Una pregunta que formulo con frecuencia en los talleres es: «¿En qué debe centrarse principalmente la educación?» La respuesta rotunda llega al instante: «En el niño, por supuesto.»
Llegado este punto, usted ya se habrá dado cuenta del problema de esta respuesta. Los asistentes a los talleres suelen preguntarse por qué hago esta pregunta cuando la respuesta es tan evidente. Entonces protestan cuando les explico que el enfoque de nuestra sociedad centrado en el niño es la raíz de decepciones, preocupaciones y disfunciones en las familias.
«¿Cómo es posible?», pregunta el público atónito. «¿Cómo es posible que centrarnos en los hijos sea algo malo? ¿No debemos apoyarlos y ofrecerles todas las oportunidades que podamos?»
Antes de que los padres se me echen al cuello, les explico que no propongo que se vuelvan narcisistas obsesionados consigo mismos, de manera que se centrarían en ellos en detrimento de los hijos. Al contrario: defiendo un enfoque educativo que ofrece el máximo beneficio para el niño.
Gran parte de la educación consciente es enormemente contraintuitiva. Al principio, no resulta fácil. No obstante, una vez he explicado por qué el viejo paradigma educativo no funciona, los padres empiezan a ver las ventajas de este nuevo enfoque.
EL PROBLEMA DE LA EDUCACIÓN CENTRADA EN EL NIÑO
Hoy, cada vez somos más los que estamos convencidos de que debemos educar a los hijos para que sean excepcionales. De hecho, la industria educativa –formada por un panteón de expertos que incluyen autores, psicólogos, psiquiatras, educadores, empresas, tutores, asesores, compañías farmacéuticas y blogueros– se nutre de la obsesión equivocada de los padres con la educación de niños excepcionales.
En mis talleres a menudo pregunto a los padres: «¿Qué objetivos tiene para su hijo?» Enseguida salen los típicos: que sea feliz, con éxito, amable, respetuoso. Sin darse
cuenta, los padres transmiten el mensaje de que su hijo está en falta de algún modo, que estas cualidades no están ya presentes en el niño.
La realidad es justo lo contrario. Los padres no son capaces de ver que sus hijos ya poseen estas cualidades. Desde la perspectiva de la sociedad, el niño necesita desarrollar estas cualidades para el futuro, mientras que yo afirmo que los niños ya las poseen, si bien a veces enmascaradas. La visión de la sociedad se centra en el futuro. La educación consciente nos mantiene firmes en el presente.
La palabra «objetivos» implica por sí misma la imposición de planificar el futuro y «crear» la infancia como si se tratara de un proyecto con un resultado especificado. La presión por llevar a los niños a una meta provoca toda clase de tensiones que inevitablemente se convierten en reacciones, que en ocasiones suben la temperatura del hogar hasta el punto de ebullición. Solo cuando somos capaces de conectar con los hijos como son en el momento presente, verlos como lo que necesitan ser en este preciso momento, entonces podemos proporcionarles la educación que precisan. El movimiento sísmico de pasar de hacer encajar a nuestros hijos con una fantasía a hacer encajar nuestros deseos en relación con ellos con las personas que realmente son es lo que define la educación consciente. En lugar de alinear al niño con el método, alineemos el método con el niño.
Mis clientes Raphael y Tess constantemente presionaban a su hijo Gavin para que lograra objetivos que era incapaz de alcanzar. Con un temperamento singular, Gavin era incapaz de seguir la «curva normal del desarrollo» de sus compañeros. Profesores y asesores educativos presionaban a los padres para hacer equiparar al niño con la clase.
Naturalmente, el ambiente familiar estaba plagado de peleas y desarmonía. Cuanto más presionaban los padres, más testarudo se volvía Gavin. Al irse frustrando más y más, la frecuencia de las rabietas en casa y en el colegio aumentaba exponencialmente. Inevitablemente, llegó la recomendación de medicar a Gavin. Huelga decir que ante esta sugerencia, los padres se angustiaron. ¿Qué era lo mejor para su hijo? Si se negaban a medicarlo, ¿conllevaría esto un mayor riesgo? Sin saber adónde dirigirse y en busca de una nueva perspectiva, llegaron a mi consulta.
Cuando los padres cargan el peso de tanto estrés, como Raphael y Tess, hay que comenzar desestresándoles. Les expliqué que la presión sobre Gavin para alcanzar los marcadores típicos del desarrollo estaba volviendo loca a toda la familia. A menos que cambiara la energía en el hogar, corrían el riesgo de hacerle sufrir problemas psiquiátricos. Al fin y al cabo, nadie es capaz de vivir en una olla a presión mucho tiempo.
