LA «CUESTIÓN DE ORIENTE» Y EL MEDITERRÁNEO
1. El Imperio turco, un gigante con los pies de barro
1.5. E L RETO DE LA MODERNIZACIÓN : UNAS REFORMAS INSUFICIENTES
Un último aspecto a considerar entre los factores internos que determinaron el desmantelamiento del Imperio Otomano en el siglo XIX hasta llegar a su disolución total en 1922 es la incapacidad del Estado turco tradicional para autorregenerarse dada la existencia de los ya referidos obstáculos estructurales insalvables. Por tanto, abordar la imprescindible reforma en profundidad del sistema no era posible sin la supresión del sistema mismo. Esto no sucedió hasta el trienio 1922-1924 con la sucesiva abolición del sultanato y el califato, e implantación de una república en el marco de un Estado laico. Aun así, las resistencias fueron tenaces no obstante el inmenso prestigio popular de Ataturk, el refundador de la nueva Turquía, y ni siquiera hoy su obra puede darse por asegurada por causa de la reactivación aquí, como en otros países musulmanes, del fundamentalismo islámico.
escasa convicción. Se tradujo en reformas tardías, incompletas y de alcance limitado, que en modo alguno podían cumplir los objetivos buscados. La reforma osmanlí se centró en tres campos concretos: la administración pública, la reorganización del ejército y la reforma fiscal. En los tres casos se optó por seguir modelos franceses.
Selim III, rigurosamente coetáneo de la Revolución francesa y el Imperio napoleónico, con quien culmina un proceso de normalización de relaciones con Europa (incluida la España de Carlos IV), fue quien emprendió las reformas con más amplia visión. Lejos de parchear (como se hizo después), intentó el cambio estructural a base de obtener reinterpretaciones de los cuerpos de ulemas sobre asuntos fundamentales en sentido más abierto y progresista. En tal sentido postuló por la igualdad de todos los súbditos, sea cual fuere su religión y, caso insólito en la época y en país musulmán, por la igualdad de sexos. Pero al tratarse de eliminar el poder de los jenízaros, cuya ineficacia se había puesto de manifiesto ante el moderno ejército ruso en la guerra de 1807, sustituyéndolo gradualmente por fuerzas armadas regulares y no politizadas, los corruptos cuadros de aquellos acordaron eliminarle, como en efecto lo hicieron al siguiente año.
Mahmud II, su sucesor, era un gobernante capaz que, si bien con repugnancia por causa de sus convicciones tradicionales, apostó por la reforma como tabla de salvación del Imperio. Pero hubo de frenarla consciente del peligro representado por los jenízaros (convertidos en peligrosa guardia pretoriana), apegados a sus privilegios y contrarios a cualquier cambio. Actuando con mayor precaución que Selim III, obtuvo contra ellos un dictamen favorable de los ulemas que no hizo público hasta el momento oportuno, momento que llegó al ponerse de manifiesto una vez más la ineficacia de los jenízaros para sofocar el levantamiento griego e impedir que los rusos se apoderasen de Besarabia. En 1826, sirviéndose de tropas leales, extertninó por sorpresa a sus jefes o agas y disolvió esa milicia.
Acto seguido organizó un ejército regular, según el modelo napoleónico. Los oficiales eran formados en una academia militar central, al término de cinco años de estudios y prácticas, cuyos cadetes procedían de ocho escuelas preparatorias. Existían también tres colegios especiales de artillería, ingenieros y medicina. El ejército otomano no tardó en contar con excelentes cuadros, como se puso de manifiesto en la guerra de Crimea, en Plevna y en otros resonantes éxitos. En total, 400.000 hombres sobre las armas, más 200.000 de reserva. Las reformas fueron completadas durante los dos reinados siguientes, en que fue construida una potente escuadra (en 1870, con 20 navíos acorazados, sobre el papel era la tercera marina de guerra de Europa). Pero las deficiencias eran enormes, más que en material por la forma de re- clutamiento, un largo servicio militar obligatorio, precarias condiciones de vida de los soldados por la defectuosa intendencia, la escasez de buenos especialistas (en la marina, sobre todo, tenían que ser contratados extranjeros), y el descontento de los oficiales profesionales (semillero del movimiento de los Jóvenes Turcos) por la irregularidad de las pagas, el lento sistema de ascensos (postergación del militar de carrera ante el que, sin haber pasado por las academias, era promocionado por méritos de guerra), y por el intrusismo y corrupción en los mandos.
Reactivadas las reformas en otros campos, avanzaron lentamente atraída la atención de Mahmud II por el conflicto heleno, las continuas guerras con Rusia y sobre todo la rebelión del virrey de Egipto, Mehmet Alí, un genio político-militar que llegó a poner en grave aprieto al Estado otomano. Las reformas fueron acometidas con mayor decisión por su sucesor Abd el Mehid I a partir de 1839, y de nuevo ralentizadas por los dos sultanes siguientes, que cierran la etapa estudiada.
