El conocimiento de la obra de Federico García Lorca, como vimos, se remonta para María Zambrano a las especiales circunstancias en que vivió el apasionado y juvenil romance con su primo Miguel Pizarro, allá por los primeros años 20. Esto nos hacía suponer que conoció la obra del poeta granadino casi desde sus primeros libros, como el haberlo hecho de la mano de uno de sus amigos, dato, a nuestro juicio, no menor. Ese temprano conocimiento nos permitía establecer una primera hipótesis importante: por estas circunstancias amorosas en que Zambrano lee los poemas de su enamorado y por indicación de él los de Lorca, se sellará en ella –en esos años de formación- un modo indisoluble ya de leer poesía. Aunque se ha especulado con la posibilidad de un encuentro entre Zambrano y Lorca, no se puede probar ningún trato entre ellos más allá de ese posible encuentro. Por ello, en este capítulo nos atendremos a María Zambrano como lectora de Lorca y en circunstancias bien distintas a aquellos poemas que pudo leer en su primera juventud. Así pues, trataremos de la Antología que de los poemas de Lorca hizo Zambrano en Chile en 1937. Aproximación necesaria, no sólo por su contribución a esta biografía cruzada por los poetas, sino por el valor documental que puede aportar a la interpretación del pensamiento poético de nuestra autora.
Como sabemos, el 14 de septiembre de 1936 contrae matrimonio con Alfonso Rodríguez Aldave, quién recibirá un nombramiento como secretario de la Embajada de España en Chile, hacia donde parten para regresar a España el 19 de junio de 193793.
Durante su estancia en Chile, Zambrano va a participar en numerosas actividades de divulgación y promoción de la solidaridad internacional con la República española que
93 Vid. Jesús Moreno Sanz y Sebastián Fenoy, «Cronología y geografía del exilio» en VV.AA. o.c. Revista
Archipiélago, núm. 59, Madrid, 2003, p. 11. En la travesía hacia Chile, hacen escala en La Habana, donde Zambrano conoce a Lezama Lima.
darán lugar a publicaciones como Los intelectuales en el drama de España o antologías de poetas chilenos en favor de la República como Nuestra España.94
La Antología de Lorca se inscribe, por tanto, en estas actividades. Así la propia Zambrano recuerda en la edición facsímil de la chilena del 37 cómo aún siendo publicada por la Editorial Panorama, los gastos de imprenta hubieron de sufragarlos la propia Zambrano y su marido en un afán por dar a conocer la figura de Lorca:
«que hasta entonces era un nombre, casi un mito que ha persistido largo tiempo. Se había creído que era un bardo que andaba por los caminos. Yo quería que lo conocieran de verdad pues quienes se decían conocedores de él iban gritando por la radio y los altavoces “La casada infiel”, como si no hubiera escrito otra cosa»95
Asesinado en agosto de 1936, la noticia de la muerte de Lorca había llegado a todos los lugares donde a través de las embajadas se realizaban actividades semejantes a las de Zambrano en Chile, había ensombrecido y poblado el panorama literario de la guerra y comenzaba ya a adquirir una dimensión simbólica, mas no por ello, a juzgar por lo que dice Zambrano su poesía fuera del todo conocida.
El libro se abre con un retrato de García Lorca, y a modo de dedicatoria aparecen los poemas «A Federico García Lorca» de Rafael Alberti y «El crimen fue en Granada» de Antonio Machado y se cierra a modo de epílogo con la «Oda a Federico García Lorca» de Pablo Neruda y una breve nota bio-bibliográfica redactada también por Zambrano. En prólogo Zambrano traza una breve síntesis de las letras españolas desde el fin de siglo a través de tres grandes poetas como Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado con el fin de ubicar a Lorca más que en la estela de alguno de los tres, como heredero y transformador de las aportaciones de estos poetas. Herencia transformada, que
94 Ibíd., p.11
95 Federico García Lorca, Antología, ed. facsímil, (Panorama, Chile, 1937), Fundación María Zambrano, Vélez-
a su vez ha sido orientación que ha facilitado «el crecimiento rápido de la genialidad poética actual». Por lo que respecta a los precedentes distingue Zambrano la reforma de los recursos expresivos y del lenguaje poético por parte de Rubén Darío, la depuración de la poesía, el llevarla a su esencia misma hasta el punto de definir «el límite de cuanto no lo era», por Juan Ramón, y por lo que se refiere a Machado:
