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Experiencias personales.

La primera vez que oí hablar de espiritismo fue, si mal no recuerdo, cuando Home celebraba sesiones íntimas con Napoleón III. Las afirmaciones con referencia a lo que allí sucedía eran tan absurdas, que manifesté a mi madre mis dudas sobre la verdad del relato mientras se lo leía una tarde en voz alta. El escrito, en cuestión, terminaba diciendo que si alguien se resistía a creerlo podría convencerse de ello reuniendo a varios amigos en torno de un velador, con las palmas de las manos puestas encima, o bien colocar sobre el velador un sombrero flexible con las alas hacía arriba, de modo que dos o tres circunstantes apoyaran ligeramente las manos en ellas. En ambos casos aseguraba el articulista que el velador o el sombrero empezarían a girar posteriormente, demostrando de esta suerte la actuación de una fuerza independiente de la voluntad de los circunstantes.

Todo esto me pareció en extremo sencillo y mi madre dijo que bien podríamos probarlo, pues iba anocheciendo y la hora se nos mostraba propicia. En consecuencia, tomé yo una mesita de centro de un solo pie, que había en la sala para sostener una maceta de flores. Traje mi sombrero flexible y lo puse sobre el velador, apoyando después los dos nuestras manos en las alas. Además de mi madre y yo, estaba en el aposento un niño de doce años quien, según supimos después, tenía poderosas aptitudes mediúmnicas; pero a la sazón ignoraba yo por completo lo que fuesen médiums. No creí que obtuviéramos resultado ninguno de la experiencia, por lo que fue mucha mi sorpresa al ver que el sombrero daba media vuelta sobre la mesa.

Cada uno de nosotros supuso que el otro había tocado el sombrero involuntariamente, pero luego desvanecieron la suposición los vigorosos giros del sombrero sin que pudiéramos detenerlo. Sugerí entonces la idea de que levantáramos todos las manos, y el sombrero siguió el movimiento, como atraído magnéticamente, quedando suspendido a unos cinco centímetros del velador antes de caer otra vez en él. Este fenómeno acrecentó todavía más mi asombro y quise repetir la experiencia. El sombrero se resistió durante unos minutos, pero al fin volvió a levantarse, con la particularidad de arrastrar el velador en su levitación. Sin embargo, ¡mi habitual sombrero flexible en el que jamás hubiera podido sospechar tan ocultas propiedades, estaba misteriosamente suspendido en el aire bajo las puntas de nuestros dedos, y no contento con burlar por su propia cuenta las leyes de la gravedad, sobornaba al velador para que también las quebrantase! Miré por debajo del mueble, y al ver que las patas se levantaban hasta unos quince centímetros de la alfombra, pasé los pies por entre el claro sin notar nada que pudiera sostener el velador en el aire.

De momento supuse que el chiquillo que con nosotros estaba nos hubiera jugado alguna treta; pero me convencí de que no se había movido de su sitio, y además no pedía hacer nada sin que lo echáramos de ver. Al cabo de dos minutos se puso el velador en el suelo e inmediatamente cayó también el sombrero sobre la superficie; pero repetimos varias veces el experimento con el mismo resultado en el intervalo de pocos minutos. Poco después la mesa empezó a bambolearse violentamente y arrojó de sí el sombrero hacia nosotros, de modo que, de estar advertidos, hubiéramos podido agarrarlo al vuelo. Pero ninguno de nosotros tenía la menor idea de lo que iba a ocurrir, aunque estábamos vivamente interesados en tan extraños movimientos. Por mi parte no pensaba ni remotamente que el fenómeno fuese manifestación de los difuntos, sino que lo creía producido por alguna desconocida y sorprendente fuerza natural.

Al día siguiente, referí la ocurrencia a varios amigos, uno de los cuales había presenciado también fenómenos análogos y le eran familiares los procedimientos rudimentarios del espiritismo. Desde luego invité a este amigo a que asistiera a los experimentos que tratábamos de repetir aquella misma noche y, en efecto, logramos con su ayuda que el velador respondiese con movimientos inteligentes a varias preguntas que le hicimos. Sin embargo, la entidad comunicante no podía ser hombre de muchas luces, porque nada dijo de particular y todas sus manifestaciones se redujeron a bromas más o menos pesadas. Verdaderamente fue notable la enorme fuerza física del comunicante, pues levantó voluminosos muebles, estropeándolos algún tanto, aunque sin causar daño a los circunstantes. Tan solo a un amigo mío, incrédulo y escéptico, le cayó en los pies el delantero de la chimenea; pero me parece que el mismo se lo echo con el propósito de despertarnos la curiosidad.

