Sin lugar a dudas, existen contextos socioeconómicos más favorables para el discurso intervencionista y autoritario de las FFAA. Las crisis socioeconómicas agudas, como la que se pade- ció a principios de los treinta, produjeron variados conflictos, en donde los factores internacionales incidieron en forma perdurable. Lo mismo puede señalarse para la crisis estructural del modelo de desarrollo que se desató en el país a mediados de los cincuenta. En este último caso, el papel desempeñado por las FFAA no se explica solamente por la progresiva ruptura de la hegemonía consagrada, sino por la reproducción ampliada de contradicciones entre modelos ideológicos y por la imposición de la violencia como mecanismo de legitimación de proyectos.
Las “estructuras de relevancias” entre las FFAA y el sistema político hay que situarlas también en el plano ideológico. El Uruguay “batllista” gestó una serie de modelos “político-ideológicos” que tuvo vigencia durante décadas y que dio vida a las confrontaciones socioeconómicas, una vez decla- rada la crisis estructural en el país. Tanto el componente ideal como el material-particularista de la identidad militar, participaron activamente en una dialéctica simbólica e ideológica que condicionó la dinámica política uruguaya. Sea lo que fuere, la importancia del antagonismo ideológico –muchos llamarán a este fenómeno “inflación ideológica”- será anterior a la radicalización del proceso en la segunda mitad de los años sesenta. En el mismo sentido, la politización de las FFAA –activación a pleno de la identidad ideal- antecede a su irrupción en el centro de la escena política del país.
Así, hablar de “modelos político-ideológicos” significa el estudio de las ideologías políticas, estén o no representadas por los partidos políticos. Para decirlo en términos más exactos: “cuando una definición particular de la realidad llega a estar anexada a un interés de poder concreto, puede llamársela ideología” y, del mismo modo, “lo que distingue a la ideología reside más bien en que el mismo universo general se interpreta de maneras diferentes que dependen de intereses creados concretos dentro de la sociedad de que se trata” (Berger y Luckmann, 1972, pp. 157-158).
Según Ernesto Laclau, el carácter de clase de una ideología está dado “por la forma y no por el contenido” (Laclau, 1986, p. 186). La forma de una ideología consiste “en el principio articulatorio de sus interpelaciones constitutivas. El carácter de clase de un discurso ideológico se revela en lo que podríamos denominar un principioarticulatorio específico”. Estas disquisiciones resultan útiles para apreciar la complejidad de la confrontación política e ideológica, la cual se desdibuja bajo presu- puestos reduccionistas en donde las clases sociales que luchan en el seno de un modo de produc- ción poseen una “existencia necesaria” en el plano superestrucutral. En otras palabras: las ideolo- gías políticas de clase –articulaciones discursivas discrepantes- pueden compartir valores, conteni- dos y significados. La práctica ideológica supone confluencias y coincidencias simbólicas impensa- bles, sin por ello perder su raíz de clase.
En el Uruguay de los años cincuenta cristalizaron, grosso modo, cuatro modelos político- ideológicos: el modelo neobatllista, el urbano-conservador, el nacional-ruralista y el crítico-izquierdis- ta.5 Todos ellos hay que entenderlos como articulaciones ideológicas de clase. Algunos ofrecen sig-
nificados comunes, ya que sus portavoces son clases sociales que integran el “bloque dominante”. Tal es el caso del modelo neobatllista, del urbano-conservador y del nacional-ruralista. Sin embargo, son modelos plenamente diferenciados, ora por razones históricas, ora por la búsqueda de la hege- monía dentro del bloque dominante, ora por la inclusión de valores y contenidos no clasistas.
Por el camino de los hechos, tanto el modelo neobatllista, el urbano-conservador como el nacional-ruralista, tuvieron afinidades positivas con el ser militar uruguayo. Del primero –resistido y apoyado por constituir durante lustros el poder- obtuvieron la certeza de que toda política debe estar direccionada hacia el “orden” y la “seguridad”. Si bien el discurso neobatllista defendió la “libertad” y la “democracia” como garantías para la seguridad nacional, sus valores centrales fueron el “orden”, la “nación”, la “libertad” y la “industrialización”. No debe extrañar que, en tiempos de crisis y agudización de conflictos, la vieja estrategia “transformista” quede reducida a las simples reacciones de un “libe- ralismo conservador”.
Por su parte, el modelo urbano-conservador encarnó un liberalismo que no siempre fue in- flexible frente a los deslices antidemocráticos. Desde siempre, resistió al batllismo gobernante y se situó en claves antiestatistas, antidirigistas, antindustrialistas, antiproteccionistas y antisindicalistas. Fervientes panamericanistas y pronorteamericanos, hicieron del anticomunismo su bandera y de la iniciativa privada y la propiedad, su moral política. También en tiempos de crisis, defendieron las purgas burocráticas y administrativas como forma de desmontar un Estado –y un estilo de política- que veían ineficiente y corrupto.
Pero las mayores líneas de afinidad entre la identidad militar y los modelos político-ideológi- cos, provienen del llamado nacional-ruralismo. El odio a la política y el culto al trabajo pregonados por el ruralismo se combinan con el conservadurismo y con la desconfianza genérica hacia todo lo que emane de la ciudad. La reivindicación de la tradición, la patria, el “espíritu criollo” y la incontaminación moral fue de la mano con el anticomunismo, el antiliberalismo, el antibatllismo y el desprecio por el mundo de la enseñanza y de la Universidad. A diferencia del nacionalismo herrerista, el ruralismo de Nardone fue más lejos, y llegó a alentar la posibilidad de un país sin divisas ni partidos.
Por el contrario, el denominado modelo crítico-izquierdista representa, en todas sus vertien- tes, la “alteridad”. En plena lucha ideológica, observamos cómo a lo largo de la década del cincuen- ta los distintos componentes de este modelo (sindical, partidario, estudiantil y crítico) sufrieron cambios de profundidad. Desde distintos lados, hubo una progresiva y dificultosa fusión de ele- mentos populares, democráticos y socialistas. El discurso ensambla los ingredientes anticapitalistas de la ideología obrera con las tradiciones populares y con la identidad democrática del Uruguay batllista. Más allá de la construcción de un ideal de “enemigo”, y con independencia de los niveles de violencia con los cuales se llevó a cabo la práctica política, la inflación ideológica de estos años reconoció la relevancia de las disputas en torno a las tradiciones simbólico-políticas del país, lo que exacerbó las posiciones.6
Por el camino de los hechos, pues, las estructuras de relevancia entre las FFAA y el sistema político hay que medirlas también por las proximidades y lejanías ideológicas. El Uruguay batllista creó resistentes enemigos simbólicos, los cuales tuvieron diversas encarnaciones. Instalada la crisis económica y social, las identidades se reafirmaron, esgrimieron sus estrategias y alentaron su con- creción. El autoritarismo, las convicciones antidemocráticas y las críticas despiadadas a la política tradicional no fueron patrimonio exclusivo de las FFAA. El “camino hacia la represión” y la crisis de
6 Un análisis historiográfico sobre las luchas de apropiación del pasado, y en particular del artiguismo y de la figura de Artigas, resultará en extremo revelador sobre las justificaciones esgrimidas por los diversos actores sociopolíticos.
confianza en los partidos tradicionales han dejado claras huellas en el proceso histórico-nacional. Nuevamente, los argumentos de la coyuntura deben dejar lugar a las razones evolutivas anudadas en las estructuras discursivas y lingüísticas de lo social.