3 EL CONOCIMIENTO TECNOLÓGICO
4. LA MODERNIZACIÓN TECNOLÓGICA
4.6. LA COMUNICACIÓN COMO PREFERENCIA TECNOLÓGICA
El problema de las motosierras y la tala de árboles indican que las poblaciones tradicionales no escogen una tecnología según el criterio “adaptativo” de garantizar su seguridad alimentaria. Buena parte de la literatura etnográfica amazónica se ha basado en el criterio de adaptación para explicar los comportamientos y formas de organización humana en la selva (e.g. Meggers 1971; Hames y Vickers 1983; Morán 1993). Esa idea, además, ha estado estrechamente asociada con la adaptación del hombre al medio natural. Desde una perspectiva actual de la antropología, sin embargo, se entiende que las elecciones y estrategias tecnológicas de las sociedades amazónicas no pasan únicamente por las constricciones del mundo natural, sino por una serie de elementos, estéticos, culturales y sobretodo sociales que, sobre todo, se conjugan en una lógica relacional.
Diversos estudios se han centrado en otros parámetros por los que se rigen las preferencias tecnológicas en la amazonia, como por ejemplo los criterios estéticos (Dreyfus 1963; Kelley y Yost 1983) o de parentesco (Rival 1996)83. Este tipo de enfoques ayudan a “desnaturalizar” la vida de los pobladores amazónicos: si bien se tiende a representarlos como seres “fundidos” con una naturaleza a la que se adaptan instintivamente, la realidad es que la mayoría de las elecciones tecnológicas no tienen un carácter natural, instrumental o biológicamente adaptativo, sino social.
A lo largo del trabajo de campo pregunté a diversos locales qué insumos tecnológicos elegirían en primer lugar, si tuvieran la oportunidad de obtener alguno inmediatamente, para incorporarlos a la comunidad. La nota relevante de esas conversaciones o entrevistas era que, casi siempre, el criterio de la comunicación primaba por encima de otros, como “conservación ecológica”, “salud”, “productividad”, etc. Durante un encuentro con hombres jóvenes, de entre 25 y 30 años, se demandó establecer una escala de prioridades tecnológicas y se les pidió una pequeña explicación de por qué consideraban que cada adquisición era importante. Este es un resumen de las respuestas obtenidas:
83 Entre los criterios estéticos están la fascinación que ejercen entre algunos grupos indígenas las formas, el sonido y los colores de las armas de fuego y sus municiones (Dreyfus Ibid: 29; Kelley y Yost :193-94). Entre los criterios de parentesco está el hecho de que un arma como una lanza nunca se emplea contra aquellos que pueden quedar dentro de una posible alianza, o la costumbre de que una cerbatana sea ampliamente compartida por los miembros de una casa (Rival 1996: 159)
1ª ordenador portátil + impresora
Esto debía desarrollar la comunidad. Decían que así podrían imprimir las invitaciones para sus fiestas y repartirlas al resto de comunidades. Afirmaban que un ordenador serviría también para otras comunidades. Cuando lo necesitaran podrían venir aquí, decían. Otras funciones que le encontraron al ordenador era la de hacer un acta de una reunión o escribir un pedido al alcalde de Oriximiná.
2ª fotocopiadora
Querían emplearla para fotocopiar los documentos de la Bolsa Familia (una ayuda institucional a las familias pobres), puesto que cada copia les costaba entre 15 y 40 céntimos. También querían fotocopiar carnés de vacunación, de trabajo, libro de familia, etc. Afirmaron que ellos trabajan con fotocopias y que por lo tanto una fotocopiadora era fundamental84.
3ª cortadora de césped
El principal uso de la cortadora sería segar los campos de fútbol, ya que por el momento tenían que hacerlo con sus machetes, agachándose, y eso era considerado
un trabajo muy ruim.
Las dos primeras opciones son justificadas en tanto que facilitadoras de la comunicación con gente de otras comunidades o con la propia institución. La tercera necesidad, la cortadora, responde a la voluntad de optimizar el terreno para su principal y “sagrado” pasatiempo: el fútbol. Tras leer esa escala de prioridades puede pensarse que no tienen problemas de alimentación, pero ello contrasta con la percepción que un observador externo puede llevarse tras un prolongado periodo de convivencia. Ello se debe en parte a que “el hambre” es una carencia mucho menos explicitada que, por ejemplo, la queja por su aislamiento, que va acompañada con frecuencia de un reclamo de tecnologías de comunicación.
