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Los ensayos de María Zambrano sobre poesía en Hora de España

Capítulo 2: El espíritu de Hora de España

2.4. Los ensayos de María Zambrano en Hora de España

2.4.1. Los ensayos de María Zambrano sobre poesía en Hora de España

Machado, como recordaba Gil-Albert, era aquel poeta mayor hacia el que «se volvieron» todos los jóvenes de la revista para descubrir tanto al gran poeta lírico como al gran poeta civil. En el caso de María Zambrano se trata de una figura muy unida a la de su propio padre, pues, como ya vimos, su amistad venía de los años que Machado y la familia Zambrano pasaron en Segovia. Por otro lado la poesía y el pensamiento de Antonio Machado es una de esas referencias permanentes a las que se asocia el pensamiento de nuestra autora. Por lo que respecta a Hora de España, Zambrano escribió «La Guerra de Antonio Machado» (nº 12, diciembre, 1937). De algún modo aspira el texto a ser una crítica al libro de prosas apócrifas del poeta para, al mismo tiempo, escribir un pequeño ensayo sobre el poeta. Comienza atribuyendo a la poesía española que desde el cambio de siglo viene dándose (desde Juan Ramón Jiménez –dice-) como el más claro intérprete de los asuntos que acontecen en España. De toda esa poesía la de Machado adquiere un especial relieve: «La voz poética de Antonio Machado canta y cuenta de la vida más verdadera y de las verdades más ciertas, universales y privadísimas al par de toda vida»188. Así, pues, no

sólo por el recuerdo de los años segovianos, sino por la propia poesía de Machado, son sus palabras –y más en un trance como por el que pasa España- paternales, esto es, amargas y consoladoras. Hay un vínculo entre Machado y el pueblo en el que no sólo el poeta «legisla», sino que clarifica su ser y su destino, esto supone considerar a Machado como un «clásico» en que la esencia del pueblo habla a través de él.

Es el Machado que a través de su Juan de Mairena habla de la «metafísica del poeta» el que interesa a María Zambrano. En Machado se da esta unión de pensamiento y poesía, lo que supone también el afirmar la condición gnoseológica de la poesía que unido a la voz popular encuentra un precedente –confesado, incluso, por el propio poeta- en Jorge Manrique. Voz popular expresada a través de proverbios y cancioneros, que para Machado

–lo cual no deja de ser subrayado por Zambrano- no sólo es una expresión poética, sino que es también una forma de sabiduría. En este artículo y en referencia a Machado encontramos ya el término razón poética que es razón de amor «reintegradora en la rica sustancia del mundo». Hasta cierto punto las circunstancias explican que Zambrano incida con más fuerza en los aspectos relacionados con la cultura popular que en otros del pensamiento de machado como la temporalidad que quedaría aludida por las referencias al estoicismo o al tema de la muerte en Unamuno –muy admirado por Machado- o Hiedegger, del que –como sabemos- en otro lugar dirá la autora que ambos son sus precursores189.

Cabe destacar, pues, lo que ya apuntábamos en el capítulo anterior en lo referente a la figura tutelar y simbólica de Machado, que en momentos como los de la guerra, aparece si cabe con más fuerza, como muestra de ello es este texto publicado en Hora de España. El poeta, vendría, a representar desde esta óptica el tiempo anterior a la guerra, la nostalgia y el vínculo con la figura paterna, al tiempo que esas mismas imágenes asociadas al poeta, abren ya una brecha difícilmente de suturar entre un pasado y una memoria –que no se remonta a tanto en el tiempo- y un presente tan doloroso como incierto el futuro que ha de sucederle. Y es quizá por esta circunstancia que el Machado «poeta de la temporalidad» alcance una veracidad poética e íntima tal que difícilmente pueda ser codificable en el lenguaje propio de una reseña o un artículo.

En «Poesía y Revolución El hombre y el trabajo de Arturo Serrano Plaja» vuelve a destacar la poesía como suceso histórico de los últimos decenios para abordar en lo que en esa misma época supuso la irrupción en el panorama literario de la poesía revolucionaria o de contenido social. Es Serrano Plaja uno de sus autores más destacados, que frente al lirismo y el personalismo de la poesía pura y de la generación del 27 vinieron a oponer una

189 «Unamuno y Machado precursores de Heiddeger», viene a ser más que un texto de María Zambrano, la

presentación de un extracto de uno de los apócrifos del poeta, y por tanto lo trataremos a propósito del pensamiento de poeta.

poesía de corte político y solidaria de los problemas humanos, lo que elogia, también, Zambrano en su texto a la hora de hablar del «hermetismo» que rompe esta poesía para comunicarse con el hombre y con el mundo190.

