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LOS PUeBLOS ABORÍGeneS de LAS AnTiLLAS TAMBiÉn
FUMAROn en PiPA
Racso Fernández Ortega1, Dany Morales Valdés2
1Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana. [email protected] 2Instituto Cubano de Antropología. [email protected]
ReSUMen
Hasta la fecha se reconoce que los aborígenes agricultores que poblaron el área del Caribe desde tiempos inmemoriales, empleaban la Nicotiana tabacum y la Nicotiana rustica para elaborar los puros o “canutos” con los que absorbían el humo, hábito que fue ampliamente comentado por los cronistas y conquistadores europeos. La investigación que se presenta, ha permitido documentar la existencia de pipas para fumar utilizadas por los aborígenes de las Antillas Mayores. Los hornillos recuperados en R. Dominicana, Puerto Rico y Cuba, permiten conjeturar que este hábito no fue exclusivo de las áreas continentales como hasta recientemente se creyó. Los descubrimientos realizados sugieren que probablemente los indígenas que habitaron Cuba durante el período postcolonial transfirieron ese hábito, como muchos otros, a los pueblos venidos del lejano continente africano, y no fue de los europeos de quienes estos últimos adquirieron esa tradición.
Palabras clave: pipas para fumar, aborigen, cachimbas, Nicotiana tabacum
ABSTRACT
THe AMeRiCAn indiGenOUS POPULATiOnS ALSO SMOKed in
PiPeS
Up to the present, it is known that Indians practicing the agriculture inhabited the Caribbean. They used the Nicotiana tabacum and Nicotiana rustica for rolling the cigars or “canutos” to inhale the smoke. This habit was widely remarked among the European chronicler and conquerors. The present work allowed to prove the existence of pipes for smoking used by the indigenous of West Indies. The recuperated stoves in Dominic Republic, Puerto Rico and Cuba proved that this habit belonged not only to continental American areas. Discovered facts suggest that probably the Cuban habitants transferred this habit during the post-colonial period to the populations that arrived from the African continent and there were not the Europeans who transferred this tradition.
Key words: smoking pipes, indigenous, Nicotiana tabacum
inTROdUCCiÓn
Como la arqueología ha demostrado, los primeros cultivos de tabaco debieron tener lugar entre cinco mil y tres mil años antes del presente, en un área situada en la zona andina entre Perú y Ecuador, según lo ex- presado por expertos en genética vegetal. Los estudios efectuados por Mangelsdorf, Mc. Neish y Willey lo sitúan alrededor del año trescientos de nuestra era en el sitio Palmilla en Mesoamérica (Mangelsdorf et
al. 1971).
A la llegada de los europeos, se cosechaban dos especies diferentes y su consumo es- taba extendido por todo el continente: Ni-
cotiana rustica, cuyo cultivo tenía lugar en
México, el este de Estados Unidos y Cana- dá, y Nicotiana tabacum, que se expandía por todo Suramérica y las Antillas. Nicotia-
na rustica presenta una hoja estrecha con
un alto contenido de nicotina y resulta tan amarga que era fumada en pipa; mientras que N. tabacum, es de hojas anchas lan- ceoladas y mucho más suave que la ante- rior.
Durante cientos de años los pueblos abo- rígenes de América cultivaron la Nicotia-
na tabacum, la cual en su generalidad era
empleada como remedio curativo y no solo se utilizaba en sus rituales por el exquisito aroma de sus hojas. Según los datos apor- tados por la ciencia, el tabaco, sin impor- tar la especie consumida, poseía una ex-
traordinaria connotación sobrenatural y era considerado una ofrenda sagrada muy ex- clusiva para los dioses y especialmente su humo (Figura 1). Conocidos son los ejem- plos de su uso para invocar las nubes bien- hechoras de lluvia, tanto en el norte como en el centro continental (Bühler-Oppenhein 1949:36).
Figura 1. Grabado europeo del siglo XVI de un areito donde los personajes principales, al centro, fuman puros (Alegría, 1995)
Numerosas referencias etnohistóricas dan
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que hoy conocemos por pipa.
