel de confianza e instintivamente toman decisiones que prometen aumentarla y silenciar sus dudas. Esto es lo que hizo Dathan Ritzenhein cuando decidió cambiar de entrenador y de especialidad competitiva desde la maratón a la pista durante un tiempo, tras una actuación decepcionante en la maratón de Londres de 2009 en la que terminó undécimo con un tiempo de 2:10:00. Sobre el proceso de pensamiento que precedió a estas

decisiones ha dicho: «Simplemente un día me di cuenta de que no estaba tan fuerte como solía estar. Solía conocérseme por esto cuando competía y entrenaba. Seguía trabajando duro, pero no llegaba a tener ese punto. No es que estuviera infeliz haciéndolo, pero no tenía el brillo real y la pasión que solía tener».

A nivel de rendimiento puro, el meollo del problema de Ritz era que llegaba a las líneas de salida sin confianza. Específicamente, su cuerpo le decía que no iba lo suficientemente rápido.

—Ese era un problema latente que me ocurría cuando iba a algunas carreras —contaba—. No sentía que, de esa forma, estuviera lo suficientemente preparado.

Aunque no sirva para nada más, el entrenamiento de un corredor debe hacerle sentir preparado porque si se

siente preparado, está preparado y si no lo siente, no lo

está. Para solucionar el problema, Ritz decidió entrenarse para sus mejores actuaciones en los 5000 y 10 000 m, no tanto para desarrollar un aumento de velocidad científicamente calculado, sino para recuperar esa sensación de dureza y preparación que necesitaba para conseguir sus sueños maratonianos. Salió de su sexta plaza en la final del Campeonato del Mundo y su tercera plaza en Zúrich, a tan solo 4 segundos (y

acercándose) del plusmarquista del mundo Kenenisa Bekele, con más velocidad y un cálido sentimiento sobre cómo afectaría todo esto a su próxima experiencia en la línea de salida de una maratón.

—Esperemos que lo que ocurra es que llegue y me sienta con confianza de que estoy preparado para correr con cualquiera —dijo—. Ahora siento que en pista puedo correr contra cualquier corredor del mundo, así es que ¿por qué no voy a poder hacerlo en una maratón?