• No se han encontrado resultados

Los cuatro vientos: María Zambrano y la deshumanización del arte

Si habíamos comenzado hablando de las colaboraciones de María Zambrano en Cruz y Raya no podemos soslayar otra importante aunque breve revista literaria que por esas mismas fechas contó con una colaboración de María Zambrano. Se trata de su artículo, «Nostalgia de la Tierra» escrito en 1933 para la revista Los cuatro vientos. Y que si lo traemos aquí no es sólo en tanto que prueba de las relaciones literarias de María Zambrano sino también en lo que tiene de declaración estética en estos momentos en que se está forjando su pensamiento.

Los cuatro vientos fundada por Pedro Salinas comenzó a publicarse casi al mismo tiempo que Cruz y Raya aunque sólo sacó tres números. Entre sus colaboradores casi todo el 27: Dámaso Alonso, José Bergamín, Melchor Fernández Almagro, Federico García Lorca, Jorge Guillén, el propio Salinas, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Moreno Villa y algunos de la llamada generación del 36 como Luis Felipe Vivanco o Luis Rosales.

En «Nostalgia de la tierra» alude a un concepto equivalente al de fisis, en tanto que entidad real y actuante, como parece referirse cuando habla de la Tierra, noción semejante a la de Dios o el Mundo, y que bajo los parámetros ontológicos y gnoseológicos de la modernidad ha venido a disolverse en sensación, representación o imagen de la conciencia, pasando el sujeto a ser la entidad real y actuante, y reduciendo así por tanto la Tierra a materia. Esta «des-realización» hace que el mundo sensible quede suplantado por un «estado de conciencia», disuelto en la abstracción de la materia:

«La materia ha sido paradójicamente el nombre de la desilusión. Paradójicamente porque solo pretendía dar nombre a una realidad, de un modo del ser, más tarde del único modo del ser. Pero en realidad la materia era el nombre de la disolución, era el residuo real, el precipitado que dejaba el mundo al ser disuelto por la conciencia»45

El mundo sensible iba a convertirse ,pues, en angustioso fantasma interior o en fría razón. Esta situación del hombre con respecto al mundo sensible se traduce en «la encrucijada del arte llamado moderno» y especialmente de las artes plásticas. Casi –y salvando todas las distancias- afirma, como Walter Benjamín algún tiempo después, la desaparición o la imposibilidad de la pintura en su sentido más literal: «¡Ah! ¿pero es que existía aún el arte plástico?. Quizá se trataba nada menos que del comienzo del fin de la pintura»46 que tuvo dos manifestaciones como consecuencia de la interiorización del

mundo sensible: el impresionismo «la pintura de fantasmas, la pintura de espectros» y el cubismo, «pintura de razón».

Así, entre la luz fantasmal del impresionismo y la y la conversión del espacio en una desproporción y exceso «geométrico, infinito, vacío, desterrado»47 una pintura deshabitada de

lo humano, en cualquiera de sus dimensiones. Sólo el expresionismo parece lanzarse a «la

45 María Zambrano, «Nostalgia de la Tierra» en Revista Los cuatro vientos, núm. 2, abril, 1933, p. 29 46 Ibíd., p.30

conquista del mundo perdido» pero parece acabar en la angustia, como si estuviera entre «la esperanza y la tortura» de volver a hacer del espacio un territorio del hombre, «el arte deshumanizado es un arte desterrado» dirá Zambrano y es por ello que: «Hay que arribar al mundo de los objetos, de los cuerpos que lloran o cantan su secreto; hay que sorprender de nuevo en la faz luminosa del mundo su eterno secreto».48

La nostalgia de la tierra es la rehumanización del arte, no en el sentido de ser meramente figurativo, sino en el de ser capaz de concentrar y transmitir una verdad humana:

«Pero el hombre está, vive sobre la tierra. En ciertas épocas se olvida de ello, quiere olvidar esta condición inexorable de su existencia; estar sobre la tierra en tratos con un mundo sensible del que no puede evadirse, tal vez por ventura. Cuando todo ha fallado, cuando todas aquellas realidades firmes que sostenían su vida, han sido disueltas en su conciencia, se han convertido en “estados de alma”, la nostalgia de la tierra le avisa de que aún existe algo que no se niega a sostenerle» 49

«Nostalgia de la Tierra» no sólo nos permite conocer algunos juicios de Zambrano sobre la pintura, sino que avanza alguna línea de reflexión estética que luego estará presente cuando formule toda su consideración filosófica sobre la poesía y especialmente al hablar de ésta como ese otro modo de conocimiento y trato con el mundo sensible. Por otra parte, ya Ortega en su polémica obra La deshumanización del arte apuntaba en 1925, lo que Zambrano toma aquí como condición negativa del arte moderno, en tanto que pérdida de relación con lo sensible:

48 Ibíd., p.33

«El expresionismo, el cubismo, etc. han sido en varia medida intentos de verificar esta resolución en la dirección radical del arte. De pintar las cosas se ha pasado a pintar las ideas; el artista se ha cegado para el mundo exterior y ha vuelto la pupila hacia los paisajes internos y subjetivos»50

Cabría incluso situar el artículo de Zambrano en la estela de la polémica y la fortuna con la que rodó el término «deshumanización del arte» o «arte deshumanizado» entre los círculos literarios e intelectuales españoles. Todavía, mucho después, al hablar de su generación, Jorge Guillén –y permite citarlo no sólo su proximidad al proyecto de Los cuatro vientos sino su amistad y sintonía estética con su director, Pedro Salinas- recordaba:

«Si hay poesía tendrá que ser humana. ¿Y cómo podría no serlo? Poesía inhumana o sobrehumana quizá ha existido. Pero un poema deshumano constituye una imposibilidad física y metafísica, y la fórmula deshumanización del arte acuñada por nuestro gran pensador José Ortega y Gasset, sonó equívoca. «Deshumanización» es concepto inadmisible, y los poetas de los años 20 podrían haberse querellado ante los Tribunales de Justicia a causa de los daños y prejuicios que el uso y abuso de aquel nuevo vocablo les infirió como supuesta clave para interpretar aquella poesía. Clave o llave que no abría ninguna obra. Habiendo analizado y reflejado nuestro tiempo con tanta profundidad, no convenció esta vez Ortega, y eso que se hallaba tan sumergido en aquel ambiente de artes, letras, filosofías»51.

No sabemos si Zambrano también se sintió «damnificada» en la medida en que es atenta contemporánea de la sensibilidad literaria de los poetas de los años 20 y 30, pero conocida la opinión de Guillén al respecto, no deja de ser significativo que publique un artículo como «Nostalgia de la tierra» en la revista de Salinas subrayando la negatividad del

50 José Ortega y Gasset La deshumanización del arte. Y otros ensayos de estética. Ed. Espasa Calpe, Madrid, 1999 p.

79

fenómeno expuesto por Ortega. Zambrano –como en otros casos- parece aceptar el diagnóstico que hace su maestro, pero sin embargo lo conduce en otra dirección o lo vuelve síntoma de otras causas. Si al analizar el arte nuevo Ortega encuentra como características, cuando menos novedosas, la deshumanización misma, el evitar formas vivas, la voluntad de ser objeto artístico, el carácter lúdico, la ironía o el sentido de intrascendencia que le dan los propios artistas52, parece, sin embargo, aceptar con

verdadero entusiasmo el hecho de que, en primer lugar, se trata de un arte que ha desmoronado todos los presupuestos estéticos del siglo XIX desde el romanticismo hasta el realismo o el naturalismo; y en segundo lugar, se trata de un tipo de expresión artística fruto del intelecto y que por tanto no concuerda ni con el gusto ni con la comprensión de las masas.

Así pues, la deshumanización del arte, para Zambrano más que la feliz clausura de un siglo, es –como expresó al hilo de la Segunda Guerra Mundial, en «La destrucción de las formas»- la manifestación más cierta y desgarrada de la crisis de Occidente. Por tanto, esta «nihilización» de las artes, responde a un proceso que está más allá de las propias exigencias artísticas y que más que una deshumanización, de lo que se trata de una destrucción de las formas en las que lo humano es la forma imantada que atrae sobre sí toda la carga destructiva. Dicha destrucción más que profetizar un futuro, parece retrotraerse al tiempo de los dioses voraces, anterior a toda forma de pensamiento. Manteniendo lo ya apuntando en «Nostalgia de la tierra» -allí donde se ha diluido el mundo queda la materia-, sostendrá en «La destrucción de las formas»:

«Entrar en contacto con la materia es entrar en contacto con lo sagrado, con la fisis antes del concepto, antes de la filosofía, antes del ser. Nombrar de nuevo la materia, pretender fijarla como realidad principal equivale a desenterrar todo lo que fue vencido por la idea de «naturaleza»

con la cual el hombre griego se libera del mundo hermético sagrado y el haber podido revelarla en una idea adecuada constituye la humanización, el paso hacia la humanización más definitivo que el hombre ha dado en su historia». 53

Mientras que lo humano en la historia del arte, para Ortega, constituye una especie de anomalía decimonónica54, para Zambrano toda ella, no es más que «humanización

progresiva del hombre (...) liberadora del secreto pasar de su historia, de la historia que transcurre en sus entrañas»55 que partiendo desde Grecia entre el claroscuro y ambivalente

contacto de lo trágico con lo sagrado y la luz del pensamiento, pasando por el cristianismo cuyas figuras revelan las «formas genéricas de lo que puede pasar a un hombre; diríamos que ofrecen las categorías de la pasión»56 hasta la «revelación de las pasiones humanas» de

Quattrocento e incluso el romanticismo y post- romanticismo con su «furia de expresión que llega a los más lúgubres gemidos y que desciende a los más hondos abismos»57.

El que Zambrano relacione la deshumanización del arte, no con un nuevo estadio del arte, sino con el resurgir de antiquísimas fuerzas, entre lo hermético y el terror de lo sagrado, con la «oscuridad de la fisis antes de ser pensada» conecta ineludiblemente con la experiencia catastrófica de todo el siglo XX, como ya se advertía de algún modo en «Nostalgia de la tierra» (1933) en el período de entreguerras como en el texto del que estamos hablando, incluido en La agonía de Europa (1945) tras la experiencia de la guerra civil y del exilio y la no menor conmoción de la Segunda Guerra Mundial, y es por ello que concluya:

53 María Zambrano «La destrucción de las formas» en La agonía de Europa. Ed. Trotta, Madrid, 2000, p.91 54 Vid. José Ortega y Gasset, o.c. Ed. Espasa Calpe, Madrid, 1999, p. 67

55 María Zambrano o.c. Ed. Trotta, Madrid, 2000, p.93 56 Ibíd., p. 93

«Es la noche oscura de lo humano que asemeja un retiro de una luz y un logos donde no se encontraban ya sino diferencias, discernimientos; una retirada y un retroceso del Dios de la teología en busca del Dios que devora y quiere ser devorado»58