A todos nos han influido los cuentos de hadas y mensajes culturales que nos dicen que algunos niños son «buenos» y otros son «malos». Cuando doy seminarios en todo el mundo, a menudo pido a los padres que definan estos términos. Inevitablemente se les ocurren las mismas enumeraciones.
La sociedad considera «buenos» niños aquellos que no causan demasiado revuelo y que preferiblemente son educados y se controlan. Los niños buenos son los obedientes y estudiosos, capaces de sentarse quietos y prestar atención. En otras palabras, cuando nos fijamos, vemos que la «bondad» del niño se mide según la facilidad con que su comportamiento encaja en nuestra vida. Del mismo modo, los niños se etiquetan de «adaptables» porque se adaptan a nuestra vida. Los niños que «se dejan llevar» son elogiados porque se dejan llevar por nosotros. Es natural que nos resulte más fácil estar con niños obedientes. Por este motivo, a menudo sin darnos cuenta, nos sentimos atraídos por los niños que no nos suponen un reto ni desafían nuestras creencias profundamente arraigadas. Nos gustan los niños «buenos» porque nos permiten mantenernos al control. Como no nos obligan a enfrentarnos a problemas incómodos, les recompensamos con un trato preferente.
En oposición a los niños «buenos», los niños que consideramos «malos» son hiperactivos, distraídos, ruidosos y con frecuencia desafiantes. Cuando estos niños no obedecen, las cosas se ponen feas. Los niños que «no escuchan», pegan o son «irrespetuosos» reciben castigos. El comportamiento violento nunca es adecuado y los padres deben corregirlo. Pero se suele acabar con este tipo de comportamiento con métodos extremos que provocan resentimiento y más problemas. Por supuesto, la razón por la que los padres con frecuencia actúan exageradamente es porque el comportamiento del niño no responde a su plan secreto o perturba su sentido del orden.
Ya al año de edad se espera que el niño se «comporte adecuadamente». Cuando cumple dos años, el mero hecho ya se considera un problema y se etiqueta esta edad como «terrible». Los niños pequeños crecen sintiendo que su desarrollo normal, que en ocasiones se expresa en forma de resistencia, rabietas e incluso desafío directo, es un inconveniente y por tanto deben avergonzarse de él.
«Bueno» y «malo» son palabras que describen típicamente el comportamiento de los hijos, aunque no son las únicas. Como el ego siempre está categorizando, disponemos de numerosas etiquetas que se basan en parte en el comportamiento del niño, pero en gran medida en cómo nos hacen sentir a nosotros. Etiquetas como «perezoso», «dulce» o «tímido», por ejemplo, poseen el potencial de marcar intensamente al niño que todavía no se ha formado una idea de sí mismo.
Sin duda cada uno de nosotros recuerda una etiqueta de la infancia que lleva colgada alrededor del cuello como un nudo corredizo que le ahoga de vergüenza años después de que se la pusieran. Elena, una de mis clientas adultas, me confesó que todavía recuerda que la madre de una amiga la llamaba «Miss Piggy». Todavía la persigue la vergüenza que sentía entonces. Por desgracia, conservamos las etiquetas negativas durante décadas y descartamos rápidamente las cosas más enriquecedoras que se han dicho de nosotros. Esto ocurre porque el valor que nos damos ha sido minado desde tan tierna edad que la vergüenza nos resulta inmediatamente familiar y nuestra psique la interioriza sin reflexionar. Si en lugar de ello nos hubieran educado padres conscientes, la vergüenza no habría encontrado terreno abonado para crecer en nuestros cimientos emocionales. Cuando los demás proyectan comentarios de este tipo en nosotros, somos capaces de desecharlos conscientemente con facilidad porque no los reconocemos como algo familiar.
El otro día, mi hija, Maia, me dijo que sus amigas se reían de ella porque llevaba los pantalones de yoga al colegio en lugar de unos de marca. Su respuesta fue: «No me importa lo que opinéis de mí. Me encantan los pantalones de yoga.» Si se hubiese sentido mínimamente insegura acerca de su aspecto y sentido de la moda, estos comentarios le habrían hecho daño y se habría avergonzado. En lugar de ello, fue capaz de ver que los comentarios de sus amigas eran solo sus opiniones y no tenían nada que ver con la manera en que necesitaba vestirse. Esto ilustra el hecho de que poseer unos cimientos interiores robustos es clave para defendernos de las proyecciones inconscientes de los demás.
