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La Categoria de Elite

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LA CATEGORÍA DE ÉLITE

EN LOS ESTUDIOS POLÍTICOS.

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En esta investigación colaboraron igualmente los estudiantes del Departamento de Ciencia Política,

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LA CATEGORÍA DE ÉLITE

EN LOS ESTUDIOS POLÍTICOS.

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Mejía Quintana, José Oscar Eduardo,

La categoría élite en los estudios políticos: una exploración epistemológica / Oscar Mejía Quintana, Carolina Castro; colaboración de Ivonne León y Pablo Reyes. - Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas, 2008

164 p. - (Colección Estudios políticos y sociales; 06) ISBN: 978-958-719-127-1

1. Elite (Ciencias sociales) 2. Poder (Ciencias sociales) - Aspectos políticos 3. Participación social I. Castro Cañón, Carolina, 1985-

CDD-21 305.52 / 2008

laCategoríadeéliteenlosestudiosPolítiCos.

Una exploración epistemológica © Oscar Mejía Quintana

Carolina Castro

© Universidad Nacional de Colombia

Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales Departamento de Ciencia Política

© Grupo de Investigación Theseus Primera edición: enero de 2009 ISBN: 978-958-719-127-1 Editor: Jairo Estrada Álvarez

Diseño de carátula: Oscar Javier Arcos Orozco - Diseñador Gráfico Diagramación: Doris Andrade B.

Impresión: Digiprint Editores E.U. Calle 63 Bis Nº 70-49 - Tel.: 251 70 60 Bogotá, D.C.

La Colección Estudios Políticos y Sociales se publica gracias al apoyo de la Dirección de Investigaciones Sede Bogotá de la Universidad Nacional de Colombia.

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Introducción ... 7

La teoría clásica de las élites ... 15

Primera generación de la teoría ... 17

El aporte de la sociología comprensiva ... 22

Max Weber y la clase dirigente ... 22

Mannheim: sociología del conocimiento e intelligentsia ... 23

La sociología del conocimiento ... 23

La categoría de intelligentsia... 2

Segunda generación de la teoría ... 27

Minorías selectas, poliarquía y élites ... 33

Aron: minorías selectas ... 3

Dahl: poliarquía, tecnocracia y élites ... 36

Democracia decisional: Sartori ... 41

Poder, clases sociales y élites ... 49

(Post)estructuralismo y poder ... 1

Poulantzas: bloque en el poder ... 4

La cuestión del poder ... 4

Élites y bloque en el poder ... 8

Burocracia y élites ... 61

Élites intelectuales y hegemonía ... 63

Gramsci: intelectual orgánico y hegemonía ... 66

Laclau & Mouffe: crítica al concepto de hegemonía ... 68

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Adorno: élites y pseudocultura ... 88

La industria cultural ... 88

Comunicación, técnica y control ... 90

Pseudocultura de masas ... 91

Opinión pública y mass media ... 9

Nuevas formas de alineación social ... 98

Élites, cotidianidad y resistencia ... 102

Dinámica de las resistencias ... 102

Espacio/tiempo de las resistencias ... 103

Prácticas de las resistencias ... 10

Élites, imaginarios e identidades sociales ... 107

Habitus y conflicto de subjetividades ... 110

Imaginarios sociales ... 112

Identidades culturales ... 114

Opinión pública, élites y contraélites ... 119

Habermas: poder y opinión pública ... 123

Esfera de la opinión pública ... 123

Minorías y desobediencia civil ... 126

Nancy Fraser: redistribución y reconocimiento ... 128

Warner: públicos y contrapúblicos ... 137

Excurso. Élites, actores y estrategias ... 141

Actores y estrategias ... 143

Dinámicas simbólicas y ciudadanía ... 148

Conclusión ... 151

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epistemológico de la teoría política se constituía a partir de su ruptura con la filosofía política, a través de la concreción de sus propias unidades de análisis Estado, sistema político y poder, que, posteriormente, derivan en la de democracia deliberativa como categoría estructural de interpretación1. Se

sostenía que una de las maneras más directas en que podíamos diferenciar a la teoría política de otras disciplinas, era determinar las problemáticas históricas, que, partiendo en buena parte de la filosofía política, han querido caracterizar la reflexión sobre lo político. De ello se derivarían los problemas estructurales que la reflexión sobre la política ha tenido históricamente y de donde podríamos inferir sus unidades de análisis2.

En efecto, la primera temática esencial giraba alrededor del problema del Estado. Más allá de los desarrollos específicos de cada escuela o autor, la modernidad temprana –tanto con el republicanismo de Maquievalo y Bodin como con el contractualismo, de Hobbes a Kant, pasando por Locke y Rousseau, y, posteriormente, con la reacción de Hegel, quien lo eleva a la altura de “espíritu absoluto” como sujeto de la historia–, convierte al Estado en el tema de reflexión central de toda esta época. El pensamiento de Marx y el marxismo, tanto ortodoxo como heterodoxo, así como el mismo contrapunteo del anarquismo frente a su abolición y desaparición, o la defensa del fascismo y las diferentes expresiones de la dictadura en Schmitt, por ejemplo, consagran en la misma dirección la problemática posthegeliana. Durante casi cinco siglos, el Estado constituye el elemento de reflexión sustancial de lo político que, en las más diversas tonalidades y variaciones, caracteriza al abordaje moderno sobre el mismo3.

1 Oscar Mejía Quintana, “El estatuto epistemológico de la teoría política”, en Revista Ciencia Política (No. 1), Bogotá D.C.: Departamento de Ciencia Política (Universidad Nacional de Colombia), 2006.

2 Sobre este método, ver Lucien Goldmann, “Génesis y Estructura” y “Hacia un

enfoque marxista de los estudios sobre marxismo”, en Marxismo y Ciencias Humanas, Buenos Aires: Amorrortu, 1975, pp. 17-27, 172-176.

3 Oscar Mejía Quintana, “La tradición contractualista”, en Justicia y Democracia Consensual, Bogotá: Siglo del Hombre/Ediciones Uniandes, 1997, pp. 13-35; Jean Michel Palmier, “La filosofía del derecho”, en Hegel, México: F.C.E., 1977, pp. 81-100; Nicos Poulantzas, “El Estado capitalista y las clases dominantes”, en Poder Político y Clases Sociales en el Estado Capitalista, México: Siglo XXI, 1978, pp. 247-289; Enrique Serrano, “La política entre amigos y enemigos”, en Consenso y Conflicto: Schmitt y Arendt, México: Cepcom, 1998, pp. 41-61; Peter Koller, “Las teorías del contrato social como modelos de justificación de las instituciones políticas”, en L. Kern y H:P: Muller, La Justicia: ¿Discurso o Mercado?, Barcelona: Gedisa, 1992, pp. 21-65. Igualmente, Antoni Negri, “Sobre algunas tendencias de la teoría del Estado más reciente: reseña crítica”, en La Forma-Estado,

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La segunda temática esencial se definía, a partir de la postguerra, alrededor del sistema político, desde un abordaje funcional, inicialmente, y, más tarde, sistémico. Parsons, primero, desde la sociología, e Easton, después, inaugurando explícitamente la teoría política a través de esta –en adelante– categoría central de lo político, configuran tanto el dominio, como la herramienta, desde el cual lo político tiene que empezar a ser considerado y estudiado. Siguiendo y profundizando esta línea, posteriormente Luhmann retoma y lleva a su máxima expresión la categoría de sistema político, pese a las reconsideraciones que introduce en torno al Estado, pero en estrecha relación ahora con el sistema político en conjunto4.

