LA «CUESTIÓN DE ORIENTE» Y EL MEDITERRÁNEO
1. El Imperio turco, un gigante con los pies de barro
2.1. D E LA INDEPENDENCIA GRIEGA A LA AUTONOMÍA DE EGIPTO
El griego loe el primero de los pueblos cristianos separados del Imperio otomano al término de una épica guerra de independencia, en la que los patriotas helenos contaron con simpatías y apoyos universales. Esa contienda venía a ser eco lejano de la revolución europea de 1820 (primera reacción liberal contra la Restauración y la Europa de Metternich), iniciada en España (pronunciamiento de Riego) y extendida desde Portugal a los confines del Mediterráneo oriental. Tan sólo en Grecia lograría sobrevivir al hacer suya la causa de un nacionalismo cristiano oprimido por los turcos musulmanes, y por tanto granjearse la solidaridad internacional por encima de las diferencias ideológicas.
Iniciado el levantamiento a finales de 1820, se sustentó sobre un triple soporte: los campesinos y montañeses de Morea y Tesalia, exprimidos por la administración otomana, y que conducidos por su clero (sus líderes naturales), aportaron el grueso de los efectivos combatientes; los comerciantes y marinos del Pireo, Corinto, Patrás y las islas, enriquecidos con el tráfico bajo bandera neutral durante las guerras de la Revolución francesa y el Imperio, quienes movilizaron su flota y financiaron la empresa; las elites de Atenas y otras ciudades organizadas en sociedades secretas, que aportaron al movimiento contenidos ideológicos propios pero también recursos y conductores, en especial los numerosos emigrados en Rusia dirigidos por Alexandros Ipsilanti, quienes por su parte no tardaron en tomar las armas y emprender la liberación de la patria. La cruenta represión turca y la reticencia inicial de las potencias occidentales a intervenir, temerosas de potenciar indirectamente el avance ruso sobre el Mediterráneo, evitó por el momento la generalización del conflicto.
Éste entra en una segunda y definitiva fase cuando en la Asamblea de Epidauro (1822) los patriotas helenos deciden lanzarse resueltamente a una guerra de liberación contra Turquía. Contando con un apoyo ruso oficioso pero eficaz, protagonizarán una ardua lucha liberadora contra fuerzas muy superiores, salpicada de resonantes éxitos (las Termópilas, Missolonghi, victoria naval de Chíos), que movilizaron en su favor la opinión internacional, cantando sus gestas los literatos de mayor renombre, y atrayendo numerosos voluntarios desde Europa y América (Byron, etc.) para la defensa de la que se entendía ser a un tiempo causa de la libertad y del cristianismo. El sultán Mahmud II hubo de demandar socorros del poderoso virrey de Egipto Mehmet Alí, quien envió un fuerte ejército con su hijo Ibrahim Pachá, al tiempo que unía su flota a la otomana, todo ello a cambio de Creta (sumada a su gobierno). El desfavorable curso de la guerra para los patriotas, sumado a nuevas matanzas de griegos, decidieron la intervención de las grandes potencias (Conferencia de San Petersburgo, 1826). En tanto los rusos invadían los Balcanes, una escuadra anglo-francesa destruía la turco-egipcia en Navarino (octubre 1827). Prolongadas las hostilidades todavía durante dos años, en el Tratado de Andrinópolis de 14 de septiembre de 1829, Turquía, aparte conceder ventajas diversas a las potencias intervinientes, reconoció la independencia de Grecia, cuya soberanía fue garantizada por Rusia, Gran Bretaña y Francia.
Por el momento, el nuevo Estado se reducía a Morea y comarcas inmediatamente septentrionales con Atenas como capital. Por tanto, no incluía las dos terceras partes de los territorios de cultura helénica: islas Jónicas, Épiro, Tesalia septentrional, Tracia, Macedonia meridional, las grandes islas del Egeo, Creta, Chipre y una parte del litoral de Asia Menor. Sin embargo, el naciente país era sólo un punto de partida en los proyectos panhelénicos de los nacionalistas griegos, por el momento de lejana ejecución, por cuanto como anota C. W. Crawley, «...durante los cuarenta años siguientes las ambiciones griegas perturbaron menos los asuntos internacionales que su propia inestabilidad política interior». En efecto, las perspectivas expansivas iniciales se vieron frenadas por las cortas posibilidades de un país pequeño, pobre e inestable, y en abierta confrontación con otros nacionalismos balcánicos (incluido el de Turquía), aparte de que los objetivos expansionistas helenos en definitiva estuvieron siempre subordinados a los intereses de las tres potencias protectoras.
