Antes de terminar esta parte del tratado me atreveré a dar un consejo.
Continuamente se están produciendo fenómenos espectrales, y como las gentes van siendo cada vez menos groseras, y por lo tanto, más fácilmente impresionables según pasa el tiempo, no cae fuera de posibilidad que el lector tenga algún día el privilegio de ver un fantasma. Digo privilegio con toda deliberación, pues considero tal experiencia en extremo valiosa para infundir la certidumbre de la otra vida, aparte de que siempre da la posibilidad de prestar auxilio, ya que en demanda de auxilio suelen aparecerse los espectros.
Por lo tanto, indicaré como deben conducirse quienes tengan la dicha de ver un fantasma, pues parece que los venidos del otro mundo se quejan fundadamente de la manera con que los acoge la generalidad de las gentes. Por lo común ha de esforzarse mucho el difunto para mostrarse, y así no lo intenta más que por gravísimos motivos o en caso de necesidad extrema, y aun entonces, solo puede mantener la materialización por breves instantes, que le conviene en extremo aprovechar, pues no le bastan ni para la mitad de lo que desea decir, y sin embargo, la mayoría de los vivos desperdician este fugaz intervalo en sobresaltos, azoramientos y huidas. Pongámonos en el lugar del difunto y veamos que le sucede cuando tan egoísta y pusilánimemente procedemos.
Si una persona acongojada por graves tribulaciones en el plano físico viene a pedir nuestro auxilio, lo menos que por ella hacemos es oír sus cuitas; ¿por qué, pues, no hemos de hacer lo mismo cuando se trata de un difunto? Ningún temor nos causaría este si estuviese vivo, a pesar de que entonces poseería el cuerpo físico, por cuyo medio fuera capaz de dañarnos si quisiera, y en cambio le tememos muerto, no obstante, tener contra él la ventaja de un vehículo más denso. Tan hombre y tan prójimo nuestro era en vida como sigue siéndolo en muerte. Sin que en lo más mínimo pueda dañarnos: ¿por qué, entonces, la actitud de receloso temor que respecto de los fantasmas observan la generalidad de las gentes?
La investigación psíquica. - Pero tampoco hemos de caer en el opuesto extremo del
exagerado escepticismo y mirar los espectros como alucinación o “visualización exteriorizada de una idea simbólica subconscientemente concebida”, según dice la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, a la que los estudiantes de ocultismo han de agradecer su admirable labor de examinar y clasificar multitud de casos observados en el campo y de una ciencia casi ignorada del vulgo. También le debemos nosotros gratitud por haber prestigiado nuestras ideas a los ojos del mundo, de suerte, que en vez de mofarse de nosotros las personas de posición social como antes hacían, confiesan que, “en efecto, hay algo de verdad en todas estas cosas”.
Sin embargo, no es posible reprimir una sonrisa al ver las meticulosidades y aspavientos de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas antes de admitir los hechos, su afán de forjar improbables teorías para explicarlos con el olvido de su natural explicación. La cautela científica es requisito valioso e indispensable en todo linaje de investigaciones; pero, como toda virtud, degenera en vicio cuando se convierte en obcecación y prejuicio los informes de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas adolecen del prurito de explicar los fenómenos con demasiados artificios científicos, sin advertir su claro, lógico y natural fundamento.
La sortija perdida. - Tomaremos un ejemplo de la obra titulada Ensayos de Investigación
Psíquica, original de la señorita Gloodrich Freen.
“Cierto caballero soñó que una sortija muy valiosa suya estaba en el fresal del jardín. A la mañana siguiente buscó la sortija en el joyero, y fue mucha su sorpresa al notar que la había perdido, pero subió de punto su asombro al encontrarla en el mismo sitio y posición en que la viera en sueños.” Este caso es uno de tantos de clarividencia usual en sueños; pero, según los investigadores científicos, el caballero, al pasar por el jardín y tomar una fresa de la planta, vería la sortija, sin tener consciencia de que lo veía y este conocimiento inconsciente se transformaría en consciente durante el sueño. La explicación no puede ser más artificiosamente enrevesada.
La discrepancia del empapelado. - También es de la misma obra este caso con las
“Iba yo con un amigo en busca de un piso para alquilar y estábamos mirando el vigésimo de aquella tarde. En el comedor había una gran alhacena con las puertas cerradas, que abarcaba del techo al suelo. De repente me pareció como sí se abrieran las puertas y que veía el interior de la alhacena. Entonces le dije a mi amigo. “Si abre usted la alhacena verá que el papel del fondo es azul claro y de dibujo más pequeño que el del resto del comedor.” Así lo hizo mi amigo y, en electo, resultó comprobada mi predicción. Creo que sería completamente absurdo atribuir a clarividencia circunstancia tan trivial y me la explicó al considerar que algunos meses antes había yo recorrido, con el mismo objeto, varias casas de la vecindad, y sin duda estaría, también en aquella, aunque no lo recordaba, y notaría inconscientemente la discrepancia del empapelado.”
La credulidad de los escépticos. - ¿Por qué han de ser tan excesivamente crédulos estos
escépticos científicos? De seguro que la sencilla e inteligible teoría de la visión etérea es mucho más aceptable que el asombroso e imposible desmemoriamiento de una persona sana, como en los dos casos anteriores nos veríamos precisados a admitir. De seguro que en vez de forjar ingeniosas pero deleznables explicaciones, es más lógico considerar estas facultades no comunes como parciales y prematuras manifestaciones del magnificente poder que con el tiempo será patrimonio colectivo de todos los hombres.