La tercera temática esencial se consolida a través de la crítica postestruc- turalista al discurso moderno, que incluye directamente la categoría de Estado, e, indirectamente, la de sistema político, en su crítica a las implicaciones metafísicas de la de estructura. En esta línea se desarrolla la reflexión sobre el poder como una nueva categoría que intenta dar razón de las implicaciones más generales que éste tiene sobre la política, en un cuestionamiento a los postulados convencionales que sobre el poder había considerado la modernidad, reduciéndolo o al Estado o a las diferentes estructuras (la económica, la ideológica, la de la legitimidad, etc.), que pretendían explicar su naturaleza o dinámica. El poder se revela como la dimensión trans-social que comprehende la totalidad de manifestaciones macro y micropolíticas y que, por tanto, no puede ser reducido ni al Estado ni al sistema y se desliza en todos las instancias sociales no sólo en términos de dominación, sino, simultáneamente, de posibilidad de resistencia5.

De lo anterior quedaba claro que, históricamente, podemos inferir tres temáticas esenciales de la teoría política que constituyen el punto de apoyo normativo de la ciencia política en general: Estado, sistema político y poder, a las que vemos sumada una nueva, la de democracia deliberativa, en los últimos tiempos. Temáticas esenciales que, ya en el terreno de la teoría política, devienen unidades de análisis que configuran esquemas de abordaje, tanto teórico como práctico, de problemáticas propias de los campos políticos contemporáneos.

Madrid: Akal, 2003, pp. 295-335, El Poder Constituyente, Madrid: Libertarias, 1994; Antoni Negri y Michael Hardt, “El derecho postmoderno y el marchitamiento de la sociedad civil”, en El Trabajo de Dionisos, Madrid: Ediciones Akal, 2003, pp. 31-86; y Varios, Antonio Negri: Una Teoría del Poder Constituyente, Barcelona: Anthropos, 1993.

4 Ver David Easton, “Categorías para el análisis sistémico de la política”, en Enfoques sobre Teoría Política, Buenos Aires: Amorrortu, 1973, pp. 216-231; Niklas Luhmann, “La política como sistema autorreferente” y “El futuro de la democracia”, en Teoría Política en el Estado de Bienestar, Madrid: Alianza, 1994, pp. 47-60; 159-170; Niklas Luhmann, “L’ Etat el la politique”, en Politique et Complexité, Paris: Cerf, 1999, pp. 77-142.

5 Franca D’Agostini, “Postestructuralismo y postmodernismo”, en Analíticos y Continentales, Madrid: Cátedra, 2000, pp. 439-480.

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En una línea de razonamiento que pretende continuar aquellas reflexiones, este escrito buscará demarcar epistemológicamente, en lo posible a partir de una reconstrucción histórico-estructural de la categoría, los linderos desde los cuales puede ser utilizado el concepto de “élites” como unidad de análisis e interpretación teórica de los fenómenos políticos.

La élite, en términos generales, puede entenderse como una minoría

selecta que gobierna sobre la mayoría, en virtud de atributos psicológicos

“superiores” y de su posición privilegiada dentro de la organización social. La élite es un actor social estratégico, cuya acción está inscrita en las relaciones de poder, razón por la cual las jerarquías sociales se definen en términos de pertenencia o no a la élite, cuyos miembros ocupan las más altas posiciones en los ámbitos cultural, social, económico, político y militar.

Los rasgos subjetivos y estructurales son variantes fundamentales en el análisis elitista, pues permiten caracterizar la élite como actor fundamental en la organización social, en la medida que estructura relaciones de poder, y, al mismo tiempo, produce identidad, símbolos, imaginarios, discursos, en síntesis, cultura. Por su importancia en los diversos procesos sociales, la élite se ha convertido en una categoría analítica fundamental para la teoría política. Desde el pensamiento político griego antiguo ya se puede rastrear la idea de élite en el Libro Primero de la Políteia de Aristóteles, cuando advierte que se “naturaliza la relación social entre el señor y el esclavo, así como el derecho de mandar del primero, a raíz de la superioridad de su mérito (asociado a la virtud) sobre el segundo. El atributo individual superior, característico de la política clásica, se erige así sobre la diferencia de las virtudes”6.

En la modernidad, Saint-Simon será el primero en acercarse a una reflexión sobre las élites, cuando hable de un gobierno de los científicos y de los industriales. Sin embargo, la teoría elitista sólo aparece después de la obra de Karl Marx, como crítica al concepto de clase que se define por la posición en las relaciones de producción. Esta idea le da un papel privilegiado a la clase en el sistema económico, “que se hace extensivo al dominio político a partir de la influencia burguesa en el aparato militar, la ideología, las formas jurídicas y las formas de conciencia social”7.

Los teóricos elitistas interpretan esta idea marxista como una forma de determinismo económico del que depende la esfera política; para W. Mills, por ejemplo, “la frase clase dominante, en su sentido político habitual, no permite reconocer bastante autonomía al orden político y a sus agentes

6 Varios, “Aproximación a las teorías de Élites”, en Élites, Eticidades y Constitución en Colombia, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. 2004, p. 10.

7 Véase Karl Marx, Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, Buenos Aires: Edición

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y no dice nada a propósito del orden militar […] Clase es una expresión económica, ‘dominio’ es una expresión política”8.

En ese orden, la hipótesis de trabajo que el escrito buscará ilustrar es la siguiente:

La demarcación epistemológica de la categoría de élites, que permite fundamentarla como unidad de análisis e interpretación teórica de los fenómenos políticos, requiere la reconstrucción histórica de su trayectoria para demostrar su tradición y versatilidad en la interpretación de las dinámicas políticas. Ello posibilita advertir el paso de la interpretación inicial de la élite, como una pluralidad de grupos influyentes, a la noción de élite ilustrada que sustituye al pueblo a través de los procedimientos democráticos, así como, más tarde, el tránsito a la versátil noción de poder del postestructuralismo, cuyo desconocimiento de los mecanismos específicos de dominación ejercidos por las élites dominantes sólo logra ser superado por la categoría de bloque en el poder, que facilita percibir los mecanismos por los cuales la(s) élite(s) se articula(n) a través de fracción(es) hegemónica(s) que cohesiona(n) al conjunto de las élites políticas, económicas y burocráticas dominantes a través del Estado. Esto viabiliza entender las estrategias hegemónicas que las élites vehiculizan y que garantizan su penetración en el mundo de la vida, concibiendo, en el marco de la democracia liberal, estrategias sociales e institucionales de dominación, que usufructúan, a través de los medios de comunicación masivos, los procesos de voluntad y formación de opinión pública. Lo anterior revela a la cotidianidad como un campo social en tensión en el que se da un conflicto de imaginarios e identidades socio-políticas en pugna, encarnado en sujetos sociales diversos, en minorías y en élites. El conflicto allana la comprensión de los complejos dominios cotidianos en que se proyectan las maniobras de dominación de las élites, así como la dinámica espacio-temporal de la desobediencia civil y las resistencias contestatarias, en la que se trenzan las estrategias hegemónicas y contrahegemónicas en la base misma que sostiene toda la pirámide social. De esa manera, se vislumbra el espacio de la esfera pública como un ámbito, no de públicos o contrapúblicos en pos de identidades y programas de reconocimiento, sino como un campo de confrontación entre posiciones hegemónicas y contrahegemónicas encarnadas por élites y contraélites sociales y políticas.