Manifestaciones violentas. - En la segunda sesión quedo estropeado el sombrero, porque apenas extendimos las manos sobre el velador, empezó a danzar tan vertiginosamente que no hubo manera de alcanzarlo. En la tercera sesión, si este nombre pudo darse a nuestras reuniones íntimas, el velador sufrió grave detrimento, y mientras descansábamos por algunos instantes oímos debajo de él un ruido estridente, al paso que caía en el suelo una cosa menuda que, según vimos al recogerla, era un tornillo al que siguieron dos más acompañados de la misma estridencia.

De pronto nos sobresaltó el violento empuje del velador, que contra nosotros saltó como si por debajo le hubiesen dado un tremendo puntapié, y cuatro veces más se repitió el golpe hasta quedar la tabla del mueble desprendida de la pata, que siguió danzando por sí sola mientras aquella caía al suelo y continuaba moviéndose en el suelo, de la vacilante manera como se mueve una peonza poco antes de pararse después de girar sobre una superficie pulimentada, sin que fuesen capaces de detenerla dos robustos hombres con todas sus fuerzas, antes al contrario, los rechazó violentamente.

Mientras estábamos contemplando aquel extraño fenómeno saltó de nuevo la suelta tabla del velador, como si alguien sin el más leve obstáculo le hubiera dado un puntapié desde la alfombra y el suelo.

Después que todo se hubo apaciguado, examinamos el descompuesto velador y nos dimos cuenta de lo ocurrido. La entidad que se divertía con nosotros quiso separar de la tabla la pata del velador y, al efecto, saco tres de los cuatro tornillos, como si se hubiera valido de un destornillador, pero no pudo sacar el cuarto tornillo por lo muy enmohecido, y de aquí los puntapiés que acabaron de separar las dos piezas del mueble.

Estas violentas manifestaciones de fuerza física en una sesión espiritista son más frecuentes de lo que pudiera suponerse, y nuevo ejemplo de ellas nos da Roberto Dale Owen, al describir los fenómenos ocurridos en una sesión celebrada en Staten Island, en la primavera de 1870. Dice así:

“…En aquel punto, a favor sin duda de la obscuridad, se produjeron diversas manifestaciones de fuerza física tan poderosa como hasta entonces no había visto en mi vida. Creo que no hay hombre de carne y hueso capaz de sacudir de un lado a otro una mesa como en aquel instante la sacudían manos invisibles. Todos conocíamos que nos hallábamos bajo la influencia de una entidad que de un puñetazo nos hubiera podido dejar en el sitio”49.

Testimonio de fuerzas desconocidas. - Los espiritistas expertos hubieran desdeñado por

frívolos estos fenómenos que tan inesperadamente se interponían en el camino de mi vida y eran para mi tan sumamente interesantes, pues sucedían en mi propia casa sin relación alguna con los médiums profesionales y, por lo tanto, no cabía ni la más mínima sospecha de fraude en aquellos hechos del todo nuevos para mí, cuya incontrovertible certeza demandaba personales trabajos de investigación. No conocía yo por entonces la copiosa literatura espiritista ni esperaba que su estudio me suministrase prueba alguna sobre el más allá de la muerte. A lo sumo me demostraban todos aquellos hechos la existencia de una inteligencia invisible capaz de manejar fuerzas enormes de índole del todo distinta de las conocidas por la ciencia; pero precisamente mi mayor interés se enfocaba en estas fuerzas con propósito de indagar si sería posible utilizarlas en beneficio de la humanidad.

Sin embargo, no fuimos muy allá en nuestras investigaciones caseras, porque mi madre receló la completa destrucción de los muebles, y así nos contrajimos a experimentos de carácter suave para suspender la sesión en cuanto se iniciaban manifestaciones violentas. En ninguna ocasión notamos golpes ni arrebatos de objetos ni voces directamente emitidas, sino que recibimos todas las comunicaciones por medio de los movimientos del velador, como si la entidad comunicante no dispusiera de otros medios de manifestación. Una tarde preguntamos si podría levantarse el velador en el aire sin poner encima las manos, y respondió afirmativamente, por lo que nos apartamos todos de pronto y vimos cómo se levantaba hasta cerca de un metro del suelo sin que ninguno de nosotros lo tocara ni estuviera a su alcance. Después de permanecer cosa de un minuto en el aire, se puso de nuevo suavemente sobre la alfombra.