Asumiendo que los aborígenes americanos poseen la paternidad del hábito de fumar en pipa, no se debe dejar de apuntar que se conoce según el trabajo de Jean F. Lemaire (1995), el registro de pequeños huesos con imágenes pintadas de mujeres fumando en pipa, que se encontraron en las excavacio- nes de la ciudad de Herculano, destruida por una erupción del volcán Vesubio en el año 79 d. n. e. (Lemaire, 1995); o las re- ferencias que aparecen, de manera muy escueta, en el texto Una brevísima historia
de la pipa y el tabaco (2001), en el que se
menciona la evidencia arqueológica de un cilindro asirio del siglo VII a. n. e. con la representación de un rey que aspira humo de un hornillo redondo a través de un tubo; o la lámpara de aceite del Imperio Romano, que muestra la imagen de una persona des- nuda con lo que parece ser una larga pipa que lleva a su boca; así como unas pipas de vidrio, de ese mismo período, localizadas en excavaciones (s/a 2001). Entonces se debe asumir que probablemente este hábi- to, con el paso del tiempo, se perdió, pues existe un silencio en el lapso tan grande de 14 siglos, sin evidencias de su práctica, hasta que se inicia el intercambio de taba- co y el uso de las pipas entre los indígenas americanos y los exploradores, marineros y colonos europeos a lo largo del litoral orien- tal de las Américas (Mcguire 1899; Wagner 2000; Adair 2000 y Von Gernet 2000). Según algunos autores, la primera refe- rencia indiscutible del fumar en pipa de 1535-1536, se debe al explorador francés Jacques Cartier, y se refiere al hábito co- piado de los indios americanos (Von Gernet 2000:59); al mismo tiempo, todo parece indicar que la fabricación de pipas en Lon- dres, debió haber empezado alrededor de 1570, para luego pasar a Francia y Holanda (Ayton 1984:4), y que el uso comercial del tabaco se inició en los primeros años del siglo XVII (Winter 2000:362).
El hábito de fumar en las Antillas se- gún los cronistas
Según dejaron recogido los cronistas en sus múltiples escritos sobre el tema, el consu-
mo del tabaco entre los aborígenes no solo era cotidiano, sino que no existía ningún tipo de regulaciones para esta actividad, la cual se podía realizar acompañando cual- quier tipo de labor, en horarios diversos y tanto por mujeres como por hombres. Los reportes del Almirante Cristóbal Colón, el día 6 de noviembre de 1492, durante su primer viaje, son bastante ilustrativos, al relacionar en su diario, cómo dos de sus exploradores, Rodrigo de Jerez y Luis de Torres, relatan haber encontrado en los ca- minos habitantes de la isla que portaban un mosquete, al cual se le prendía fuego por un extremo con el objetivo de inhalar el aroma en forma de humo (Colón, 1961). Sin lugar a dudas, por lo novedoso, inte- resante y agradable al olfato, esta fue una práctica que no pasó inadvertida para nin- guno de los visitantes extranjeros llegados del continente europeo e incluso del afri- cano. La existencia de un recurso vegetal del cual todos hacían uso, sin distinción de sexo y lugar, y que entre otras cualidades evitaba el cansancio, quedó recogido en va- rios de los escritos legados por los más im- portantes cronistas de la época.
De esta manera quedó para la posteridad la evocación al hábito de consumir la hoja de tabaco en forma de puro, costumbre que aún se conserva a pesar de las campañas publicitarias que aluden a sus efectos no- civos para la salud, tanto del que lo dis- fruta consumiéndolo, como de los que se encuentran a su alrededor.
el uso de las pipas en Las Antillas
Es sabido que las crónicas no recogen nin- guna referencia al uso de pipas en las po- blaciones precolombinas antillanas, aunque sí se consigna el uso de un aditamento a modo de canutillo para fumar, así lo indica el arqueólogo dominicano Bernardo Vega, al comentar el criterio del cronista Bernabé Cobo, misionero español que vivió en estos lares entre 1582 y 1657, sobre el hábito de inhalar humo de plantas:
“la costumbre se les pegó a los españoles de los indios de la isla Española en la cual los caciques y más principales usaban tomarlo
de esta manera: metían sus hojas después de secas y curadas en unos palillos huecos curiosamente labrados para este efecto y encendíanlo por una parte y por otra bebían el humo” (Vega 1982:24).
