MARCO TEÓRICO
1.4 M ULTIDIMENSIONALIDAD DEL CONCEPTO
La muerte es un concepto sobre el que giran multitud de trabajos. Estos trabajos, sin embargo, abordan unas parcelas muy específicas de este mismo concepto. La mayoría de los trabajos versan acerca del proceso de morir, el duelo o la ansiedad que produce la idea de muerte, especialmente en los profesionales de la salud.
Esto no hace más que reflejar la complejidad del tema de la muerte. Es lo que algunos autores han llamado la “multidimensionalidad de la muerte” (De Vries, Bluck y Birren, 1993); que entiende la muerte atendiendo a tres aspectos: la muerte como acto, la muerte como proceso y la muerte y sus consecuencias (Folta y Deck en Kübler- Ross et al., 1974).
A la vez podemos identificar estas tres dimensiones con tres maneras de “vivir” la muerte: la muerte vivida desde el yo, la muerte propia, o la muerte en primera persona; la muerte vivida desde el yo junto con los demás, muerte compartida; y la muerte en sociedad, la repercusión de la muerte en los demás y en su entorno, más asociada a la identidad o rol de las personas que a su entidad física.
1.4.1.-LA MUERTE DEL YO
Se trata de la muerte del yo, la muerte en primera persona, la muerte propia, estaríamos hablando del primer nivel de cercanía con la muerte: la identificación.
El hombre tiende a temer más al proceso que a la muerte misma. (Kellehear, 1984). Se teme al proceso porque el proceso es dominio todavía del hombre, no es dominio de la muerte. La muerte supone el desconocimiento más absoluto, nadie puede asegurar qué habrá después, si algo, todo o nada. Pero por otro lado, el posible dolor físico, la despedida, es del dominio del hombre, de la vida, nos pertenece y podemos actuar sobre él. No podemos preocuparnos de aquello que no podemos conocer, no lo podemos imaginar y no lo podemos sentir, ni verbalizar.
Como dice Talavera (2010) el hombre actúa sobre futuribles, sobre lo que imagina que podrá ser. Pero en este caso la muerte no puede llegar a ser ni futurible, es la noción más parmediana: lo que no es no es, no puede ser verbalizable, ni pensable. Por lo tanto se manifiesta la angustia psicológica como miedo a la enfermedad, al dolor, al cadáver y a la descomposición de la carne, ya que eso es lo que vemos como identidad futura.
En esta dimensión de la muerte, la única protagonista es la vida en sí. No es la pérdida, no es la soledad, es la vida la que es motivo de preocupación, la salud, la carencia de ella y sus consecuencias.
Estudios han demostrado que el estrés producido por la pérdida altera la respuesta inmunológica y el funcionamiento del sistema neuroendocrino (Hall e Irwin, 2001 en Barreto y Soler, 2007)
Algunos autores han demostrado la relación entre la ansiedad ante la muerte y las preocupaciones en torno a la salud. También se ha considerado que la disposición personal hacia la donación de órganos puede reflejar las relaciones entre ansiedad ante la muerte y las preocupaciones por la salud y la integridad física. Robbins (1990) encuentra que los no donantes puntúan más alto, tanto en la DAS (Death Anxiety Scale) como en la CLFDS (Collett Lester Fear Death Scale), mientras que los potenciales donantes puntúan más alto en una escala que refleja la aceptación de la muerte (en Tomás Sábado y Gómez-Benito, 2003).
Tomará aquí una máxima importancia la satisfacción vital. La mirada al pasado reconforta o impide que se asuma la realidad de nuestra propia mortalidad. Es la vida la que marca, en este caso, nuestro miedo a la muerte. En palabras de Strauch- Rahäuser, “los problemas vitales aún no resueltos pueden constituir un impedimento para la integración de la problemática del morir” (en Sporken, 1978). Pero además esta problemática es ineludible y la entendemos como azarosa. Nada ni nadie nos puede librar de este final y no podemos saber con certeza cuándo llega. De la vida podríamos librarnos de la muerte no.
Pero a la vez esa vida nos puede aportar un rayo de esperanza para soportar la espera. Una vida plena puede compensar la cercanía de su final, ya que parece ser que existe una leve tendencia que hace que los individuos más aventajados de la sociedad puntúen menos en la DAS (Nuland, 1995). Neimeyer y Chapman (1980) establecen que la muerte reduce a cada uno a su propia esencia, que es su pasado, lo que uno ha sido (Neimeyer, 1994) y en ello puede encontrar el hombre su consuelo ante la muerte o el acicate que avive su ansiedad.
La manera en la que los hombres ven la vida influye en sus actitudes hacia la muerte, y al mismo tiempo, la manera en la que las personas ven la muerte influye en cómo dirigen sus vidas.
