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L A SANGRE : B ORORO

Dar de comer

1.2. L A SANGRE : B ORORO

Vital Souls( Almas vitales), el estudio de Christopher Crocker sobre los bororo, un pueblo de familia lingüística je del río São Lorenzo del Brasil central, explora cómo el engranaje del ci- clo de vida es puesto en marcha por las relaciones de género y por las sustancias que constituyen los cuerpos, las capaci- dades, los apetitos y la historia personal de los hombres y de las mujeres. La sustancia que sostiene la existencia personal e histórica de ambos géneros es raka, la «sangre».

Los bororo asumen un lazo directo entre rakay la capaci- dad de una persona de llevar a cabo sus varios roles, es- pecialmente aquellos definidos por el sexo. La habilidad para cazar, que es prácticamente la esencia del criterio bororo de masculinidad, es deipso factouna evidencia de una raka poderosa. El trabajo femenino en la cocina y la chacra es, de igual manera, una prueba de tener una amplia «sangre» (Crocker, 1985:57. Traducción propia).

Raka –es decir, la sangre y sus derivados, el semen y la leche materna– es la sustancia física, mental y espiritual que constitu- ye la unidad de la persona en vida, capacitándola para efectuar trabajos y ser movida por apetitos específicos a su ser. Por un lado, la sangre es la manifestación de los bope, entidades poderosas que gobiernan la lluvia, el ciclo de la noche y el día, el trueno y el rayo, el calor y el frío, y que son «el principio de toda transformación orgánica, de la fructificación, el crecimiento, la muerte, la podre- dumbre, las metamorfosis de los espíritus» (Crocker, 1985:38).

Gracias a la raka los hombres cazan, las mujeres re- colectan, los pájaros vuelan y los jaguares matan a sus presas. Pero antes que nada, por medio de la raka,

la vida orgánica es capaz de reproducirse (Crocker, 1985:36. Traducción propia).

Por otro lado, la sangre es el vehículo de la incorporación de los aroe, las almas inmortales asociadas a los nombres perso- nales, que son reciclados a través de las generaciones.

El recuerdo de Luna

El rakaconduce el alma aroe, cuya conexión con el cuer- po material crece y disminuye con el crecimiento y la pérdida de raka» (Crocker, 1985:41. Traducción propia). El flujo de la sangre, unión de los bopey los aroe, es el vector de la historia de los bororo. Lleva en su corriente a las almas inmor- tales por el curso irreversible del ciclo de vida de cada persona. Cuando nace un niño o una niña, tiene poca sangre, por lo que su conexión con las almas es muy débil. Bajo los cuidados de su padre y de su madre, la cantidad de su sangre aumenta. Cuando el pequeño empieza a caminar y comer por sí mismo, es bautiza- do con un nombre de las almas aroe. Estas son incorporadas en su sangre e infunden su cuerpo con capacidades de acción y de satisfacer sus apetitos específicos de su género. Al llegar a la pubertad, los hombres y las mujeres llegan a la máxima poten- cialidad de sus sangres, por lo que están llenos de deseos de comer y de tener sexo. A partir de ese momento, los hombres y las mujeres bororo afirman que las personas deben gastar la can- tidad de sangre de la que disponen «copulando, llevando a cabo trabajos físicos, bailando y cantando» (Crocker, 1985:42). A lo largo de la vida, la enfermedad y la vejez acontecen cuando se da un desequilibrio en el flujo de la sangre, ya que cuando la circula- ción de la sangre disminuye el lazo de las almas se atenúa. El derramamiento de la sangre, la enfermedad y las heridas siem- pre suscitan una reacción de venganza, que deriva de la propia dinámica de la sangre. La venganza siempre está motivada por un agravio contra una persona cercana, que por haber sido heri- da o por haber caído enferma se ve incapacitada de proveer alimentos y cuidados a sus pequeños y a las personas depen- dientes. Con la muerte, al estancarse o escurrirse el flujo de la sangre, las almas se van del cuerpo, y regresan al dominio de los aroe de donde serán recicladas en los nombres dados a los niños y las niñas de las generaciones futuras.

