Historias de una nación dividida 1 Felipe Arocena
1. CUBA CUANDO LA TRANSICIÓN LLAMA A LA PUERTA
Con sus errores y aciertos la revolución ha hecho de Cuba un país singular entre los latinoa- mericanos. La infraestructura básica en materia de educación, salud y subsistencia económica, sumada a la privilegiada situación geográfica, permiten pensar en la enorme potencialidad del país. Sin embargo, las conquistas parecen estar en un proceso de deterioro acelerado; no sólo ni princi- palmente por el fin de la ayuda soviética o el bloqueo, sino por la ausencia de renovación y apertura interna. La mejor y única forma de defender las conquistas de la revolución hoy es la transición.
En mi primer día habanero en 1998 procuré conseguir lo que cualquier extranjero necesita al pisar suelo ajeno: dinero local. Luego de caminar casi veinte cuadras ubiqué la famosa caseta donde varias personas me informaron que se cambiaban divisas. En una plaza situada en la zona de influencia del hotel Habana Libre, donde el movimiento turístico es muy intenso, cambié mis primeros y únicos 20 dólares a razón de 18 pesos cubanos por dólar. No es que llevara apenas esa suma de dinero, es que pronto me di cuenta de que la moneda local no servía para nada. Terminé usándola solamente para las propinas y para comprar algunas revistas en la UNEAC (la Unión de Escritores y Artistas), que sorpresivamente me vendieron en pesos, aun cuando me habían infor- mado que a los turistas se las cobraban en dólares. La economía entera de Cuba está dolarizada y los propios ciudadanos cuando sacan su billetera para pagar tienen mayoritariamente plata estado- unidense. Todo se cotiza en dólares, desde los precios en las específicas TRD (Tiendas de Recau- dación de Divisas), que son pequeños supermercados estatales con muchos productos importados, hasta los precios de los alimentos en los mercados, tarifados en pesos pero pagados con verdes.
Querer comprar un paquete de cigarrillos o de galletitas en La Habana puede ser una expe- riencia complicada si no se está dentro de alguno de los cinturones turísticos y no se conoce la ciudad. Se puede caminar demasiado rato sin encontrar un solo comercio o pequeño quiosco seña- lizado. La ausencia de comercios, el escaso parque de automóviles, la mayoría antiguos, las ruinas de la ciudad y la proliferación de consignas comunistas pintadas por doquier en las paredes produ- cen un efecto singular en el extranjero. Tal vez de los más llamativos sea la sensación de un tiempo detenido. O mejor, de varios tiempos sucesivamente suspendidos. Las ruinas coloniales hablan de la indiferencia de un período prerrevolucionario signado por el desarrollo de las modas norteameri- canas. Las ruinas modernistas junto con alguno de los carteles que se mantienen en pie publicitando un producto añejo son signos del desprecio de la revolución por su pasado inmediatamente ante- rior, con el que cortó radical y violentamente. Los desechos de las construcciones soviéticas trans- portan al caminante hacia un nuevo tiempo también abortado abruptamente. Las consignas revolu- cionarias que tapizan la ciudad confunden el presente, que aparece congelado y fusionado con el momento de la entrada triunfal del movimiento guerrillero en La Habana los primeros días de 1959. 1 Este trabajo recoge parte de mi investigación realizada en Cuba y Miami entre 1998 y 2002 junto a William
Noland. El texto es un resumen del libro Entrevistas cubanas. Historias de una nación dividida, publicado en Estados Unidos por la editorial McFarland en 2004.
Por su parte, los nuevos emprendimientos hoteleros gritan la confusión de todos estos tiempos dete- nidos que se intersectan con la globalización y las nuevas masas de turistas que están llegando con la velocidad del rayo. Todavía nadie sabe qué sucederá en esta nueva época. ¿Será otra vez más un tiempo abortado que se superpondrá a los anteriores? ¿Quedarán los nuevos complejos Meliá o Meditarranée como los símbolos hegemónicos de los próximos años? ¿O Cuba podrá reconciliar toda esta mescolanza de códigos y sentidos contradictorios, de aperturas y controles, sin desgarrar- se fulminantemente? Son demasiados los desafíos para que puedan ser procesados de forma cen- tralizada por la red de instituciones estatales y partidarias, aunque éstas estén fuertes. Un grafitti decía: "en Cuba no habrá transición". Es verdad que expresa lo que la historia de sus últimos cien años ha sido: una sucesión de cortes abruptos y refundaciones desde la guerra contra España. Algunos hablan de una transición que se estaría procesando dentro del propio Partido Comunista de forma sui géneris y con un estilo propio cubano. Falso, hasta ahora no se percibe ningún cambio que indique un mínimo de apertura política desde el propio partido.
