Sangrar rojo
4.2. D OS MANERAS DE ANIDAR : A IRO P A
En mi libro,Viviendo bien(Belaunde, 2001), muestro cómo las relaciones de género entre los airo-pai (secoya), un pueblo de habla tucano occidental del Napo-Putumayo del Perú, se constru- yen alrededor de las prácticas de crianza llevadas a cabo por los hombres y las mujeres. La capacidad de criar define la agencia de ambos géneros, dotándolos de capacidades propias similares y paralelas de producción, depredación y protección para el bien- estar de sus crías. Quince años atrás, cuando conduje gran parte del trabajo de campo para ese libro, la reclusión menstrual era respetada por todas las mujeres en edad fértil de la comunidad, incluyéndome a mí, ya que las mujeres rápidamente se asegura- ron de que yo también cumpliese con sus costumbres, sentada sobre hojas de plátano durante cinco días en un rincón de la casa, sin poder tocar nada que los hombres fuesen a tocar. Observé que cuando las mujeres menstruaban, sus esposos se encarga- ban de cuidar a los niños. Después de parir, los hombres prepara- ban platillos de dieta, con animales sin sangre como los gusanos
suri(Calandra palmarum). Este gesto era recordado por las mu- jeres como una manifestación particularmente vívida de amor y
compasión por ella y el recién nacido. Hoy en día, debido a la adopción del evangelismo y el abandono del chamanismo a base de ayahuasca o yajé ( Banisteriopsis caapi), las mujeres han deja- do de lado las prácticas de reclusión menstrual dentro de la co- munidad, pero evitando aún desplazarse por el monte o tomar baños de río, ya que consideran que el olor de la sangre las vuel- ve visibles y vulnerables al ataque de los espíritus huati del bos- que y del interior de las aguas.
Ahora ya puedes caminar tranquila. ¿No ves que los hom- bres ya no toman yajé? Antes teníamos que tener cui- dado. Sino, los hombres se enfermaban rapidito. Cuando tomaban yajé, si estaban cerca de una mujer que tenía su regla, les dolía la cabeza. La gente del cielo se mo- lestaba. Los huativenían del monte, de dentro del agua, venían cuando sentían el olor a sangre. Ahora ya nadie toma aquí. Sólo mi tío sigue tomando, pero él vive solito con su esposa. (Celia. Comunidad de Machunta).
El consumo de yajé ha sido dejado de lado debido a la adopción del credo evangélico que sataniza todas las sustancias psicoac- tivas, pero esto no ha significado una «conversión» en el senti- do de un rechazo de la cosmovisión anterior. Al contrario, la adopción del credo evangélico da continuación a la cosmología y la mitología, al mismo tiempo permite domesticar los conoci- mientos de los colonos y controlar los riesgos de enfermedad y brujería asociados a la práctica chamánica90 (Belaunde, 2000).
Hasta hace unos treinta años atrás, todos los hombres tomaban yajé. Los jóvenes eran iniciados durante la pubertad pero sola- mente los que no tenían «miedo» se especializaban y sobresa- lían como «bebedores de yajé» ( yaje uncuquë). El chamanismo era concebido como una técnica de «conversación» con las divinidades, con los «dueños» espirituales de los animales y de las plantas, y con los huati, los espíritus de la transformación que rigen las enfermedades. Para poder tomar yajé y «sobresa- lir» en el chamanismo, los hombres debían someterse a repeti- dos períodos de dieta y reclusión, evitando comer carne grasosa de animales con mucha sangre, guardando abstinencia sexual y manteniéndose alejados de las mujeres menstruantes o de las mujeres que habían dado a luz recientemente. De lo contrario, durante las sesiones chamánicas, en lugar de obtener «visio- nes» ( toya) de las divinidades y de establecer asociaciones con- troladas con los espíritus huati, eran agobiados por visiones monstruosas e incontrolables de huatique los enloquecían en el torbellino de su poder y los transformaban en brujos. Según su pensamiento, un hombre que no conseguía «mandar» sobre los
huati utilizándolos como espíritus auxiliares para el trabajo de curación, y manteniéndolos a la debida distancia para que no se apoderen de él, se transformaba en huati y adoptaba el punto de vista de los huatisobre el mundo, volviéndose un ser come- sangre, depredador de sus propios parientes. Por otro lado, el olor a sangre, a semen y la carne grasosa es repulsivo para las divinidades como luna Ñañe y la otra «gente verde» ( jëña pai) del cielo, y los lleva a retirarse y negarse a aparecer y conver- sar con los chamanes, destruyendo sus capacidades de cura- ción. Por lo general, todos los hombres que habían tomado yajé,
9 0 Ver Vilaça (1996); Regan (1983) y Agüero (1994) con respecto a la conversión religiosa entre los pueblos amazónicos.