El mecanismo hidráulico de la sangre circula dentro del cuer- po y también fuera del cuerpo, uniendo en su curso a los cuer- pos de las personas que están en contacto las unas con las otras38.

Ambos géneros comparten este mecanismo, pero sus sangres

3 8 El autor sostiene que existe un paralelismo entre el concepto bororo de rakay la libido freudiana (Crocker, 1985:61).

se diferencian. Primero, porque producen derivados distin- tos, el semen para los hombres y la leche materna para las mujeres. Segundo, se considera que los hombres son más ca- lientes que las mujeres porque tienen mayor cantidad de san- gre. Debido a ello, los hombres tienen mayor capacidad de realizar trabajos pesados, y tienen más apetito sexual. Toda la sangre que sale del cuerpo –incluyendo la sangre menstrual, la sangre de los animales y el semen– es considerada sucia y peligrosa para cualquier otra persona que no sea su dueño. Por esta razón, antes de ser preparada, la carne de los anima- les es lavada a fondo para eliminar todo rastro de sangre. Al compartir la vida diaria y las comidas, las personas que viven juntas se exponen a los fluidos de los demás, sus sangres se

mezclan y sus seres se van volviendo semejantes. También es necesario protegerse de la contaminación de la sangre y los fluidos expulsados del cuerpo de los demás. Las mujeres menstruantes y parturientas, en particular, se mantienen en reclusión, evitan comer carne de animales que tienen mucha sangre, para no afectar el equilibrio del flujo de la sangre de los demás y para controlar el flujo de su propia sangre.

No obstante, el poder del flujo de la sangre reside justa- mente en su capacidad de circular, comunicarse y afectar a los demás, generando nuevos flujos de sangre. Según la teoría bororo de la concepción, el correr de la sangre femenina, por ejemplo, se debe a la satisfacción del deseo sexual, ya que una mujer comienza a menstruar después de haber tenido relacio- nes sexuales (Crocker, 1985:109) y de haber sido afectada por el semen salido del cuerpo de su amante. Al acumularse el semen en el útero, se produce la gestación y el proceso de transformación de la sangre del padre y de la madre en un nue- vo ser. Por medio de los derivados de la sangre, el padre y la madre transmiten a sus hijos sus características «físicas, mo- rales y espirituales». Por esta razón, los padres deben respetar las restricciones alimenticias, sexuales y de comportamiento de la covada. En particular, deben evitar consumir la carne de animales que tienen mucha sangre, como el tapir y la huangana, porque el consumo excesivo de sangre podría ser dañino para el recién nacido, quien no tiene suficiente sangre propia y está íntimamente ligado al flujo de la sangre de sus padres.

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En el contexto de las precauciones para el nacimiento, la lógica bororo parece ser que el equilibrio, normalmente delicado, entre los deseos satisfechos y los deseos ne- gados es aún más precario cuando uno (o dos) está crean- do a un hijo. Al llevar a cabo ese gasto masivo de raka

que constituye al recién nacido, la madre y el padre se han debilitado tanto que no pueden arriesgarse a que el resto de su sangre los lleve a satisfacer sus deseos nor- males (Crocker, 1985:61. Traducción propia).

El final de la covada coincide con el bautizo del pequeño, quien recibe un nombre perteneciente al conjunto de aroe del matri- lineaje de su madre. Por lo general, el hermano de la madre bautiza tanto a los niños como a las niñas. Debido a la organi- zación residencial, el donador-de-nombre ( i-edaga) vive en la otra mitad del poblado, junto con su esposa y sus hijos. El poblado bororo tiene una estructura circular dividida en dos mitades opuestas. Las casas familiares están alineadas en cír- culo formando el anillo exterior del poblado. En el centro del poblado se encuentra la casa de los hombres de las dos mita- des. Al llegar a la pubertad, las muchachas permanecen en casa y los hombres se van a vivir a la casa de los hombres en el centro del poblado. Cuando se casan se van a vivir a la casa de los padres de su esposa. Una vez allí, el hombre trabaja para su esposa y las demás mujeres de la casa de su esposa. «Él le debe a ella, y a sus compañeras de casa, casi la totali- dad de su producción» (Crocker, 1985:93).