Hoy parece, sin embargo, a pesar de la consigna y de la historia, que un período de transición en el que se vayan intersectando instituciones del régimen comunista con elementos de las democra- cias liberales y de una economía de mercado sería el único camino razonable, aunque no del todo probable. La caída abrupta del Partido Comunista, tanto como su encerramiento, pueden tener efec- tos devastadores. Lo primero produciría el descontrol y transformaría a Cuba velozmente en un apén- dice de Miami (y Cuba es infinitamente más bonita que Miami), o en un gran preservativo del turismo internacional: úsela y tírela. Lo segundo solamente se lograría a base de más represión, porque la fecha de vencimiento de la ideología de la revolución caducó; fue buena durante un período pero lamentablemente ha sido sofocada por falta de aire renovado.
Cuba, no obstante, está transformándose rápidamente en otros aspectos, y el interés por esos cambios es cada vez más intenso fuera del país y en particular en los Estados Unidos. Debido a la crisis económica luego de la caída de la Unión Soviética, la solución fue abrir las fronteras al turismo internacional y al capital extranjero para que invirtiera en la infraestructura necesaria para acomodarlo. Así, en pocos años las principales ciudades fueron adquiriendo nueva cara. En La Ha- bana y en buena parte de la costa han crecido hoteles como hongos. En uno de sus barrios, donde en 1998 sobresalía sola la embajada rusa, ahora hay una serie de modernísimos hoteles. La capital también está bastante más cuidada, no sólo por la formidable restauración del casco colonial, que ha sido declarado patrimonio cultural de la humanidad y continúa mejorando, sino por la restauración y el reciclaje de casas particulares. En Santiago de Cuba se ha construido el nuevo orgullo de la ciudad que se llama Santiago-Meliá. El parque automotor también se moderniza y los automóviles europeos y de origen asiático, que tan sólo cuatro años atrás eran una rareza, hoy se ven circular entremezcla- dos con los viejos autos norteamericanos de la década del cincuenta. El ambiente urbano muta rápidamente y lo antiguo comienza a convivir con un tiempo presente, pero todavía uno de los mayo- res encantos del país es encontrarse con el tiempo detenido. El de los viejos colachatas Chevrolet que hoy son ya piezas de museo en el resto del mundo, el de las casonas del siglo pasado y sus galerías, balcones y rejas, el de la luz tenue de las calles nocturnas y solitarias, el de los murmullos que salen de las casas buscando la vereda o la plaza, el del mercado bullicioso escudriñado por las amas de casa para encontrar el mejor pedazo de cerdo o las papas de superficie más pareja para hornear.
Actualmente entran alrededor de un millón y medio de turistas al año y se estima que esa cifra pueda alcanzar los dos millones en breve plazo. Una de las más famosas metas incumplidas de la revolución, la cosecha de diez millones de toneladas de azúcar, ahora aparece transmutada en el objetivo de atraer dos millones de turistas. En un país tan chico eso se nota mucho: hay turistas por todas partes y ofertas variadas para ellos. Hay un turismo sexual explosivo, tanto de hombres que
van a buscar mujeres como de mujeres que procuran hombres. También aumenta el turismo homo- sexual. Hay un turismo de confort de sol y playa para el que se elaboran cada vez más ofertas que trasladan a los turistas directamente hacia los cayos, de manera que no tengan que pasar por las ciudades y contaminen ideológicamente a los ciudadanos locales. Y hay también un turismo que se alimenta de la exuberante cultura cubana en materia musical, arquitectónica, culinaria, revoluciona- ria, y de la simple simpatía y calor humano del cubano. Pocos años atrás los hoteles eran construidos con capitales estatales y explotados por sectores de las fuerzas armadas, luego se formaron empre- sas mixtas con capitales básicamente españoles y cubanos y ahora ya se encuentran emprendimientos totalmente extranjeros.
Cuba es efectivamente una caja de sorpresas. A la hubrys típica de los países tropicales se le suma el ingenio de las múltiples estrategias de supervivencia de su población y de sus instituciones para combatir la pobreza y la falta de recursos, las absurdas tácticas del Partido Comunista para mantener el control sobre los ciudadanos, y una burocracia kafkiana. A su sincretismo racial y cultu- ral, que resultó tan positivo como en Brasil, se le superpone un proyecto de sociedad revolucionaria congelado y una población sobreeducada que no encuentra qué hacer profesionalmente. Hay algo único y misterioso en la sociedad cubana que les permite a sus habitantes vivir una tragedia con los códigos de una comedia. El cubano no deja de reírse de sí mismo y, como en la película Guantanamera, el cadáver de una anciana blanca puede aparecer sorpresivamente transmutado en el de un hombre de color negro. Por ejemplo, un chiste que se escucha en el país dice así:
—¿Qué te gustaría ser si volvieras a nacer? —le pregunta el tío a Juancito, su sobrino cubano. —Extranjero —le responde.
