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La crisis de julio

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL, 1914-

2. La crisis de julio

El asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero de Austria-Hungría, y su

esposa durante su visita a Sarajevo por un estudiante nacionalista bosnio, el 28 de junio de 1914, fue la chispa que encendió el conflicto. Austria acusó de implicación a los servicios secretos de Serbia y vio la ocasión de darle un castigo ejemplar, eliminándola como foco de agitación en los Balcanes. Pero sus actuaciones fueron lentas y lo que en los primeros momentos se hubiera asumido como una reacción comprensible, un mes después aparecía como un mero pretexto. El propio traslado de los cadáveres se hizo con gran lentitud y no hubo funerales de Estado. Esto hizo que no acudieran monarcas extranjeros, los cuales, de haber coincidido, hubieran podido intercambiar opiniones y hacerse una idea más realista de la situación.

En Alemania se temía la intervención de Rusia. El canciller Bethmann Hollweg no era partidario de una guerra contra ella, aunque la mayoría de los militares la consideraban inevitable en dos o tres años, una vez que los rusos hubieran completado su armamento y las comunicaciones ferroviarias. Esta falta de preparación rusa hacía pensar al gobierno austríaco que si contaba con el respaldo de Alemania, Rusia no se decidiría a intervenir. El gobierno alemán le sugirió moderación, si bien no estaba dispuesto a debilitar la alianza, aun a riesgo de una extensión del conflicto, ya que ésta era la garantía frente a Rusia y Francia, sus auténticos adversarios.

acciones contra Serbia dieran lugar a otras reacciones. Era un compromiso imprudente que dejaba la decisión en manos de Austria, con el riesgo de provocar no sólo la intervención de Rusia, sino la de Francia y eventualmente de Inglaterra, aunque se prefería pensar que estas últimas no llegarían a implicarse, dado lo alejados que estaban sus intereses de las cuestiones balcánicas.

El gobierno ruso, por su parte, recomendó a Serbia no proporcionar nuevos pretextos, pero estaba decidido a impedir que fuese invadida. Francia no deseaba la guerra, pero el presidente Poincaré, de visita oficial en Rusia a mediados de julio, animó a la firmeza y ratificó su compromiso: tampoco Francia estaba dispuesta a poner en riesgo una alianza que la había sacado de su aislamiento. En cuanto a Inglaterra, se encontraba inmersa en sus problemas internos, especialmente el del independentismo irlandés, y nada interesada en la cuestión serbia. No obstante, en caso de conflicto general, estaría del lado de la Entente para evitar la derrota francesa y la preponderancia de una Alemania triunfadora. No se sabía el apoyo que esta posición encontraría en el Parlamento y en la opinión pública, por lo que el Gobierno no la hizo explícita e intentó la mediación con Austria.

Los planes de los Estados Mayores iban a tener una influencia decisiva en el desarrollo de los acontecimientos. En Alemania, el Plan Schlieffen preveía una guerra en dos frentes, concentrando inicialmente el grueso de la fuerza en el Oeste. Proyectaba atravesar Bélgica y realizar una acción envolvente sobre el ejército francés hacia el Este. Para llevar la iniciativa era imprescindible una movilización rápida. En cambio, frente a Rusia, que se estimaba tardaría mes y medio en completarla, bastaba con unas pocas unidades, acudiendo después con el grueso de la fuerza una vez dominada la situación en Francia. La opción por una guerra en dos frentes era deliberada, pues de actuar sólo contra Rusia se dejaría a Francia la iniciativa para intervenir en el momento que más le conviniera sobre una frontera desguarnecida. Lo que no se preveía era la eventualidad de la intervención inglesa, ni una resistencia que inmovilizase al ejército en sus posiciones. Tampoco había un plan alternativo y por tanto debía aplicarse mecánicamente, sin margen alguno para la diplomacia.

