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3 EL CONOCIMIENTO TECNOLÓGICO

3.5 CUERPOS INTELIGENTES

Entre los Wayana de Amapá, el conocimiento técnico necesario para la fabricación de cestos es designado por la palabra "tuwaré", que significa "saber" o "conocer": un conocimiento cuya base está en los ojos (Van Velthem 2005: 221). Es bastante común encontrar en el contexto amazónico interpretaciones que sitúan el raciocinio fuera del cerebro, ya sea atribuyéndolo a algún otro órgano en concreto o bien entendiéndolo como una función que performa el cuerpo en tanto que totalidad (e.g Surrallés 2003b, Karadimas 2005). Debe señalarse que esa perspectiva amazónica sobre el “conocimiento incorporado” no alude a una simple memoria motriz (como podría ser la automatización de movimientos a la que llegan los músicos profesionales), sino a una percepción del organismo en tanto que substancia pensante69.

Ello contrasta netamente con la separación cartesiana de la mente y el cuerpo, ya que reclama la necesidad de describir un “cogito más vivo” (Calavia 2008: 14). Esta forma sociocultural amazónica entronca con una crítica de cierta trascendencia filosófica. En sus Investigaciones Filosóficas, Wittgenstein (1984) hacía una crítica de la tendencia a situar el pensamiento en la interioridad de la cabeza. Desde esta perspectiva, tanto la idea de “mente” como la idea de “cuerpo” son abstracciones lingüísticas que pertenecen a una misma dimensión, y a efectos analíticos resulta erróneo tomarlos como referentes de la interioridad y la exterioridad. La superación de ese cartesianismo ha sido para la filosofía y la psicología (y para el conjunto de las ciencias neuro-cognitivas), de considerable importancia, puesto que ha permitido entender que otras partes del cuerpo humano, además del cerebro, operan como “instrumentos de la mente” (ver: Rodríguez Sutil 1993).

Entre los ribereños, esa percepción amazónica del cuerpo como substancia pensante se expresa con un uso local y específico de la idea de inteligencia. Nótese que la idea del “intelecto” proviene justamente del pensamiento racionalista occidental, pero como ocurre con el término de teoría, se emplea con un sentido distinto,

69 Joanna Overing (2007), por ejemplo, explica como entre los Piaroa se entiende que los pensamientos circulan por el torrente sanguíneo, proveiendo a cada órgano de una inteligencia específica; ello es, según la autora, una muestra de que en el context amazónico “el lado físico del intelecto es importante” (2007: 20).

contextualizado. Desde un plano comparativo, lo que destaca es que los ribereños con frecuencia usan el término inteligencia no para referirse a una capacidad psicológica orientada a la resolución de problemas, sino en alusión a alguna habilidad física.

Una tarde de septiembre, casi todos los miembros de la comunidad quilombola de Varrevento formaron un amplio corro en el suelo, y empezaron a pelar los tubérculos de mandioca que se amontonaban en el centro del círculo. La actividad de

cascar mandioca, como ellos le llaman al acto de pelar ese tubérculo, era relativamente

sencillo: primero se cortan las puntas con dos certeros machetazos, y luego se raspa la dura piel de la mandioca, para lo cual se utiliza el cascador, algo parecido a un rústico pelapatatas.

Las horas transcurrían pero los quilombolas, sentados en el suelo o sobre alguna tela, no parecían sentirse fatigados. Apenas cambiaban de posición. Prácticamente no había ni un segundo en el que no estuvieran realizando esa tarea con precisión y soltura. Tras el fin de algún chiste o comentario, había unos segundos de silencio durante los que sólo se escuchaba la fricción sincopada del metal sobre la mandioca. Yo, que trataba de colaborar, me sentía incómodo y lento. En el tiempo que empleaba para pelar un tubérculo, cualquiera de los otros había cascado dos o tres. Después de unas cuatro horas un joven comentó (al principio creí que irónicamente) que yo pelaba muy rápido. Algunas personas levantaron la cabeza y me observaron durante unos segundos. Yo hice notar que en realidad mi ritmo era tres o cuatro veces inferior al de los demás. Entonces el joven insistió en que yo había aprendido rápido. Los otros se concentraron en mis manos, que en ese momento aún se ralentizaron más, cuando el joven, como si no sólo quisiera convencerme a mí, sino también a los demás, añadió:

Eso que digo es serio. Yo pienso que los españoles son inteligentes. Yo he visto que tú llevas aquí unas semanas y en esos días has aprendido a remar y a pelar mandioca. Como nosotros.