Pedí a los padres que dejaran de presionar a Gavin durante un período de tres meses. No les propuse que aflojaran en cuanto a límites y horarios en casa, solo que la presión emocional se redujera. También les pedí que reevaluaran sus expectativas respecto a su
hijo y a ellos mismos.
En las sesiones siguientes de terapia, esta pareja empezó a darse cuenta de cómo habían presionado a Gavin más allá de sus capacidades. Estaban tan obcecados en su objetivo de llevarlo a un sitio diferente, que habían perdido la conexión con él en el lugar donde se encontraba. A medida que comprendían quién era su hijo en este momento en lugar de quién «se suponía» que debía ser en el futuro, comenzaron a notar cambios destacables, no solo en Gavin, sino en el ambiente del hogar. Al final lo cambiaron a un colegio que le proporcionaba el entorno más afín a la persona que él es. A día de hoy, sigue bien sin medicarse.
Pero ¿qué tiene de malo educar al niño para que destaque?
¿Se ha dado cuenta de cuántos niños crecen angustiados en la actualidad? Los niños modernos sufren tanta ansiedad que diagnosticar y medicar a niños incluso pequeños se ha convertido en algo normal.
Además de la ansiedad, la depresión afecta a muchos niños, no solo adolescentes sino también niños de educación primaria. Cuando los hijos cargan con el peso de ser de una determinada manera para agradar a los padres, no pueden evitar sentir un elevado grado de ansiedad. En lugar de sentirse libres para desarrollarse de forma natural y espontánea en consonancia con su identidad auténtica, invierten sus esfuerzos en una lucha por ganar la aprobación de los padres y ganarse su cariño. Estos niños sufren la presión de amoldarse para adaptarse a los estándares de sus padres y culturales.
¿Imagina cómo se sentiría si creyera constantemente que debe vivir a la altura de la idea de otra persona sobre cómo debe ser usted? Si recuerda cómo le hacía sentir esto de pequeño, podrá comprender el sentimiento. Quizás encontraría formas de esconder su verdadera identidad ante sus padres, a sabiendas de que no iban a entenderle por quién era.
Hace poco, mi hija de doce años me contaba lo que sentía por un chico de su clase que le gustaba. Su amiga estaba con nosotras. Me dirigí a su amiga y le pregunté: «¿Qué te aconseja tu madre cuando habláis de chicos?»
Respondió: «Oh, nunca hablo de chicos con mi madre. No me entendería. Piensa que no ha de gustarme ningún chico hasta que cumpla los dieciocho.» Me supo mal, no solo por ella, sino también por su madre, al darme cuenta de que ninguna de las dos experimentaba la deliciosa conexión que solo madre e hija pueden compartir cuando comentan asuntos del corazón.
Me viene a la memoria el caso de otra madre, una clienta que presumía de su hija de catorce años: «Tengo la suerte de que a mi hija no le interesan los chicos y es una estudiante de sobresalientes. Es tan madura como una chica de veinte años.» Cuando la hija oyó estas palabras, abrió los ojos espantada.
madre cree que no me interesan los chicos y no puedo traicionarla. Por favor, no le digas que hablo de chicos contigo. Se moriría si supiera que tengo novio. Está totalmente en contra.» Le aseguré que le guardaría el secreto y le dije que era normal que le gustara alguien a su edad. Pero notaba el peso que sentía al pensar que estaba traicionando la fantasía idealizada que se había forjado su madre de ella y en cierto modo se sentía fracasada.
Pregunte a cualquier niño y seguro que expresará libremente, excepto los límites adecuados, lo mucho que está resentido al estar sujeto a los dictados de los padres. Su espíritu, que intuitivamente sabe que debería autogobernarse, está ofendido al verse obligado a ajustarse a la idea que otro tiene de su expresión. Este resentimiento es lo que puede conducir al niño a convertirse en un adolescente que se rebela y se aliena de la autoridad parental. Cuanto mayor sea el desajuste, mayor será el desafío y el aislamiento. Resulta imperativo que los padres nos demos cuenta de que creamos un abismo entre nosotros y los hijos.
LA TIRANÍA DE «DEMASIADO»
Como vimos en el caso de Gavin, cuanto más pretendemos microdirigir el progreso de nuestros hijos, más nos empuja la sociedad a depender de los «expertos» para «arreglar» a los niños si su ansiedad se vuelve abrumadora o si no rinden a cierto nivel. Por tanto, se ha convertido en algo normal que los padres alberguen el miedo de que algo pueda ir «mal» en relación con el desarrollo social y académico del niño.