«Esa voz honrada, fiel a su destino, de tono y acento incorruptibles que nos da testimonio de la verdadera substancia española, tantas veces también oculta. Es una pasión, pero al mismo tiempo una visión llena de claridad del mundo y de las cosas (...) En la obra de Antonio Machado existe bajo su poesía, pero asomando trasparentemente en ella una filosofía muy del pueblo español, no formulada aún en sistema de abstracciones, de parentesco sin duda senequista». 96
La noción del vínculo entre el pueblo y el poeta va a estar muy presente en el prólogo, no en vano dirá que la poesía de García Lorca es un «regreso a la sangre» y no tanto por lo primario de las pasiones sino que por ser andaluz es el universo mismo de la cultura y es «sangre que se reconoce a sí misma expresándose». Las raíces de lo andaluz en Lorca, para Zambrano, van a manifestarse, no al modo de los tópicos sino por esa figura de la sangre. Aparece así «la sabiduría antigua de la muerte», un saber de la muerte que disuelve todos los demás y que sólo encuentra compensación en la belleza. De ahí que:
«Es casi imposible que de tal vivir en la sangre y desde ella salga una filosofía de acción. Porque la visión se dispara directamente sobre la muerte, cuya sombra cubre las cosas que nos rodea, convirtiéndolas en símbolos, en señales»97
Toda la manifestación de lo paisajístico en Lorca –que Zambrano encuentra abundante, una poesía de campo, dirá que es la suya- viene a ser, bajo ese orden simbólico,
96 Ibíd., p.9 97 Ibíd., p.11
señal, aviso, huella o alusión a la muerte, comparándolo en este sentido con el paisaje, también permanentemente alusivo de San Juan de la Cruz, si bien a lo divino.
Esta capacidad simbólica y alusiva de los elementos naturales, del «mundo sensible», en la poesía de Lorca, aunque se explica por el ser andaluz, arraiga, sin embargo, en la soleda del hombre. Soledad en la que no hay entrega a la naturaleza, «a la que se siente como sin existencia propia» y por tanto sólo existe la vida y sus desgarros, la intimidad de esa soledad, el afán de compañía y las pasiones que actúan como fuerzas de la imaginación transformadora de lo real pero, guiadas por lo que de la realidad se percibe, de forma que «la realidad la identifica con lo que ha imaginado de ella y aún duda por momentos de que haya otra»98. Así, siendo este el elemento activo del modo andaluz de tratar con la realidad,
dirá Zambrano que el andaluz «vive alucinado» en esa transformación simbólica del mundo, convertida en presagio, que donde más claramente ha quedado reflejado es en romance de «El emplazado» y en el que, a juicio de Zambrano, es de tan auténtico reflejo de ese modo de vivir que su autoría podría disolverse en el pueblo.
Para Zambrano, esto sustancia la poesía de Lorca. El poeta se ha vuelto sobre sí mismo, que es un volverse a las raíces de su cultura, esto es el «retorno a la sangre», y siendo el receptáculo de esa cultura en tanto que modo de estar en el mundo y de su lenguaje creador («la manera de hablar del pueblo andaluz llega a todos los hombres que son capaces de recordar con ocasión de una brizna de hierba, que van a morir»99) y que
habiendo captado todo eso lo ha transformado en poesía:
«Poesía hablada y no escrita es la de Lorca, como lo es toda la poesía popular, hecha para el canto o la recitación. El pueblo no escribe, no toma la escritura como tal, sino que habla y para fijar su habla alguien lo ha escrito. Pero tal vez, por el origen popular de todo el arte español,
98 Ibíd., p.11
encontramos que gran parte de nuestra literatura clásica, de nuestras grandes obras están habladas, hechas según los cánones de la conversación, la plática, el sermón o el discurso».100
Queda así Lorca inscrito no sólo en las raíces de la propia cultura, sino en la más auténtica tradición literaria española ya que a través de esa «herencia», precisamente, se expresa lo universalmente más humano. Tal es el carácter dramático de su poesía, es decir, en ella se nos presenta siempre un suceso y su persona, es «una poesía que supone la existencia de la persona humana y el drama que lleva consigo». Un drama, que asociado a ese gran tema de la muerte, es generador de la angustia «en lucha siempre ante la imposibilidad de una absoluta compañía»101. Enraíza así con otro gran tema de Lorca como
el amor, a partir del mundo descrito por el poeta. La angustia del amor que, sin embargo, tampoco disuelve la soledad y la muerte.