Como a todos nos educaron más bien con vergüenza e inseguridad como plantillas interiores, las etiquetas y opiniones de los demás nos pesan mucho. Las etiquetas de la sociedad no solo afectan al niño sino que pueden tener un enorme impacto en los padres. Por ejemplo, si un maestro etiqueta a un niño de «poco cooperativo», y el maestro se queja a los padres de que deben controlar a su hijo, los padres sienten la presión de arreglar a su hijo. Tal vez incluso se les aconseje que busquen tratamiento.
Jamie aún se acuerda de lo desencajada que se quedó cuando el maestro le dijo que su hijo no iba a triunfar en la vida si no se medicaba y seguía una terapia de comportamiento. Deprimida ante la perspectiva para el niño, se culpó y pensó que era una madre inefectiva. Cuando me trajo a Adam, de doce años, a terapia, vi algo bien
distinto. Un chico enérgico y brillante, Adam tenía la necesidad física de moverse y realizar ejercicio físico. Admitió que le costaba quedarse quieto sentado, pero con razón protestó: «Mis notas son bastante buenas. Mis padres están contentos. Estoy en dos equipos deportivos. Simplemente me aburro cuando llevo sentado mucho rato. ¿Es un crimen?»
Adam tenía razón para sentirse indignado. Cansado de que los maestros le llamaran la atención constantemente por su energía, incluso se había planteado la educación en casa. «No es justo. Me va mejor que a la mayoría de mis amigos, pero siempre soy yo el que se mete en líos porque no presto atención o porque garabateo el libro.» Adam es uno de los muchos chicos que, indefensos, sienten resentimiento por las etiquetas que les ponen los maestros. Desean que se les vea tal como son, sin etiquetas despectivas.
Si bien es posible que a los niños les falten ciertas habilidades y precisen ayuda para adquirirlas, va en su detrimento que alguien piense que puede definir el temperamento del niño con una etiqueta, especialmente cuando incluye la palabra «bueno» o «malo». Cuando los maestros caen en estos pensamientos inconscientes, nos toca a nosotros asumir el rol de defensores. Inevitablemente, hacerlo nos hace revivir la ineptitud que sentimos de estudiantes en el sistema escolar. Del mismo modo que el niño se siente nervioso y asustado ante la desaprobación cuando lo llaman al despacho de dirección, nosotros sentimos algo parecido, que nos puede paralizar en lugar de animarnos a hablar francamente con los maestros de nuestros hijos.
Jamie empezó a ponerse en contacto con su propia inseguridad interior y fue capaz de ver claramente por qué la había afectado tanto el comentario del maestro. Al ir despegándose de su vulnerabilidad interior, pudo enseñar a su hijo a no identificarse con las etiquetas impuestas por la cultura que le rodea. Como Adam ya estaba intentando hacer esto, reaccionó rápidamente, seguro de sí mismo, y aceptó que era diferente pero no limitado. Jamie poco a poco le ayudó a canalizar su energía más adecuadamente, y pasó de culparse y avergonzarse a celebrar la vitalidad de su hijo.
Todos los padres desean la aprobación de la sociedad, especialmente de los maestros de los hijos. Cuando la visión de nuestros hijos es desfavorable, nos sentimos personalmente difamados. Al contrario, es posible que nos sintamos avergonzados de nuestras habilidades como padres o enfadados con los hijos por no comportarse. Sea como fuere, la presión externa afecta a nuestra capacidad de conectar con los niños por lo que son y ayudarles a desarrollar las habilidades necesarias para crecer fieles a su identidad.
¿ES DESAFÍO O ACTITUD DEFENSIVA?
supuesto, es más fácil etiquetar al niño que cuestionar nuestras asunciones. Cuando los niños nos enfrentan a nosotros mismos, nos gusta enviarlos al rincón de pensar o al dormitorio.
Irónicamente, muchos de estos niños no son para nada obstinados ni desafiantes. Solo son personas fuertes, y su fortaleza choca contra la nuestra. Gran parte de las veces, el problema es que, encerrados como estamos en nuestro ego, somos nosotros los que no queremos ceder cuando nos retan con razón. Como la cultura ha asignado el poder de la relación padres-hijos a los supuestamente omniscientes padres, el niño es el que recibe la etiqueta y el castigo.