Otra extravagante teoría de los investigadores científicos es la que supone en todas las cosas, así visibles como invisibles, la acción de un “yo sublimado”. El doctor Alfredo Russel Wallace critica aceradamente esta teoría, y dice. “El yo subconsciente, con su rico acopio de conocimientos (que nadie sabe cómo allegó), con su carácter distinto, su moralidad interior y sus constantes contradicciones, es tan especulativo y puramente teórico como el espíritu de un difunto o cualquier otro espíritu. Por lo tanto, calificar de científica la hipótesis del yo subconsciente y de anticientífica la del espíritu es tergiversar la cuestión47.”
Indisposición repentina. - Muy curioso es uno de los casos que Wallace refiere en la citada
obra, no solo por lo sorprendente del fenómeno, sino porque da a entender la acostumbrada actitud en que se colocan los investigadores psíquicos.
En una casa frecuentada por duendes se oyeron cierta vez lastimeros quejidos y gritos de horror, con la particularidad de que a tres perros que dormían en diversos aposentos los encontraron agachados con muestras de profundo terror, y uno de ellos, que era de presa, se escondió tembloroso debajo de la cama. Sin embargo, el investigador psíquico halla, desde luego, la explicación del fenómeno, pues para el los quejidos fueron alucinaciones colectivas, y en cuanto a los perros ocurrió que; “¡se indispusieron de repente!”
A pesar de tamaños absurdos y de la extravagante terminología de los científicos investigadores psíquicos48: a pesar también del torpe y grosero anatema que fulminaron contra
la insigne Blavatsky, la Sociedad de Investigaciones Psíquicas ha realizado una labor que debemos agradecerle, aunque con la pena de que nuestra gratitud hubiera podido ser todavía mayor.
De todos modos, el procedimiento que dicha Sociedad emplea en sus relaciones con los espectros no satisface en modo alguno a estos, por muy satisfactorio que sea desde el punto de vista científico y, en consecuencia, no debe recomendarse su adopción. Por mi parte, prefiero considerar el fenómeno espectral como la manifestación de un hermano mío necesitado de auxilio, que como un fenómeno de alucinación subjetiva.
La actitud conveniente. - ¿Cuál debe ser entonces, preguntará el lector, la actitud del que se ve
frente a frente de un espectro? La de perfecta circunspección, tal como si se hallara todavía en el mundo físico, pero teniendo además en cuenta que le apremia el tiempo. Colocaos en la actitud, que sin duda es habitual en vosotros de aprovechar toda ocasión de auxiliar al prójimo, y decíos, “aquí hay un prójimo necesitado de auxilio. ¿En que podré servirle?” Acogedle con amistosa sonrisa y preguntadle solícitamente, “¿qué puedo hacer por ti? Te complaceré
47 Wallace. Los milagros del espiritismo moderno, XVI.
48 Inventores de los vocablos: panestesia, hipnopómpica, hiperprometia, meléctica, que al decir de uno de ellos expresan
gustoso.” Tal vez os lo diga sino con la voz, pues no siempre les cabe manifestarse audiblemente, por cualquier otro medio de expresión. Si ni siquiera se da a entender con el ademán, sino que desaparece con aire de contrariedad, estad seguros de que todavía sigue a vuestro lado y habladle como si lo vierais. Preguntadle si puede comunicarse por medio de golpes, y en caso afirmativo, proporcionadle un sencillo sistema de señales, según suele hacerse en las sesiones espiritistas pero si no es capaz de efectuar nada de esto, decidle que por la noche, mientras duerma vuestro cuerpo físico, os pondréis a su disposición en el plano astral, donde podrá deciros cuanto desee sin la menor dificultad. Entretanto infundidle confianza para que no sienta desasosiego ni temor. En efecto, vuestra actitud ha de ser tranquila y placentera, en disposición de prestar el auxilio que se os demande.
Preparación necesaria. - A fin de que tal sea vuestra actitud cuando la ocasión se presente,
debéis comprender lo que es la muerte y convenceros de que el difunto sigue siendo lo que era cuando vivo. Si lo consideráis como un prójimo necesitado de asistencia, no le tendréis miedo alguno, sino que le amaréis y “el perfecto amor desecha todo miedo.” Otro punto importante es que enseñéis a vuestros hijos a mirar la muerte bajo su verdadero aspecto, porque muy a menudo, ayas y nodrizas imprudentes amedrentan a los niños con cuentos terroríficos o augurios supersticiosos, de modo que más tarde es imposible desarraigar los falsos conceptos tan desconsideradamente imbuidos. Pero si a los niños se les enseñara que la muerte no es tal como se la figuran las gentes; si comprendieran que su compañero de juego su condiscípulo no ha muerto, sino tan solo cambiado de vida y que, en circunstancias favorables, puede mostrarse de nuevo en este mundo físico a los dotados de la receptividad necesaria y en contingencia de prestarles auxilio, no solo se librarían de muchos temores vanos y conceptos falsos, sino que estarían dispuestos a portarse juiciosamente con los espectros, en el feliz caso de hallarse frente a frente de ellos.
Verdaderamente se abre ante nosotros un glorioso porvenir en que vivos y muertos estaremos lado por lado en santa comunión espiritual y auxilio reciproco sin temor a engaño, cuando la inmortalidad del alma humana no sea ya nebuloso dogma teológico sino reconocida y demostrada verdad; cuando no nos preocupemos de tener o no tener cuerpo físico en determinado momento de nuestra existencia, mientras tengamos oportunidad de prestar servicio y adelantar en nuestra evolución. Este concepto de la vida y de la muerte no es un sueño de lejano porvenir, porque ya tocan su realidad cuantos conocen las enseñanzas teosóficas y viven teosóficamente. Quien así viva verá como nosotros hemos visto. Quien aprenda estas enseñanzas sabrá cuanto hemos conocido por nosotros mismos al someternos a la divina Ley de pureza, altruismo y amor.