MARCO TEÓRICO
1.11 D EFINICIONES DE MUERTE
En este apartado donde intentaremos aproximarnos al concepto mismo de muerte no queremos comenzar sin antes dar lo que sería una definición aceptada y consensuada de la que es Muerte.
A continuación recogemos la definición que de muerte encontramos en el Diccionario de la Academia de Autoridades de 1734:
“MUERTE. f.f. La divifion y feparacion del cuerpo y alma en el compuefto humano: ò el fin de la vida, ò ceffacion del movimiento de los efpiritus y de la
fangre en los brutos. Es del Latino Mors, ese
MUERTE. Significa tambien el homicidio, ò el delito ò crimen de matar à alguno. “
Definición que en su mayor parte encontramos recogida en la actualidad:
“ MUERTE. (Del lat. Mors, morbis) f. Cesación o término de la vida || 2. En el
pensamiento tradicional, separación del cuerpo y el alma. ||”
Pero, como hemos podido ver hasta el momento el término muerte es un término muy complejo, debido entre otras cosas a la multidimensionalidad que ya hemos comentado en un apartado anterior y, como no, a esa ansiedad generada con la simple idea de muerte y que afecta a la manera misma de concebirla.
Desde una perspectiva psicológica, el proceso de morir se puede contemplar a partir de tres aspectos: el biológico, el psicológico y el social. La muerte puede ser realidad, percepción, situación, acto, final, principio e incógnita (Blanco-Picabia en Colell, 2005).
1.11.1.-LA MUERTE COMO ACTO VS MUERTE COMO PROCESO
La primera confrontación que nos encontramos al tratar de conceptualizar la muerte es que no podemos entender lo mismo por muerte que por morir. Morir y muerte no son sinónimos. Los dos términos hacen referencia a aspectos muy diferentes y que son los que intentamos recoger en el título del epígrafe: proceso y acto.
El morir es el proceso que se desencadena en el mismo momento del nacimiento, desde el mismo momento en el que nacemos comenzamos una andadura que desembocará irremediablemente en el acto mismo que es la muerte. Morir es todo, todo lo que hacemos en nuestra vida está destinado a la muerte de una manera consciente o inconsciente, lo queramos o no.
Por otro lado la muerte es nada, desde una perspectiva rigurosamente científica no podemos afirmar nada absolutamente acerca de la muerte, tan sólo que llega, pero en el mismo momento en el que “llega” ya no es.
De ahí que encontremos tantas dificultades a la hora de definirla, ya que nadie sabe qué es la muerte exactamente, qué ocurre después, si es que hay un después, o cómo es. No es estado, la muerte es puro acto, como el nacimiento.
De ahí también que, a pesar de que la humanidad ha tenido siempre muy clara su existencia, como hemos repetido, esa consciencia de mortalidad es la que hace humano al hombre, no sabemos definirla, pero tampoco delimitarla.
Los límites acerca de lo que es la vida y la muerte, al contrario que la definición, sí se han visto muy alterados con el paso de los años.
De aquellas primeras pruebas de vida en las que se controlaba el latido del corazón apoyando la oreja en el pecho del difunto; el espejo que controlaba el hálito de vida que exhalaba, o ya no, el difunto; la llamada, a la espera de respuesta, por el nombre del difunto (costumbre que se conserva aún entre la más alta designación de la curia vaticana) o los tiempos de espera, que variaban a voluntad de la familia o por
petición expresa del difunto, llegando incluso a bien entrada la putrefacción, la técnica ha avanzado mucho y los límites de la muerte con ellos también.
Han cambiado las pruebas, han variado también los límites y sobre todo ha variado la ubicación de nuestra “vida”. El calor, el aliento que exhalaba nuestra boca, era en un principio el guardián de nuestra vida, que se escapaba como una exhalación tras el último suspiro. Después el corazón, el latido marcaba el ritmo de nuestra vida y su ausencia marcaba el inicio de nuestra muerte. Para terminar nuestro sistema nervioso central en sus múltiples apartados anatómicos han sido depositarios del secreto de nuestra vida en los últimos años. “Cuanto más progresa el conocimiento científico de la muerte, menor es la posibilidad de precisar cuándo y cómo se produce” (Thomas, 1991).
El 5 agosto de 1968, sólo unos meses después del primer transplante cardíaco, la Harvard Medical School estableció la muerte como la no receptividad a los estímulos, ausencia de movimientos respiratorios espontáneos (por lo menos durante 1 hora y a pesar de estímulos dolorosos), ausencia de reflejos y EEG plano durante al menos 6 horas, todo ello en ausencia de hipotermina (por debajo de los 32,2 ºC) y de utilización de barbitúricos o de otro tipo de vasodepresores.
Nadie muere ya de viejo, por orden de la Organización Mundial de la Salud todo el mundo ha de morir de una causa concreta (Nuland, 1995).
El problema de la delimitación de los límites vitales es muy antiguo, aunque ha tenido diferentes causas a lo largo de la historia. En un principio las confabulaciones familiares, las herencias y los intereses políticos hacían que se temiera por si se intentaba adelantar el fin. Se temía a la “muerte aparente” sobre todo a partir del siglo XVIII. El vivo no temía tanto que se le diera muerte, como que se le diera por muerto. Por lo tanto era necesario un criterio legal, que estableciera los límites de la muerte.