Mika, una chica movida de trece años, siempre se metía en líos por ser «ruidosa» o «desafiante». Cuanto más la castigaban sus padres para intentar apaciguar su actitud, más resistencia presentaba. Cuando la trajeron a terapia era porque la vida familiar había alcanzado un momento crítico. Mika salía con los compañeros inadecuados del colegio y experimentaba precozmente con comportamientos aún alejados de su desarrollo emocional.
Tras trabajar con su familia durante unos meses, quedó claro para mí que Mika se sentía desencajada y sin apoyo emocional. Sus padres ponían normas estrictas sobre lo que estaba bien y mal. Como estas normas funcionaban con su hijo menor, John, asumieron que eran normas correctas. Pero Mika siempre recibía riñas porque no seguía las normas como su hermano. A los padres no se les ocurrió que la diferencia en la reacción de los dos chicos a las normas radicaba en el hecho de que John era de temperamento más tímido e incluso algo más dócil. O tal vez había aprendido a adaptarse más al observar cómo trataban los padres a su hermana.
Cuando los padres de Mika comprendieron la importancia de escucharla y validarla, cambiaron de enfoque. Primero modificaron la manera de contemplar su comportamiento. En lugar de verla como una persona desafiante, ahora se daban cuenta de que se estaba defendiendo. Solo este pequeño cambio de perspectiva ya les permitió relacionarse con ella de una manera totalmente distinta. Ahora ya no le daban toda la culpa, sino que se preguntaban: «¿Por qué nuestra hija necesita ponerse tan a la defensiva? ¿Qué podemos hacer para ayudarla?» Al examinar su parte en el asunto, fueron capaces de aliviarla de la carga de ser «la desafiante».
Contemplar las acciones de Mika desde un nuevo ángulo permitió a los padres reconsiderar su comportamiento. En lugar de castigarla por intentar pasarse de los límites, aprendieron a interpretar su reacción como un deseo de ser autónoma. En lugar de reaccionar con reprimendas como «¡No te pongas así!» o «¡Deja ya de comportarte mal!» tomaron consciencia de su necesidad de dirigir su vida sola. Pasaron a decir cosas como: «Comprendemos que ahora te sientes limitada por nuestras normas. Sentémonos y busquemos la manera de ponernos de acuerdo. No queremos que te
sientas controlada pero no queremos pensar que no podemos hablar de lo que sentimos nosotros.» Al ver que se mostraban más abiertos a su necesidad de controlar su vida, paulatinamente bajó la guardia y se abrió más con ellos.
Al tiempo que los padres de Mika disminuyeron sus exigencias, ella disminuyó su resistencia. Al apartarse ellos, ella empezó a acercarse. A menudo describo esa energía como una danza, en que una parte dirige y la otra sigue. La parte que dirige no es necesariamente mejor bailarín, simplemente es el que dirige en este momento. Ambas partes son necesarias para el baile, pero no pueden dirigir al mismo tiempo. Uno debe ceder y el otro debe dirigir con claridad.
Cuando los padres ven que sus hijos desean tomar las riendas, deben prestar atención a la llamada, retirarse y dejar espacio. Esto no significa que consientan a sus hijos, solo que reconocen que su propia energía crea más caos que claridad. Chocar frontalmente con la energía de los hijos solo empeora la situación.
Los padres de Mika se sorprendieron del modo en que pequeñas modificaciones conllevaron grandes cambios en su relación con ella. Cuantas más oportunidades le daban de hacer oír su voz y cuanto más validaban sus sentimientos, menos sentía ella la necesidad de expresarse de manera arriesgada. Comprender que su hija no era «mala» cuando no obedecía, sino que de hecho tenía las ideas desmesuradamente claras y era muy capaz, abrió los ojos a estos padres. El cambio de enfoque alteró la dinámica familiar al completo y la hizo mucho más armoniosa.
Cuando los hijos llegan a nuestra vida, esperamos que simplemente encajen. Si el temperamento de un niño lo permite, nos complace el resultado y damos el mérito a nuestras habilidades como padres. Pero muchas veces el temperamento de un niño no permite que se adapte como nos gustaría. Estos niños poseen una fuerza inherente que les empuja a luchar por sí mismos y tomar las riendas de su vida. Los padres no suelen estar preparados para ellos. Etiquetados como niños que se portan «mal», crecen pensando que son un problema. Esto les conduce a sentirse innecesariamente culpables e inseguros.