Todo hogar bororo tiene una mujer dominante que ejer- ce control normativo sobre los demás miembros feme- ninos y una considerable influencia sobre los hombres [...] A menudo dominan a sus esposos, si no pública- mente, en privado [...] Su influencia y poder en los asun- tos del poblado es considerable, aunque sea implícita- mente y rara vez reconocido en público (Crocker, 1985:87. Traducción propia).

Al mismo tiempo, un hombre casado continúa unido a su her- mana y sobrinos, en la otra mitad del poblado; con el pasar de

los años llega a asumir la posición de «hermano mayor» o «jefe» de la casa de su hermana.

Por cierto, muchos hombres bororo consideran que la posición de hermano mayor requiere de tanto esfuer- zo y es tan demandante que el prestigio público recibi- do no compensa para nada el agobio (Crocker, 1985:91. Traducción propia).

Debido a las diferentes exigencias y expectativas de los es- posos, la continuidad del matrimonio no es un asunto predecible ni de fácil resolución. Durante la juventud, llevados por el ím- petu de sus sangres y por sus intereses divergentes, los con- flictos en la pareja son frecuentes. A menudo los hombres bus- can refugio en la casa de los hombres, y si las divergencias no son superadas, las parejas se separan. Los hogares donde la pareja de la madre no es el padre de todos sus hijos son la norma, no la excepción. Sin embargo, a pesar de tener otros hijos, los hombres nunca dejan de proveer y cuidar a sus hijos de matrimonios anteriores, y mantienen con ellos un fuerte lazo emocional durante el resto de sus vidas. Finalmente, con el pasar de los años el ímpetu de la sangre disminuye. Las mujeres actúan como parteras, ocupando una posición ritual complementaria a la madre de los niños. Ambos, los hombres y las mujeres, se interesan más en los asuntos de las almas

aroe de su propio matrilineaje y del matrilineaje complemen- tario de su pareja. Con la vejez, cada vez más similares a las almas eternas, las animosidades entre los géneros se calman. El sosiego se instala en la pareja y «los hombres encuentran en su esposa a su mejor confidente» (Crocker, 1985:117).

Los ancestros nunca pelean entre ellos, nunca están enfermos, no tienen raka (Crocker, 1985:117. Traduc- ción propia).

A pesar del retrato vital que el autor proporciona de la vida diaria de los bororo, señala que en 1964, cuando realizaba su trabajo de campo, estas comunidades estaban en un proceso de muerte. Aún llevaban las huellas de las epidemias que habían

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arrasado con la población en las décadas anteriores al contacto con la sociedad brasileña. Las familias no eran sino retazos de lo que habían sido en el pasado. Los colonos habían ocupado sus tierras, oprimiéndolos ecológica y políticamente. Ya no se en- contraba carne ni pescado, y cada vez que los bororo organiza- ban sus rituales, los colonos se reían y burlaban de ellos. Entre los hombres, el nuevo hábito de consumir aguardiente propició los primeros casos de violencia doméstica y de homicidio entre familiares cercanos. Ante tanta devastación, muchas parejas habían decidido no tener más hijos. «Porque nuestros hijos pronto no van a poder ser bororo, sino que deben convertirse en brasi- leños, hemos decidido que no vamos a tener más hijos», expli- caron las mujeres, quienes decían utilizar una variedad de téc- nicas anticonceptivas y abortivas para evitar embarazos inde- seados (Crocker, 1985:48). Efectivamente, el autor constató en un censo que el número de niños menores de cinco años era mucho menor de lo esperado. Hoy en día, cuarenta años des- pués, los bororo se han recuperado demográficamente, pero la dislocación social ocasionada por el alcoholismo, el acorralamiento de los colonos y la dependencia de los subsidios de comida del Estado brasileño se han enraizado, colocando a muchas familias en una situación de pobreza crónica.