MARCO TEÓRICO
1.3 L A MUERTE : UN CONCEPTO SOCIAL
La muerte es una realidad que no sólo le acontece al individuo, sino a todo el conjunto de la sociedad. De hecho, en la concepción que de la muerte nos hacemos desde niños la muerte comienza siendo un concepto social, un concepto del otro, que le ocurre solamente al otro, para acabar convirtiéndose en una realidad individual. Aprendemos qué es la muerte gracias a que la vemos en los demás. La muerte debe ser entendida como una Construcción Social e Histórica. (Marisel Hartfiel, 2005 en Schmidt, 2007).
La sociedad actual es una sociedad que niega la muerte (a pesar de las afirmaciones de Kellehear, 1984), la aparta no sólo del ideario común, sino de toda la realidad circundante. Una sociedad que, siendo mortal, rechaza la muerte (Tomás- Sábado y Gómez-Benito, 2003). Se vive hoy en día una auténtica “pornografía de la muerte” (Gorer, en Ariés, 1999).
En el pasado, no muy lejano, la muerte se vivía como un acontecimiento social, toda una serie de costumbres ritualizada que servían para calmar las ansiedades del vivo. Pero este vivo no sólo hace referencia a los más allegados, sino que todo el conjunto de la sociedad se ve afectada de una manera u otra por la pérdida de uno de sus miembros, y el funeral, el duelo vivido en público, ayuda a satisfacer las necesidades de los que quedan, de manera que se cierra el ciclo y se evitan las posibles consecuencias de la represión.
La muerte afecta a todos los entramados sociales, tiene una vertiente afectiva, la más evidente, pero también tiene una vertiente social, legal, biológica, política, etc.
Mediante la práctica en sociedad de los ritos debidos al difunto, que como hemos dicho son más debidos a los vivos, para calmar sus ansiedades y miedos, se consigue calmar el miedo que produce la idea de la muerte y de la propia finitud.
Hoy en día esto no es posible. Cualquier manifestación de dolor tras la pérdida ha de ser aplacada. No es socialmente correcto que una persona se desmorone en
público por la pérdida de un ser querido. La propia Iglesia, como recoge Ariés (1999), que tiene su razón de ser en la muerte, en la preparación en vida para la muerte, y en con ello aplacar las ansiedades de los vivos, ya en el s. XX prohíbe expresamente cualquier manifestación pública de dolor por la pérdida, epitafios, llantos, lutos… quedan en el olvido. Como también quedará mediante esta práctica en el mismo olvido la necesidad de este tipo de aprendizaje para desarrollar una vida plena, llena de sentido y carente de ansiedades.
Desde los comienzos de los procesos que culminarán con la muerte, ésta se oculta a los ojos del mayor número posible de personas, a veces incluso del mismo desahuciado. Todo el proceso se vive a través de la máxima asepsia entre las frías paredes de los blancos hospitales inmaculados. Esa misma frialdad acompaña al difunto, ocultando bajo una sábana el mismo rostro de la muerte, hasta un limpio y anodino tanatorio, del que saldrán hacia los hornos crematorios (costumbre extendida ya ésta de la cremación) completando la pirólisis la desaparición de cualquier vestigio
que recuerde a la muerte en su fealdad y putrefacción. Todo esto se acompaña de
una gran industria, un gran negocio que desvirtúa aún más si cabe la naturalidad del proceso y favorece el fin último de la negación.
Aunque otros autores apoyan la idea de que los rituales no siempre ayudan a disminuir la ansiedad, sino que muchas veces son ellos mismos los evocadores del miedo (Kellehear y Lewin, 1989).
La muerte supone además la movilización real de todo el entramado social, ya que el muerto deja un hueco que ha de cubrirse. El muerto cambia de estado y éste ha de ser asumido por otro miembro de la sociedad. Nadie mantendrá su rol exactamente igual, todo se verá trastocado. (Folta y Beck en Kübler-Ross, Fulton, Kastenbaum, Folta, Deck, Grupo de trabajo del doctor Veil, Krant, Cassem, Partoes, Raeter, Grollman, Jackson, Leviton, Méname, Peck y Litman, 1974). Esta misma idea de reajuste y equilibrio la encontramos en Jeammet y Durkheim (1947) (en Blanco, 1992). Y mientras todo esto sucede, mientras se produce el reajuste, la sociedad en sí misma está en peligro. El frágil equilibrio conseguido a través de cada uno de sus miembros se rompe, se produce una crisis de la que hay que salir lo antes posible, sin dar oportunidad de subversiones. “Cuando alguien muere, algo en el tiempo y en el espacio
cambia para todos definitivamente” Blanco, (1992). Según la hipótesis del mundo justo, el mundo es bueno, justo y tiene sentido (Lerner, 1980 en Murray, 2001) pero la pérdida hace que esto se trastoque, convirtiendo el mundo en lugar menos seguro, menos predecible, se rompe el esquema y se produce la brecha que puede desestabilizar el sistema.
Las relaciones sociales serán el recurso sobre el que apoyarse en busca de la supuesta inmortalidad. (Mikulincer, Florian y Hirschberger, 2003). El sujeto encuentra en la cultura y la sociedad la manera de transcenderse a sí mismo y a su propia mortalidad. Según halló Cox, (1975) el miedo a la muerte es inversamente proporcional al grado de integración del individuo en su grupo social.
Lo mismo ocurre, sólo que en grado superlativo, con las relaciones familiares y de pareja y especialmente con los hijos. El ser humano intenta trascenderse a sí mismo a través de su legado cultural, pero también a través de esa parte de sí mismo que pervivirá en este mundo cuando él se haya ido, los hijos. Las relaciones familiares y de pareja suponen ese mundo de afecto, protección y permanencia (Neimeyer, 1994) que se sublima a sí mismo a través de la concepción y de la figura del hijo.
“Los hombres mueren por lo tanto, sólo por relaciones, de unos para otros y de unos ante otros, y la muerte misma descansa en la comparación” (Feuerbach, 1993).