En primer lugar se realizará un acercamiento a la teoría clásica de las élites, señalando los aportes de las primeras generaciones de autores que abordan el problema, lo que nos proporcionará el punto de partida de 8 Wrigth Mills, La Élite del Poder, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1963,

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la problemática (1). Enseguida nos acercaremos al concepto de minorías selectas de Aron, así como al de Dahl de poliarquía y su relación con las élites, en una elaboración más contemporánea de la cuestión que nos posibilite visualizar las continuidades y discontinuidades temáticas del asunto, abordando igualmente la teoría decisional de la democracia de Sartori, que consagra el manejo elitista como el único efectivo para un sistema democrático (2). Posteriormente, abordaremos el planteamiento que sobre el poder desarrolla el postestructuralismo francés y, en su órbita, la articulación que los análisis marxistas de Poulantzas hacen de aquel con la categoría de bloque en el poder y la relación explícita que se plantea en su relación con las élites (3). Inmediatamente, a partir de la reflexiones gramscianas sobre el intelectual orgánico y la hegemonía, entendidas como expresión de organizaciones colectivas selectas, reconstruiremos la crítica de Laclau y Mouffe, así como el planteamiento de Dubiel y Wellmer sobre las dinámicas de dominación y desobediencia que involucran potencialmente a élites y minorías (4).

Con ello podremos considerar, en el siguiente paso, y en el contexto de la teoría de la pseudocultura de Adorno, la tensión ya presente entre cultura y contracultura y el entronque que, en el marco de los procesos cotidianos, involucra a los diversos sujetos sociales en eventuales prácticas hegemónicas elitistas y populares contrahegemónicas (5). Ello nos facultará para intentar articular una teoría de las élites con la categoría habitus, así como con las de imaginarios e identidades sociales, y desustancializar a las élites, comprendiéndolas como una pluralidad de perspectivas ideológicas y políticas en tensión y conflicto (6). Ello nos debe permitir interpretar las dinámicas y contradinámicas que se dan en el marco de los procesos de voluntad y opinión pública y en qué forma puede inferirse de ese marco la noción de élites y contraélites como relación de dominio-resistencia a su interior (7). Finalmente, el excurso busca

precisar una serie de conceptos complementarios que lo acerquen a la categoría de élites y a su realización práctica.

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expositivos con el objetivo de ubicar los orígenes y antecedentes de la teoría de las élites, lo que serán, en primer lugar, los planteamientos de Pareto y Mosca y su debate con Marx en torno al carácter, alcance y justificación o no de la dominación de las élites (1.1.), para, enseguida, adentrarse en lo que será el aporte de la sociología comprensiva de Weber y la sociología del conocimiento de Mannheim y sus categorías de clase dirigente e

intelligentsia, desde perspectivas fundamentadas sociológicamente y, en

el caso del segundo, particularmente críticas, alimentadas estas últimas del instrumental marxista sobre la ideología (1.2.). Este apartado se cierra con la exposición de la segunda generación de la teoría de las élites, en la que se presentan los aportes de Mills, Schumpeter y Bottomore y sus respectivas visiones sobre el particular, con lo que quedan claras, no solo la tradición y permanencia de la categoría, sino su versatilidad en la interpretación de las dinámicas políticas (1.3.).

Primera generación de la teoría

Wilfredo Pareto y Gaetano Mosca son exponentes de la primera generación de la teoría de la élite, sus ideas confluyen en el marxismo y la democracia liberal, específicamente en la idea de una sociedad sin clases.

Pareto elaboró su teoría de elitista, en un intenso debate con el fantasma de Marx. Sus análisis de las relaciones entre las clases, de las fuentes de poder político y del sistema económico, carecían de sentido para Pareto, pues, en todo caso, el “pueblo” jamás se movió o se guió por un análisis racional de su situación9; todos los movimientos y cambios sociales han

sido promovidos por y para unas minorías. Para Marx, son las condiciones económicas y tecnológicas las que condicionan la aparición de las clases, y las élites son subproductos de la división en clases. Así, pues, la burguesía y el proletariado son producto de transformaciones en las formas de producción y el grado de desarrollo de las fuerzas productivas. A pesar de que todos los movimientos han sido hasta ahora movimientos de minorías, o se han producido en provecho de minorías, de todas las clases sólo la mayoritaria, el proletariado, es una clase verdaderamente revolucionaria.

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La burguesía destruye toda élite, mientras el comunismo no es más que una especificación del proletariado. El socialismo científico –escribe Pareto– nació de la necesidad de dar una apariencia científica a las aspiraciones de la humanidad; así, entonces, las relaciones de las clases sociales, “el vivir en una colectividad dada imprime en la mente ciertos conceptos, ciertas formas de pensar y de actuar, ciertos pre-juicios, ciertas creencias que luego se mantienen y adquieren una experiencia seudo-objetiva, como tantas otras entidades análogas. En Europa, la propaganda marxista de la “luchas de clases” sirvió para fortificar las fuerzas instintivas (residuos) correspondientes en la clase de los “proletarios”, o, mejor de una parte del pueblo10.

Pareto acepta del marxismo la importancia del contexto social, pero poniéndole límites. Excluye, ante todo, que el ambiente pueda borrar la heterogeneidad entre los individuos, pues cada individuo ocupa una determinada posición en la pirámide social, y si se ordena a los individuos según su grado de influencia y de poder político, en casi todas las sociedades, los que tienen mayor influencia y poder político son también

los de mayor riqueza: ésta es la élite. Como Marx, ve una correspondencia

entre el poder político y el poder económico, pero mientras que el poder económico, para el primero, tendía a determinar el político, Pareto los consideraba a ambos como motivados por la presencia de individuos de ciertas características de élite, de sentimientos de élite11.

Con la categoría de diferenciación social, Pareto expresa el hecho de que los individuos son física, moral e intelectualmente diferentes. Algunos individuos son superiores a otros y, en esta línea, el término élite se refiere a la superioridad, en habilidad, poder e inteligencia. La clase

selecta (élite) de una sociedad está compuesta por aquellos que tienen

los índices mayores en sus respectivas ramas de actividad. Pareto divide la élite en dos: aquellos que tienen participación notable en el gobierno, los cuales constituirán la clase selecta de gobierno, y el resto, que será la clase selecta de no gobierno12. El estrato inferior o no-élite está formada

por aquellos que están gobernados, y, según Pareto, su influencia política es casi nula.

Hay para Pareto residuos de la clase I en el estrato superior, es decir, una propensión a las combinaciones, una búsqueda de las combinaciones que se juzgan mejores y que han conducido al progreso. El científico, así como la élite, imagina, inventa y se guía por preceptos, conjeturas y suposiciones. Para el no-científico, en cambio, el sentimiento desempeña un papel fundamental y, por tanto, acepta las proposiciones por la fe. La racionalidad es para el dominio exclusivo de las élites y la no racionalidad 10 Wilfredo Pareto, Escritos Sociológicos, Madrid: Alianza Editorial, 1987, p. 23. 11 Zeitlin, p. 191.

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para el de las masas13, a las que les es atribuido el tipo de residuos de

la clase II, es decir, hábitos, costumbres, tradiciones y otras creencias y prácticas que persisten a través del tiempo: en síntesis, son elementos recibidos pasivamente, aceptados y mantenidos con tenacidad. La masa es

pasiva en su recepción y retención de sentimientos, en tanto que la élite es

activa en la explotación de éstos por medio de sus fórmulas ingeniosas. Ahora bien, los elementos superiores no son solo los aptos para gobernar, sino también los que están dispuestos a usar la fuerza. Los electos inferiores temen el uso de ésta, la élite en decadencia se aparta del uso de la fuerza y trata, entonces, de comprar a sus adversarios. Así pues, las sociedades en general subsisten porque en la mayoría de los miembros que las constituyen, los sentimientos correspondientes a residuos de sociabilidad (clase IV) se hallan vivos y vigorosos.

Cuanto mayor son los residuos de sociabilidad mayor es la uniformidad y, viceversa, en las sociedades generalmente heterogéneas la exigencia de uniformidad es muy fuerte en algunos individuos, moderada en otros, muy ausente y casi nula en algunos. Cuando se acentúan las diferencias entre la clase gobernante y la clase sometida, las combinaciones y los instintos tienden a predominar en la clase gobernante y los sentimientos de persistencia del grupo en la clase sometida: estas diferencias casi insuperables son la que conducen a la revolución.

