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Cuestión de interpretación

de la filosofía cristiana

1. Cuestión de interpretación

A

partir del siglo tercero, las semillas plantadas por Justino van a brotar y dar fruto. El cristianismo emprende con decisión la obra de reconciliación de la doctrina cristiana con la filosofía griega. Atrás queda, superada, no abandonada, la matriz judía. De ella toma las escrituras sagradas del Antiguo Testamento como escrituras igual­ mente sagradas de la Iglesia cristiana. Ahora le toca el turno a las escritu­ ras de las cultura helena, como vehículo contextualizador del mensaje evangélico. Los alejandrinos serán quienes afronten el reto de descubrir destellos del Evangelio en la filosofía helénica. A este y otros fines se erige en Alejandría una escuela cristiana fundada por Panteno y liderada sucesi­ vamente por Clemente (160-215), Orígenes (184-253) y Dionisio (190- 265). Esta escuela o academia, como el resto de las que existieron en la época, tenían por objeto misionar mediante la enseñanza o catcquesis de los interesados en el cristianismo. En contacto con la tradición platónica y con el pensamiento de Filón, la escuela de Alejandría desarrolló una exé- gesls biblica totalmente alegórica, con vistas a absorber toda el \dno viejo de la verdad antigua en los odres nuevos del cristianismo.

La otra escuela cristiana de catequesis, situada en el polo opuesto, es la de Antioquia, fundada seguramente por el presbítero y mártir Luciano de Samosata (muerto en 312). A ella pertenecen Diodoro de Tarso (a quien Parrar considera su fundador), Firmiliano de Cesárea y Metodio de Olimpo. Esta escuela vive de la tradición aristotélica, aunque pronto aban­ donó la especulación filosófica para atenerse casi exclusivamente a la exé- gesis gramatical e histórica de los textos sagrados, sin concesiones a la alegoría y el simbolismo, todo lo contrario a sus hermanos de Alejandría, con los que van a mantener una rivalidad critica.

INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA

Sus dos discípulos más ilustres son Teodoro de Mopsuestia (350-428) y Juan Crisòstomo (344-407). El primero mantenía puntos de \^sta más bien liberales respecto a la Escritura, mientras que Juan la consideraba en todas sus partes como infalible Palabra de Dios. La exégesis del primero fue intelectual y dogmática, la del segundo más espiritual y práctica. El primero fue famoso como crítico bíblico e intérprete; el segundo como elocuente predicador. Ambos estaban de acuerdo en determinar ante todo el sentido original del texto bíblico. No sólo atribuyeron gran valor al sentido literal de la Biblia, sino que conscientemente repudiaron el méto­ do alegórico de interpretación practicado por sus hermanos alejandrinos.

Teodoro de Mopsuestia llegó a negar la inspiración divina de algunos de los libros sagrados, llevado de su rigor literalista e histórico-gramatical, y que le convierte en el precursor de la crítica racionalista, lo que nos pone sobre aviso sobre el énfasis excesivo en la “letra”.

Por otra parte, y como segundo descalabro, Luciano fue el maestro de Arrio, unciendo esta escuela, involuntariamente, a la hierejia antitrinitaria. Es curioso reparar aquí en otra coincidencia de carácter histórico, cuando a un método semejante le siguió un resultado parecido. Como es sabido fos reformadores protestantes rechazaron por completo la interpretación alegórica de la Biblia. La tenían, con razón, como demasiado subjetiva e incontrolable. Con el paso del tiempo y a medida que disminuía el fervor religioso y aumentaba el rigor académico, la teología bíblica derivó en una progresiva racionalización sin vida, que abocó en el unitarismo doctrinal y el formalismo ético, desafiados en su tiempo por el pietismo luterano y el avivamiento de Whitefield y Wesley.

Ciertamente el método alegórico llegó a caer —como toda producción humana en virtud de la inercia y la pereza— en las extravagancias más absurdas y tendenciosas; la restauración del verdadero cristianismo pro­ pugnado por la Reforma pasaba por desterrar de la Iglesia la fantasía alegorista. Pero, como siempre ocurre en los movimientos de reacción, un extremo llevó a otro. El horror al alegorismo condujo a la reducción de la teología y su disolución en pura filología, exégesis bíblica literalista y medrosa. Durante siglos la teología protestante ha venido consistiendo en detalle filológico, recopilación y sistematización de textos bíblicos escogi­ dos de acuerdo a las inclinaciones intelectuales y confesionales de sus

Alejandría, laprimeraescueladefilosofíacristiana

autores. La alta y baja critica, la crítica de las formas, as! como sus enemi­ gos, operaban bajo el falso criterio de que la sola letra constituía el todo de la revelación de Dios. La Reforma, indudablemente, contribuyó al avance del estudio exegético, histórico y objetivo de la Biblia, con una fiabilidad de resultados nunca antes conocida; con todo es preciso reivindicar hoy el método alegórico-espiritual con fines edificantes y pastorales, para no caer en un menosprecio de ciertos libros de la Biblia. Los interesados en la problemática planteada por las diferentes manera de interpretar la Bi­ blia harán bien en consultar la extensa y documentada obra de José M. Martínez, Hermenéutica bíblica (CUE, 1985).

