Sangrar rojo
5.4. H OMICIDIO Y EMBARAZO : W AR
Entre los wari, los rituales masculinos de reclusión de los ho- micidas tenían por objetivo absorber, y no purgar, la sangre del enemigo ingerida al matar. La sangre del enemigo procesada en el cuerpo del matador era transmitida a su esposa por medio del semen y engendraba a un hijo, nacido de la víctima y su matador. Los wari104, quienes practicaban expediciones guerre-
ras y el canibalismo funerario hasta la década de 1960, conside- raban que un adolescente se volvía napiri, un hombre adulto capaz de engendrar hijos, solamente después de participar en una expedición guerrera y pasar por el ritual de reclusión de los homicidas. Según su teoría del homicidio, todas las perso- nas que presencian un homicidio, independientemente de si es que tiraban o no tiraban flechas en el cuerpo de la víctima, eran penetrados por la sangre del enemigo muerto 105. Esta inges-
10 4 Ver capítulo 3.1.
El recuerdo de Luna
tión de sangre causaba una hinchazón del abdomen del mata- dor, quien, después de volver a su poblado, debía mantenerse recluido, tomando la chicha de maíz que las mujeres le ser- vían, caminando poco y lentamente, evitando golpearse o he- rirse, para no sangrar ni perder una gota de la sangre adquiri- da de su víctima. Tampoco podía tener relaciones sexuales, ni tener una erección, porque esto también causaría una pérdida de sangre. Durante la reclusión, el matador engordaba y se fortalecía, alimentado ritualmente por la sangre de su víctima y por grandes cantidades de chicha de maíz de las mujeres (Vilaça, 1992:08). De no respetar la reclusión, la sangre del muchacho se volvería lenta y degenerada, llevándolo a un es- tado de debilidad llamado kup, «en la que el abdomen se hin- cha mucho de suero, provocando a menudo vómitos de sangre y hemorragia nasal descontrolada» (Conklin, 2001b: 163).
Por lo tanto, existían dos tipos de hinchazón abdominal mas- culina debido a la ingestión de la sangre del enemigo. Una negativa, debido a la falta de respeto de la reclusión, que cau- saba la muerte del joven por el mal flujo de su sangre. Una positiva, debido al respeto de la reclusión, que permitía el buen flujo de la sangre, haciendo que el joven se desarrolle (Conklin, 2001b: 163). La hinchazón positiva del abdomen homicida era comparada al embarazo de las mujeres.
Como me explicó un hombre mayor: «la sangre enemi- ga entra al cuerpo del guerrero. El guerrero se pone gordo. Su barriga se hincha. Se pone realmente gordo, como embarazado. Cuando un hombre tiene relaciones sexuales con una mujer, la sangre del enemigo se va al semen del hombre. Es como cuando nace un bebé. El hombre se pone delgado. La sangre del enemigo se va, su gordura se va. El hombre se pone delgado, igual como una mujer después de dar a luz a un niño» (Conklin, 2001b:161. Traducción propia).
105 Si es que las mujeres presenciaban el homicidio, sus abdómenes también se hin- chaban con la ingestión de sangre enemiga, y debían purgarse, pero este proceso no tenía mayores repercusiones en su estatus social (Conklin, 2001b: 156).
La gordura adquirida por el homicida durante la reclusión era transmitida a su esposa por medio de su semen. Los wari y muchos otros pueblos amazónicos consideran que el semen masculino estimula la producción de la sangre menstrual. Las muchachas llegaban a la menarquia debido a su relación con la Luna, «cuya influencia es considerada un estímulo para el cre- cimiento de los senos y la menstruación». Al mismo tiempo, la muchacha debe tener relaciones sexuales con hombres, quie- nes reproducen el acto de fertilización de Luna. Es imposible que una mujer virgen menstrúe, porque la inyección de se- men (hecho de sangre masculina) es necesaria para transfor- mar y aumentar el volumen de la sangre femenina, causando el desangramiento. Sin una inyección regular de semen, las mujeres se «secan». En cambio con la inyección regular de semen, la muchacha crece más gorda, alta, fuerte, capaz de hacer el trabajo de las mujeres, sembrar, cosechar y procesar comida (Conklin, 2001b:153).