Luces. - De cuando en cuando vimos lucecillas de varias clases, que más bien parecían incidentes propios de los fenómenos que manifestaciones intencionadas. Notamos tres modalidades luminosas. 1º Chispas menudas semejantes a luciérnagas que se zarandeaban alrededor de nuestras manos mientras las teníamos sobre el velador. 2º Unos objetos pálidamente luminosos, de algunos centímetros, de diámetro, en forma de media luna. 3º Una vívida centella parecida al rayo, que en cierta sesión atravesó la sala, derribando una maceta y dejando varias chamuscaduras, como hubiera hecho un rayo tempestuoso. La primera y tercera modalidades nos parecieron de naturaleza eléctrica, mientras que la segunda era más bien fosforescente. Nada observamos con visos de materialización, aunque de Cuando en cuando pasaban por delante de nosotros una especie de bultos negros. Todos estos fenómenos ocurrieron estando alumbrado artificialmente el aposento; pero en cierta ocasión los obtuvimos con ligeras variantes en pleno día. El ambiente parecía saturarse de una energía análoga a la eléctrica, porque al cabo de una hora por lo menos de terminada la sesión, seguían crujiendo misteriosamente los muebles y el velador se adelantó algunas veces dos o tres metros del rincón en que con la maceta encima lo habíamos vuelto a colocar.

Las comunicaciones eran de carácter ramplón, y la entidad no logró llevar su exuberante vigor más allá del fastidioso procedimiento del velador parlante, pues aunque procuramos recabar declaraciones terminamos sobre este punto, no pudimos lograrlo, como si la entidad estuviera siempre dispuesta a divertirse sin asomos de formalidad. Con frecuencia bailaba el velador garbosa e incansablemente al compás de la música que nosotros tocábamos o cantábamos, y su cadencia favorita era la del conocido himno espiritista “¿Nos reuniremos en el rio?”, de modo que si alguna vez parecían debilitarse o decaer las manifestaciones, nos bastaba cantar o tocar el himno para que se reprodujesen con ardiente y entusiasta agilidad. A veces se mostraba aquella entidad declaradamente malévola y mentía con todo descaro en las comunicaciones, pero se enojaba al representarle sus embustes, como sucedió una vez en que al decirle yo que había mentido me echó el velador encima, y aun me hubiera dado con él en la cara, de no agarrarlo yo fuertemente y, aun así, fue preciso que todos me ayudaran a sujetarlo como si se tratara de un animal enfurecido, hasta que al cabo de poco aplacó el enojo o se le acabaron las fuerzas, porque siguió tan inofensivo como antes.

Los médiums profesionales. - Estos experimentos me estimularon a ulteriores pesquisas, y

luego supe que había libros y periódicos dedicados a estas materias, de suerte que podía llevar mucho más allá mis investigaciones con el concurso de médiums profesionales. Asistí a muchas sesiones públicas, en las que presencié fenómenos muy interesantes; pero los más notables y de más satisfactorios resultados se produjeron en círculos de unas cuantas personas unidas por íntima amistad y armonía de pensamiento. Celebré, por lo tanto, sesiones privadas en mi propia casa, con la cooperación de médiums que no podían disponer allí de artificio alguno para la trampa y el fraude, y de este modo adquirí copiosas experiencias que me llevaron al convencimiento de que, si no todas, algunas de aquellas manifestaciones eran debidas a los que llamamos muertos. Encontré médiums de toda clase: buenos, malos e indiferentes, fervorosos y libios, dispuestos unos a contribuir al resultado de la investigación, e ignorantes otros hasta extremos increíbles, aunque de indudable honradez, sin que faltaran los beaturrones y falsarios. Sin embargo, la experiencia me enseñó a distinguir unos de otros, de modo que solo aproveché los más a propósito. Proseguí las investigaciones durante algunos años y pude ver muchos raros fenómenos que parecían increíbles a los no familiarizados con estos estudios si me detuviera a describirlos en su totalidad, aunque más adelante citaré los más convenientes para la ilustración de la materia en cuestión.

CAPÍTULO XXVI