En realidad, el hecho en sí de pelar mandioca, más allá de que requiere haber trabajado un cierto “esquema corporal” para resistir varias horas realizando esa labor en el suelo (Centlivres 1983: 90), no entraña ninguna dificultad técnica. Pero lo destacable es que ellos puedan considerar “inteligente” a alguien que ha aprendido a remar y a pelar mandioca, ya que eso da una idea muy poco “cerebral” del intelecto. En este caso el neófito no interioriza mentalmente unas normas y representaciones,

sino que adquiere un "conocimiento corporal" (Ingold 2000: 416).

En otra ocasión me encontraba observando a Danilo, un niño de unos 10 años, que estaba en el ponte, a la orilla del río, limpiando el pescado que él y su padre habían obtenido por la mañana. A “limpiar pescado” los ribereños le llaman, generalmente:

cuidar o peixe. Aunque ese cuidar o peixe no es una actividad puramente física (porque

existe un saber acerca de cómo hacerlo, teniendo en cuenta, además, que para el cuidado de cada especie se requieren unos cortes y un tratamiento general diferente), el buen desempeño de dicha tarea depende de la adquisición de una cierta destreza manual. A los pocos minutos de observar a Danilo escuché una voz que, desde mis espaldas, proclamaba: ¡él es muy inteligente! Era su padre, que se encontraba unos metros más arriba. Cuando dirigí de nuevo mi atención hacia Danilo, éste parecía haber escuchado el comentario de su padre, y ahora proseguía su tarea con mayor velocidad: la manos del niño se movían con rapidez, manejaban con precisión el cuchillo que raspaba las escamas, cortaba aletas peligrosas, destripaba y diseccionaba el pescado de manera que quedase en óptimas condiciones para ser cocinado.

Este tipo de alusión a una “inteligencia” más física que intelectiva es evocada en diversas situaciones. Es frecuente, por ejemplo, que los cazadores o agricultores expresen que ellos tienen una inteligencia para la selva. Normalmente se refieren a alguna habilidad como saber orientarse, tener agilidad para sortear obstáculos naturales, detectar los animales visual, olfativa o auditivamente, etc. Además de ser eminentemente físicas, estas habilidades o formatos de su inteligencia tienen un carácter bastante específico, casi siempre asociado al contexto de selva. Así lo expresaba un hombre del Zé Açú:

Para trabajar como peón todo el mundo tiene ojos y brazos. Pero para la selva hay que saber trabajar. Hay que saber y ser inteligente. En la mata no sabe andar uno sin un cuerpo con experiencia. Pero tal vez ése no sabe cómo arreglar un motor ¿No es cierto?

La especificidad contextual de esa inteligencia corporal se suele evocar como argumento que explica, por un lado, su grado sofisticación técnica en los trabajos referentes a las actividades tradicionales desempeñadas en la selva, y por otro lado, refleja su inseguridad ante tareas cuya lógica y metodología provienen de entornos más modernizados. La escritura es uno de los casos en que mejor se observa la percepción de la dificultad en las técnicas corporales procedentes de fuera. Es habitual

que los ribereños, incluso cuando han sido alfabetizados, admiren la velocidad y la precisión con la que escriben los extranjeros. Las miradas atentas y sorprendidas de niños y adultos fueron una constante, por ejemplo, cuando escribía en mi diario de campo durante las primeras semanas de convivencia. Por otro lado, esta falta de habituación a las técnicas de escritura puede expresarse como consecuencia de la inoperatividad de sus cuerpos ante instrumentos y materiales con los que no están familiarizados. Así se expresó Regina, una ribeirinha, en relación a la capacidad de escritura de su padre:

Mi padre era inteligente. Nos crío sin nada, en la selva misma. Mi padre no sabía leer ni escribir. Si le ponías un bolígrafo y un papel delante no sabía qué hacer con ello. Ahora, si tú le dabas un cuchillo y un trozo de madera, ¡ahí sí que sabía escribir!

En este comentario la incapacidad para escribir con bolígrafo sobre papel no se atribuyó tanto a una falta de conocimiento como a una incompatibilidad entre unas habilidades motrices culturalmente adquiridas y unos materiales e instrumentos para los que ese cuerpo no está preparado. Aunque la capacidad de escritura es trasladable a cualquier tipo de superficie, en este caso quedó asociada a unos materiales concretos. No obstante, cabe remarcar que la gran mayoría de los ribereños sí son capaces de abstraer la escritura como un conocimiento independiente del contexto, los materiales o los instrumentos que se empleen. Sin embargo, lo que resulta significativo de este comentario es que, al igual de cómo sucede con muchas otras referencias a habilidades físicas, sitúa la inteligencia en el plano de unas técnicas corporales que, más que obedecer a universales cognitivos, son entendidas como “saberes” que orientan la interacción física de los ribereños con su entorno.