Concluye Zambrano con una muy breve reflexión sobre el escritor en España, necesaria ante la imposibilidad de hallar explicación al hecho monstruoso de su asesinato y de que fuera en su propia ciudad. Recuerda Zambrano cómo desde Larra «escribir en España es llorar», dada la descomposición de la vida nacional que, finalmente, había producido la separación del pueblo con las clases dirigentes, por un lado, y del intelectual de ambas, por otro. El caudal de cultura acumulado por el pueblo va a tener un renacimiento a principios de siglo. Ahí la figura de Lorca ocupa el papel que sugería al principio del prólogo. Es el poeta de la transformación junto –añade- con Alberti, de otro modo, que ha dado lugar a toda una «nueva» literatura que, sin embrago, conecta y reactiva lo más hondo de la cultura del pueblo. Así, sucede con Miguel Hernández o Arturo Serrano Plaja, quiénes son para Zambrano continuadores de ese «Renacimiento» alumbrado por Lorca. Concluye así:
100 Ibíd., p.13
«El poeta de la sangre, de “la fuerza de la sangre” que era García Lorca tenía que ser sentido a la fuerza como enemigo, por todos los que han querido ahogar este maravilloso Renacimiento de la cultura y del pueblo españoles»102
Aunque el peso de las circunstancias y del sólido compromiso de Zambrano con la causa republicana se dejan entrever en el artículo una clara intención, al hablar de la esencia andaluza, de deshacer ciertos tópicos, especialmente aquellos que se pudieran tener en el extranjero sobre Andalucía. Pero, quizá, lo que resulte más interesante, es apreciar cómo se están poniendo de manifiesto ya ideas sobre la cultura española, su modo de expresión poética y el carácter filosófico que esto entraña en tanto forma de tratar con la realidad, que van a estar presentes a lo largo del pensamiento de Zambrano. Estas pronto van a multiplicarse y concretarse en los artículos de Hora de España, pero también en obras del exilio como Pensamiento y poesía en la vida española e incluso en España, sueño y verdad.
Por lo que se refiere a la selección de los poemas se aprecia claramente cómo predominan esas dos líneas marcadas en el prólogo: lo andaluz y la cultura andaluza, pero en su más honda expresión, en el sentido de lo genuinamente popular descrito por nuestra autora; y la presencia de la muerte, tanto en la meditación o pensamiento de la misma, como en la extensión de sus círculos hacia la angustia amorosa. Los poemas escogidos, como es lógico, pertenecen a la obra publicada que Zambrano pudiera manejar en 1936-37. Así la mayoría de los poemas pertenecen a los libros Canciones (1927)y Poema del Cante Jondo (1931) y en menor medida a Romancero gitano (1929) y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935). De Romancero Gitano se incluyen casi la mitad de los poemas de la primera parte del libro sin que estén presentes ninguno de los «Tres romances históricos». También de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías se incluyen los tres primeros «La cogida y la muerte», «La sangre
102 Ibíd., p.14
derramada» y «Cuerpo presente», siendo la selección de los otros dos libros representativa de la extensión de cada obra.
No podemos dejar de referirnos al primer poema de la antología y único que Zambrano incluye del primer libro de Lorca, Libro de poemas (1921), pues se trata de «La balada del agua del mar», que aunque no figure –no sabemos por qué omitió Zambrano las dedicatorias- es el poema que Lorca dedicó a Emilio Prados, «cazador de nubes», y fechado en 1920. Así mismo, de la serie «Andaluzas» que Lorca dedicara a Miguel Pizarro «en la irregularidad simétrica del Japón» Zambrano incluye todos los poemas a excepción de «Adelaida de paseo».
No deja de ser llamativa tampoco la inclusión de una «Oda al rey de Harlem» que en el índice se incluye bajo el lema «De un poeta en Nueva York» y que aparecería más tarde en Poeta en Nueva York (1940) como «Rey de Harlem». Puede tratarse del poema «no publicado en libro alguno hasta entonces –según la especialista Marie Laffranque- », al que se refiere Zambrano en la introducción a la edición facsímil: «Contesté a Marie Laffranque haciéndole observar las condiciones en que se escribió este libro (...) debí obtenerlo en algún periódico o folio que yo no indiqué».
El periódico o folio bien puede ser la revista Los cuatro vientos (núm. 1, febrero, 1933) ya que con ese mismo título fue publicado y concuerdan alguna de sus diferencias de la versión definitiva103, y es perfectamente posible que esta revista estuviera en poder de
Zambrano ya que ella misma colaboró, como hemos visto, en el número siguiente (abril, 1933).
