Desde nuestra respiración hasta la sucesión de las estaciones, la naturaleza sigue ritmos. Aunque en la superficie las cosas cambian, todo está conectado a una base que une. Si bien se transforma sin esfuerzo en cada momento, la vida fluye desde un lecho de quietud sin precisar más que «lo que es».
De joven, paseaba por la playa cercana a mi casa en Mumbay, la India, y recuerdo que le preguntaba a mi madre: «¿Adónde van las olas?»
Me respondía: «Vuelven al océano. Vienen a saludar y lueg–o se despiden. Una llega y otra se va. Una a una. Muchas se van, pero mira lo grande que sigue el océano.» Era una respuesta simplista para una niña pequeña, pero se me quedó. Sin darse cuenta, mi madre me enseñó que en la vida todo sufre idas y venidas. Son sabios los que no se dejan seducir por unas ni otras, sino que se aposentan en la quietud que subyace tras la realidad. Al hacerlo, trascendemos tanto los tirones como los empujones de la vida.
Cuando los hijos nos ven emocionarnos al recibir una promoción en el trabajo o un elogio de un amigo, absorben la idea de que estos acontecimientos externos nos dominan. Del mismo modo, cuando nos ven desesperados al perder el empleo –o simplemente ganar un par de kilos– absorben la manera en que nuestro estado de ánimo puede ser esclavo de los acontecimientos externos. En oposición a ello, cuando nos ven equilibrados, resueltos y resistentes ante circunstancias difíciles, aprenden a fluir con la vida en lugar de luchar contra ella. Aprenden que habrá días en que estarán alegres y otros en que no, pero que ni unos ni otros afectan a lo que somos en nuestro interior. Podemos sentirlo todo, pero nada de esto nos define. Nos define solo nuestra identidad esencial.
Comprender que la vida sigue ritmos nos ayuda a permanecer estables ante los problemas de los hijos. Comprendemos que sus estados de ánimo no son permanentes y que no definen quiénes son, como los nuestros no nos definen a nosotros. Siempre y cuando dejemos que lleguen y se marchen, los estados de ánimo pasan. No definen la persona que somos.
La calidad del océano no cambia porque algunas olas sean altas y otras bajas. Con nuestra esencia ocurre lo mismo. Se trata de una cualidad intemporal, impertérrita a
nuestros estados de ánimo, éxitos o imagen. Si somos capaces de rendir al ego y aceptar nuestra esencia como padres, seremos capaces de desprendernos de gran parte del caos y la disfunción. Se trata de vernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos no por las representaciones superficiales sino por la esencia más profunda e intemporal.
EL PODER DEL SILENCIO
Uno de nuestros mayores aliados no aprovechados es el silencio. La mayoría de nosotros tememos practicarlo, y creemos que significa que existe un vacío solo porque no implica hacer nada. Estar quieto y en silencio nos resulta incómodo no solo porque va en contra de la dieta de ajetreo y logros constantes con la que nos educaron, sino porque nos pone dolorosamente en contacto con el vacío interior donde deberíamos hallar nuestra verdadera identidad.
La incomodidad de enfrentarnos a nosotros mismos en la quietud absoluta nos conduce a comer demasiado, beber en exceso, socializar sin más y dedicarnos a multitud de actividades con el fin de evitar estar quietos. Este zumbido constante de la mente crea falta de armonía y desequilibrio. La mente no puede funcionar óptimamente cuando está asediada por innumerables opiniones, críticas e ideas.
Sentarnos en silencio unos minutos a lo largo del día nos permite empezar a ser conscientes de nuestra esencia, y podemos recargar pilas. Tomarnos unos minutos para sentarnos, respirar y ser conscientes supone un descanso del bombardeo de información que la mente debe procesar constantemente. Estos minutos para centrarnos nos permiten recordar lo que verdaderamente importa en la vida –la conexión con uno mismo y los demás–. A pesar de tener todas las trampas de los logros externos, si no estamos conectados, en realidad no tenemos nada.