Así como el semen estimula el flujo de la sangre femenina, su vitalidad y su disponibilidad al trabajo, también estimula el crecimiento del feto. Se dice que éste crece en el útero de la mujer por acumulación del semen paterno y de la sangre ma- terna, que es inyectada en el útero cada mes, durante los días en que la madre debería tener su período menstrual. Por eso es importante que la pareja continúe teniendo relaciones sexua- les, tanto para aumentar el volumen de la sangre femenina como para acumular semen para formar el cuerpo del feto. El flujo de la sangre femenina es, por lo tanto, concebido como un produc- to del flujo del semen masculino. En el pasado y hasta el día de hoy, cuando las mujeres están menstruando, continúan con sus quehaceres cotidianos, pero no entran al bosque porque consi- deran que la sangre menstrual las vuelve visibles y vulnera- bles al ataque de los jaguares comesangre. Tampoco tienen rela- ciones sexuales, porque esto volvería a sus maridos visibles y vulnerables al ataque de los jaguares (Conklin, 2001b:153-154). La sangre del parto es considerada aún más peligrosa que la sangre menstrual, por lo que durante el post-parto las mujeres se mantienen recluidas, alejadas de sus esposos, porque si tu- viesen algún contacto, los volvería visibles al ataque de los ja- guares devoradores de sangre cruda.
El recuerdo de Luna
En el pasado, las expediciones guerreras culminaban en rituales colectivos de consumo de la carne de los enemigos caídos. La matanza de un enemigo daba lugar a un banquete funerario caníbal. Después de una expedición guerrera, el cuer- po de la víctima era transportado al poblado, lavado para eli- minar todo rastro de sangre, cocinado a fondo y consumido con tamales de maíz. Todos los hombres, las mujeres y los niños que no habían participado en la expedición guerrera co- mían la carne. Todos aquellos que habían presenciado el homi- cidio, estaban llenos de la sangre de su víctima y, por lo tanto, debían mantenerse recluidos y tomando solamente chicha de maíz. Un matador no podía comer la carne de su víctima por- que sería como comer su propia carne. «Es su cuerpo –del matador–», explican los wari. «Los matadores llevaban den- tro de sí la sangre del enemigo muerto [...] Si un matador come la carne del enemigo, se muere» (Vilaça, 1992:02).
La idea de que comer su propia carne conduce a la muer- te, también regía en el caso de los banquetes funerarios cuan- do el muerto era un pariente cercano. Cuando una persona del grupo residencial moría, su cuerpo era asado y consumi- do, pero los únicos que podían comer eran los afines del muer- to –sus cuñados, cuñadas, suegros, suegras, yernos y nue- ras–. El consumo funerario era concebido como un acto de com- pasión y de amor hacia la persona difunta, y era un servicio que los afines prestaban a los parientes consanguíneos del muerto. En su concepción, dejar que el cadáver se descom- ponga y sea devorado por los gusanos, los buitres o los anima- les del monte, sería extremadamente doloroso y una muestra de falta de amor. Para realizar el banquete funerario había que esperar que todos los conocidos del difunto llegasen de los poblados vecinos para asistir a las homilías funerarias, en las que se contaban los hechos de la vida del muerto. Como a menudo se tenía que esperar algunos días, el cuerpo ya esta- ba parcialmente descompuesto cuando era preparado y con- sumido. Para demostrar su respeto y compasión, los afines comían sin demostrar apetito, utilizando palitos de madera para llevarse los pedazos a la boca, e intentando no demostrar su repulsión ante la carne podrida. En cambio, durante los ban- quetes caníbales guerreros, el cuerpo de los enemigos era
cocinado y devorados de inmediato, sin homilía alguna y sin ninguna muestra de respeto y compasión. La carne era engu- llida con evidente voracidad. «Se come con rabia. Enemigo no es pariente», explican los wari (Vilaça, 1992:102, 2006:179).
Durante el período del establecimiento del contacto con la sociedad brasileña, en la década de 1960 y hasta princi- pios de 1970, la mitad de la población wari falleció debido a las epidemias. Los sobrevivientes cuentan que eran tantos los muertos en sus comunidades, que tenían que abandonar- los, sin poder llevar a cabo los banquetes funerarios adecua- dos para mostrar su amor y su compasión por sus parientes muertos. La población fue asentada en una reserva territo- rial, y desde mediados de 1980, con la provisión de servi- cios médicos, los wari se han recuperado demográficamente. El abandono de los rituales del homicidio, que implicaban abs- tinencia sexual, también han contribuido a su crecimiento. La reclusión del homicida tenía por propósito procesar la sangre del enemigo para generar un hijo bajo condiciones controla- das, incluyendo el respeto de un intervalo adecuado entre los nacimientos. El homicidio era, por lo tanto, una parte intrínse- ca de los rituales reproductivos de la pareja. Hoy en día, el proselitismo religioso evangélico entre los wari está gene- rando un proceso de conversión religiosa. Conklin (2001b:61) observa con alivio que «todavía no han tenido que lidiar con los problemas de alcoholismo, la desocupación, la violencia doméstica, el suicidio y otros comportamientos autodestruc- tivos son plagas en muchas otras comunidades nativas, pero esto podría cambiar ahora que los muchachos y las mucha- chas pasan más y más tiempo en la ciudad».