La lucha y circulación de las élites es la esencia de la historia. Por ello, los levantamientos populares no tienen verdaderas consecuencias para el pueblo; sirven para facilitar la caída de la vieja élite y el surgimiento de la nueva. Las élites sólo usan a las clases inferiores para conservar o tomar el poder, y, por ello, se afirma que la historia es un cementerio de aristocracias y que su caída se produce como resultado de la reducción de su calidad, en el sentido que disminuye en ellas la energía y se modifican las proporciones de los residuos que les ayudaron a adueñarse del poder y a conservarlo: la clase gobernante se restaura en número y en calidad mediante familias que vienen de los estratos inferiores y que aportan los residuos necesarios para mantenerse en el poder14.

Por su parte, Gaetano Mosca reconoce que la distinción entre gobernantes y gobernados no es innovadora. Sin embargo, sólo en Saint-Simon encuentra una anticipación a su doctrina, según la cual una vez que una sociedad llega a una etapa de desarrollo, el control político, en el más amplio sentido de la expresión, es siempre ejercido por una clase especial o por una minoría organizada. Así pues, en todas las sociedades existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados. La primera, que es siempre la menos numerosa, desempeña todas las 13 Irving, p. 199.

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funciones políticas y monopoliza el poder y disfrute de las ventajas que van unidas a él.

En tanto, la segunda, la más numerosa, es dirigida y regulada por la primera de una manera más o menos legal, o, bien, de un modo más o menos arbitrario y violento, y ello le suministra los medios materiales de subsistencia indispensables para la vida política15. En la práctica de la vida

reconocemos la existencia de esta clase política: aun en las democracias subsiste la necesidad de una minoría organizada que, a pesar de las apariencias en sentido contrario y de los principios legales sobre los que se basa el gobierno, conserva el control real y efectivo del Estado.

La clase dominante constituye un atributo permanente de la sociedad, al igual que la lucha por la preeminencia. En todas las sociedades ha habido y seguirá habiendo dos clases: la que domina y la que es dominada. Las masas dominadas pueden ejercer presiones sobre los dominadores, las cuales surgen de su descontento y de las pasiones que las mueven, ejerciendo con ello cierta influencia sobre las medidas de la clase política. Ello puede provocar derrocamiento y cambios de la antigua clase dirigente por una nueva integrada por miembros de la masa. La clase dominante o política asume la preponderancia en la determinación del tipo político y también del grado de civilización de los pueblos.

Las minorías gobernantes están constituidas, por lo común, de una manera tal, que los individuos que las componen se distinguen de la masa de los gobernados por determinadas cualidades que les otorgan cierta superioridad material e intelectual e, incluso, moral. O bien son los herederos de los que poseían ciertas cualidades16. La clase dominante es

una minoría organizada y, por esta razón, detenta el poder, en contraste con la mayoría desorganizada. Esta desorganización deja a cada uno de sus miembros impotente ante el poderío organizado de la minoría, que logra actuar concertadamente.

Para Mosca hay una ley social inherente a la naturaleza del hombre, según la cual los representantes del pueblo se transforman de sirvientes en amos y muy pronto desarrollan intereses propios, convirtiéndose en el ejercicio de la promoción de estos intereses en una minoría bien organizada, poderosa y dominante. La ley psicológica básica que impele a los hombres a luchar por la preeminencia, desemboca siempre en la victoria de la minoría, la cual, en virtud de su organización y cualidades superiores, obtiene el control decisivo sobre ciertas fuerzas sociales, y el control sobre cualquier fuerza social –militar, política, económica, religiosa o moral– puede llevar al control de los otros.

15 Gaetano Mosca, La Clase Política, México: F.C.E., 1995, pp. 106. 16 Idem, p.110.

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Todas las minorías gobernantes tienden a convertirse en hereditarias, si no de hecho, sí de derecho. Las conexiones y parentesco permiten al individuo orientar sus acciones, de acuerdo con las pautas que impone el grupo al que pertenece. La posición social, la tradición familiar y los hábitos de clase determinan y condicionan el carácter de los hombres. Además de ciertas bases sociales, existen ciertas bases culturales que explican la superioridad de la clase política, que debe sus cualidades especiales no tanto a su sangre como a su educación particular, que ha desarrollado ciertas tendencias intelectuales y preferencias con respecto a otras. La clase dominante debe su existencia a una naturaleza básica e inmutable del hombre: los hombres siempre lucharán por la preeminencia y esto dará como resultado la dicotomía entre gobernados y gobernantes17.

La minoría organizada tiende a estabilizar su poder superior, haciéndolo aceptable para las masas. Lo consigue por medio de una fórmula política, una fuerza social importante, que permite subsistir a la sociedad y que incluye valores, creencias, sentimientos y hábitos comunes que resultan de la historia colectiva de un pueblo y que hacen a éste receptivo a las ficciones de la clase gobernante para legitimar su poder. Las ideas gobernantes no pueden apartarse demasiado de la cultura dominante sin producir conflictos que amenacen la supervivencia de la sociedad. Además de la fórmula política, Mosca llama la atención sobre la emergencia en las clases inferiores de una minoría dirigente, una suerte de clase plebeya que es contraria a la clase legalmente gobernante; es una

subminoría (clase media), cuyo papel consistirá en asegurar el equilibrio

del sistema a partir de un ejercicio de renovación permanente de valores, prácticas e intereses, que en todo caso dependen del nivel de movilidad, integración y actividad que tenga dicha minoría.

La clase dirigente se convierte en un Estado dentro del Estado: cuanto mayor es el descontento de las clases inferiores tanto mayor es la probabilidad de que éstas apoyen el derrocamiento del gobierno legal existente. Las clases políticas declinan inexorablemente cuando ya no pueden ejercer las cualidades mediante las que llegaron al poder, cuando no pueden prestar más el servicio social que prestaban o cuando mediante sus cualidades y servicios pierden importancia en el ambiente social donde viven. En efecto, la circulación de las élites puede que conlleve a su sustitución o a su renovación por el ingreso a ella de individuos procedentes de las clases bajas, o bien esta movilidad se puede dar en virtud del reemplazo de una vieja clase dominante por una nueva. De igual forma, sobre dicha circulación influyen factores no propiamente políticos. Un ejemplo de ello lo constituyen los cambios tecnológicos o culturales que potencializan 17 Zeitlin, p. 226

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en la escena política grupos que la élite no contemplaba dentro de sus transacciones previstas y que hacen más compleja la estabilidad de una minoría y más posible su renovación18.

El aporte de la sociología comprensiva

Max Weber y la clase dirigente

La aparición de la clase política, y en el interior de esta clase de un grupo

dirigente, se justifica según la perspectiva marxista por la necesidad de la

división social del trabajo a la que conduce la concentración de los medios de producción y la separación del obrero de esos medios. Sin embargo, Weber destaca la concentración de los medios de administración y de violencia de los que dispone la minoría dirigente para mantenerse en el poder. En un análisis que revela las dinámicas de dominación que no habían sido contempladas por el marxismo y que desbordan la sola apropiación de los medios de producción, la estructura burocrática se caracteriza, pues, por la concentración de los medios administrativos y de poder político.

Con el fin de explicar los posibles fundamentos de la autoridad política, Weber utiliza el método del tipo ideal que “no es una hipótesis pero brinda una guía para la construcción de hipótesis. No es una descripción de la realidad, pero tiende a dar a tal descripción medios no ambiguos de expresión”19. Bajo este instrumento conceptual se examinan los diferentes

tipos de racionalización y autoridad característicos de la sociedad moderna, de donde se distingue la racionalidad formal, la racionalidad material y, finalmente, la racionalización de las imágenes del mundo20.