El recuerdo de Luna
debían evitar las comidas grasosas y mantener distancia de las mujeres menstruantes, sino corrían el riesgo de enfermarse, aún cuando no estaban tomando yajé en esos días. Debido a las restricciones alimenticias pendientes sobre los hombres, la mayoría eran delgados y musculosos. Las mujeres, en cambio, eran robustas y consumían una mayor proporción de grasa y carnes rojas que los hombres.
Antes, cuando tomábamos yajé todo nos caía mal. Cuan- do las mujeres menstruaban, nos dolía la cabeza y po- díamos hasta morir. No podíamos comer animales con mucha grasa, porque nos hacía daño. Ahora oramos a Dios y ya no hay más enfermedad. (Óscar Macanilla. Comunidad de Huajoya).
El hombre contaminado por la sangre menstrual y el post-par- to, sufría de una «enfermedad de la suciedad» ( sitsi dahuë) o «enfermedad del otro» ( tion dahuë). Esta comienza con un fuer- te dolor de cabeza y, de no ser curada por un chamán experi- mentado, conduce a una hemorragia nasal que puede ser fatal. Para mi gran sorpresa, los casos de contaminación menor pue- den ser curados con aspirina. Varias veces durante mi estadía, los hombres se me acercaron a pedir esta pastilla explicando que «tenían un tigre rugiendo en la cabeza» por haberse acer- cado a una mujer menstruante. El dolor de cabeza era interpre- tado como la evidencia de ser acechados por los jaguares comesangre.
Debido a las exigencias alimenticias e higiénicas del cha- manismo, los hombres jóvenes pasaban gran parte del día de dieta y tomando yajé por las noche, entre hombres, alejados de sus esposas. Las mujeres mayores se acuerdan de la época de su matrimonio como a un tiempo de soledad, pero señalan que ellas querían que sus esposos tomasen yajé para que pudiesen curar a sus hijos y asegurar la abundancia de comida y el bien- estar de sus familias. Con el pasar del tiempo, los chamanes poderosos adquirían protección contra los efectos de la sangre y no necesitaban aislarse tan prolongadamente de sus esposas, quienes al llegar a la menopausia también podían iniciarse en el chamanismo. Durante la vejez, las parejas solían pasar gran
parte del tiempo juntos y compartir sus días y noches de traba- jo. Durante la juventud, las mujeres tomaban yajé ocasional-
mente, en particular cuando deseaban «ver» a un hijo muerto. Pero las dietas necesarias para acumular poderes chamánicos eran «muy duras para el cuerpo», causando un adelgazamiento incompatible con el duro trabajo de la maternidad y la lactancia. En la actualidad, los patrones de belleza y salud continúan sien- do diferentes para los géneros. Los hombres deben ser delga- dos y musculosos para correr con facilidad tras las presas en el bosque; las mujeres robustas y fuertes para cargar los produc- tos de la chacra. Se recomienda que las mujeres no hagan cami- natas prolongadas por la selva de manera regular, para evitar que pierdan peso.
Para poder tomar yajé, las mujeres debían estar totalmente limpias de rastros de sangre. Según su decir, debían «parecer hombres» ( ëmëje paiye). Para marcar el estado de su sangre, las mujeres solían pintarse la boca y los dientes de negro masti- cando las hojas de yanamuco cada vez que terminaban de san- grar. El tinte permanecía unos días hasta desvanecerse, indi- cando el tiempo en que la mujer «parecía hombre». El tinte también indicaba el tiempo para procrear91.
Si quieres tener tu hijito, después que has menstruado, te pintas la boca con yanamuco y ahí te pones a hacerlo con tu esposo para que vaya creciendo tu bebito. Si no quieres tener, te puedes hacer curar con nuni. Esas plan- tas yo tengo en mi chacra. Le rallas cinco bultitos cada día cuando estás con tu regla y le tomas de mañanita. Así ya no te viene más la regla. Bien sequita vas a que- dar. Mi primo también sabe curar. Él te va a cantar boni- to (Estela. Comunidad de Huajoya).
Por lo tanto, las prácticas del chamanismo, masculinas y feme- ninas, estaban intrínsecamente constituidas por prácticas re- productivas sobre el manejo de la sangre a lo largo del ciclo de vida de la pareja. Los períodos de dieta y de reclusión respeta-
9 1 También utilizan plantas y técnicas rituales para influir en el sexo del feto. Los hombres son asociados a las hojas de setico blanco y las mujeres a las plantas de
hue’eco, utilizadas para teñir los dientes de negro.