Del mismo modo que un chaparrón limpia el aire, diez minutos de respiración y calma nos aclaran. Los hijos enseguida detectan el cambio de energía. Detenernos a lo largo del día nos permite pensar antes de hablar para centrarnos en la manera en que nos comunicamos. Esta atención centrada es esencial para educar conscientemente.
Estar quieto significa acallar tanto el charlataneo verbal como el interior. Significa observar el parloteo mental pero no escucharlo. Cuando lo practicamos a diario, el parloteo poco a poco se va reduciendo. Puede seguir interminablemente solo si interactuamos con él. Si dejamos de interactuar con él y en vez de ello simplemente lo dejamos pasar, se disipa.
Para practicar el estado de calma y silencio, pido a los padres que intenten no decir nada a los hijos durante períodos de tiempo concretos –a menos que los hijos les necesiten–. Esto no significa que los padres ignoren al niño o que lo dejen solo. Es una invitación para estar en presencia de los hijos sin deseo de moldearlos ni cambiarlos.
Pido a los padres que canalicen la energía que utilizarían si hablasen para únicamente observar a los niños. Les sugiero que noten de qué manera se sienta el niño. ¿Deja caer los hombros? Luego que se fijen en sus ojos, su sonrisa, el tono de voz. Dejar suficiente tiempo de silencio posee un gran efecto en nuestra manera de responder a los niños.
Cuando un padre me hace una pregunta específica y práctica como «¿Qué debo hacer si mi hijo se deja abierto el tubo de pasta de dientes?», respondo: «No digas nada en cinco minutos.»
«¿Y si deja encendida la luz?» «No digas nada en cinco minutos.» «¿Y si suspende un examen?» «No digas nada en cinco minutos.»
«¿Y si se muestra maleducado conmigo u otra persona?» «No digas nada en cinco minutos.»
«¿Y si me golpea o golpea a su hermano?» «No digas nada en cinco minutos.»
En este momento, sospecho que estarán sonando todas las alarmas. Esto es una locura, ¿no? Es natural asustarse cuando nos piden que abandonemos un hábito. Tal vez crea que le estoy privando de sus derechos como padre y así favoreciendo el comportamiento negativo. O que estoy siendo demasiado permisiva. O que estoy dejando que el niño se salga con la suya portándose mal.
No decir nada durante cinco minutos no significa ninguna de estas cosas. No significa que no vayamos a hacer nada. Simplemente que dejamos espacio para que la acción más adecuada se nos ocurra, ya que la sabiduría tiende a surgir solo si somos capaces de apartarnos de la situación unos momentos para calmarnos y recomponernos. Significa que no nos precipitaremos, aunque pensemos que las cosas están claras. Una vez que compruebe el poder de este enfoque que le transformará a usted y a sus hijos, se regalará unos minutos de silencio para que surja la mejor acción a seguir.
Mi clienta Olivia estaba rabiando. «Mejor que te sientes ahora mismo», le dijo a su hijo, «o no vas a ir a dormir a casa de la abuela.» Cuando Tristan se puso a gritar, Olivia lo recogió, lo sacó del restaurante, canceló la noche en casa de la abuela y lo llevó a casa. Más adelante explicaba: «Estaba disgustadísimo por no ir a dormir a casa de los abuelos, pensaba que había aprendido la lección, pero al día siguiente se puso maleducado y molesto otra vez. No sé qué hacer.»
Cuando le enseñé a Olivia que había reaccionado demasiado deprisa, se sorprendió: «Pensaba que debía decir algo allá mismo, en el mismo instante. ¿No es lo que siempre me dices que debemos hacer?»
