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D ESARROLLO DE LA I DENTIDAD

In document Guidano - La Complejidad Del Sí Mismo (página 160-163)

La experiencia de pérdida –respaldada por muertes reales o separaciones, o por modelos parentales carentes de afecto– parecen estar en el corazón mismo del desarrollo existente de la situación cognitiva del niño. La calidad e intensidad de los sentimientos que pueden hacer surgir tales experiencias influyen profundamente el patrón de desarrollo de la auto- percepción y el auto-reconocimiento.

Los estudios de duelo y luto dan una base clara a la noción de una interdependencia recíproca entre la percepción de pérdida y los sentimientos de tristeza y desamparo (Bowlby, 1961, 1973, 1980a; Parkes, 1972). Esta interconexión probablemente descansa en la presencia de esquemas de aprehensión genéticamente dados en los que la pérdida representa la

dimensión más adaptativa para sostener sentimientos importantes (de tristeza y desamparo) en esquemas emocionales específicos que pueden tener gran importancia para la supervivencia y adaptación.

En la compleja cadena de procesos definidos como las relaciones “incondicionadas” entre pérdida y tristeza, la rabia aparece casi invariablemente como un componente relevante. Debido a la regulación de procesos oponentes que subyacen el equilibrio dinámico de cualquier sistema complejo, la emergencia de la rabia representa el instrumento organísmico más efectivo y económico para prevenir que la pena y la desesperanza se vuelvan desadaptativos. Considere, por ejemplo, las etapas de la desesperación, la protesta y el desapego que Bowlby (1973) describe como típicas en los niños separados de sus padres. En un enfoque sistémico, todo el proceso puede ser considerado como un curso de regulación rítmica y recíproca entre polaridades emocionales oponentes como desamparo (desesperación) y rabia (protesta) que alcanza una especie de equilibrio sólo en la tercera etapa, esto es, el desapego. Incluso, aunque la familia se reúna nuevamente, el infante ahora está reacio a restaurar el contacto emocional con el padre del que se había separado. Es como si a través de la lucha por sobrevivir sin un vínculo preferencial se hubiera vuelto, en el intertanto, en una habilidad efectiva para enfrentarse con una realidad adversa.

Lo central de la experiencia de pérdida durante la temprana infancia se reflejará en la diferenciación selectiva de conjuntos oponentes de esquemas prototípicos emocionales como la base que subyace a la emergencia siguiente de un sentido estable de sí mismo. Al final de los años preescolares, cuando estos conjuntos de esquemas básicos han llegado a ser suficientemente diferenciados, amplificados y magnificados para fomentar una conceptualización rudimentaria inicial, pueden ser ordenados en un circuito recursivo oscilante entre las polaridades emocionales oponentes de tristeza y rabia.

En otras palabras, los conjuntos tempranos de escenas prototípicas sobre pérdida se formalizan en una escena nuclear más estable (Tomkins, 1978) capaz de proveer al niño con un sentido igualmente estable de sí mismo. Como el ensayo continuo de escenas relacionadas con pérdida siempre trae consigo el sentido de que uno es responsable de que ocurran, el sentido inmediato de unicidad que emerge es el de una persona poco querible, incapaz de suscitar en otros sentimientos y actitudes positivas e incompetencia para mantener una relación segura con una figura vincular. La experiencia consiguiente de soledad también añade un sentido de tener que confiar sólo en uno mismo en la exploración del mundo circundante desconocido (una “auto-confianza” compulsiva; Bowlby, 1977a). La oscilación rítmica entre tristeza y rabia aporta un contexto de fronteras interdependientes limitantes –sin un locus único de control– dentro del cual el experienciar de sí mismo y del mundo en curso llegan a ser más articulados. Las rápidas oscilaciones entre dos bordes oponentes son prácticamente la regla durante los primeros años de la niñez –como si la realidad sólo pudiera ser comprendida a través de una serie de rechazos alternantes y reacciones agresivas. Más tarde durante la niñez, por el desarrollo del crecimiento cognitivo, se vuelve cada vez más posible buscar activamente estados emocionales intermedios, y por tanto mantener una proximidad más aceptable con los demás. El niño generalmente se estabiliza alrededor de un estado dinámico estructurando un patrón articulado de controles descentralizados. Por una parte, la exclusión del influjo sensorial viniendo de dominios críticos (como los rechazos y los fracasos) es aún más eficiente; por otra parte, el repertorio de actividades distractoras permiten un cierto grado de control sobre la rabia y las actitudes opositoras conectadas con la rabia, para reducir aún más las posibilidades de rechazo o fracaso.

Como podemos ver, el camino evolutivo que emerge de esos modelos de control descentralizado es uno en que la anticipación continua de pérdidas o fracasos son experimentados por el niño desamparado como la forma más

efectiva de reducir la intensidad de emociones disruptiva de pérdidas y fracasos percibidas como ciertas e inevitables, que invariablemente ocurren. Así, como ha sido observado en los primeros modelos experimentales de desamparo aprendido en animales (Seligman, 1974), la incontrolabilidad de los resultados experienciales traumáticos también parecen ser el sello de las vías de desarrollo depresivo humanas. En un estudio experimental sobre atribución de éxito y fracaso después de la ejecución, Diener y Dweck (1980) encontraron diferencias muy marcadas entre niños desamparados y grupos de control. Además, comparado con los niños orientados a ser dueños de la situación, los niños desamparados subestimaron el número de éxitos y sobreestimaron el número de fracasos. Además, no consideraban los éxitos como indicativos de habilidad y no esperaban que pudieran continuar. Era como si los éxitos fueran menos significativos y predictivos que los fracasos.

In document Guidano - La Complejidad Del Sí Mismo (página 160-163)

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