El hecho de estar contacto con los parientes de la ciudad o de otras comunidades es una de las necesidades más reivindicadas por la población rural. Por
84 Esta percepción era bastante subjetiva, ya que desde un punto de vista externo no manejaban un volumen de fotocopias mayor que el de cualquier otro ciudadano (sino más bien al contrario). Poco después quedó más justificada esta “petición imaginada” por la creencia de que una máquina de fotocopias no necesitaba cargas de tinta o papel y que por lo tanto, una vez comprada, uno ya no tendría que gastar dinero. Por otro lado para algunos de ellos la necesidad de bajar a la ciudad para hacer fotocopias y trámites burocráticos era difícil y engorrosa, por lo que era comprensible su voluntad de resolver todo lo que pudieran en el contexto familiar de la comunidad.
ese motivo, cuando hay problemas con algún sistema de comunicación (ya sea por una cabina telefónica que no funciona o por una radio estropeada) no faltan las quejas al respecto. El comentario entristecido que suele acompañar esa situación (por otro lado, muy frecuente) es siempre el mismo: estamos aislados. Debe tenerse en cuenta que se trata, en su gran mayoría, de comunidades que viven en un cierto aislamiento geográfico. La implantación de sistemas de radio o de alguna cabina telefónica pudo haber reducido en su momento esa sensación de distancia con respecto a la ciudad. Pero la pérdida de esa conexión “virtual” hecho resurgir en muchos casos, y si cabe con mayor intensidad, la percepción del aislamiento. Ahora la presencia de una cabina inútil en el centro de la comunidad o de un el sistema de radio estropeado, son para muchas comunidades recordatorios de un puente tecnológico que antes los había mantenido “cerca” de la ciudad o de otras comunidades, y que ahora han perdido por su falta de posibilidades para mantenerlo o repararlo.
Una de las manifestaciones de esa importancia de la comunicación se da cuando ésta se confronta con necesidades de tipo sanitario. Una familia de la comunidad Mocambo do Ararí, por ejemplo, confesó sentir falta de un baño y también de un teléfono o un aparato de radio para comunicarse con la ciudad. Ante la pregunta de cuál de las dos necesidades les gustaría resolver con más urgencia, respondieron lo siguiente:
Ya ves, la comunicación es difícil. Para un baño, si te pones al frente y batallas al final lo consigues, ¡pero para la comunicación dependes de otros!
Este comentario revela una conciencia de la propia limitación técnica para implantar nuevos sistemas de comunicación. En el primer capítulo se hacía referencia a los sistemas “tradicionales” de comunicación, como el chismorreo. Pero éstos, aún siendo ciertamente eficaces, no ofrecen las posibilidades de las “nuevas tecnologías”, las cuales requieren materiales y conocimientos técnicos que todavía quedan lejos de su alcance. Aunque las necesidades sanitarias también son frecuentemente evocadas, en diversas ocasiones encontré que sobre éstas prevalecen las necesidades comunicativas. Durante la primera fase de trabajo de campo, con motivo de la visita de una ONG a la comunidad de Varrevento, tuve la oportunidad de observar y analizar una situación en la que dicho ordenamiento de las preferencias tecnológicas se puso por primera vez en evidencia. En este caso, además, se reveló la inconsistencia asistencial
de dicha ONG, además de una actuación posterior que podría considerarse como antropológica y hasta “éticamente” reprobable.
El 23 de octubre llegó a Varrevento una ONG de Santarém. Dos sofisticados barcos anclaron en la orilla de la comunidad y un grupo de unos 10 hombres y mujeres descendieron a tierra. Como era el Día da Criança (día del niño), los visitantes regalaron un juguetito de plástico a cada niño de Varrevento. Se desató la euforia entre la chiquillada y todos se agolparon en el barracón central para recoger su regalo. Más tarde, el médico-otorrino que dirigía la expedición pasó una inspección médica general a casi todos los miembros la comunidad. Los habitantes de Varrevento desfilaron uno a uno por una habitación de la casa principal, habilitada como consulta. Las visitas duraron unos cinco minutos, y la mayoría de quilombolas salieron de la consulta con el rostro cabizbajo y dos cajas de medicamentos en sus manos: una era un purgativo, de dosis única, para eliminar un parásito intestinal. La otra caja contenía algunas pastillas para aliviar el dolor de garganta, pues con motivo de los últimos calores del verano, todos tenían la laringe irritada.
En una conversación posterior, el médico de la ONG me explicó que él atendía sobre todo a comunidades indígenas de Santarém. Le pregunté sobre los tratamientos que había proporcionado a los quilombolas y me explicó que ambos tratamientos eran sólo una solución provisional: tanto los parásitos intestinales como el dolor de garganta venían y se iban de manera cíclica cuando se vivía en ese contexto. Incluso me explicó que si los observaba con atención podría comprobar cómo se les desinflaría la barriga y luego se les volvería a hinchar al cabo de unas semanas, una oscilación producida por la purga y posterior re-infección de ese parásito. Cuando le pregunté si existía alguna solución definitiva me dijo que no, pero que una mejora significativa sería la instalación de un sistema de lavabos con fosa séptica que substituyera su tradicional buraco o agujero (una excavación sobre la que se había puesto una placa de cemento, con un agujero en el centro, a modo de retrete). Yo le pregunté si el problema no sería que una obra así requeriría la inversión de un dinero que ellos no tenían. El médico me observó con cierto escepticismo, y luego señaló, con una mezcla sorpresa y decepción, que años atrás tuvieron dinero de una subvención y prefirieron invertirlo en un sistema de radio.