Por otra parte, Weber entiende el concepto de poder como la capacidad de imponer la voluntad propia pese a la resistencia, distinto de la dominación, que es entendida como la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato de determinado contenido entre personas dadas. Él presupone, a su vez, la continuidad en el ejercicio del poder, es decir, el surgimiento necesario de una “asociación”, de un eventual “cuadro administrativo” que regule dicha asociación. Así pues, la dominación hace referencia a la existencia de relaciones sociales y de una cierta distribución de roles sociales en roles de dominación y roles de subordinación.

Se conoce como autoridad la dominación legítima, por tanto, la autoridad política no es más que la autoridad ejercida en un grupo político. Se pueden distinguir tres tipos ideales de autoridad política: la primera es

18 Véase James Meisel, El Mito de la Clase Gobernante: Gaetano Mosca y la Élite, Buenos

Aires: Amorrortu, 1975.

19 Zeitlin, p. 136.

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la autoridad tradicional (la tradición es fundamento suficiente para justificar el orden); la segunda es la autoridad carismática que reposa sobre el reconocimiento de los partisanos del poder personal de su jefe, y el tercer tipo ideal es la autoridad legal-racional, que corresponde fundamentalmente a la mayor parte de de los Estados modernos, la cual se funda sobre un cuerpo de reglas legalmente instituidas que asignan una esfera precisa de competencia a cada titular de autoridad; este tipo es propio de la organización burocrática. Los tres tipos de autoridad se entremezclan y se entrecruzan en la realidad para producir una minoría que gobierna: la burocracia.

Mannheim: sociología del conocimiento e intelligentsia

La sociología del conocimiento

La sociología del conocimiento de Mannheim parte de su teoría de la

ideología. La ideología particular se encuentra referida al ámbito psicológico

individual. El paradigma de la forma particular de la ideología es la mentira, tal y como se entiende en el sentido común, aunque la ideología particular se ha diferenciado gradualmente de aquella, incluyendo una diversidad de deformaciones que oscilan entre las mentiras conscientes y los disfraces semiinconscientes, entre los esfuerzos calculados para engañar a los otros y el autoengaño. También puede ser grupal, pues la psicología colectiva puede reducirse a la individual21.

El concepto de ideología total es más amplio e incluyente que el particular. Pone en duda toda la cosmovisión del oponente, su entero aparato conceptual, que se entiende como resultado de la vida social que realiza. También se refiere al mundo intelectual de una época. En la ideología total queda afectado el contenido, pero también la forma y la estructura conceptual de un modo de pensar.

La evolución histórica que permite el paso del concepto particular de ideología al concepto total, se inicia con la aparición de la “filosofía de la conciencia”, que implicó el reemplazo de la unidad objetiva del mundo propugnada por la teología por la unidad impuesta por el sujeto que percibe: la conciencia en sí, el sujeto absoluto del idealismo ilustrado. Luego, aparece la perspectiva histórica tal y como se presenta en la obra de Hegel, que cuestiona el sujeto abstracto supratemporal y segregado de lo social y lo contrapone al espíritu objetivo, integrado por los elementos culturales históricamente acumulados en la vida social de una época y de un pueblo. De este modo, el sujeto formal abstracto de la Ilustración da paso a un sujeto más concreto e históricamente cambiante. Más tarde, aparece el concepto de “clase”, que ocupa el lugar del pueblo como portadora de la conciencia histórica. A partir de aquí se puede entender 21 Idem, p. 237.

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que las clases sociales generan una diversidad de formas intelectuales que dependen de éstas22.

La capacidad de observar que distintos grupos generan una diversidad de ideologías especiales con las que entran en una relación de determinación social, es la que abre la posibilidad de hablar del concepto total de ideología. En la concepción total de la ideología se es consciente tanto de la ideología especial propia como de las ideologías de los otros. El concepto de ideología total podrá generarse en el momento histórico en que aparece una multiplicidad de perspectivas y criterios más seculares de comprensión de la realidad.

El creador del sentido moderno de la palabra ideología fue Napoleón, quien se refirió de modo despectivo a estos “ideólogos”, entendiendo que su pensamiento no tenía validez al ser poco realista. Del mismo modo como Napoleón desacreditaba a sus adversarios mostrando la naturaleza

ideológica de su pensamiento, después la palabra ideología se utiliza por

el proletariado como arma contra la burguesía. De este modo, el hecho de atacar a los otros tildando su pensamiento de ideológico constituye una tendencia a extenderse y generalizarse con el desarrollo de una multiplicidad de perspectivas de la realidad23.

La ideología especial se produce cuando alguien no pone en cuestión su propia posición, a la que entiende como absoluta, y, al mismo tiempo interpreta las ideas de los adversarios como determinadas por la posición social que ocupan. Por el contrario, la formulación general del concepto de ideología significa que dicho término se utiliza no solamente para aquel que desde una posición especial somete al análisis ideológico las ideas del otro, sino cuando, además de tener en cuenta el punto de vista de este adversario, incluye todos los enfoques, también el suyo propio. Con la formulación general del concepto total de ideología, la teoría de la ideología se convierte en sociología del conocimiento. Esto es, cuando somos capaces de detectar la determinación social de la totalidad del pensamiento de una variedad de perspectivas que corresponden a una diversidad de grupos, entre los cuales se incluye el nuestro, nos encontramos ya en el territorio de la sociología del conocimiento. Lo esencial para la sociología del conocimiento es, por tanto, comprender la multiplicidad de “perspectivas” de los grupos en la medida en que se derivan de sus condiciones de vida24.

La sociología del conocimiento es posible entenderla de dos modos, uno no valorativo y otro valorativo25. El modo no valorativo consistiría en asumir

una posición epistemológica que intentaría ser neutral ante los valores, 22 Idem, p. 239.

23 Idem, p. 241. 24 Idem, p. 242. 25 Idem, p. 244.

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evitaría los juicios de valor. El modo valorativo incluiría la preocupación de la aproximación no valorativa por el análisis científico de las correlaciones, pero incorporaría una epistemología transformada en función de los criterios propios de la sociología del conocimiento. A partir de esta concepción valorativa de la ideología surge el relacionismo de Mannheim, que asume que cualquier afirmación está ligada necesariamente a una perspectiva de la realidad. La sociología del conocimiento que utiliza la concepción valorativa de la ideología acepta que es inevitable presuponer de entrada una concepción ontológica, un modo de comprender la realidad, y valores éticos.

Mannheim sustituye el concepto de ideología total y general por el de perspectiva, entendiendo por ésta la conexión que existe entre una determinada situación social y sus formas de pensamiento asociadas. La sociología del conocimiento aparece, pues, en el momento en que se es consciente de una multiplicidad de perspectivas, incluyendo la propia, pero además se dirige a la totalidad de la cosmovisión y aparato mental que cabe asociar a una determinada situación histórico-social o a un grupo. Se ocupa del modo en que las estructuras mentales se forman inevitablemente de manera distinta cuando se trata de marcos sociales históricos diferentes26.

Mannheim va a introducir las ideas de imputación y particularización. De este modo, cuando se pregunta sobre la verdad o validez de una afirmación, hay tres respuestas posibles:

• negar la validez absoluta de una afirmación cuando demostramos su relación estructural con una situación social concreta;

• señalar que las imputaciones que hace la sociología del conocimiento entre la afirmación y quien la fórmula no dicen nada con respecto al valor de verdad de la afirmación, puesto que la génesis no afecta la validez (aunque Mannheim cree que la génesis social afecta también el problema de la validez);

• intentar establecer no solamente la existencia de la relación entre la afirmación y la situación social e histórica, sino intentar al mismo tiempo particularizar su ámbito y grado de validez27.