De esta manera en Las Antillas, de las pi- pas o cachimbas (ver nota 1) para el consu- mo del tabaco, se ha escrito relativamente poco, todo parece indicar que fue una ac- tividad que por varias razones pasó inad- vertida para los cronistas. Probablemente, en primer lugar, por sus reglas restrictivas a solo un grupo de elegidos “los caciques y más principales”, según el cronista Cobo, lo que favoreció el hecho de que no llegaran a conocerlo. Un segundo argumento podría ser, que su manipulación se iniciaba en los mismos instantes en que se produce la in- vasión de los pueblos de América por los europeos, como pudieran sugerir las esca- sas evidencias arqueológicas de que se dis- pone al respecto.
Existen evidencias que parecen indicar una marcada influencia continental, en las ce-
remonias y costumbres de los pueblos an- tillanos, como son el juego de batey, las plazas ceremoniales, los cinturones y codos líticos (Ekholm 1946: 596; Alegría 1951: 348; Stern 1950: 32 y Rouse 1953: 197), entonces se puede considerar que este há- bito también pudo haber llegado a las islas desde los pueblos continentales y en es- pecial de los mesoamericanos (González y Fernández, 2017).
Son conocidos los diversos aditamentos utilizados para fumar con pipa en un área tan extensa que abarca desde Canadá has- ta Suramérica -México, Colombia, Venezue- la, Brasil, Perú y Chile por solo mencionar algunos- donde se emplearon artefactos ci- líndricos, de plataforma y de codo (Figura 2). Hasta la década de los ´70 de la pa- sada centuria, fueron pocos los estudiosos que de manera tangencial se vincularon al tema, convencidos de que esta práctica era totalmente desconocida para los pueblos aborígenes del área antillana, además de la aparente ausencia de sus ejemplares en el registro arqueológico.
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Las evidencias arqueológicas
Las primeras evidencias arqueológicas conocidas sobre este hábito en la Isla de Cuba, aparecen reportadas con alto nivel de incertidumbre, hacia las primeras décadas de la pasada centuria en los volúmenes His- toria de la Arqueología Indocubana (Ortiz, 1935) y Archaeology in the Maniabon hills,
Cuba (Rouse, 1942). En el primero de los
textos Ortiz refiere el reporte del hallazgo de una pipa hacia 1902 por el investigador Fernando García y Grave de Peralta (1938) señalando que ponía en duda su proceden- cia india “por no haberse usado las pipas
de esa forma por los indios cubanos”, (Ortiz
1935:105).
En la monografía de Rouse (1942), antes mencionada, se muestra la foto de un hor- nillo cerámico rescatado en el sitio Varela 3, de Banes en la provincia de Holguín corres- pondiente a los grupos agricultores (Figura 4b), sin aclarar el posible origen de esta. Ya en los años setenta del siglo XX se pro- duce un nuevo reporte de pipas para las islas de Las Antillas Mayores, en los cua- dernos del Centro Dominicano de Investi- gaciones Antropológicas (CENDIA). La no-
ticia fue dada a conocer por el arqueólogo Marcio Veloz Maggiolo (s/f) en la que hace mención a tres ejemplares, dos de Repúbli- ca Dominicana y el tercero de Puerto Rico, todos confeccionados en cerámica, de muy buena factura.
Los especímenes dominicanos fueron en- contrados por él, el primero en el sitio La Caribe de la provincia María Trinidad Sán- chez, y el segundo, probablemente del ya- cimiento Andrés en Boca Chica; el tercero fue recuperado en Arecibo y pertenece a la colección del capitán Salvador López de Azua, que se encuentra en el Museo del In- dio Americano en aquel entonces en Nueva York (Veloz s/f).