Le expliqué: «Es distinto conectar con lo que el niño necesita en el momento que reaccionar a la propia incomodidad. Tristan estaba intranquilo. Obviamente necesitaba
ayuda para calmarse. En lugar de buscar la manera de ayudarlo, reaccionaste con amenazas y castigos. Claro que se rebeló. Cuanto más protestaba, más perjudicado salía. ¿Y si no hubieras dicho nada agresivo? ¿Y si te hubieras tomado un momento para sintonizar con él, tal vez sentándolo en tu regazo o cogiéndolo en silencio? ¿No habría sido mejor que el resultado que conseguiste gritándole?»
Olivia vio que estaba estresada del trabajo y por eso estaba lista para saltar a la mínima que algo no se ajustara a sus expectativas. Al ver que su enfado había condenado a su hijo al fracaso, dijo: «¿Cómo puedo aprender a realizar una pausa? Debo aprender.»
Le contesté: «Es un músculo que hay que entrenar. Quedarse callado no significa consentir ni ser pasivo. Simplemente significa que uno se toma el tiempo para respetar lo que ocurre y hallar la respuesta adecuada dada la situación concreta.»
Un período de silencio nos permite entrar en nuestro interior y encontrar otra manera de comunicar nuestros deseos. En vez de iniciar una descarga entre los hijos y nosotros, podemos utilizar la zona de reactividad cero para acercarnos a los niños en lugar de pelear con ellos. En la tranquilidad de unos minutos, la posición inicial sobre algún tema tiene ocasión de desaparecer y empezar a apreciar otros puntos de vista.
El silencio nos permite vernos no solo a nosotros sino también a los hijos bajo una nueva luz. Al observarlos, sintonizamos con su energía no verbal y prestamos atención a sus señales. Nos sensibilizamos ante su postura ante la vida y ante nosotros. El qué poco a poco queda sustituido por el cómo. Nos preguntamos sobre la situación de una manera que no haríamos cuando estamos distraídos o en pleno caos. Preguntas como estas pueden ser válidas en estos momentos:
¿Se trata de una situación de vida o muerte?
¿Cuál es la perspectiva aérea de esta situación, el contexto más amplio? ¿Es ahora el mejor momento de sacar este tema con mi hijo?
¿Hay otra manera de definir mis deseos para que sean recibidos? ¿Cómo puedo haber contribuido a esta situación?
Con un momento breve pero crucial de silencio, somos capaces de ir más allá de la inconsciencia y conectar con la sabiduría del corazón. El viaje hacia el corazón no siempre puede durar cinco o diez minutos; en ocasiones puede durar mucho más. Independientemente de ello, nos permite desarrollar claridad, compasión y coraje. Por esta razón, es un camino que lleva directamente al corazón de los hijos.
Cuando las cosas no salen según lo planeado, como suele pasar, creemos que debemos hablar con los hijos. Si bien existe un momento para el diálogo y la interacción, a veces nuestro instinto de hablarlo todo procede más de nuestra propia ansiedad y desconexión que de la auténtica conexión. Hablar de algo nos permite sentirnos cómodos, porque pensamos que hemos alcanzado una resolución. La cultura occidental nos anima a desahogarnos, expresarnos y hablar de lo que nos molesta. Nuestra adicción a discutir las cosas es más una señal de nuestra incomodidad interna que de una voluntad genuina de acercarnos al otro. Surgida de la sensación de carencia, suele proceder de la necesidad de ser validados, aprobados y comprendidos. Cuando funcionamos a causa de la carencia interior, confundimos a los hijos y les apartamos de nosotros en lugar de acercarlos.
Esto no significa que el estoicismo emocional sea un enfoque más acertado. Si tanto la discusión como el estoicismo surgen del deseo de evitar la incomodidad y no son una respuesta auténtica a algo que ocurre en el momento presente, son igualmente inconscientes. Este elemento de inconsciencia es lo que hace reaccionar más a los hijos, escudándose de la imposición de los objetivos ocultos que ni siquiera nos damos cuenta que tenemos.