Los niños que ponen a prueba los límites, rompen las reglas y crean desorden a menudo se sienten ignorados y desatendidos de alguna manera. Cuando los padres aprenden a interpretar estos comportamientos como una petición de mayor conexión, son capaces de alejarse del rol autoritario que impone disciplina y en su lugar convertirse en los abogados de sus hijos.
DOBLE MORAL
Cuando nos concentramos en el comportamiento de los niños como medida de su bondad o maldad, no les hacemos ningún bien. Imagine que un amigo le dice a usted que
ha olvidado su cumpleaños porque es desconsiderado o porque es cruel. O imagine a su pareja diciéndole que es usted «malo» e «impresentable» porque estaba cansado y se echó un rato antes de lavar los platos.
El hecho es que esperamos más de nuestros hijos en cuanto a comportamiento se refiere de lo que exigimos de nosotros mismos, nuestra pareja o los amigos. ¡Eso es doble moral! Cuando los hijos meten la pata, algunos nos apresuramos a calificarlos de mala manera, a veces degradándoles. Cuando no nos obedecen, les regañamos. Cuando olvidan la bolsa del almuerzo, los deberes o la autorización firmada, actuamos como si fuera el fin del mundo. No recordamos las veces que hemos perdido nosotros las llaves, hemos olvidado devolver una llamada telefónica o nos hemos pasado una fecha de entrega.
Esta doble moral afecta enormemente a los niños. Si somos honestos, reconoceremos que cometemos errores y tomamos decisiones equivocadas constantemente. No obstante, cuando lo hacen nuestros preadolescentes y adolescentes, creemos que sus acciones son inadmisibles. Cuando pagamos tarde una factura o cuando nos ponen una multa de tráfico, lo racionalizamos argumentando que estamos estresados. Pero si nuestros hijos entregan tarde un trabajo escolar, no estudian lo bastante para un examen o les castigan en el colegio, nos entra el pánico. La realidad es que nos aterra que si no cumplen todas las expectativas de ser «buenos», vayan a fracasar en la vida. Imaginamos que si fueran tan «buenos» como pueden ser, siempre conseguirían los mejores resultados. Todo esto no es nada más que nuestro miedo que asoma su feo rostro y nos hace comportar no solo irracionalmente sino también de manera extremadamente injusta.
No importa los problemas a los que nos enfrentemos, los padres debemos preguntarnos: «¿Cómo puedo cambiar las condiciones en casa para ayudar a mi hija a gestionar su facilidad de distracción?» o «¿Cómo puedo aportar más calma a nuestra vida diaria para que mi hijo aprenda a concentrarse?» Estas son preguntas a las que vale la pena buscar respuestas. Tienen el poder de cambiar por completo la dinámica que experimentamos con los hijos.
A medida que crece nuestra consciencia, vemos la importancia de apartarnos de etiquetas como «bueno» o «malo». En lugar de centrarnos en la obediencia y el cumplimiento, además de la imagen que nuestros hijos dan de nosotros, empezamos a centrarnos en cuestiones como estas:
¿Mi hijo se ha expresado libremente? ¿Mi hijo ha escuchado su voz interior?
¿Mi hijo se ha concentrado en sus propias necesidades y ha encontrado maneras de cubrirlas?
¿Mi hijo se atreve a cometer errores y hallar maneras de corregirlos? ¿Mi hijo se siente seguro para decir la verdad sin miedo ni vergüenza?
¿Mi hijo sigue los dictados de su corazón sin interferencias mías o de otras personas?
Cuando el énfasis pasa de las apariencias externas a fomentar la autoexpresión auténtica, las riñas y reprimendas se sustituyen por conexión con el alma del niño. En lugar de centrarse en cómo corregir el comportamiento, nos volvemos conscientes de los sentimientos que están detrás del comportamiento, seguros a sabiendas de que una vez que se reconocen y expresan los sentimientos, el comportamiento se corrige solo.
En otras palabras, cuando nos desprendemos de la dualidad del bien y el mal, junto con el miedo que va vinculado a estas etiquetas, nos adentramos en el presente con nuestros hijos. Disfrutamos de una relación real con ellos.
Pasar de la «bondad» a la autenticidad En lugar de:
Obsesionarme con la obediencia, el comportamiento perfecto y las apariencias, fomentaré la genuinidad de mi hijo.
Felicitar el cumplimiento, felicitaré la valentía de ser auténtico. Exigir obediencia, fomentaré la autoexpresión.
Definir el futuro de mi hijo en base a su rendimiento, lo definiré en base a su fortaleza de espíritu.