carrera o ambición de poder, con lo que lo sitúa frente al elector como un empresario ante sus consumidores; las exigencias democráticas y político-morales de las constituciones occidentales se considerarían satisfechas cuando el output legislativo del gobierno refleje el input de la demanda de los consumidores; por tanto, una democracia que funcionase correspondería a un equilibrio de mercado en funcionamiento119.
Esta teoría económica de la democracia guarda gran afinidad con la ideología neoliberal de Hayek o Friedman; de forma similar al marxismo vulgar, para el cual la democracia es un acuerdo referido al mercado de instituciones destinado a imponer los intereses del capital, los neoliberales interpretan la política como “superestructura” de una libertad de disposición referida a la figura universalista del empresario, identificando democracia con capitalismo, toda vez que no diferencian entre derechos de libertad económicos y políticos. Por otro lado, resulta difícil aplicar las ideas del mercado tradicional a sistemas políticos contemporáneos, ya que el mercado político está organizado de forma más oligopolista que el mercado económico del capitalismo tardío. La homogenización del electorado mediante la figura del consumidor olvida la diferencia sociocultural y la desigualdad económica, que influyen en el comportamiento político.
En segundo lugar, cuando se equipara la manipulabilidad de la actitud del consumidor con la formación de la opinión política, desaparece el
input (intereses y necesidades de los ciudadanos políticamente activos)
como elemento independiente, sacrificando la sustancia normativa de la legitimidad antitotalitaria. Según Schumpeter, las condiciones para el éxito del método democrático son: 1) la existencia de un nivel social homogéneo desde el cual se recluten los políticos; así, con respecto al enrolamiento de las élites, Schumpeter considera la desigualdad política de la sociedad como factor estabilizador de la democracia liberal120; 2)
limitación de la esfera política: solo la investidura del gobierno debe ser sometida al principio democrático, y 3) amplia apatía política de las masas y fomento político-cultural del consumo metapolítico.
Al no existir una población que se corresponda con los supuestos de apatía política y obediencia tradicional, el modelo realista de democracia elitista se transforma en un modelo normativo, pasando, según Dubiel, de lo que pudo ser un modelo sensato-descriptivo (en los años cincuenta) a ser la base de programas políticos autoritarios (en los años setenta y ochenta). La ausencia de “condiciones para el éxito del método democrático” es lo que los neoconservadores consideran “ingobernabilidad”: 1) revaloración del principio normativo de igualdad social (observada en los movimientos 119 Dubiel, p. 54.
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de derechos civiles de los negros y de las mujeres); 2) expansión de lo político y de las exigencias de autodeterminación a los ámbitos económico, cultural, etc., y 3) descomposición de actitudes afirmativas, tradicional y religiosamente determinadas.
Estos desarrollos cuestionaron parte del modelo elitista de la democracia, especialmente la ventaja del realismo, la cual era su única fuerza frente a los críticos radical-liberales y socialistas, que no querían abandonar los imperativos morales de la concepción de democracia de la primera burguesía. La equiparación de modelo y realidad social –principal ventaja de la teoría elitista– debe ser llevada a cabo ahora de modo práctico político; así, lo que los neoconservadores –desde la idea de ingobernabilidad– llaman “terapia”, sería la restauración schumpeteriana de las condiciones para el éxito democrático.
Los elementos atribuidos a la ingobernabilidad por los nuevos conser- vadores podrían considerarse signos de una conciencia democrática madura no prevista por Schumpeter; empero, esta consideración tendría que anticipar una alternativa participativa al concepto diferenciado de democracia elitista –un paradigma, reconocido científicamente y probado históricamente, de la democracia participativa que se refiera a las condi- ciones sociales modernas y que pueda oponerse al modelo elitista– que, sin embargo, no existe, pues, si bien, se reconocen las raíces teórico-históricas de un paradigma como éste, su contexto interno aún es confuso. El concepto asambleario de democracia de Platón y Aristóteles, las teorías políticas de las sectas heterodoxas de la Baja Edad Media, las discusiones políticas de las sectas puritanas en la colonias americanas y las ideas de democracia de los anarquistas, populistas y sindicalistas del siglo XIX, unidas por la idea de una integración normativa de la sociedad cuyo origen esté en el pensamiento aristotélico, según el cual el individuo sólo puede realizarse activamente desde el punto de vista moral a través de la participación en la política, son bases teórico-históricas que no pueden sostener el modelo moderno de democracia participativa, puesto que surgieron antes del desarrollo de sociedades modernas, funcionales y diferenciadas, y del reconocimiento político-histórico de principios universalistas de igualdad política y autonomía moral del individuo, principios que garantizan que la integración normativa de la sociedad no derive en sistemas totalitarios.
La referencia histórico-real de la concepción participativa de democracia se sitúa en la polis ática, en los town-meetings de los Estados de Nueva Inglaterra y en los procedimientos de decisión de la democracia de los primeros movimientos populistas americanos. Esta democracia directa en su forma participativa podría contemplar la realización del ideal republicano de soberanía popular, entendida de modo “populista”, esto es, orientada por la idea antigua de la vida buena, según la cual las necesidades funcionales de reproducción social y los principios