Por ejemplo, muchos padres se preguntan si su hijo es: Demasiado tímido. Demasiado callado. Demasiado precoz. Demasiado agresivo. Demasiado impulsivo. Demasiado desprendido. Demasiado desmotivado. Demasiado despreocupado. Demasiado meticuloso. Demasiado impresionable. Demasiado distraído. Demasiado perezoso.
Yo lo denomino la tiranía del «demasiado». Estas y otras muchas más expresiones de «demasiado» son manifestaciones de preocupación, decepción e incluso culpa por parte de los padres que sienten que no cumplen bien su cometido. Debajo de todas se halla el miedo.
Estas preocupaciones pueden ser especialmente agudas si la familia se enfrenta a una situación en que el niño se resiste al control. En estas situaciones, el miedo se convierte en alarma. Me doy cuenta de que solo otra persona en el mismo contexto puede comprender la sensación de indefensión –y a menudo de terror– que experimentan los padres. Incapaces de entender lo que ocurre, se sienten desesperadamente solos. Esto es especialmente cierto si, tanto si es pequeño como si ya es un adolescente, el niño parece irse desentendiendo de la familia.
Evidentemente, hay que preocuparse cuando surge un problema alarmante de veras. Si no está seguro de los pasos que debe tomar para salvar la situación, es acertado buscar ayuda en los educadores, terapeutas y a veces psiquiatras. No obstante, cuando los niños crecen en un entorno despierto y consciente, las situaciones de este tipo deberían ser raras excepciones. Cuando se convierten en la norma, es porque se ven perpetuadas por el enfoque desviado de los padres.
El hecho es que lo que solía ser una excepción se ha convertido en la norma precisamente porque la obsesión de la sociedad con el «éxito» futuro del niño, definido según lo que pensamos que debería definirlo, supone una enorme carga para los jóvenes que se ven persiguiendo estándares imposibles y un nivel de excelencia inalcanzable. Dicha carga es psicológicamente nociva para el niño.
Escuchando la radio, un día oí que un padre había llamado al decano de una prestigiosa universidad para pedirle consejo con la solicitud de admisión a la institución de su hija de nueve años. ¿Imagina la presión para esta niña? Especialmente si al final no es capaz de alcanzar las expectativas de los padres. Puede parecer un caso extremo, pero es una manera de ilustrar el fenómeno de la educación centrada en el niño que en la actualidad está haciendo estragos en la vida de muchos niños.
Muchas de las expectativas de los padres son silenciosas. A pesar de no decirlo con palabras, los niños intuitivamente notan que deseamos que sean algo que no son, notan que queremos que cumplan con nuestras fantasías acerca de quiénes son y qué deben lograr. Sí, algunos niños alcanzan las metas y tienen éxito. Pero por cada niño que lo consigue, existen muchos otros que ceden a la presión.
Si los hijos no logran alcanzar el ideal de quienes deberían ser, ya sea porque su temperamento interior no se lo permite o porque sus deseos innatos son fundamentalmente diferentes, la decepción de los padres puede causarles un impacto dañino. Innumerables niños sufren porque se sienten culpables y en muchos casos viven avergonzados, porque son incapaces de rendir lo bastante para satisfacer a los padres.
Esto puede llevarlos a buscar maneras de deshacerse de la culpa que sienten por no ser adecuados. Pueden empezar a mostrarse distraídos en el colegio, experimentar brotes de ira o incluso volver su rabia contra ellos mismos en forma de autolesiones de algún tipo.
Cuando los niños experimentan estos sentimientos, no pueden evitar desconectar con su interior. Al fin y al cabo, imagine que le digan constantemente que debe ser diferente a como es. ¿Cómo se sentiría? Naturalmente, se sentiría confuso. Pronto, esto crea una barrera entre el niño y el padre o la madre y se produce una desconexión que, al presionar aún más para que el niño sea quien no es, puede llegar a hacerse tan grande que resulte imposible de reparar.
Si no va a quedarse más que con una cosa del presente libro, esta es la lección más fundamental: crear expectativas en relación con el niño en lugar de dejar que sus inclinaciones naturales surjan espontáneamente puede provocar un Gran Cañón emocional entre usted y su hijo. A medida que crece la separación, una inundación de ansiedad la llenará, ansiedad no solo por el niño sino por usted mismo.
SER PADRES, ¿ES REALMENTE UN ACTO DE GENEROSIDAD?
Otro aspecto del mito de que la educación se centra solo en el niño es la manera en que nos conduce a creer que lo que hacemos por los hijos es por generosidad y, por tanto, deben estar agradecidos.