Éstas mediatizaron, no sólo la proyección internacional del pequeño Estado mediterráneo, sino también su funcionamiento interno. A la solución rusa representada por la dictadura del conde Capodistria, regente de Grecia entre 1827 y 1830, siguió la francesa al imponer como rey a Otón I (hijo menor del monarca Luis I de Baviera), cuyo largo reinado entre 1832 y 1862 -año en que fue destronado- apenas logró vertebrar un país de geografía laberíntica, intereses regionales y locales enfrentados, y con problemas estructurales de todo tipo, y a ésta otra británica, personalizada por el nuevo rey Jorge I, hijo segundo de Federico VIII de Dinamarca, en cuyo tiempo, y de sus sucesores inmediatos (hasta 1913), la influencia del Reino Unido fue la determinante, no obstante el fuerte ascendiente de Rusia en la sociedad helena.
En definitiva, una y otra potencia ejercían el más completo control sobre el pequeño Estado, cuyos recursos explotaban en su beneficio, en tanto pretendían hacer creer a sus habitantes, con notoria exageración, que lo debían todo a ellas, desde la independencia a la garantía de su supervivencia frente a Turquía. Esa realidad será expresada muy bien por el representante español en Atenas (diciembre 1874): «Los hijos de la Grecia actual, ni han degenerado de la noble altivez que distinguió a sus padres, ni han perdido un átomo del amor a la patria que los hizo héroes en Esparta, en Missolonghi y Salamina. Sólo con estas elevadas condiciones de carácter pudieron los helenos conseguir; hace cincuenta años, su amada independencia. Aunque Inglaterra y Rusia hacen alarde de haber librado a Grecia de las garras de Turquía, no es verdad [...], el pueblo griego debe su libertad a sus bravos montañeses que como leones arrojaron de su patria a las falanges otomanas [...] Sin embargo, Grecia que, luchando sola, adquirió triunfos y marchaba decidida a su progreso, por desgracia tiene amistades que la estrechan y alianzas que la Oprimen.»
La influencia anglo-rusa en Atenas conllevó desde luego recortes de soberanía y una cierta ralentización en el proceso de unificación nacional, pero también supuso ventajas al dosificar mejor los impulsos nacionalistas del pequeño país y sobre todo poniéndolo a cubierto de un posible desquite turco. Es así como el puzzle helénico fue recomponiéndose pieza a pieza siguiendo un ritmo lento pero irreversible. La anexión de las islas Jónicas (1864), Tesalia y región de Arta (1878), Creta (1908), y parte de Tracia y Macedonia, así como de diferentes islas del Egeo (1912-1913), fueron las etapas más reseñables, todo lo cual supuso para Grecia un enorme sacrificio en vidas y recursos. Entre 1830 y 1913 el país casi triplicó su extensión (de 50.000 km2 pasó a 116.000). Lo logrado no era poco, pero distaban de haberse cubierto los ob-
jetivos señalados inicialmente. El Épiro centro-septentrional quedó definitivamente dentro de Albania, y por tanto fuera de Grecia, y corrieron suerte similar una parte de Tracia, la casi totalidad de Macedonia, y por supuesto Constantinopla y su región, así Como Esmirna y el litoral de Anatolia poblado por griegos, y finalmente la isla de Chipre, en parte repoblada con turcos y toda ella bajo control británico.