Esta poesía de carácter digamos «realista» procede de la intersección de dos mundos muy distintos. Por un lado el contexto cultural e intelectual de la revolución francesa, la Ilustración, el racionalismo heredero del que empieza con Descartes, pero que tiene la capacidad de emancipar al hombre de Dios y prometer su felicidad. No es un momento poético sino moral, pero es el momento frente al que se establece la poesía desesperada de Baudelaire, su aborrecimiento del mundo, un absolutismo poético fruto de la conciencia del pecado y del ansia de redención. Para Zambrano se es revolucionario por fe o por desesperación. La poesía de Serrano Plaja tiene esa fe y esa desesperación, pero es ante todo una muestra de amor y de confianza en el hombre. Serrano Plaja comenzó a escribir ese libro antes de la guerra, ya que publicó algunos de sus poemas. En origen aspira a ser una especie de actualización de Los trabajos y los días de Hesiodo, y así es en su primera parte, toda una reformulación de los oficios en los viene a dar la épica y la dignificación del trabajador. El autor hubo de continuar el libro con la guerra ya empezada y se le fueron añadiendo otros poemas en los que están presentes las circunstancias vividas y las esperanzas revolucionarias, ya que el autor durante la guerra –y con seguridad antes de ella- perteneció al partido comunista.

En una línea semejante cabría hablar de la breve nota que escribe a las Ediciones del Ejército del Este. Iniciativa que llevó a cabo esta sección del bando republicano consistente en editar libros de poesía. A cargo de la misma, Manuel Altolaguirre en la que también participó Emilio Prados. En la nota que escribe Zambrano, no solo elogia la iniciativa sino que celebra la edición de España en el corazón, el libro de Pablo Neruda sobre la guerra civil y del Cancionero menor de Emilio Prados, en la línea de la fusión de la poesía

de combate con elementos de la cultura popular como el romance o la canción –en este caso-.

La reseña que escribió a Pablo Neruda, -un poco en la línea de las anteriores, en las que el motivo del libro abre la reflexión sobre el poeta mismo y la poesía- pertenece a aquel número XXIII que no llegó a publicarse. «Pablo Neruda o el amor a la materia». En este texto hay cierto eco del rechazo a la poesía pura que puede identificarse en lo que Zambrano llama poesía narcisista, «encantada de su propia perfección» y que viene a introducir la radical diferencia que la obra del chileno vino a marcar respecto a la de Juan Ramón y su magisterio. Destaca Zambrano de la poesía de Neruda su «materialismo». Una poesía fruto de la visión antes que de la contemplación en la que la realidad se da en una oscilación entre seres que «aún no son» y cosas que pertenecen ya al abandono y «al vacío de la existencia», una realidad heterogénea y arbitraria que parece conducir a un mundo de extrañamiento, angustia e indeterminación. Se refiere así al Neruda de libros como Residencia en la tierra. Este sentido terrestre, material y corpóreo de una poesía sin pretensiones de salvar el mundo, pertenece para Zambrano como a un mundo lejano anterior y olvidado, a una especie de sagrada relación con lo elemental y que en el poeta se cumple como «fidelidad al mandato de las cosas y la vida». Algo tiene Neruda para Zambrano de poeta de la angustia pero también de poeta del amor. El amor, en la obra del poeta chileno, es apreciado como un fuerza destructora e integradora.

El artículo «San Juan de la Cruz (de la «noche obscura» a la más clara mística)», entendemos que debe ser incluido en este grupo no sólo porque la propia Zambrano se encargara de recordar en una nota que comenzó a escribirlo para Hora de España en Barcelona en el año 1939, aunque luego se publicara a finales de ese año en la revista Sur de Buenos Aires191; sino porque el propio artículo se inscribe en el mismo contexto de

reflexión que los anteriores y es como alguno de ellos un ejercicio de indagación en las

raíces de la cultura española. Por último, cabe añadir que podría considerarse como uno de esos artículos de este período fundamentales para el pensamiento que desarrollará después. El texto comienza con una evocación del paisaje castellano para establecer un primer vínculo entre ese paisaje, la experiencia mística y su relación con la poesía, ya que esos son los dos temas de fondo que preocupan a Zambrano en este texto, la naturaleza de la experiencia mística en San Juan de la Cruz y lo que a todas luces parece su necesaria expresión poética. Por su parte la experiencia mística de San Juan de la Cruz es «transparente» y «universal», una voluntad de trascendencia que va del existir al no-existir y del ser al no-ser. No-existir y no-ser, no son aquí la muerte o la disolución en ella sino una especie de territorio intermedio, de intersticio entre la vida y la muerte, en el que también interviene la mística y la poesía. En el proceso místico –suceso del alma- actúa la renuncia del ascetismo. Esta renuncia es un devorarse del alma a sí misma y un transformarse en otra cosa. Zambrano elige, para explicar esto, la imagen de la crisálida que se convierte en mariposa tras devorarse a sí misma como imagen del alma en el proceso mismo. Que hasta cierto punto insista en que el proceso místico es un suceso del alma se debe a la intención de explicarlo a partir de la naturaleza humana:

«En realidad lo que sucede en la mística no es en manera ajeno a lo humano, ni es cosa de impostores, ni dementes como el positivismo creyera. Y por extraña que se suponga a la mística dentro del género humano es para hacer meditar (...) Para hacer meditar y pensar que lo que sucede en la mística está al menos fundado en la naturaleza humana, es una posibilidad esencial a ella, tal vez en una condición que se revela en la mística más que cosa alguna»192

El proceso místico consistente en querer abandonar o trascender la vida responde para Zambrano a una «situación existencial» no es algo sobrevenido sino inserto en el vivir mismo. De ahí ese devorarse a sí mismo de la crisálida que es la voracidad del alma mística.

Voracidad que no sacia ni la naturaleza, ni el conocimiento, ni incluso la poesía. Sólo el amor se corresponde con esa voracidad, el amor es esa voracidad. Un amor que lo es por el todo y que procede de la soledad del místico. Una especie de soledad existencial -«mónada sin ventanas», dice Zambrano- y total respecto al mundo. El poder trascender esa soledad supone el abandono o la transformación del ser en algo otro:

«Y así vemos que el mítico ha realizado toda una revolución; se hace otro, se ha enajenado por entero; ha realizado la más fecunda destrucción, que es la destrucción de sí mismo, para que este desierto, en este vacío, venga a habitar por entero otro; ha puesto en suspenso su propia existencia para que este otro se resuelva a existir en él»193

Al quietismo de la mística «nadista» de Miguel de Molinos opone Zambrano la «mística de la creación» de San Juan fundada en este elemento, diríamos, dinámico del devorarse a sí mismo, de la voracidad del amor que es «hambre de existir», «sed de vida». Una forma de destrucción que es la esencia creadora. Consumado el proceso, el alma del místico queda en esa zona intermedia entre la vida y la muerte y que supone una particular especie o un grado de mayor penetración en la realidad, «otra vida en este mundo en que se gusta la realidad más profunda de las cosas». Así a la «salida del alma» le espera no la nada sino esa totalidad de lo real –según Zambrano- la poesía, donde se encuentran en entera presencia todas las cosas.

Se da así esa indisoluble unión entre la mística de la creación y la poesía. Y es más, esta unión equivale a la unidad perfecta de amor y conocimiento. Unidad –dice Zambrano- «que no lleva otro nombre tradicionalmente que el de objetividad». La objetividad del amor se expresa poéticamente. Al hilo de unos versos de San Juan hablará de la poesía como «el

193 Ibíd., p. 199

tener algo dibujado en las entrañas», algo no muy distinto del concepto que es también el dibujarse de algo en la mente.

No sólo se defiende, así, el poder gnoseológico de la poesía –al cabo habla de San Juan como el santo poeta- sino que se delimita su geografía y su objeto de conocimiento: las entrañas, la inferioridad de la carne en busca de algo otro, así como la necesidad de un conocimiento capaz de iluminar esas entrañas.

Así pues, se expone ya con bastante claridad la oposición entre la poesía y la filosofía con el esquema básico que se repetirá después. A pesar del común origen –la admiración- por la que surge la poesía y el conocimiento, un acto de violencia el del concepto en su relación con el ser o los seres, con el mundo, mientras que la poesía tiene que ver con el amor y su voracidad que se consuma en el místico. Al místico el conocimiento le es dado «por añadidura».

No sólo se formula en este artículo de forma clara ya la oposición ente poesía y filosofía y su esquema fundamental de la violencia del concepto frente al amor «por las apariencias» del poeta, así como los «territorios» que han quedado bien al margen o bien en la sombra de la razón como las entrañas, sino que además se apunta ya cierto vínculo entre la poesía y la mística: «¿Y no será que la poesía anda siempre aparejada con una mística; que sea ella misma en cierta manera una mística?»194.

Por último, establece una comparación entre San Juan de la Cruz y Spinoza en lo referente a la ascética, a la reducción de las pasiones del alma, en el sentido de subrayar lo que parece ser la necesidad suprema: «lograr la unidad de la vida y el conocimiento». En las últimas líneas del texto, como en algún otro momento, el contexto no deja de estar presente en la pregunta final: «¿Por qué, Señor San Juan, no recupera Castilla su objetividad?»

194 Ibíd., p. 205

MARÍA ZAMBRANO Y LA NOVELA ESPAÑOLA: GALDÓS Y CERVANTES