Según la descripción de los ejemplares do- minicanos, ambos se modelaron en barro, son acodados con decoraciones incisas en el hornillo o cazoleta, y poseen un orificio para empalmarles el palote. La pipa de La Caribe tiene forma de embudo, mientras que la segunda es totalmente cilíndrica (Fi- guras 3c y 3d). Sin embargo, la puertorri- queña aun cuando es acodada, fue mode- lada como un rostro zoomorfo cuya boca es alargada y hace la función de palote (Veloz s/f) (Figura 3f).
Figura 3. Sitios: (a) Guanabacoa y (b) Varela 3 (Modificadas de García 1938 y Rouse, 1942), Cuba; (c) Andrés, (d) La Caribe y (e) Caño Hondo, República Dominicana; (f) Are-
cibo y (g) residuario desconocido, Puerto Rico [(c, d y f) modificadas de Veloz, s/f ; (e) foto de los autores y (g) tomada de Internet]
Durante los primeros años del nuevo mi- lenio en el sitio web eBay se proponía la venta de una pipa de piedra de los indíge- nas Taínos de Puerto Rico, sin que se ofre- ciese mayor información (Figura 3g). Este ejemplar, a diferencia de los anteriores y particularmente del ya conocido de esta isla es lítico del tipo acodado, esculpido en una sola pieza con una representación de rostro y cuerpo antropozoomorfa.
Por otra parte, revisando la amplia colec- ción privada del Sr. Reynaldo de León, pro- pietario del Hotel Paraíso Caño Hondo de Sabana de la Mar en la Provincia de Hato Mayor de la República Dominicana en 2007, se encontró otro espécimen de cazoleta de barro; la pieza de tipo acodado fue recolec- tada en un yacimiento cercano a la Bahía de San Lorenzo (Figura 3e).
Es oportuno aclarar que la generalidad de los ejemplares antillanos en estudio, se han colectado en la superficie de los sitios ar- queológicos o en sus alrededores y no en
niveles estratigráficos; además, el análisis comparativo entre los artefactos cubanos y dominicanos permite observar que existe una extraordinaria analogía morfométrica entre la pieza rescatada en el yacimiento Varela 3 (3b) y la reportada como localiza- da probablemente en el sitio Andrés (3c). Ambas fueron elaboradas en barro, de tipo acodado, sus hornillos son de forma acam- panada, y solo los diferencia que el segun- do está decorado con incisiones.
Hace tan solo unos meses un equipo de tra- bajo de la Sociedad Arqueológica Cacique Hatuey y el Gabinete de Arqueología de Baracoa, junto a especialistas del Proyecto Comunitario Miradas de la Pre Historia, en- cabezado por el Lic. Roberto Ordúñez Fer- nández, durante los trabajos de exploración en la zona de Cayo Boruco en Boma, Ba- racoa, localizaron en superficie un valioso ejemplar de pipa a todas luces de factu- ra aborigen por los diseños que la adornan (Figura 4) (Roberto Ordúñez, Comunicación personal 7 de agosto, 2019).
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En Cuba en las últimas décadas se han lo- calizado algunos ejemplares de hornillos o cazoletas de pipas, elaborados en cerámi- ca con una decoración incisa de puntos y líneas diagonales paralelas al borde o sin ellas; las piezas aparecieron en un registro típico de yacimientos de resistencia escla- va o de cimarronaje (González 2005:59). Los sitios arqueológicos de los hallazgos se localizan en las provincias de Pinar del Río y Artemisa, las más occidentales del país y en donde hasta la fecha se asume que no se asentaron permanentemente los grupos agricultores de extracción arauca, los que según las evidencias actuales sí poblaron los territorios de la vecina provincia La Ha- bana.