Ahora se centraron en la administración pública y la hacienda, de acuerdo con un plan reformista, el Hatt-Humayun de 1856. En cuanto a la primera, Turquía quedó dividida en
vilayets similares a las prefecturas francesas, pero mucho más extensas, y con gobernadores o
bajáes, siempre militares, con competencias político-castrenses superiores a las de los prefectos. La reforma contemplaba también la renovación de las instituciones locales tanto civiles como
religiosas y judiciales. La nueva normativa, respetuosa con el Islam, fue desarrollada en la década de 1870 mediante un cuerpo legal (Tanzimat), que aunque en no pocos aspectos fue letra muerta por la oposición de influyentes sectores ultraconservadores, las reticencias de los cristianos balcánicos que veían en ello una maniobra para perpetuar la dominación otomana, y la interesada obstrucción de los extranjeros occidentales, reacios a renunciar a sus privilegios, entreabrió las puertas a la modernización, posibilitando un código mercantil, otro penal y un conjunto de disposiciones que hacían las veces de código civil, sobre la base de la igualdad ante la ley de todos los súbditos del sultán, sea cual fuere su religión. Sin embargo, ese modelo plurinacional no pudo cuajar por los inconvenientes apuntados, aparte otros obstáculos insalvables (independentismo de las minorías, nuevo nacionalismo excluyente de los Jóvenes Turcos, obstruccionismo sistemático de Abd e1 Hamid II), fracasando una incipiente Asamblea
Constituyente reunida en 1816, y por segunda vez, promovida por el partido Unión y Progreso, en 1908 (280 diputados, de los cuales 30 cristianos), y con ella la posibilidad de permanencia del Imperio otomano sobre bases renovadas y estables.
Sin embargo, la causa última de los fracasos cosechados en la mayor parte de las reformas introducidas, y en definitiva la no consecución de un Estado moderno y viable, fue la falta de los recursos económicos imprescindibles. Acometida la renovación de la hacienda pública por Mahmud II y continuada por sus sucesores, tuvo como principales logros la introducción del presupuesto anual, la regulación de la deuda exterior y el establecimiento de un sistema bancario a base de bancos locales, sociedades de crédito y cajas privadas, todo ello bajo la supervisión del Banco Imperial Otomano, que era a un tiempo depositario de los fondos estatales, banco emisor de la moneda nacional (garantizada por esos fondos), prestamista del Estado y regulador tanto de la deuda externa como de las entidades financieras a él su- bordinadas.
En teoría ese sistema era impecable. En la práctica, como señala S. Pamuk, su funcionamiento resultaba harto irregular. El déficit crónico del presupuesto ordinario era ocultado con presupuestos extraordinarios nutridos con dinero procedente de empréstitos concertados en el extranjero en condiciones cada vez más onerosas, en tanto los fondos del propio Banco Otomano, a merced de las caprichosas extracciones del sultán, quedaban de conti- nuo en números rojos. En último extremo, todo el sistema financiero descansaba sobre el creciente endeudamiento del Estado con la banca europea, por no haberse realizado la imprescindible reforma tributaria sobre la base de la igualdad ante el impuesto, abolición de privilegios fiscales de personas y colectivos privilegiados y supresión de la nefasta práctica del arrendamiento de impuestos, que abolida en 1839, 1856 y 1875, hubo de ser restablecida otras tantas veces a cambio de anticipos de los contratistas por ser urgente la necesidad de dinero. En 1875, la deuda exterior ascendía a 185.000.000 de libras, de los cuales, 58,5 millones correspondían a un préstamo británico concertado en 1873, en el que solamente se hicieron efectivos 28, correspondiendo los 30,5 restantes a intereses... ¡de sólo dos años!
Para entonces el Estado otomano se hallaba ya al borde de la quiebra, o lo que es igual de la muerte por inanición. No disponía ni de una libra en efectivo y la totalidad de sus ingresos se hallaban hipotecados anticipadamente: el tributo del jedive egipcio, las aduanas de Siria y Palestina, los impuestos más sustanciosos de los Balcanes y las islas, los derechos sobre minas en explotación, los monopolios de la sal, el tabaco, el timbre y la matrícula, y hasta los gravámenes que recaían sobre la propia capital. La imposibilidad por parte del Banco Otomano de afrontar sus obligaciones de deuda exterior; no ya para devolver el principal, sino ni siquiera abonar puntualmente los intereses, determinaría la intervención de las potencias extranjeras en Turquía en favor de los acreedores tanto o más que la defensa de las minorías cristianas, como se puso de manifiesto, por ejemplo, en los acuerdos del Congreso de Berlín de 1878. Este factor, que suele ser minusvalorado cuando no omitido, es sin embargo fundamental para una correcta interpretación del declive y crisis final otomanos.
2. La "Cuestión de Oriente": sus fases
Junto a las graves deficiencias estructurales del Imperio otomano y su incapacidad para autorregenerarse, a nuestro juicio causa básica de su decadencia y ocaso, aunque por lo general la menos conocida y estudiada, de ahí la preferente atención que hemos querido prestarle en estas páginas, existen otras dos que, por su parte, también dan las claves del proceso de desmembración de la Turquía europea en el siglo XIX, culminante en 1913, o lo que es igual la «Cuestión de Oriente»: la incidencia en los Balcanes de los nacionalismos, al llegar hasta aquí el eco de la revolución liberal, y las apetencias territoriales de las grandes potencias (Rusia principalmente) sobre el inerme Estado turco. Uno y otro factor determinarán el ritmo y marcarán los principales hitos del proceso estudiado.