El recuerdo de Luna
dos por los hombres, por un lado, y por las mujeres, por otro lado, tenían un impacto directo sobre el control de la natalidad. Hasta el día de hoy, consideran que el número ideal de hijos es tres. Pero más importante que tener pocos hijos, es tenerlo bien separados. Son muy pocas las parejas que tienen más de cincos hijos y, por lo general, el intervalo entre los nacimientos es de por lo menos tres años. Los airo-pai condenan abiertamente a las personas que tienen muchos hijos seguidos. Esta es una de las principales razones dadas contra los matrimonios
interétnicos, con sus vecinos quichua o colonos. En los raros casos de matrimonios mixtos, sin embargo, el matrimonio im- plica un abandono de una natalidad controlada, y las parejas suelen adoptar el comportamiento reproductivo expansivo aje- no a la práctica airo-pai. Para los quichua el matrimonio con un airo-pai es riesgoso debido a su reputación de ser poderosos chamanes, muy superiores a los chamanes quichua.
Las estrechas relaciones entre chamanismo y reproduc- ción rara vez son objeto de análisis en las etnografías. La ma- yoría de los estudios antropológicos enfocan la práctica mas- culina del chamanismo, y sus aspectos cosmológicos y políti- cos, como si existiesen fuera del contexto de las prácticas reproductivas de la pareja y de las prácticas femeninas del chamanismo92. El caso de los airo-pai muestra que hablar de
chamanismo sin hablar del manejo del flujo de la sangre y de la fertilidad por ambos miembros de la pareja, es amputar y distorsionar su significado. En lugar de hablar de chamanismo a secas, deberíamos hablar de un complejo chamánico-
reproductivo en el que la sangre, y otros fluidos derivados de la sangre como la grasa y el semen, tienen un valor psicoactivo tan significativo como las plantas utilizadas para inducir el tran- ce. Los hombres y las mujeres son igualmente activos en el chamanismo, aun en los casos en que las mujeres no partici- pan en las sesiones, porque ellas manejan el flujo de la sangre de manera coordinada con sus esposos. Según los airo-pai, lo que diferencia y a la vez une a hombres y mujeres a lo largo de sus vidas es su relación con el flujo de la sangre. Esta diferenciación de género es culturalmente producida por me-
9 2 Ver capítulo 6.3 sobre las mujeres chamanes entre los shipibo-conibo y capítulo 3.3 entre los pueblos jíbaro.
dio de la manipulación de los genitales femeninos que deben de ser abiertos para poder sangrar y procrear.
Hasta hace unos veinte años atrás, regularmente, las niñas eran operadas por sus abuelas maternas al tercer día de naci- das. Los labios menores eran raspados con una concha para eliminar «la piel negra del bebé» y el himen era perforado, para abrir el cuerpo de la niña y prepararlo para la menstruación, el embarazo y el parto. Se consideraba que de no realizarse esta operación, la muchacha no podría evacuar su sangre ni el feto por la vagina y sería «como un hombre» ( ëmëje paiye). Esta ope- ración feminizaba a la mujer, abriéndola y causando el flujo de su sangre, y transformaba a la vagina en un órgano fértil y de- seable. Los hombres explican que, en el pasado, ningún marido se atrevería a tener relaciones sexuales con una mujer que no había sido operada. Para ambos, hombres y mujeres, la idea de una mujer sin operar les parecía repulsiva y era objeto de «mie- do» ( cadaye). Hoy en día, la operación no es llevada a cabo regu- larmente, pero es difícil estimar en qué medida ha sido dejada de lado debido a que las mujeres saben que su costumbre es objeto de desaprobación y burla por parte de los colonos, y pre- fieren guardar silencio al respecto. Sin embargo, no cabe duda que esta operación ocupaba un lugar central en su cosmovisión, puesto que el episodio de la abertura de la vagina, y el srcen de la menstruación, también abría el ciclo de las transformacio- nes míticas del «tiempo suave» ( ajinë) cuando Ñañe, Luna, es- taba «paseando por la tierra».
Antes (soe). A Ñañe no le gustaban sus manos y sus pies porque eran rellenos como las patas de los anima- les, no tenían palmas.
–¿Cómo voy a hacer para cortarles un pedazo? Estaba sentado en una rama mirando a las dos hijas de Huëquë
que estaban dormidas en el suelo. Sus vaginas tenían dientes y siempre estaban titiritando, haciendo un rui- do que se escuchaba de lejos.
Ñañe bajó de su rama y puso un pie sobre la vagina de una de sus esposas. ¡Pac! Le mordió un pedazo. Des- pués puso el otro pie. ¡Pac! Una mano, y después la otra. ¡Pac! ¡Pac! Estaba alegre con sus nuevas palmas
El recuerdo de Luna
de las manos y de los pies. Después, tomó un pedazo de fibra de chambira, lo rodó sobre su rodilla para hacer hilo y, agarrándolo por la puntita, enrolló la otra punta en la vagina de una de sus esposas. Entonces jaló fuerte. Los dientes salieron volando y se convirtieron en un murciélago. Hizo lo mismo con su otra esposa. Sus dien- tes también salieron volando y se quedaron atrapados en un árbol que ahora se llama el árbol vagina. Después, volvió a subir a su rama [...] (Narrado por Cesario. Belaunde, 2001:63).