Sobre estos presupuestos, la puesta en marcha de la movilización se convertía en el eje de la toma de decisiones, lo mismo que en Francia, cuyo Plan XVII, en combinación con Rusia,

preveía el ataque simultáneo por Alsacia-Lorena y la apertura del frente del Este. El resultado fue que las directrices militares terminarían predominando sobre las opciones políticas. Paradójicamente, Austria-Hungría llevó a cabo su movilización con lentitud, de modo que cuando inició el ataque contra Serbia la guerra ya estaba en pleno auge en los dos frentes principales.

¿Cómo se llegó a las declaraciones de guerra? El 23 de julio, Austria-Hungría dio un ultimátum a Serbia exigiendo satisfacciones por el atentado, la persecución de los movimientos extremistas y una investigación con participación austríaca. Serbia respondió con la aceptación de las exigencias, salvo reservas en aspectos menores. Esto permitía reconducir el contencioso por la vía pacífica, lo que causó un impacto favorable en la cancillerías europeas; el propio Guillermo II comentó que con esta respuesta desaparecía el motivo de guerra. Pero Austria- Hungría no estaba dispuesta a dar marcha atrás y el día 28 declaró la guerra a Serbia.

Fue la señal para las movilizaciones: el día 30, el zar decreta la movilización general, ante la imposibilidad, planteada por sus generales, de hacerla con carácter meramente parcial; el día 31 lo hace Austria-Hungría. Ese día Alemania está ya decidida a la guerra para poner en marcha cuanto antes el Plan Schlieffen: proclama el estado de alerta, dirige a Rusia un ultimátum para que desmovilice y otro a Francia para que se declare neutral, exigiéndole como garantía las plazas de Toul y Verdún. El 1 de agosto declara la guerra a Rusia y decreta la movilización general, lo que también hace Francia. El día 3 declara la guerra a Francia e invade Bélgica, que se había opuesto a dejar paso libre por su territorio.

Ante la violación de la neutralidad belga, pieza clave en la política exterior británica desde 1831, Inglaterra declara la guerra a Alemania. En los días siguientes se completan las

declaraciones de guerra: de Serbia a Alemania, de Austria-Hungría a Rusia y de Francia e Inglaterra a Austria-Hungría. En septiembre, Francia, Rusia y Gran Bretaña se comprometían a no firmar una Paz por separado.

La actitud de las poblaciones se expresó en manifestaciones en las grandes ciudades y despedidas entusiastas a los combatientes, que pensaban regresar victoriosos por Navidad. La oposición de la Internacional Socialista se esfumó. Esta exaltación belicista llamó la atención de los contemporáneos. Por un lado, todos los beligerantes atribuían al contrario la responsabilidad en el desencadenamiento de la guerra, con la consiguiente reacción popular frente al agresor y la solidaridad en la defensa nacional. Esta fuente de legitimidad fue cuidada por la propaganda, incluso en el caso de Alemania, donde se ocultó a la población que la declaración de guerra había partido de su propio Gobierno. Por otro lado, los testimonios subrayan la sensación de «comunidad recobrada» en torno a una causa, en contraste con la fragmentación y atomización social característica de la sociedad de masas. En todo caso, la respuesta al reclutamiento fue positiva en todos los países.

Sin embargo, estudios más detallados han puesto de manifiesto que las cosas no fueron tan simples. Es cierto que los movimientos nacionalistas promovieron manifestaciones, de las que se hacía amplio eco la prensa, y que una vez comenzada la contienda la propaganda pretendió hacer llevaderas las privaciones y amortiguar el impacto de las bajas. Pero el entusiasmo no fue generalizado. Hubo más bien incredulidad inicial sobre la inminencia de la guerra, estupor cuando se decretó la movilización, resignación y sentimiento patriótico cuando finalmente estallaron las hostilidades. No hubo al comienzo de la crisis una verdadera preocupación, pues las anteriores habían terminado resolviéndose y tampoco se tenían referencias para imaginar las dimensiones destructivas de una guerra a gran escala; lo que se palpaba era incertidumbre. Y cuando se llamó a la incorporación a filas predominó el sentimiento patriótico, que estaba muy extendido, salvo en Rusia.

Fuente: M. García y C. Gatell, Actual. Historia del Mundo Contemporáneo, Barcelona, Vicens Vives, 1999. Mapa 12.1 Los países beligerantes en Europa

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