Los sujetos que ven la muerte como el fin de la existencia es probable que vivan el aquí y hora. Las personas que la ven como un tránsito deben vivir pensando y obrando para la otra. (Neimeyer, 1994). Searles (1961), Hinton (1975), Yalom (1980) y otros afirman que la ansiedad ante la muerte es una manifestación de los esfuerzos incumplidos en la vida y es inversamente proporcional a la satisfacción vital (Yalom en Neimeyer, 1994)
“Si tú lo eres todo, entonces, cuando mueras, no hay nada tras la muerte; pero, si tú no lo eres todo, entonces después de tu muerte queda todo aquello que tú no has sido” (Feuerbach, 1993). Si uno consigue el estado de satisfacción vital, mira hacia atrás y se ve completo nada temerá, pues su vida cobró sentido y no queda espacio para la ansiedad. Ésta nace de la insatisfacción con la vida que defrauda y se termina, dejando abierto un paréntesis de obras inconclusas. En estos casos se documentan las luchas de aquellos que viendo próxima una fecha o acontecimiento importante subliman a la muerte durante un tiempo, alargan ese paréntesis hasta conseguir la meta u objetivo vital, sucumbiendo en los brazos de una muerte menos amenazante.
Por otro lado, Rojas Marcos (2002) define al hombre como “un ser de carencias”, eternamente insatisfecho, ya que una vez cumplido un objetivo inmediatamente surge otro. Pero la muerte no se puede detener eternamente y el hombre morirá siempre insatisfecho bajo este prisma. Además como establece Nuland (1995): “sólo el que lleva muerto mucho tiempo, aunque aparentemente esté vivo, y
en un estado de inercia nada envidiable, no tiene promesas que cumplir y kilómetros que recorrer antes de dormirse”.
Se trata pues de cuestión de balanzas, de objetivos y metas principales, de “recuento final”, establecer la satisfacción con uno mismo, a lo que ayudará no tener conflictos pendientes, buenos lazos emocionales, apoyo social y familiar, es uno de los mejores factores protectores contra la ansiedad ante la muerte.
1.4.2.-LA MUERTE COMPARTIDA
Como decimos a lo largo de este trabajo, conocemos de la muerte, vivimos la muerte, a través de la muerte de los demás. Es la muerte del otro nuestra primera toma de consciencia acerca de nuestra propia finitud. Esta vivencia de la muerte de los demás nos genera una serie de emociones que revolucionan todo nuestro ideario hasta el momento.
Hasta ese momento no teníamos consciencia de que somos temporales, de que tenemos un final. La muerte de los demás nos hace pensar en la nuestra. Pero a la vez vivimos la pena, el dolor, de la pérdida del otro. Y la sociedad nos impone una serie de usos y costumbres asociados a esa pérdida.
Vivimos en una sociedad que da la espalda a toda la realidad que acompaña tanto el proceso de morir como las emociones que desencadena, con lo cual la coacción a la que nuestros sentimientos se ven sometidos hace que esa emocionalidad no se viva con la naturalidad y el desarrollo necesarios para hacer de este proceso un aprendizaje sano. Como establece Ariés, (1975) “lo ideal es precisamente la muerte del que finge que no va morir” (en Thomas, 1991).
Pero es a través de este proceso de duelo, de la muerte de los demás, como nos acercamos a la propia muerte, por lo tanto serán estas experiencias las que de cierto modo marquen nuestras concepciones personales de muerte y con ello el dominio de nuestros miedos y ansiedades.
Si se vivieran unos procesos naturales de duelo, en donde no se tuvieran que reprimir emociones y la muerte se pudiera vivir como un proceso más, compartido con los demás y a la vez vivido en la intimidad, nuestro aprendizaje y preparación para la muerte estaría libre de las cargas ansiógenas que determinan nuestros miedos. Porque como se lamentan Aurrell y Pavón (2002): “nada sabemos acerca de la muerte. Cuando ésta golpea en un persona cercana se pone en evidencia la artificiosidad de todo conocimiento que trata de aprehenderla”
1.4.3.-LA MUERTE EN SOCIEDAD
Toda muerte deja un hueco en la sociedad, un hueco que hay que cubrir evitando la desmembración y la desestabilización ocasionada por el desequilibrio en esa pérdida en la balanza.
El hombre muere en sociedad, como ya hemos visto, tras la muerte de un individuo la sociedad se reestructura, el engranaje ha de seguir funcionando. La plasticidad social es tal que el hueco ocupado por el rol social desempeñado por el difunto ha de ser cubierto inmediatamente reestructurando a la vez el rol del resto de los individuos componentes de la sociedad. Tras la muerte nada vuelve a ser lo mismo.
Para terminar este apartado concluimos con las palabras de D. Bonhoeffer: “es infinitamente más fácil sufrir obedeciendo a un mandato humano que aceptar el sufrimiento como un hombre libre, responsable. Es infinitamente más fácil sufrir en compañía que abandonado. Es infinitamente más fácil hacerlo como héroes públicos que solos y en la ignominia. Es infinitamente más fácil sufrir la muerte física que soportar el sufrimiento espiritual” (en Astudillo, Mendinueta y Astudillo, 1995).