Muchos padres se asombran de que los hijos se encierren en sus habitaciones y se nieguen a salir de su santuario. Se preguntan: «¿Por qué mis hijos no quieren hablar conmigo con lo abierto que soy y lo dispuesto que estoy a discutir las cosas?» La razón por la que los hijos nos dan la espalda es que notan que nuestro deseo de hablar persigue nuestro interés: la necesidad de gestionar nuestra ansiedad y ejercer control.
A Paula le costaba dejar ir a su hijo, Tom, que tenía catorce años y se alejaba de la relación simbiótica que compartían desde que era pequeño. Como muchos chicos de su edad, a Tom le interesaba más jugar con los amigos que pasar tiempo con su madre. Como resultado de su inseguridad, Paula sobrecompensaba intentando entablar conversación con él cada vez que estaban juntos. Si notaba que Tom estaba callado o de mal humor, se ponía en alerta y decía cosas como: «¿Qué pasa, Tom? ¿Estás enfadado? Me tienes aquí para hablar, dime qué te pasa. Quiero que te sientas cómodo y hables conmigo, puedes compartir lo que estés pasando.» Cuando Tom se mostraba evasivo y se encogía de hombros, sin decir nada, Paula lo tomaba como señal de rechazo.
Desesperada cuando vino a verme, Paula se quejaba: «Siento que se está alejando de mí. Deseaba que conserváramos una fuerte unión para que me pudiera contar cualquier cosa. Es como si estuviera perdiendo a mi hijo.» El motivo por el que se sentía así era que creía que hablar era la única manera de conectar con Tom.
Rosalie, madre de Theresa, de nueve años, se sentía igual. Cada vez que Theresa se estresaba por algo como el colegio o sus amistades, Rosalie le soltaba un sermón. Convencida de que mantenía la conexión, decía cosas como: «Oh, cariño, sé lo mal que
debes sentirte. Comprendo lo que estás pasando y puedes contar conmigo. Dime por qué te sientes así para que pueda ayudarte.» Sus palabras parecían tranquilizadoras e incluso conscientemente en sintonía con su hija. No obstante, Theresa cada vez callaba más. Frustrada, su madre se mostraba más vehemente. Al final, la niña exclamaba: «¡Deja de hablar, mamá! No me gusta hablar contigo porque nunca me escuchas. No soporto que siempre me digas qué tengo que hacer, pensar y sentir.»
Como las palabras de Rosalie no llegaban a su hija, debemos preguntarnos si lo que decía pretendía verdaderamente servir las necesidades de su hija o las suyas propias. Como Tom, Theresa daba a su madre el mensaje de que necesitaba a alguien que la escuchara en vez de sermonearla. Ambas madres, a pesar de sus buenas intenciones, actuaban para «arreglar» las cosas, cosa que sus hijos captaban.
Cuando hablamos para satisfacer nuestras necesidades y no para conectar de verdad, los hijos captan nuestras intenciones de control y se cierran en lugar de abrirse. Siempre digo a los padres que una señal de que hablan para obtener el control en vez de la conexión es la respuesta de los hijos. ¿Se abren y comparten o cada vez se muestran más agitados y reticentes para acabar cerrándose del todo?
Hablar por evitar el silencio crea la antítesis de la conexión. Como dije a Paula y a Rosalie: «En apariencia, se diría que deseas conectar con tus hijos, pero si eres completamente sincera, en realidad están intentando convencerlos de tu punto de vista o cambiar sus acciones. Los niños lo captan e inmediatamente crean un escudo defensivo. A menos que uno sea lo bastante valiente para examinar por qué está hablando y sea claro con sus intenciones, los hijos seguirán cerrándose.»
Yo animo a los padres a hablar solo cuando es esencial, especialmente si los hijos son preadolescentes y adolescentes. A los diez años de edad, los hijos ya saben cómo hablamos y qué decimos, no necesitan nuestras palabras de consejo ni advertencia. Lo que sí necesitan es que les escuchemos y sintonicemos con ellos. Debemos crear espacio para que ellos se acerquen. Para que esto ocurra, necesitamos el silencio para atraer la conexión.
