de la filosofía cristiana
8. La idea del cristianismo según la filosofía de Hegel
El fundamento de la filosofía cristiana consiste en que la conciencia de la uerdad, la conciencia de Dios como Espí ritu en y para sí despierte en el hombre mismo y en que el hombre sienta la necesidad de ser copartícipe de esta uerdad.
El hombre debe ser capaz de comprender que esta uer dad existe para él; y debe además estar conuencido de esta posibilidad. Tales son el postulado y la necesidad absolutos; es necesario llegar a formarse la conciencia de que esto y sólo esto es la uerdad.
El primer interés con que nos encontramos en la reli gión cristiana es, por tanto, el de que el contenido de la
idea se le reuele al hombre; dicho en términos más preci sos, que el hombre adquiera conciencia de la unidad de la
INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA
naturaleza dluina y la naturaleza humana, de una parte, como unidad que es en sí y de otra parte, en la realidad en cuanto culto. La vida cristiana consiste en que la cús pide de la subjetividad se halle familiarizada con esta Idea, en que se apele al Individuo mismo y se le considere dig no de llegar a esta unidad, digno de que more en él el espíritu divino, la gracia, como se llama.
La teoría de la reconciliación consiste, pues, en que se tenga conciencia de Dios como formando una unidad ar mónica con el universo; es decir, en que Dios, como en la filosofía neoplatónica, se particularice y no permanezca como abstracto. V de lo particular no forma parte la natu raleza exterior solamente, sino el universo en general; y lo que, sobre todo, tiene que saberse en Dios es en la individualidad humana. El interés del sujeto mismo entra también en esta órbita y desempeña aquí el papel esen cial, para que Dios puede realizarse y se realice en la con ciencia de los individuos, que son espíritu y libres en sí; de tal modo que los Individuos lleven a cabo en sí mismos, a través de este proceso, aquella reconciliación y realicen su libertad; es decir, para que lleguen a la conciencia del cielo sobre la tierra, de la elevación del hombre a Dios.
El verdadero mundo intelectual no es, por tanto, el más allá, sino que de él forma parte, como uno de sus elemen tos, lo finito, sin que sea posible trazar una línea divisoria entre el más allá y el más acá. Lo esencialmente concreto, por lo que a la Idea absoluta se refiere, es saber lo secular, lo otro en Dios como algo divino en sí como algo general, como el mundo Intelectual, como lo que tiene sus raíces en Dios, pero solamente eso: sus raíces. El hombre vive en Dios solamente en su verdad, pero no en su Inmediativí- dad. Por eso, esta doctrina no es lo que llamamos panteís mo, ya que esto deja subsistente lo inmediato, tal y como es. El proceso de la reconciliación tiene que ser llevado a cabo después por el hombre mismo y dentro de sí, para
Alejandría, laprimeraescueladehlosofIacristiana
poder llegar a su verdad. El hombre encierra el destino de Dios como hip primogénito, como Adán, como el primer hombre; y esta unidad podemos determinarla como la idea concreta, pero que solamente es en sí.
Pero el hombre, en cuanto asequible a lo divino, nece sita que se dé también la Identidad de la naturaleza divi na y la humana, y la conciencia de que esto se le revele de un modo inmediato en la persona de Cristo, en la que se funden y unifican en sí la naturaleza humana y la divina. Por consiguiente, la revelación de lo absoluto como lo concreto se ha manifestado en el universo mismo, y no solamente en el pensamiento y de un modo general, como mundo inteligible, sino habiendo progresado ya hasta su última intensidad. De este modo, cobra existencia como un «sí mismo» real, yo; lo general absoluto y lo general concreto que es Dios; y aparece luego la contraposición absoluta con esta determinación, que es lo sencillamente finito en el espacio y en el tiempo, pero formando una unidad con lo eterno como el «sí mismo«.
Lo absoluto concebido como lo concreto, la unidad de estas dos determinaciones absolutamente distintas, es el Dios verdadero; cada una de ellas es abstracta y, por tan to, una de ellas por sí mismo no es todavía el verdadero Dios. El viraje operado en la historia universal consiste, por tanto, en que los hombres cobren la conciencia de lo concreto en esta consumación como Dios. Por consiguien te, esta Trinidad no existe solamente en la representación, lo que no sería aún lo concreto perfecto, sino que la reali dad aparece completamente unida a ello. Se ha revelado, pues, para los hombres ante la conciencia del mundo el que lo absoluto ha progreso hasta llegar, como dice Pro clo. a esta «cúspide» de la realidad inmediata; en esto con siste, en efecto, el fenómeno peculiar del crisííanismo.
Los griegos profesaban el antropomorfismo; sus dio ses tenían figura humana, pero el defecto de su antropo-
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morfismo consistía en no ser suficientemente antropomor fo. Mejor dicfio, la religión griega es, de una parte, dema siado antropomorfa y, de otra, lo es demasiado poco: lo es demasiado en cuanto que su cualidad, figuras y actos inmediatos entran a formar parte de lo divino; demasia do poco, en cuanto que el hombre no es un ser divino en cuanto hombre, sino solamente como una figura del más allá, no como este hombre subjetivo y concreto.
Por tanto, el hombre alcanza esta verdad al adquirir como Intuición la certeza de que el logos se hace carne en Cristo. Tenemos así, en primer lugar, al hombre que se remonta a través de este proceso a la espiritualidad y, en segundo lugar, al Hombre como Cristo, en quien cobra conciencia esta Identidad originarla de las dos naturale zas, la divina y la humana. Ahora bien, como el hombre es, en general, ese proceso que consisíe en ser la nega ción de lo inmediato y llegar, por esta negación, a sí mis mo y a su unidad con Dios, se ve obligado a renunciar con ello a su querer, su saber y su ser naturales. Esta renuncia a su naturalidad es contemplada en la pasión y muerte de Cristo y en su resurrección y exaltación a la diestra de Dios Padre. Cristo fue un hombre completo, compartió la suerte común a todos los hombres: la muerte; sufrió y se sacrificó como hombre, negó su naturaleza y fue exaltado por ello. En él se hace realidad contemplable este proce so, esta conversión de su alteridad en espíritu, y la necesi dad del dolor en la renuncia a su propio ser natural; pero este dolor, el dolor de ver muerto a Dios mismo, es la fuente de donde mana la santificación y la exaltación del hombre a Dios. De este modo, cobra conciencia como consumado en sí en Cristo, lo que debe operarse en el sujeto, este proceso, esta conuersfón de lo finito. Tal es, en efecto, la idea del cristianismo en genera/.
G. WF Hegel (Lecciones sobre la historia de la filosofía, III, pp. 75-78).