A la mañana siguiente, los barcos de la ONG se desplazaron a un lago cercano con un grupo de quilombolas que les hicieron de guías. Durante toda la mañana, el médico y sus acompañantes pescaron en las aguas de esa reserva natural y se dejaron
llevar por quilombolas que, solícitamente, se ofrecían a remar sobre las voaderas de los visitantes (unas lanchas fuera borda muy rápidas y ligeras), para que sus potentes motores no encallasen en los igarapés (riachuelos) menos profundos. Paralelamente, un grupo de mujeres marcharon en comitiva a la búsqueda de orquídeas salvajes. Desaparecieron en las selvas circundantes y regresaron más tarde, sudorosas y sonrientes, con diversos tallos de orquídea, que iban a llevar a sus casas de Santarém. La mañana transcurrió agitada en el lago. Los gritos de euforia de los acompañantes del médico se desataron cuando uno de ellos sacó del agua un tucunaré de 6 quilos. Era el campeón de ese concurso no anunciado. La visita de la ONG concluyó con el grupo ya reunido en los dos modernos barcos, unas horas más tarde, cuando ya habían llenado unas neveras de corcho con más de 100 kilos de pescado fresco que llevarse a sus casas.
Desde el inicio de la colonización hispano-lusitana, los nativos fueron empleados como remeros por los invasores (Prado Junior 1997: 91). Partiendo de ese dato, y resituándonos en el momento actual, la escena de unos quilombolas remando bajo el sol para unos visitantes resguardados bajo sus sombreros de explorador y aferrados a sus sofisticados utensilios de pesca, ya da la imagen de una patética continuidad histórica. Pero más allá de esa observación y de que el balance total de la visita de la ONG fuera en claro beneficio material de los visitantes (si se tiene en cuenta la cantidad de pescado y orquídeas que se llevaron), la parte más “contraproducente” de esa interacción, desde un punto de vista antropológico, se sitúa en otro plano.
Tras la visita del médico, los quilombolas habían asumido su enfermedad con desasosiego y expresaban, aferrando las cajas de fármacos en sus manos, que era lo de siempre, y que luego volverían a tener el mismo problema. Una mujer se negaba a reconocer que su hijo tenía parásitos intestinales, y sin embargo no renunciaba a darle ese medicamento purgativo. Ahora todos habían confirmado que tanto esas diarreas intermitentes como las molestias en la garganta constituían un problema desde un punto de vista médico: tenían una enfermedad para la que existía un remedio farmacológico. El problema era que se trataba de una solución provisional. En pocas semanas ya nadie dispondría de la medicación para tratar de nuevo sus parásitos o su laringitis, y comprar esos fármacos en la ciudad era, para ellos, económicamente
imposible85. Por otro lado, en el mejor de los casos, la ONG tardaría al menos un año en regresar. Además, tras la visita del médico la conciencia de su “problema” era mucho mayor. Durante aquella interacción con el otorrino se había producido un aprendizaje de cómo identificar las propias sensaciones mórbidas, dolores o malestares que antes no habían sido constatados con palabras técnicas, ni reforzados por la transmisión de “categorías corporales” de médico a paciente (Boltanski 1975: 37).
La preocupación ante la inminente falta de medicamentos surgió a los pocos días de aquella visita. En diversas ocasiones tuve la oportunidad de comentar con ellos la posibilidad de instalar un sistema de sanitarios y fosa séptica. Algunos, no obstante, bromeaban, comentaban que ya estaban contentos con su agujero porque era de diseño
chino, ironizando sobre su escasa sofisticación. Pero la mayoría me observaban
silenciosos a los ojos, como buscando algún signo que les indicara cuál era la respuesta correcta, y después respondían con un solemne y recién asumido convencimiento: el
sistema de fosa séptica se va a hacer. Se va ha hacer, sí.
Parecía que la nueva y medicalizada conciencia de sus problemas intestinales había supuesto un cambio de sus preferencias tecnológicas, entre las que ahora se situarían, en primer lugar, las instalaciones sanitarias. Sin embargo, los propios hechos, más tarde, volvieron a confirmar que el estar en contacto, es decir, sus posibilidades de relacionarse seguían al frente de su orden de prioridades tecnológicas: cuando regresé dos años y medio más tarde, me pidieron dinero para reparar el sistema de radio, que se les había estropeado. Lo más urgente para los quilombolas era arreglar su sistema de comunicación, y no me pidieron dinero para otras necesidades que yo podía detectar (gafas para algunos miembros de la comunidad, dinero para comida o para comprar machetes, sandalias u otros materiales visiblemente estropeados). Tampoco, por descontado, me pidieron ayuda para solventar el problema de “insalubridad” del agujero, que seguía allí, incuestionado, como si nunca hubiera sido el huésped de unos parásitos intestinales que probablemente, y por suerte, habían caído de nuevo en un psicosomático y consolador olvido.
85 Algunas comunidades disponen de una pequeña reserva de medicamentos básicos en los llamados
Postos de saúde. No obstante, aunque algunos antiparasitarios sean de distribución gratuita, pocos tienen
la posibilidad (económica, temporal e infraestructural) de descender frecuentemente a la ciudad y aprovisionarse de los medicamentos que, desde el punto de vista de un médico como el de esa ONG, serían necesarios para combatir la afecciones que se les pueden diagnosticar.