La categoría de intelligentsia

Mannheim generalizó el concepto de clase de Marx, diferenciándolo de la categoría de posición social, entendida como la ubicación común que les ha caído en suerte a ciertos individuos en la estructura económica y de poder de una sociedad. Es un término general que se refiere a la exposición continuada de algunos individuos a influencias análogas o a iguales 26 Idem, p. 247.

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oportunidades y restricciones. Por otro lado, la posición de clase implica cierta afinidad de intereses dentro de una sociedad diversificada, que asigna el poder selectivamente y distribuye prerrogativas y oportunidades económicas de un modo desigual.

El hombre bajo la perspectiva de Mannheim se comprende por su conducta y sus motivaciones y éstas, a su vez, dependen de la orientación del hombre en una situación dada: se trata, entonces, de una conducta de posición que se guía por lo impulsos en una determinada localización. La forma más importante de conducta de posición es aquella que está exclusivamente guiada por los intereses económicos de un individuo. Se puede hablar de clase, si los individuos actúan uniformemente en el proceso de producción de acuerdo con posiciones e intereses análogos.

En ese contexto, la intelligentsia es

“[…] una capa social, sin clase, a la que se le ha asignado un papel de

satélite de una u otra clase y partidos existentes. Es un conglomerado entre, pero no sobre las clases. El miembro individual de la

intelligentsia puede tener y con frecuencia tiene, una orientación

particular de clase y, en conflictos reales, puede alinearse con uno u otro partido político. Esta capa social no es una clase social propia dicha, ya que no tienen intereses comunes, no pueden formar un apartido separado por su relativa independencia, y por último, son incapaces de llevar una acción común concertada”28.

Ellos son ideólogos de una u otra clase pero nunca hablan por sí mismos: los intelectuales no son un estrato superior, ni su peculiar posición social asegura mayor validez a sus perspectivas. El intelectual se siente impulsado por el hecho de que su preparación lo ha facultado para enfrentar los problemas del momento desde varias perspectivas y no solo desde una, como sucede con la mayoría de los participantes en las controversias.

Ahora bien, los intelectuales son relativamente autónomos, lo cual alude al hecho bien establecido de que no reaccionan ante determinados problemas de una manera tan cohesiva, como sí lo hacen los obreros. Si bien durante la edad media se pudieron emancipar en cierto grado de las clases superiores, fue en instituciones como los salones y los cafés, en los que pudo verse por primera vez a los intelectuales en una posición relativamente libre.

En la época moderna, al menos algunos intelectuales pudieron evitar una relación de dependencia con respecto al medio, la institución, la clase y el partido. Sin embargo, a pesar que el intelectual libre en potencia tiene una 28 Karl Mannheim, Ensayos de Sociología y Psicología Social, México: F.C.E., 1963, p. 38.

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visión más basta y esta menos cegado por los intereses y los compromisos particulares, carece al mismo tiempo de los frenos de la vida real. Se halla más inclinado a crear ideas sin ponerlas a prueba en la práctica, esto es, en las acciones y consecuencias de la vida cotidiana. Por pequeño que sea este estrato, tiene un importante papel que al mismo tiempo es diagnostico, constructivo y crítico. Su postura consciente debe en todo momento ser crítica, con respecto a sí mismo, tanto como con respecto a otros. Mannheim reconocía que los intelectuales son impotentes, pero creía, sin embargo, que pueden tener un papel influyente en la conservación de la libertad y en la reconstrucción social.

Segunda generación de la teoría

Los desarrollos teóricos expuestos por Pareto y Mosca y su dicotomía élite gobernante-masa dirigida ponen de manifiesto la desigualdad insalvable en la sociedad. Esto ha motivado el que en las últimas décadas haya existido toda una controversia sobre la configuración de la estructura de poder en las sociedades industriales modernas. En este debate se encuentran dos posturas: la primera es aquella que defiende la idea de una élite unificada que detenta el poder, y la segunda es aquella que defiende la idea de una pluralidad de élites cuyo poder e influencia están en competencia. El debate contemporáneo se definirá así entre los partidarios de la “élite en el poder” y el establishment y los teóricos del “pluralismo político” y el equilibrio de poderes.

C. Wright Mills es uno de los principales exponentes de la sociología del poder y de la teoría de élites. Su punto de partida fue el concepto marxista de clase social, el cual tiene, según él, un significado acentuadamente económico: es por esta razón que prefiere utilizar la noción de élite con la que combina criterios económicos, políticos y militares y, además, hace referencia a los individuos que detentan el poder en cada uno de estos dominios sociales, quienes, como tales, comparten características que los unifican y agrupan como unidad social.

El poder es detentado por algunos individuos que llegan a ocupar posiciones en la sociedad, desde las cuales tienen la posibilidad de tomar decisiones que afectan poderosamente a hombres y mujeres corrientes. La

minoría poderosa “tiene el mando de las jerarquías y organizaciones más

importantes de la sociedad moderna: gobiernan las grandes empresas, gobiernan la maquinaria del Estado, dirigen la organización militar, ocupan los puestos de mando de la estructura social”29.

Para Mills el máximo de poder nacional en Estados Unidos reside en los dominios económico, político y militar, específicamente en sus élites, es decir, en círculos superiores que se forman en cada uno de estos tres ámbitos 29 Wrigth Mills, La Élite del Poder, Buenos Aires: F.C.E., 1963, p. 12.

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en razón de la centralización del poder de sus decisiones. Así pues, la

economía es dirigida por los jefes de empresa –ricos corporativos y altos

directivos− y grandes compañías –hoy transnacionales− que intervienen en todas las decisiones importantes que afectan a la sociedad.

El orden militar después de la II Guerra Mundial, al convertirse Estados Unidos en uno de los primeros Estados militares del mundo, ha derivado en la mayor y más costosa de las empresas del gobierno. Los generales y almirantes han obtenido un poder más grande para tomar decisiones o para influir en ellas con un alto grado de autonomía, especialmente en temas de seguridad y defensa. En el orden político, el Estado se ha convertido en una institución ejecutiva centralizada que permea todos los ámbitos de la estructura social. La élite, en este sentido, está formada por los individuos del directorio político, miembros del aparato ejecutivo de Estado, que toman las decisiones en nombre de la nación.

“Como cada uno de esos dominios ha coincidido con los otros, como las decisiones tienden a hacerse totales en sus consecuencias, los principales individuos de cada uno de los tres dominios de poder tienden a unirse, a formar la minoría del poder de los Estados Unidos”30. Así pues, la minoría

está formada por quienes tienen el máximo de lo que puede tenerse, es decir, dinero, poder y prestigio, de tal forma que ocupan un lugar privilegiado dentro de las instituciones.

Las élites se consideran a sí mismas “el círculo íntimo de las altas clases sociales. Forman una entidad social y psicológica más o menos compacta, tienen una conciencia más o menos clara de sí mismos como clase social y se conducen entre sí de un modo distinto a como se conducen con individuos de otras clases. Se aceptan unos a otros, se comprenden entre sí, se casan entre sí y tienden a trabajar y a pensar, si no juntos por lo menos del mismo modo”31. La mayor parte de los individuos que

pertenecen a la élite comparten orígenes sociales análogos, mantienen a lo largo de sus vidas una red de conexiones familiares o amistosas y la intercambiabilidad de posiciones entre las jerarquías diversas del dinero, del poder y de la fama.

La minoría es la que ocupa los lugares privilegiados dentro de la jerarquía social. Puede considerarse como la formadora de individuos pertenecientes al estrato superior de la sociedad capitalista, autodefinidos como individuos selectos, es decir, personas de carácter y energía superiores, naturalmente dignas de lo que poseen. Sus riquezas y privilegios son ampliaciones naturales de sus personalidades selectas, “mientras la élite florezca como clase social o como equipo de hombres que ocupan los puestos de mando, siempre seleccionara y formará ciertos 30 Idem, p. 16.