Muchos de nosotros como padres debemos dejar de cometer el error de preguntar, sondear, cuestionar, opinar, sermonear, teorizar, formular hipótesis, concluir, criticar, juzgar, regañar y el resto de cosas que hacemos que alienan a los hijos. En lugar de ello, deberíamos callar gran parte del tiempo, mantenernos abiertos, sin enjuiciar, sin criticar, con cuidado para no meternos donde no nos llamen.
Hablar desde el corazón en vez de la cabeza significa decir pocas cosas. El corazón no precisa palabras para comunicarse, solo abrirse para ofrecer receptividad y calidez. Todo esto es energético. Es un sentido que tiene que ver con la profundidad sin palabras del respeto mutuo. Al dejar atrás nuestra obsesión de comunicarnos a nivel verbal, un gesto como tocar las manos o mirar a los ojos se vuelve poderoso. Escuchamos
profundamente a los hijos y sus sentimientos y deseos expresados o no expresados con palabras. No decimos nada hasta que la comunicación surja de esta escucha profunda.
Cuando los padres se frustran en su relación con los hijos, les digo: «Eso es porque no les escuchas de verdad.» Se lo toman como si quisiera decir que deben hacer lo que quieran los niños. Les aclaro: «No quiero decir que haya que ceder. La escucha profunda no tiene nada que ver con la indulgencia. Se trata de comunicar nuestra atención, disponibilidad y consciencia.»
Cuando nos comprometemos a escuchar profundamente a los hijos, cambiamos la frecuencia de la comunicación. En lugar de ansiedad, distracción o la pretensión de controlar la conversación, sintonizamos con el corazón y los sentimientos del niño. Lo ilustraré con una interacción reciente con mi hija. Con doce años, es independiente para llevar a cabo sus tareas cotidianas de higiene y rara vez me pide ayuda o consejo para cuidarse. Pero una noche cuando iba a cepillarse los dientes, me llamó al baño. «¿Te acuerdas de cuando me cepillabas los dientes de pequeña? ¿Puedes hacerlo otra vez? Por los viejos tiempos.»
Mi reacción inicial fue: «Qué tontería, Maia. Ya sabes cepillarte los dientes sola.» No tuve que decir una palabra. Captó mi frecuencia enseguida al ver que tensaba los hombros y fruncía el ceño. Noté que le temblaba el mentón y vi decepción en su rostro. Su frecuencia había cambiado para reflejar la mía.
Al verlo, me pregunté: «¿Por qué me resisto a su alegre petición?» Necesitaba escuchar su corazón. ¿Qué intentaba conseguir con la petición? La respuesta estaba clara. Quería regresar a una época de su infancia idílica para ella. Me pedía que conectáramos de un modo que recordaba con felicidad. Me fundí. «Pues claro», me retracté, «será un honor. Yo también echo de menos aquellos días.» Maia estuvo encantada y disfrutamos del momento fingiendo que volvía a tener cuatro años.
Pasar de las frecuencias típicas de control a una frecuencia en sintonía con la conexión es clave para mantener los corazones abiertos para los hijos. Nuestra falta de consciencia de nuestras frecuencias de comunicación y las de los hijos provoca muchas de las disfunciones que experimentamos en nuestras relaciones. Creemos que mientras las palabras sean consoladoras o tranquilizadoras, por ejemplo, los hijos no captarán nuestra ansiedad subyacente, cuando probablemente sea lo único que capten.
Abrirnos para escuchar profundamente a los hijos nos libra de tener que arreglarlos y rescatarlos constantemente. De nuevo, reitero que escuchar a los hijos no significa ceder ni consentirlos. Significa que nuestras respuestas vendrán de la sintonía con lo que resulte óptimo para su buen desarrollo. En lugar de saltar, encarnamos una función