Si bien existen elementos de generosidad en la paternidad, no es del todo preciso afirmar que educar hijos sea un acto desinteresado. De hecho, hay poco de altruista en el viaje de la paternidad. Puede ser peligroso decirnos que estamos siendo generosos, ya que esto crea una sensación de rectitud por nuestra parte. Entonces ejercemos de padres con una visión de estar en lo «correcto» que resulta devastadora para el desarrollo sano del niño.
En lugar de ser un acto desprendido, traer un niño al mundo tiende a empezar con una buena dosis de ego. La decisión de tener un hijo acostumbra a surgir del deseo de cumplir un deseo íntimo que imaginamos que quedará cumplido con la fantasía de lo que va a representar formar una familia y ser padres.
Por supuesto, la cultura no piensa que el deseo de formar una familia tenga nada que ver con el ego. Al contrario, dibuja un halo de mártires alrededor de los padres, les seduce para que se imaginen ennoblecidos por el acto de dar a luz a una criatura. Es este aspecto de ser padres, producto de nuestro ego, lo que conduce a la sensación de poseer al niño. Por eso oímos decir a los padres, cuando surge un tema como el daño que supone pegar al niño: «¡Nadie va a decirme lo que puedo y lo que no puedo hacer con mi hijo!»
Por desgracia para sus hijos, muchos padres creen firmemente que pueden hacer con sus hijos lo que les parezca necesario porque al fin y al cabo lo hacen por generosidad. Cuando el mismo niño más adelante se subleva contra la tiranía parental, los padres se sienten victimizados, como si el niño les atacara. También esperan que la sociedad repare los daños de su sistema de educación inconsciente, normalmente en forma de ayuda psicológica. El hecho es que la familia nuclear no es un universo cerrado, y el resultado de las acciones de los padres afectan a un amplio espectro de otros miembros de la sociedad. Por este motivo corresponde a los padres dejar a un lado las creencias del ego sobre su derecho a educar a los hijos como les plazca y en lugar de ello buscar la mejor información disponible para que les ayude en esta complicada tarea.
Los niños que se sienten presionados para proteger a sus padres de la decepción renuncian a su auténtica voz para complacerles. Este abandono de su autenticidad puede conllevar consecuencias de gran alcance, en ocasiones un comportamiento obstinado. Estas consecuencias negativas pueden evitarse solo si los padres son conscientes de lo egoístas y obsesionados que están con el cumplimiento de sus planes secretos en la educación de su hijo.
Cambiar nuestra relación con este mito es primordial para cambiar la ecuación y pasar del poder y el control al cariño y la afinidad verdadera. Esta alteración permitirá a los hijos librarse de la carga de pensar que necesitan que nosotros les «eduquemos» o les «arreglemos». Liberados de tal carga, volarán tan alto como deseen y cosecharán las recompensas que merezcan.
ATRÉVASE A EDUCARSE PRIMERO A SÍ MISMO
Cuando creemos el mito de que la educación se centra en el niño, nos otorgamos el mérito de una educación maravillosa cuando los hijos cumplen nuestras expectativas, mientras que les culpamos a ellos cuando no lo hacen.
Educar conscientemente significa darle la vuelta a este enfoque. El enfoque se basa en que son los padres a los que hay que «educar». En otras palabras, nosotros nos ponemos bajo escrutinio en lugar de poner a los hijos. Esto es porque, como hemos visto antes, la mayoría de nosotros hemos sido educados con un alto grado de inconsciencia, lo cual ha provocado daños emocionales en nuestra psique. También es porque la persona que controlamos y sobre la que podemos influir somos nosotros. Ser padres suele ser más efectivo cuando nos concentramos en nosotros en lugar de los hijos. Así es como se consiguen los mejores resultados.
Plagados ellos mismos de problemas y complejos sobre la educación, nuestros padres no estaban en conexión con nuestra identidad cuando éramos niños. Yo periódicamente oigo a mis clientes adultos describir su infancia diciendo: «Mi madre no me veía tal
como yo era» o «Mi padre siempre se enfadaba conmigo porque no salí como imaginaba». Ser educado con una plantilla de invalidación inevitablemente da forma a la visión que uno tiene del mundo. La carencia interna con que vivimos tiñe cada experiencia. A pesar de tener entre treinta y cincuenta años, estos clientes siguen arrastrando el recuerdo de sentirse rechazados e invalidados, y en consecuencia llevan esta inseguridad a sus relaciones presentes.
Que no nos vean tal como somos alimenta las ganas de validación, aprobación y pertenencia. El vacío interior duele. Cuando el dolor no se cura, o tal vez ni se le presta atención, crece. El dolor crea más dolor. La inconsciencia crea más inconsciencia. El dolor es como llevar una segunda piel, hasta el punto de que no nos percatamos de que