La historia narra la humanización del cuerpo fértil y hábil. Ñañe, Luna, utiliza el mordisco de las vaginas de sus esposas, las hijas de Huëquë, Tapir, para obtener manos y pies con palmas. Con sus nuevas manos, prepara hilo de chambira y lo utiliza para extraer las mandíbulas tiritantes de sus vaginas 93. Sus
esposas se despiertan menstruando, «malogradas», como di- cen los airo-pai, y regresan a casa de su padre, quien enfureci- do decide vengarse de Luna y «malograrlo» a su vez. De ahí, el ciclo mitológico narra una serie de enfrentamientos cómicos entre suegro y yerno, que culminan cuando Luna transforma a su suegro en una presa de caza, en un tapir, el animal de mayor volumen, que tiene más grasa y sangre que todos los animales comestibles del monte. La historia de la adquisición de la men- struación está, por lo tanto, íntimamente relacionada al tema de la venganza de los animales y al deseo de matar, al impulso
9 3 Cipoletti (1988:60) recoge otra versión en la que el narrador menciona explícita- mente el riesgo de castración proveniente de las mandíbulas de la vagina. La figura de la vagina dentada se encuentra asociada a la menstruación en diversi- dad de grupos étnicos (ver Karadimas, 1997, 2005). La figura del pene castrado, ya sea por los dientes de la vagina o por otro corte, también es parte de las narraciones de srcen de la menstruación, pero no se trata de una castración total, sino, al contrario, de una operación de masculinización que reduce el tamaño desmedido del pene. Por ejemplo, entre los piaroa (Overing, 1986), las mujeres adquirieron la menstruación al tener relaciones con el pene sangrante de Buok’a, que había sido cortado por su hermano celosoWahari. Antes, Buok’ atenía el pene tan grande que lo llevaba enroscado en el cuello y suscitaba la gula de las muje- res, sin lograr saciar su apetito sexual. La disminución del tamaño del pene y la extracción de las mandíbulas titiritantes de la vagina se refieren, por lo tanto, al control del apetito desmedido e insaciable de la gula, un tema de resonancia panamazónica, que también es elaborado en los mitos de srcen de Luna y del incesto. Ver capítulo 1.1.
depredador que convierte a las demás presas de caza para ser comidas. Desde entonces, la sangre que corre de la vagina de las mujeres vuelve a los humanos vulnerables al ataque de los
huati comesangre, seres del monte y de los ríos, y causa irre- vocablemente la rabia divina. No obstante, Luna es el dios del tiempo y las estaciones, y su rostro es utilizado por las mujeres como un calendario para registrar los ciclos de su fertilidad. Cada vez que una mujer menstrúa se dice que «ve a Luna». Por esta razón Luna también es llamado mai jaqué, «nuestro pa- dre», ya que de la sangre que hace correr de la vagina de las mujeres y de su ritmo nacen todos los humanos. Sin embargo, Luna no es un demiurgo organizado, sino un bufón, un engaña- dor que se aprovechó del sueño de sus esposas para «malo- grarlas». El astro visible en las noches es su cara manchada por las manos de su hermana cuando ésta descubrió que había tenido relaciones sexuales incestuosas con ella, aprovechán- dose de la oscuridad de la noche. Avergonzado, Luna dejó su rostro colgado en el cielo, como un espejo reflejando todo lo que existe
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, en recuerdo del incesto y del correr de la sangre de las mujeres.
Pero no solamente las mujeres adquirieron la sangre de Luna. Luna también adquirió algo del mordisco de las mujeres: las manos para hacer hilo de chambira. Hoy en día, torcer chambira y hacer hamacas son actividades que definen la iden- tidad y las capacidades reproductivas masculinas. En el pasado reciente, cuando los muchachos llegaban a la pubertad, eran recluidos durante unos meses en la «casa del yajé» ( yaje huë’e) en la que se iniciaban en el chamanismo y aprendían a tejer hamacas de chambira y otros artefactos, canastas, abanicos,
94 El rostro de Ñañees un espejo del SolUnsë–que es a la vez hijo y hermano mayor de Ñañe–. Más precisamente, el rostro de Ñañees un par de espejos suspendidos, que pueden girar sobre sí para reflejar todo lo que sucede en el universo, hasta lo más recóndito. El saber de Ñañees un saber reflejado, que lo penetra todo. Los chamanes curanderos acuden a los espejos de Ñañepara ver qué brujo o espíritu causó la enfermedad o la muerte de un familiar. Como Nhamandu, la divinidad creadora de los mbyá-guaraní, Ñañetiene la capacidad de desdoblarse y de generarse