En 1976 volverá Zambrano a ocuparse de Lorca y por razones bien distintas a como lo hiciera casi cuarenta años antes. Lo hizo a propósito de la aparición del poema inédito «Infancia y muerte» en poder de Rafael Martínez Nadal desde 1929 que lo recibió del autor. Zambrano añade que Lorca, al dárselo añadió «no quiero verlo» en términos
103 Vid. «Notas» en Federico García Lorca Obras Completas. I: Poesía, edición de Miguel García-Posada, Ed.
semejantes a como exclamó ante la sangre de Ignacio Sánchez Mejías. En esta ocasión, la lectura del poema, va a conectar también con aspectos no poco relevantes del pensamiento zambraniano como son la reflexión sobre el sueño y sus formas, así como su consideración en tanto que «potencia del alma». En su interpretación del poema, Zambrano viene a sostener que se trata más que de un poema onírico, de la expresión poética de un sueño vaticinador por el cual Lorca más que profetizar su propia muerte, en esa especie de descenso ad ínfero en busca de la infancia, habría dado con la certeza de la muerte del modo más preclaro.104
1.7 ¿Es María Zambrano la pensadora de la generación del 27?
«Si aceptamos la idea clasificadora de las generaciones, María Zambrano Alarcón pertenece a la del 27, aunque más joven que las figuras eminentemente representativas». Así se expresaba el crítico y machadiano Pablo de Andrés Cobos105 y para ello recurría a dos
características de dicho grupo que serían esenciales, también, en Zambrano: una es la de ser continuadores del 98 de Unamuno y Machado sobre todo, que se remonta a Valera, Clarín y Galdós; y la otra, la de aportar una sensibilidad de la palabra poética a la cultura española. Ambos parecen estar claros en Zambrano porque como dice el propio Cobos:
«(...) Es toda su producción fragmentaria, recogida en ensayos, puras síntesis que podríamos y acaso deberíamos entender como poemas, pues exigen, como éstos, la presencia activa del lector, y dicen, como la poesía mucho de lo inefable»106
104 Vid. María Zambrano «El viaje: Infancia y muerte (Sobre un poema de Federico García Lorca)» en Revista
Trece de Nieve núm.1-2, Madrid, diciembre 1976, pp.181.190.
105 Pablo de A. Cobos «noticia de una segovianía de nuestra hora», en Juicios y figuras, ed. Ancos, Madrid, 1969,
p.223
Es cierto que tan sólo dos años menor que Alberti o Cernuda, por edad le correspondería este grupo. La propia afirmación de Cobos no deja de ser llamativa, más, cuando el término «generación del 27» parece gozar de cierto exclusivismo que se rompería en favor de adquirir cierta elasticidad que incluyera tanto a otros poetas distintos de la nómina habitual como a otro tipo de escritores. En sentido estricto esta generación parece no tener narradores ni ensayistas y bajo otra óptica como la de Cobos, los tiene con pleno derecho como es el caso de Zambrano. Con ello nos está induciendo a una revisión completa de la generación que afecta no sólo a la inclusión de la propia obra de Zambrano, al menos en aquellos aspectos que pudiera compartir con otros miembros de su generación. A nuestro juicio, discutir una convención de la crítica literaria como son las «generaciones» y su conveniencia nos desviaría de nuestro objetivo que es mostrar e indagar las relaciones del pensamiento de María Zambrano con la poesía de sus contemporáneos.
La afirmación de Cobos bien puede ser explicada por la situación de exiliada de María Zambrano, cuando lo escribe en el año 1969, y significar por tanto un referente no tanto temporal sino, tal vez, el modo indirecto de aludir a aquellos que en buen número tuvieron una actitud comprometida en la guerra y sufrieron el exilio. En este sentido, y en tanto a lo polémico que puede resultar respecto a su momento histórico, sí puede interesarnos parcialmente el debate sobre las generaciones y, especialmente, lo que vino a aportar Zambrano al mismo.
Así, en el artículo «Acerca de la generación del 27» que Zambrano escribió en la revista Ínsula a propósito del cincuentenario del homenaje a Góngora, acto fundacional de dicha generación, podemos encontrar algunas claves que nos permitan tratar el sentido que tuvo para Zambrano dicha generación así como el trato con otros de sus contemporáneos, por decirlo en términos más amplios.
El texto comienza criticando la teoría de Ortega sobre las generaciones que expusiera en El tema de nuestro tiempo (1923) declarándolo -probablemente por su concepción de la historia, pero en particular la de España- ineficaz:
«No me es posible aquí ofrecer el camino que me condujo a la no aceptación de que sea la generación la medida del cambio histórico y que cada generación, por tanto, sea portadora de algo al par inédito y condicionado por la situación dejada por la anterior. De ser así, la historia ofrecería una perfecta continuidad como la de un desfile o procesión de acordado paso. Y la historia, y muy especialmente la de España, es a veces pavorosamente discontinua»107
Discontinuidad propiciada no sólo por las catástrofes sino por períodos a-históricos e incluso anti-históricos. Frente a la polaridad como marca generacional que establecía Ortega entre las que actúan bien con docilidad o bien con beligerancia ante lo anterior a ellas108, encuentra Zambrano que hay generaciones en que por efecto de esa discontinuidad