En una de mis llegadas al aeropuerto principal de La Habana debía tomar una conexión para seguir en un vuelo doméstico de Aerocaribbean hacia Santiago de Cuba, que partía desde otra termi- nal aérea. Me tomé un taxi hasta el aeropuerto número tres y una vez adentro me indicaron que ésa no era la terminal de Aerocaribbean, que debía trasladarme otra vez a la número cinco, que también quedaba lejos y hasta donde no había manera de llegar porque era demasiado temprano en la maña- na y no había ómnibus. Mi taxi ya se había marchado de vuelta y tampoco había otros esperando. Faltaba media hora para la partida hacia Santiago de Cuba, estaba en una terminal aérea equivoca- da desde la que no se podía llegar a pie a la correcta y no había transporte. Una situación aparente- mente sin salida. Entonces un funcionario del aeropuerto me dijo que si yo me animaba a montarme en una moto alguien podría trasladarme. Le contesté que sí, que adelante. Llamó a otro trabajador del aeropuerto, de unos cincuenta años, prolijamente uniformado con camisa amarilla, pantalón y corbata marrones, y le explicó la situación.
—Oye, chico, ¿te animas a subirte a mi moto? —me preguntó. —Sí — le dije —qué otro remedio tengo.
Caminamos juntos al estacionamiento y Julián le quitó un forro de nailon negro a su vieja motocicleta soviética marca Minsk color violeta oscuro. Atamos mi bolso a la parrilla trasera y acto seguido me vi viajando en esta cafetera enorme conducida por su dueño entre las calles de La Habana a las siete y media de la mañana en medio de la gente que se dirigía a su trabajo. Llegamos a tiempo y pude, finalmente, abordar mi vuelo para Santiago. En ninguna otra ciudad del mundo tuve un aterrizaje más divertido y exótico.
En otra ocasión un arquitecto de nombre Fernando que trabaja para la alcaldía de Santiago nos invitó a cenar a su casa. Una vivienda modestísima de dos dormitorios situada en la periferia de la ciudad y construida de bloques, del mismo tipo de las que uno encuentra en las favelas de Río de Janeiro. Mientras conversábamos y bebíamos oímos unos gritos de animal provenientes de la coci- na. Ante nuestra sorpresa, Fernando nos invitó a pasar y nos mostró dos cerdos que criaba en un piletón de la cocina.
—Para el próximo fin de año —nos contó con una sonrisa de oreja a oreja—; con lo que gano de salario no me daría si no para nada.
Pasamos una magnífica velada entre ron, frijoles, banana frita y los permanentes comentarios de los cerdos desde el otro lado de la pared. Cuba tiene esas cosas surrealistas y las situaciones más problemáticas se atenúan con humor y sonrisas. Tenía razón Alejo Carpentier: el surrealismo es parte de la realidad cubana y no una moda importada de Europa.
SOBRAN VEINTE AÑOS DE REVOLUCIÓN. Hace veinte años todavía podía ser comprensi- ble escuchar a Fidel Castro decir "dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada". Podía ser entendible en un contexto de consolidación del extraordinario cambio que llevaba adelante la sociedad cubana. Podía justificarse por la prioridad que requería el desarrollo de los nuevos sistemas educativo, sanitario, económico y defensivo que se habían planificado. Era razonable en un escena- rio de agresión internacional y contrarevolucionario propiciado por los Estados Unidos y los cubanos de Miami. Cuarenta años después del triunfo revolucionario ya no suena ni sensato, ni comprensible, ni justificado. No obstante, sigue vigente.
Esa vieja idea todavía parece sintetizar lo que sucede actualmente en Cuba. Aquellas perso- nas que expresan el apoyo incondicional al partido, al estado y a Castro, que es la síntesis de los dos primeros, conforman una verdadera sociedad dominante dentro de la sociedad cubana. A los trabaja- dores ejemplares que cumplen con los compromisos políticos de sus lugares de trabajo se los incentiva con el acceso a pequeñas cuotas de bienes de consumo: algún electrodoméstico a bajo costo, el acceso a vehículos, vacaciones u otras regalías. A los dirigentes que ocupan puestos de jerarquía se les otorgan prebendas mayores, habiéndose conformado una elite político-partidaria con un nivel de vida muy por encima del cubano medio. No tanto por las fortunas personales que puedan crear, que son irrisorias en comparación con las de cualquier otro país, sino por el sistema de prebendas al que acceden: autos, casas, viajes, vacaciones, libre circulación a lugares prohibidos para los cubanos en general y adquisición de bienes a precios muy bajos en moneda cubana.