San Agustín, que concedió mucha importancia al estudio de las Escri­ turas, pues ellas proporcionan la sabiduría y la fuerza espiritual que fabrica y gobierna el mundo, y empleó legítimamente el método alegórico, no era tan incauto e ignorante como para no reconocer que la interpretación alegórica podía prestarse a muchos abusos. Y b mismo que decimos de él se puede extender al resto. Agustín distingue con claridad varios tipos de alegoría; 1) alegoría de la historia, 2) alegoría de los hechos, 3) alegoría de las palabras y 4) alegoría de los signos (De la verdadera religión, L, 98).

B método alegórico nunca fue utilizado de forma única y exclusiva, a expensas de más seguros principios de exégesis e interpretación. De he­ cho, los autores patristicos elaboraron una detallada y compleja teoría hermenéutica. Antes que la alegoría, admite Agustín, pusieron la historia, pues la Biblia es a todas luces un libro eminentemente histórico. También están las verdades que se pueden descubrir por la luz de la razón y aquellas que se deben aceptar por fe, sin más. Hay verdades espirituales y verda­ des históricas. Por otro lado, y abarcando todo, hay los diferentes géneros y estilos literarios, a los que es preciso aplicarse con inteligencia y estudio.

Según Agustin, la tradición, es decir, la corriente de pensamiento que le precede y que se transmite como legado generación tras generación, propone a quienes desean conocer las Escrituras cuatro tipos de interpre- tactón: según la historia, la etiología, la anlogía y, por último, la alegoría.

La interpretación es “histórica” cuando se explica lo que está escrito o lo que ha sucedido y lo que, sin haber sucedido, ha sido escrito simplemen­ te como si hubiera pasebo. La exégesis "etiológica” cuando muestra la causa de un hecho o de una palabra. Es “analógica” cuando demuestra

INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA

que no hay contradicción entre ambos Testamentos, el Antiguo y el Nue­ vo; y es “alegórica” cuando señala que ciertos pasajes no han de ser enten­ didos al pie de la letra, sino de modo figurado (La utilidad de creer III, 5)-

Tenemos que hacer una distinción entre las cosas que debemos conocer por el testimonio de la historia, las que debemos descubrir con la luz de la razón y lo que hemos de guardar en la memoria y creer sin saber si son verdad; hay que indagar dónde se halla la verdad que no viene y pasa sino que permanece siempre idéntica a si misma, y cuál es el método para interpretar las alegorías que la Sabiduría de Dios ha revelado, según creemos, por medio del Espíritu Santo. Veamos si basta con interpretar alegó­ ricamente los acontecimientos sensibles antiguos a la luz de los más recientes o han que extender la alegoría a las pasiones y naturaleza del alma y hasta a la inmutable eternidad. ¿Significan algunas cosas hechos visibles, otras movimientos espirituales, otras la ley de la eternidad? ¿Todas estas cosas están contenidas en unas pocas que pueden ser estudiadas? Tenemos que descubrir cuál sea la verdadera fe, sea la histórica y temporal, sea la espiri­ tual y eterna, a la cual debe ajustarse toda interpretación de la autoridad; es preciso examinar en qué medida la fe en las cosas temporales es útil para entender y conseguir las eternas, porque allí está el fin de las buenas acciones, y hay que hallar la diferencia que existe entre la alegoría de la historia, la alegoría de los hechos, la alegoría de las palabras y la alegoría de los signos sagrados; y cómo el estilo de las mismas Sagradas Escrituras debe interpre­ tarse según la propiedad de cada lengua —cada lengua tiene, en efecto, sus modismos propios, que, si se tradu­ cen al pie de la letra, parecen absurdos—; y para qué sir­ ve tanta desnudez de estilo, que nos habla en las Escritu­ ras Santas no sólo de la “ira de Dios", de su “tristeza", del “despertar de su suefio", de su "memoria" y de su “olvi­

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do” y de otras cosas que pueden aplicarse a los hombres buenos, sino también del “arrepentimiento", del “celo", de la "crápula” y de otras expresiones por el estilo. Debe­ mos Inuestigar si los ojos de Dios, sus manos, sus pies y otros miembros del cuerpo, mencionados en las Escritu­ ras, se deben interpretar en el sentido de la forma que tienen en el cuerpo humano o se trata de metáforas para significar facultades intelectuales y espirituales, así como cuando se habla de casco, de escudo, de espada, de cintu­

rón y otras cosos por el estilo. Y se ha de Investigar, sobre todo, qué tiene de provecho para el género humano el que la divina Providencia nos haya hablado de este modo, a través de criaturas racionales, fecundas, corporales, puestas a su servicio. Cuando se conoce todo esto, des­ aparecen todas las presunciones infantiles y se abraza la sacrosanta religión (De la verdadera religión L, 99).