Coincidiendo con la independencia griega, en 1830 los franceses ocuparon Argel so pretexto de acabar con el corso magrebí con base en ese puerto, foco de inestabilidad en el Mediterráneo. En los años que siguieron procedieron a la total ocupación de Argelia, nominal dependencia del Imperio otomano desde el siglo XVI, pero de hecho independiente. Doblegados los últimos focos de resistencia (ambas Cabilias, el emir Abd el Kader en el sur oranés), el país fue integrado en Francia Como territorio de plena soberanía, y dividido en tres departamentos (Argel, Orán y Constantina), fue colonizado con europeos meridionales (españoles, italianos, provenzales, corsos y malteses principalmente), permaneciendo dentro de la órbita francesa hasta su tardía descolonización en 1962. Igual destino corrió Túnez, otra nominal dependencia otomana, sometida por Francia a protectorado en 1881-1882 (Tratados de El Bardo y Marsa), suerte compartida por Marruecos en 1912, en que su precaria independencia dio paso a un régimen de protectorado franco-español. Un año antes (1911), Italia arrebató a Turquía su última provincia norteafricana: Tripolitania-Cirenaica-Fezzán (Libia actual), al término de una campaña cruenta y difícil para los italianos (éstos ocuparían también Rodas y el Dodecaneso en el Egeo), con lo cual, aquélla quedó excluida definitivamente del norte de África.
Sin embargo, el episodio más relevante del desahucio otomano en el Mediterráneo africano viene dado por la secesión de Egipto. Sometido el país a comienzos del XVI, su fáctica separación de Turquía se conecta a la personalidad excepcional de Mehmet Alí. Antiguo comerciante y soldado de fortuna de origen albanés destacado en Egipto en 1801 y virrey de ese
país desde 1809, inteligente, audaz y con gran capacidad como organizador; admirador de Bonaparte y en cierta forma émulo suyo, logró por un momento fundar un imperio sobre parte del otomano, que iba desde Libia al golfo Pérsico y desde Anatolia a Nubia, incluidos los lugares santos del islamismo, el cristianismo y el judaísmo. Pero sobre todo Mehmet Alí es el introductor del primer Estado afroasiático autorreformado según el modelo occidental, que marcaría el camino a los demás, incluida la propia Turquía.
Su intervención inicial en socorro del sultán Otomano durante la guerra de independencia griega le valieron Creta, pero no tardó en volverse contra éste al reclamar los gobiernos de Palestina y Siria, de los que se apoderó, así como de otros territorios de Asia, comprendida parte de Anatolia, donde su hijo Ibrahim derrotó a los turcos en Konieh (diciembre 1831), quedando expedito el camino de Estambul. Turquía se salvó al concertar una alianza con Rusia, que destacó una escuadra y un ejército en el Bósforo. Pero la presencia de los rusos a las puertas de Constantinopla alarmó a las potencias occidentales tanto o más que la de los egipcios en Asia Menor. Por ello impusieron el Tratado ruso-turco de Unkiar-Skelessi (julio, 1833), que conllevaba importantes ventajas para Rusia, pero también la retirada de las tropas de ese Estado a sus bases en Crimea y el cierre de los Dardanelos a los buques de guerra. El virrey de Egipto, por su parte, obtenía los gobiernos de Siria y Palestina.
Este triunfo loe también el principio de su declive. De un lado porque hubo de renunciar a sus proyectos imperiales y de otro porque quedó claro que las potencias no tolerarían otra preponderancia que la turca en el Próximo Oriente, y mucho menos un moderno Estado autóctono, independiente y expansionista. Aunque Mehmet Alí jugó hábilmente la baza de la amistad francesa, y más ocasionalmente de la rusa, y en una nueva confrontación con Turquía destruyó el poder militar y naval de este país, hubo de doblegarse a la presión internacional orquestada por el Reino Unido y su primer ministro Palmerston, que deseaban acabar con los monopolios económicos del Estado egipcio, lesivos para los intereses británicos, y por tanto no podía consentir un Egipto independiente. Entre 1839 y 1841, el Tratado anglo-turco de Balta Liman, un Congreso internacional reunido en Viena, el ultimátum a los egipcios, el desembarco aliado en Siria y el Tratado de Londres o de los Estrechos aseguraron por el momento la integridad territorial otomana, encerraron a los rusos en el mar Negro y a Mehmet Alí en Egipto, donde quedó como virrey hereditario (jedive), pero renunciando a todas sus conquistas. Esa realidad ya no pudo ser variada, antes al contrario, el país cayó bajo creciente influencia anglo-francesa tras la desaparición de Mehmet Alí de la escena política en 1849 (en el 69 fue inaugurado el canal de Suez), y reducido a protectorado británico en 1882.