Actualmente el criterio ha dejado de estar en manos de los notarios para pasar a manos de los médicos y se establece un criterio eminentemente biológico y por causas que también lo son.
El peligro amenazante de la premura por extraer los órganos para la donación o la costumbre de la cremación, hacen que se tema por las posibles irregularidades y sus irremediables consecuencias. De este modo y en este mismo entorno surge un nuevo problema más profundo, el problema de la humanidad.
El avance tecnológico actual hace que se pueda prolongar la vida más allá de los límites meramente naturales durante un tiempo muchas veces prolongado, que puede llegar a abarcar incluso años. El médico siente su profesión en muchas ocasiones como una lucha constante en contra de la muerte y pone todo su empeño en conseguir ganarle la batalla, aunque no la guerra.
Esto ha dado lugar a prácticas que hoy entenderíamos inadecuadas, denominadas “encarnizamiento terapéutico” y que llevan el uso de la técnica hasta unos extremos insospechados. Pero es aquí donde está la verdadera inquietud: dónde está el límite entre lo exclusivamente biológico y lo humano, cuándo deja una vida humana de serlo para convertirse en organismo vivo y poder dejar de ser objetivo de las técnicas médicas para seguir su destino natural.
El verdadero problema es el de la humanidad, en qué momento dejamos de ser seres humanos para convertirnos en organismos biológicos perdiendo nuestra humanidad.
1.11.2.-LA BUENA Y LA MALA MUERTE
Como hemos visto a lo largo de todo este trabajo, la muerte es un concepto muy complejo y multidimensional que ha ido cambiando a lo largo del tiempo en la vida del hombre y de la humanidad.
Antes se pensaba que una buena muerte era aquella que avisaba, que daba un plazo para que el moribundo pudiera poner todos sus asuntos en orden y partir hacia la muerte con el ánimo tranquilo. La muerte que llegaba de improviso era cruel, porque
no permitía el tiempo de las despedidas, te arrancaba de este mundo sin poder terminar tu ciclo como era debido.
Hoy en día esto ha cambiado radicalmente. Hoy son los adultos de ambos sexos de todas las edades los que expresan preferencia por un tránsito rápido de la vida a la muerte (Kübler-Ross et al. 1974.) Hoy la buena muerte es la que llega bajo el cuidado médico y nos encuentra ancianos y con buena salud (Illich, 1976 en Kellehear, 1984).
Enlazando con los apartados anteriores una buena muerte es la que nos ahorra el morir, es puro acto, sin proceso.
Limonero et al 2003: la variabilidad de respuestas demuestra que no existe una única concepción de lo que significa tener una buena muerte o morir en paz. Aunque hay opciones que obtienen una mayor preferencia que otras, no hay un único camino que conduzca a una buena muerte (Collel, 2005).
En esta ocasión también se ofrece una dualidad paradójica en cuanto a lo que consideramos buena muerte ya que esa buena muerte que no avisa y arrebata en plenitud de facultades y sin dolor no es compatible con el otro ideal de muerte en el hogar, rodeado de seres queridos a los que decir adiós que te velarán hasta que dejes de ser.
En otro sentido es a veces la vida la que defrauda. La muerte en contraposición a la vida se ve como la única escapatoria, la vía de escape al dolor que supone seguir vivo. Hablamos aquí del suicidio.
Los medios de comunicación en la actualidad, así como la literatura y el cine, han idealizado en muchos casos la muerte, lo cual, unido a la falta de experiencia e integración del tema, ha llegado a hacerla atractiva ante una vida de dificultades y crisis en la que vivimos. Lo que hace que en la actualidad se viva un repunte de las tasas del suicidio, sobre todo entre jóvenes.
El suicidio siempre ha estado socialmente mal visto en nuestra cultura, quizá por nuestro propio instinto de supervivencia, contra el que atenta deliberadamente, o
quizá por la herencia del cristianismo que condenaba el suicidio entre sus fieles, como la máxima aberración contra el mayor regalo de Dios que es la vida.
Pero los estudios demuestran que existe una enorme variabilidad en el deseo de morir. Según los estudios realizados con suicidas frustrados, el arrepentimiento aparece justo en el momento en el que la muerte ya es inminente. (Bayés, 2001).
En otros casos este deseo de la muerte se refleja en enfermos y moribundos, cuyo hastío de la vida deviene de un proceso de dolor y sufrimiento. En estos casos no hablamos de suicidio sino de eutanasia o suicidio asistido.
En la eutanasia es el médico el que tras petición expresa del paciente (según las legislaciones que lo permiten) pone los medios necesarios para acortar la vida o no prolongar más el sufrimiento.
En el suicidio asistido la participación del médico no es tan directa, él sólo proveerá de los medios necesarios al paciente para que sea él mismo el que ponga fin al dolor.
Como conclusión decir que la buena muerte no es una, sino muchas, tantas como individuos, al igual que el concepto de ésta, derivado de nuestras experiencias y situaciones vitales, el concepto de buena o mala muerte estará indisolublemente ligado a nuestro concepto de vida. Quien halla el sentido de la vida, hallará el sentido de la muerte, pues son lo mismo.