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tipos de personalidad y rechazará otros”32. Todo aquel que este por fuera

de este grupo dominante hace parte de la masa.

La élite del poder ha sido formada por la coincidencia de intereses entre los que dominan los principales medios de producción y los que controlan los instrumentos de violencia recientemente incrementados, dada la decadencia del político profesional y el ascenso al mando político de los dirigentes corporativos y los militares profesionales. Los individuos que toman las decisiones en cada una de las esferas jerárquicas –la economía, el ejército y el gobierno− se han visto obligados a actuar concertadamente, van conformando una comunidad activa y consiente de intereses, de objetivos y actitudes. Esto es lo que Mill denomina élite del poder. “Entendemos por élite del poder los círculos políticos, económicos y militares que, como un conjunto intrincado de camarillas que se trasladan e imbrican, toman parte en las decisiones que por lo menos tienen consecuencias nacionales. En la medida en que se deciden los acontecimientos nacionales, la élite del poder está constituida por quienes los deciden”33. Su unidad se apoya en el desarrollo paralelo y la

coincidencia de intereses entre las organizaciones económicas, políticas y militares. Se funda también en la similitud de origen y de visión y el contacto social y personal entre los altos círculos de cada una de dichas jerarquías dominantes”34, en las que existe un gran intercambio de miembros, así

como de intermediarios.

La unificación de la élite del poder se ha llevado a cabo bajo tres procesos estructurales, a saber:

• militarización de la economía capitalista: el capitalismo norteamericano es ahora, en gran medida, un capitalismo militar, y la relación más importante entre la gran corporación y el Estado se funda en la coincidencia de los intereses militares y corporativos;

• politización del ejército: el poder militar también ha tendido a orientarse y desarrollarse, introduciéndose en la política externa e interna con objetivos específicamente militares: la seguridad y la defensa; • debilitamiento de la democracia: la decadencia de la política como

debate auténtico, además de la ausencia de políticos profesionales o de partido, hacen de los Estados Unidos una democracia formal más que una estructura social.

Las decisiones son confiadas a la élite, a miembros de la riqueza corporativa, del alto mando militar y a unos cuantos políticos que, en última instancia, centralizan el poder de decidir sobre los destinos de 32 Idem, p. 22.

33 Idem, p. 25. 34 Idem, p. 273.

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hombres y mujeres corrientes. Así pues, “las masas son únicamente soberanas en algún momento de adulación plebiscitaria”35.

Ahora bien, la idea de una élite unificada se funda, en primer lugar, en el ascenso del poder militar en una economía organizada en empresas privadas y, en sentido más amplio, en las diversas coincidencias de intereses entre las instituciones económicas, militares y políticas; en segundo lugar, en las similitudes sociales y afinidades psicológicas, y, en tercer lugar, en un intercambio de posiciones con totalización virtual de las decisiones que se toman en la cúspide.

La cima de la sociedad norteamericana está cada vez más unificada en cuanto ha surgido una élite de poder. Los niveles medios son una serie de fuerzas a la deriva: sin embargo este centro no une la cima con la base. En la parte inferior de la jerarquía social se encuentra una sociedad de masas, políticamente fragmentada, con una identidad orientada por los medios de comunicación que proveen no solo nuevas identidades sino “nuevas aspiraciones respecto a lo que desearíamos ser y a lo que desearíamos parecer. Nos han brindado en los modelos de conducta que nos presentan una serie nueva, más vasta y más flexible de apreciaciones de nuestros propios yos”36.

La democracia de masa, al convertirse en una lucha de grupos de intereses poderosos y de gran escala, relega al individuo, lo cual ensancha la distancia entre los miembros de la masa y los líderes. Es por ello que la idea de una sociedad de masas sugiere la idea de una élite del poder, que impide la participación de amplios sectores sociales que están por fuera de la minoría del poder.

Un abordaje crítico del tema de las élites es el realizado por Thomas B. Bottomore. La preocupación del autor consiste en caracterizar la

relación entre élites y democracia, de modo que pueda superarse el carácter

excluyente de la democracia moderna y descollar a la vez el determinismo de los teóricos de la élite, sin derivar en el marxismo37. Al respecto de la

primera tensión, la desigualdad de las facultades individuales, señala la teoría de las élites, se opone a la idea democrática de igualdad, del mismo modo que la noción de una minoría gobernante se opone a la teoría democrática del gobierno de mayoría. Se abre, así, una polémica con la teoría de Joseph Schumpeter.

Schumpeter sostiene una discusión con la concepción clásica de la democracia que ponía en primer lugar el poder del electorado para decidir sobre las controversias políticas y, en segundo lugar, la relación 35 Idem.

36 Idem, p. 291.

37 Véase, Thomas Bottomore, Minorías Selectas y Sociedad, Madrid: Editorial Gredos,

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de dicha opinión pública con el cuerpo “representativo” que habría de resguardarla. Schumpeter desplaza la centralidad de la voluntad general presente en la concepción clásica, en cuanto toma de decisiones socialmente vinculantes, hacia una concepción que considera más realista, en donde la competencia por el caudillaje político, que entiende libertad de competencia como la libertad de voto, adquiere mayor centralidad. De esta forma, el sistema político aparece como análogo al sistema económico por la vía competitiva, y la democracia es descrita como un sistema institucional para llegar a la toma de decisiones de contenido político, en el que los individuos adquieren el poder de decidir mediante la competencia por el voto del pueblo. Schumpeter rompe igualmente con el mito socialista que señalaba que la democracia sólo era posible en su dimensión real en un sistema no capitalista, aludiendo a que, después de todo, la gestión efectiva de la economía socialista significa dictadura en la fábrica, no del proletariado, sino sobre el proletariado, y, en esta medida, esa democracia no representaría mayor grado de libertad personal, deviniendo incluso un engaño mayor que el de la democracia capitalista38.

Por lo tanto, el principal impulsor de una teoría de las élites no es la democracia, sino el marxismo. A pesar de ello, Bottomore reconoce varios aportes del marxismo, entre ellos el intento de analizar rigurosamente las fuentes del poder político y de explicar los cambios fundamentales del régimen político. No obstante, se inscribe entre quienes critican el evolucionismo marxista, que supone que el antagonismo de clase derivará en la emancipación final del ser humano, anteponiendo a ello el crecimiento de una “clase media”, una diferenciación mucho más compleja de posiciones sociales y una separación entre el poder político y el poder económico, fruto de la introducción del sufragio universal39.

Para Bottomore, la teoría de élites supone que todos los hombres que ejercen el poder constituyen un grupo coherente. En este caso, decide acercarse a Weber y emplear la metodología de los tipos ideales para conceptuar la clase dirigente. Bottomore reconoce que la clase dirigente

no es una clase, al menos no bajo las características marxistas. La clase

dirigente exige la movilización social que habilite la circulación de élites para que la misma pueda existir, de modo que si bien es cierto que la clase dirigente tiende a prolongar su poder en el tiempo (a través de la herencia de las fuentes del poder que la sustentan –bienes económicos, por ejemplo–) requiere necesariamente un movimiento familiar en los distintos niveles sociales, que le mantengan viva.

38 Véase Joseph Schumpeter, Capitalismo, Socialismo y Democracia, Buenos Aires:

Ediciones Orbis, 1983, p. 343.

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Bottomore termina por decirle sí a las minorías selectas, pero como vanguardia del proceso social, no como minoría dirigente. Señala que es posible acabar con la ficción según la cual la relación entre élites y sociedad deviene necesariamente una relación jerárquica opresiva y que, por el contrario, es posible construir una relación en la cual se rescate el carácter creativo de las primeras y el ámbito de relación de la segunda. La igualdad de Bottomore es una igualdad de oportunidades que sólo puede tener lugar en una sociedad sin clases o minorías selectas, con lo que la idea de oportunidad no significaría una lucha por elevarse a una clase superior, sino la posibilidad de que cada individuo desarrolle plenamente las cualidades de inteligencia y sensibilidad que poseyese como persona en libre asociación con otros hombres40.

