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91En esta sociedad, nadie debe rendir cuentas de lo que piensa, pero,

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en cambio, cada uno está encerrado en un sistema de relaciones que conforman un instrumento hipersensible de control colectivo, cuyos dispositivos son articulados por la industria cultural135 a partir de una

tendencia a la extinción de la crítica y el respeto, lo cual requiere de un proceso de vigilancia imperceptible. El control social se hace indiscernible porque se ejerce sobre la vida psicológica del individuo. En este sentido, uno de los dispositivos más destacados resulta ser la publicidad, que reduce el placer prometido a mercancía.

La incorporación de Freud a la Teoría Crítica aportará nuevos elementos al discurso en este campo, siendo el tema de los mecanismos inconscientes de internalización del orden normativo postindustrial uno de los más puestos de manifiesto. El acatamiento y la socialización normativa permiten una tendencia acrítica frente a la conformidad que sustituye a las organizaciones coactivas por organizaciones comunicativas, con lo que se patentiza un consenso colectivo logrado mediante el uso de la persuasión, lo liderazgos políticos coactivos y los sistemas de influencia de los medios de comunicación.

Pero este conjunto de procesos indicaría que los niveles de obediencia social habrían sido dirigidos por una gestión científica de los estados de ánimo y los “climas mentales” de los ciudadanos. El triunfo es no sólo de la conciencia cosificada, también lo es del inconsciente cosificado en su reducción subjetivista y cerrada que la técnica ha endurecido136. Consciente

e inconsciente se ponen al servicio de las relaciones de producción, de sus formas de poder y de sus sistemas de propiedad, de modo tal que el ser humano quede reducido a naturaleza, instintos controlados y satisfechos primitivamente con productos tecnológicamente inmejorables.

Pseudocultura de masas

La estructura de la cultura de masas se ordena sobre lo manido y ya sabido. Frente a la internalización del libro por parte del público de un Defoe o un Dickens, los medios técnicos actuales de comunicación conducen a una continuada externalización, en la que lo visual sustituye a lo

leído. Para Adorno, esa simplificación en los procedimientos cognoscitivos

también se percibe en los contenidos de la nueva cultura “popular”. En efecto, el surgimiento de una clase media unificada sobre la que recae la acción del consumo y de la comunicación, conlleva la necesidad de crear unos contenido “previsibles”.

Lo conocido no sólo se reduce a los temas y tramas novelescas o cinematográficas, sino, especialmente, a los valores expuestos. Éstos deben ser reconocidos de una forma literal por la audiencia, evitándose 135 Idem, p. 97.

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el esfuerzo intelectual y la concentración que requería la anterior cultura

burguesa” del siglo XIX. Ahora las variaciones deben ser mínimas, porque

la organización mental colectiva se establece sobre dos pilares básicos: los escasos conocimientos y recuerdos históricos y los clichés deliberados que favorecen el –cada vez mayor– carácter autoritario de sus valores. En gran medida, la literatura burguesa decimonónica reivindicaba el poder

de la individualidad frente a la convención. Tal reivindicación representaba

el aspecto progresista, casi revolucionario, de sus temas. En la primera cultura de la burguesía se muestran unas fuerzas de resistencia individual que expresan la tensión formidable de una poderosa creación estética. Es así como la cultura popular burguesa se transforma en una subcultura de publicaciones periódicas –las historietas de los periódicos dominicales comienzan a crear un género que, con los comics, se consolidan como el “arte popular”–.

Pero ello ya no será creación autónoma original; al contrario, la comercialización de esa primera subcultura literaria y gráfica estará en el inicio de la aparición de la cultura de masas, de modo tal que, al pasar estos temas a la cultura de masas, se altera su significado de avance social. Las normas sociales triunfarán sobre la ruptura. En la “novela de consumo” se impone su ser “realista” y, por tanto, la identificación con el statu quo y sus valores convencionales se impondrá como el final imprescindible de la trama.

El juicio deviene en opinión y la opinión en prejuicio. En la modificación cultural de lo popular en masivo, encuentra Adorno el eje para comprender el paso de la creación artística hacia la ideología. La ideologización de la

cultura se da con el relegamiento de la bidimensionalidad, que había sido

el patrimonio de lo creado por el pueblo y por los creadores e intelectuales auténticos. Así, la crítica contemporánea de la ideología tendrá, ineludiblemente, que explicar la disolución de la cultura bidimensional y su mutación en un esquema integrativo que elimina el “deber ser” –que ha sido, y es, el primado de la creación cultural– y fortalece “lo que es” como un absoluto, eterno e inmodificable137.

El descubrimiento de los mecanismos ocultos del inconsciente echó en cara al marxismo su desatención a las estructuras psicológicas concretas de los sujetos. Los teóricos de Frankfurt, desde sus orígenes como grupo en 1923, fueron aproximándose decididamente a Freud. La constitución instintiva del hombre no podía desligarse de su vinculación con las estructuras económico-sociales objetivas. Por tanto, el concepto de pseudocultura entró en el léxico frankfurtiano como una necesidad derivada de los impulsos motivadores de las conductas masivas de los sujetos138.

137 Idem, pp. 118-119. 138 Idem, pp. 120-122.

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