En la otra sociedad cubana, en la que está desligada del partido, en la que está saturada del mismo mensaje que se repite desde hace demasiado tiempo, es donde se escuchan las críticas y las reflexiones más ricas, aunque siempre en forma privada, nunca públicamente. Pero tal vez lo más interesante de todo es que las críticas que se oyen no son avaras en reconocer los muchos logros de la propia revolución. Es infrecuente hablar con un cubano que no tenga conciencia de las cosas positivas que se han conquistado, o no sienta orgullo de los avances sociales, científicos y deporti- vos. La mayoría tiene además mucha autoestima por la capacidad heroica de resistencia ante los Estados Unidos. No obstante, simplemente se dan cuenta de que no se puede seguir pensando de la misma manera durante cuatro décadas seguidas. Que no se puede hipotecar la profesión, la juven- tud, o el deseo de un nivel de vida decoroso medido con patrones internacionales, en pos de un sacrificio justificado siempre por las mismas consignas que se repiten desde antes que muchos na- cieran. Están saturados de escuchar sobre los bajos índices de mortalidad infantil cuando para poder conseguir algunos dólares deben arriesgarse con las autoridades y trabajar mucho más de lo nece- sario.
Para ellos es hora de cambiar, aunque no vean la posibilidad a corto plazo. Por eso es que muchos, aquellos que piensan que dejar de lado su barrio, sus amigos, sus familiares y su ciudad son costos altísimos pero menores de los que están viviendo actualmente, desean irse. Cuando oyen decir a Castro que "Cuba es el país más libre del mundo" o que "todas las playas fueron liberadas y todos los lugares de recreación, sin excepción alguna, fueron para todos los ciudadanos", o que Cuba "ha venido a convertirse en una especie de vocero de los oprimidos y explotados del mundo, de la conciencia del mundo, vocero de la verdad del mundo" (discurso de clausura del Primer Encuentro
Nacional de Presidentes de las Cooperativas de Crédito y Servicio, 3-6-98), simplemente se encogen de hombros. Algunos se acuerdan de cuando quisieron pasar la noche en el Hotel Nacional y no los dejaron entrar porque... eran cubanos; otros recuerdan cuando hace veinte años sí iban a Varadero, pero ya no tienen dinero para hacerlo. No encontré, sin embargo, desprecio o falta de respeto hacia su figura. "El viejo" o sencillamente "él", como se refiere este sector de cubanos a Castro sin necesi- dad de mencionar su nombre y sin riesgo de que el interlocutor pueda pensar en otra persona, es una figura que merece consideración y admiración. Aceptan su rol histórico, entienden y valoran lo que ha hecho por el país, pero lo ven como a una especie de abuelo testarudo que no cambiará más aunque debería haber pasado hace tiempo a cuarteles de invierno. Saben perfectamente que nunca lo hará. Ésa es la sencilla e inmensa diferencia entre Fidel y el Che. A uno la vida y los errores cometidos lo retiraron a tiempo, tal vez demasiado pronto. Al otro el tiempo ya le ha limado hasta las virtudes de sus victorias. Es, como muchos cubanos y no cubanos sienten, un desencanto más que cargan en la mochila para cruzar la frontera al nuevo siglo.
UNA NACIÓN DIVIDIDA. En Cuba viven once millones de cubanos y se estima que dos millo- nes han emigrado. La quinta parte del pueblo cubano vive fuera de la isla. Particularmente en Miami viven aproximadamente un millón de cubanos nacidos en su país, proporción que sería bastante mayor si le sumáramos la descendencia de los exiliados, porque estimaciones recientes indican que hoy uno de cada cuatro integrantes de la comunidad cubana en los Estados Unidos ha nacido allí. La enorme mayoría de éstos se ha instalado en el área metropolitana de Miami, en los barrios de La Pequeña Habana, Hialeah, Miami Beach, Kendall o Coral Gables; otros se han asentado más al norte, en Nueva Jersey. Miami se ha transformado así en un verdadero enclave étnico cubano y en una ciudad bilingüe. La emigración cubana ha variado mucho a lo largo de los cuarenta años desde el triunfo de la revolución. Los primeros en llegar en masa fueron los exiliados políticos que discrepa- ron con la impronta comunista del gobierno, luego llegaron en 1980 los emigrados llamados marielitos, con un perfil socioeconómico mucho más bajo y un interés político también decreciente. Otro pico en el aluvión de emigrantes se registró durante 1993-4, la época más dura de la crisis luego de la caída de la Unión Soviética y al mismo tiempo el momento en que se flexibilizaron los acuerdos migratorios entre los dos países en 1994. Finalmente está la emigración más dispersa en el tiempo de las últimas décadas, cuyo objetivo principal es simplemente tener un mejor nivel de vida que les permita respirar