Todos los hornillos morfométricamente guardan algunas similitudes, pues son tipo- lógicamente de codo; tres están formados por la unión hacia el centro de dos conos, el inferior invertido y el superior truncado (5b, c y e); mientras que la cuarta cazoleta (5f) es prácticamente cilíndrica, pero el pa- lote y el borde inferior se fabricaron con un ángulo inclinado ligeramente hacia arriba. Por su parte, los otros dos ejemplares (5a y d) son de calderillos en forma casi cilíndrica y están decorados con líneas incisas finas superficiales secuenciales, manteniendo la simetría y el ritmo de los complejos diseños ejecutados.
Figura 5. Ejemplares de pipas confeccionados en cerámica. Sitios: (a) Cimarrones del Guachinango, (b) y (c) Cafetal Angerona, (d) Hoyo de los Ruiseñores, (e) Cueva de La Iglesia y (f) Solapa del Viejo I y II, Cuba [(a) foto de los autores; (b, c, d, e y f modifica-
La observación detenida y acuciosa de es- tos ejemplares o sus fotografías (Figura 5) permite reconocer la diferencia sustancial que existe en la morfología, técnicas de fa- bricación y la decoración con los ejemplares antes descritos, por lo que se puede esta- blecer que su procedencia no es la misma o es el resultado del proceso de descomposi- ción de la estructura social a que se vieron sometidos los pobladores de las islas, o a la reconocida transculturación durante el pe- riodo de asimilación de los nuevos patrones culturales impuestos por los recién llega- dos, tanto europeos como africanos.
Los resultados del análisis anterior y de esta investigación permiten recomendar el estudio de estos ejemplares de hornillos de supuesto origen esclavo o cimarrón, no se debe obviar que al igual que los esclavos africanos, numerosos aborígenes fueron desplazados a occidente de manera forzada por el proceso de conquista y colonización, lo cual, como bien se conoce, permitió la transmisión de saberes y el intercambio de bienes entre los grupos explotados.
Cómo encaminar los estudios
En la muestra en estudio, las pipas recu- peradas en Puerto Rico, R. Dominicana y Cuba, se revelan como un rico material de investigación, dentro del cual las cubanas mantienen un interés similar a las de las restantes islas, por su significación relacio- nada con un hábito o costumbre introdu- cido o experimentado en las Antillas, que como otros, pasó inadvertido para los con- quistadores europeos, y por ello no exis- te referencia documentada en las Crónicas mayores o menores.
No hay que olvidar que en los últimos tiem- pos, tanto en el país como en el extranjero, han cobrado fuerza los estudios arqueobo- tánicos incorporando las técnicas químicas de espectrometría, cromatografía de gases
duos adheridos vinculados al acto de fumar en pipas, se han realizado con muy buenos resultados en sitios arqueológicos de Chile, en los Estados Unidos de Norteamérica y Argentina, los que permiten la confirmación del consumo de especies de plantas cono- cidas para estos fines y otras que evidente- mente se emplearon para este u otros usos pero utilizando el implemento que nos ocu- pa (Fernández 1980, Adair, 2000, Wagner 2000, Planella et al. 2000 y 2012, Cappare- lli et al. 2006, Andreoni 2010).
En este sentido cobra mayor relevancia una investigación que intente, no solo identifi- car las especies botánicas que se utilizaron, sino que facilite reconstruir un fenómeno social totalmente desconocido hasta la fe- cha, y que permita acercarnos desde otra perspectiva a los hábitos y tradiciones de los grupos del tronco lingüístico arauaco o de ascendencia africana que poblaron las Antillas Mayores. Los análisis de los micro- rrestos y residuos adheridos en los ejem- plares permitirán conocer si estas pipas fueron empleadas para consumir más de una especie vegetal y no específicamente Nicotiana sp. como se asume históricamen- te. Los análisis con termoluminiscencia per- mitirían un acercamiento cronológico a este fenómeno y discernir, sin temor a equivo- cación, no solo la paternidad de los objetos analizados, sino la antigüedad en el país de este nocivo hábito que ha trascendido a la actualidad.
COnCLUSiOneS
• La evidencia arqueológica de consumo