40 Véase, Thomas Bottomore, Introducción a la Sociología, Barcelona: Editorial Península,

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históricamente podríamos ubicar en el periodo final de la Guerra Fría, encontramos dos aproximaciones bastante representativas del pensamiento liberal, la de Raymond Aron (2.1.) y Robert Dahl (2.3.), para quienes –en una lectura alternativa a la de Mills sobre el problema del poder–, éste no está, de hecho, tan concentrado como la teoría elitista quiere mostrar, sino que existe una pluralidad de grupos influyentes y de élites sociales, cada uno de los cuales ejerce su influencia en determinados sectores específicos, pese a que, como en el caso de Dahl, particularmente, todos los procedimientos democráticos sólo tienen plausibilidad cuando una élite tecnocrática, por su conocimiento y manejo adecuado del conjunto de las instituciones democráticas, sustituye al “pueblo”. En uno y en otro, el “gobierno del pueblo” deviene “gobierno para el pueblo y por el pueblo pero sin el pueblo”, en unos casos por la diseminación del poder en una pluralidad de perspectivas político-institucionales, y, en otros, por la complejidad de los sistemas sociales, que sólo determinadas minorías pueden manejar técnicamente. Ello no estará muy lejos de la posición de Sartori quien, en su teoría decisional de la democracia –como veremos– consagra el manejo elitista como el único medio efectivo para un sistema democrático.

Aron: minorías selectas

Raymond Aron concentra su atención en la posibilidad de establecer una relación entre minorías selectas (élites) y clases sociales41. Dicha relación

parte de la distinción entre minorías selectas –grupos funcionales principalmente constituidos por individuos que ejercen profesiones liberales y tienen una posición elevada (por cualquier razón) en una sociedad–, clase política –grupos que ejercen poder e influencia política y se hallan empeñados en luchas por la jefatura de la misma– y élite política –compuesta por individuos que ejercen efectivamente el poder político en una sociedad y un tiempo determinados–.

La dificultad de esta relación coloca su acento en la clase política (de difícil delimitación), que al mismo tiempo comprende la existencia de contra-élites (como, por ejemplo, los jefes políticos que no se han hecho al poder, o los nuevos intereses que la misma dinámica moderna hace surgir). Cuando Aron piensa la relación de esta estructura social con el régimen político 41 Véase, Raymond Aron, La Lucha de Clases, Barcelona: Seix Barral, 1961.

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imperante, considera la democracia como un régimen que habilita un equilibrio en la pluralidad de las minorías42.

De este modo, Aron conserva la crítica a la posibilidad de entender la democracia como gobierno por el pueblo (debido principalmente a la complejidad de las sociedades actuales, que obligan necesariamente al carácter representativo de las mismas –minoritario–) y califica al régimen de gobierno para el pueblo. La democracia estabiliza tres factores fundamentales para la preservación de esta relación:

• un gobierno capaz de resolver las disputas entre los grupos, de ejecutar las medidas que exigen el interés general;

• una administración económica eficaz que conserva su movilidad, y • la limitación de los individuos y los colectivos que persiguen la

transformación total de la sociedad.

Su crítica a la sociedad sin clases consiste en identificar la misma como la imposibilidad por parte de la sociedad de apelar a algún medio que le permita una posible defensa contra la élite (el partido único), construyendo, de ese modo, su alternativa, de alcance más limitado, que apela a una descentralización más radical del poder (que no implica necesariamente autogobierno) y que se enriquece de una mixtura entre el marxismo, con la colectivización corporativista de la propiedad, y el capitalismo, y la dinámica mercantil bajo esta apropiación corporativa-colectiva43.

Dahl: poliarquía, tecnocracia y élites

El aporte de Robert Dahl a la teoría de élites se inicia con el estudio de la ciudad norteamericana de New Haven, en la que analiza la composición de las élites locales: el seguimiento histórico de los grupos dirigentes de la

ciudad le permitió observar el paso de una oligarquía patricia que dominaba los recursos de forma acumulativa, al equilibrio de los diferentes grupos de líderes, cada uno de los cuales tenía acceso a un recurso de poder diferente44.

Dahl caracteriza el orden democrático con cuatro premisas fundamentales. La primera es la participación efectiva: “en todo proceso de adopción de decisiones obligatorias, los ciudadanos deben contar con oportunidades apropiadas y equitativas para expresar sus preferencias con respecto a la solución final”45; la segunda, la igualdad de votos en la etapa decisoria:

42 Véase, Raymond Aron, Democracia y Totalitarismo, Barcelona: Seix Barral, 1961. 43 Véase, Raymond Aron, Introducción a la Filosofía Política: Democracia y Revolución,

Barcelona: Paidós Ibérica, 1999.

44 Robert Dahl, “Límites y posibilidades de la democracia”, en La Democracia y sus Críticos, Barcelona: Paidós, 1991, pp. 257-360.

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“a todo ciudadano debe garantizarse igualdad de oportunidades para expresar una opción, cuyo peso se considerará igual al de las opciones expresadas por cualquiera otros ciudadanos”46; la tercera, la comprensión

esclarecida, y la cuarta, el control del programa de acción47. Este análisis le

permite definir las sociedades democráticas con el principio de equilibrio de poderes. Según este principio, el Estado, sujeto a multitud de presiones diferentes, tiene como misión reconciliar los intereses de los diferentes intereses de grupo, tratando de mantener una cierta neutralidad y dando soluciones a los posibles conflictos, con lo cual posibilita el mantenimiento de una política democrática, competitiva y pluralista.

En un sistema político cuyos miembros se consideran unos a otros iguales, son colectivamente soberanos y poseen todas las capacidades, recursos e instituciones necesarios para autogobernarse, se debe tener presente una distribución equitativa de poder. Esta igualdad se traduce en un cuerpo “colectivamente soberano”, con capacidad para autogobernarse. En las sociedades complejas, el sistema representativo parece la única alternativa viable para el ejercicio de esta soberanía colectiva.

En el gobierno democrático que intentamos clasificar, el poder final de las decisiones debería ser ejercido por lo que Dahl llama “mezclados”, una combinación entre todos los intereses de la sociedad, lo cual permitiría asegurar la máxima representatividad de las decisiones políticas. Este modelo sugiere una sociedad pluralista, con subsistemas autónomos, que derivan en parte de las propias capacidades, recursos e instituciones necesarios para el autogobierno con que cuentan los individuos. En estas condiciones es natural que los intereses al interior de la sociedad se traduzcan en subsistemas capaces de alimentar al sistema con demandas particulares articuladas.

No obstante, Dahl hace una crítica a la teoría de élites de Mosca por poseer un alto grado de universalidad y de imprecisión conceptual48. Dahl hace

una reinterpretación de Mosca y le da centralidad al problema de los regímenes políticos. Según su concepción, la permanencia en el poder de una élite en modo alguno significa que no se haya operado ningún cambio de fondo en la sociedad. La democracia representa un cambio con respecto a la relación dirigentes-dirigidos, al menos si se tiene como referencia un régimen autoritario o personalista previo (fenómeno del cual, Mosca no consigue dar cuenta). No obstante “la poliarquía es un régimen con un conjunto singular de instituciones políticas que, en su conjunto, lo diferencian de otros regímenes. Puede considerarse que la poliarquía es un gobierno en que las instituciones indispensables para el funcionamiento del proceso democrático existen en un nivel que supera cierto umbral. Si 46 Idem.

47 Idem, p. 138.

Referencias

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